Archivo por días: 21 de enero de 2014


Capítulo IV. De fiesta en la fiesta 5

Por primera vez en las fiestas, Lou-Lou se encontraba descansada, ligera y despreocupada. Las fiestas habían proyectado su efecto balsámico tanto en su cuerpo como su mente. Habían transcurrido ya tres días repletos de locura blanquecina, incendiaria y salvaje, todos ellos aderezados mediante vino navarro, sexo australiano, galoises franceses  y otras sustancias tipificadas en el código penal. Su precioso cuerpo había pasado de  la fase de sorpresa a la adaptación camaleónica y empezaba a mimetizarse con el entorno. Así mismo, el no pensar en otra cosa que disfrutar y vivir por y para  la fiesta  había logrado soltar todos los fantasmas que traía con ella a modo de pasaporte vital. Si no soltarlos, cuándo menos  había logrado despistarlos.

Ella también se encontraba perdida en ese mismo momento. Sabía que estaba en lo viejo, pero la calle donde se encontraba no era de las más concurridas. Eso sí, en ella destacaba sobre manera un toro azul de enormes dimensiones y gigantescos testículos que parecía estar un tanto desnortado, cansado o cuando menos confuso. Cual torera decidida, avanzó hacia él, despacio, estudiando atenta con curiosidad francesa  a los dos acompañantes que se encontraban junto al toro. Ambos dos, chico y chica, los dos lascivamente apuestos y mejor peinados, portaban el atuendo sanferminero al revés. Iban de rojo con pañuelo y faja blancas.

Tan sólo al llegar a ellos se percató además que tenían atado al toro mediante una correa de cuero que desembocaba en un collar de pintxos. Ambos portaban sendos látigos con el que cómicamente fustigaban al toro, tratando de levantarlo. Al llegar y antes de que pudiera siquiera entablar conversación con tan extraño trío, le espetaron:

-Tócale un gúevo al toro, y si tienes suerte, antes de la muerte, disfrutarás de todo.

Risueña nuestra francesita, se dispuso a ello. El toro sin embargo no parecía muy por la labor de dejarse acariciar sus joyas de la corona. A la vez musitaba:

-Soy muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuy tímidín, no me gusta paquirrín. Tengo un huevo azul, otro amarillín. Uno de ellos deberás elegir.

Era verdad. El toro lucía ambos atributos uno de cada color. Sin pensarlo dos veces, le agarró el amarillo.

-Muuuuuuuuuuuuu , quiero que venga Lou-Louuuuuuuuuuu.

Ésta, sorprendida de que supiera su nombre, soltó el testículo y miró a los ojos a la chica. Ésta, cordialmente, le dio la mano. Dentro de ella. un huevo amarillo. En él, un código y unas coordenadas GPS.

-Si quieres estás invitada. Buscarás estas coordenadas. Somos las perras encadenadas. Presenta este huevo. Hasta luego.

Sin pensar siquiera cómo y porqué conocían su nombre, Lou-Lou sacó el móvil y marcando las coordenadas, se presento delante de un edificio que rezaba: Mercado de Santo Domingo.

El mercado era un enjambre de colores. Los puestos bullían con su género. Perdida y confusa, se deslizó entre la marabunta. Puestos de carne, pescado y verdura reclamaban inútilmente su atención. Entre todos ellos, una huevería solitaria. En ella, Benancio, su casero, fumando un habano. Se dirigió sonriente hacia él, mostrándole el huevo amarillo.

-¡¡Ça va Lou-Lou!!Veo que te has topado con el toro. Pasa, sin miedo.

Traspasando una pequeña puerta, se quedo impresionada. Una estancia con el suelo cubierto de una alfombra roja aterciopelada, una banda de jazz tocaba a un ritmo frenético y arrollador. Unas sábanas gigantes  ocultaban los ventanales, a modo de vidrieras. El efecto era caledoiscópico. Sobre ellos, un grupo de gente coloreaba a diestro y siniestro con grafitis unos dibujos de gigantes y cabezudos un tanto peculiares, distintos a los que había visto por la calle. Eran excesivos, enormes, gordos, deformes y grotescos.

En medio de la estancia una inmensa mesa repleto de viandas, plato de colores y bebidas exóticas. Hacia ella se dirigió un personaje con pelo enmarañado, salvaje, oculto detrás de una barba poblada. En la mano portaba una botella de un líquido irreconocible azul pitufo  y dos copas. Los ojos refulgían con un destello a pesar de estar medio ocultos por unas gafas estrambóticas, al igual que su atuendo. Si algo sabía reconocer Lou-Lou, era la locura propia de un genio.

-Bienvenue, mon chérie. Te estábamos esperando. Disfruta de mi pequeña fiesta. Encantado de conocerte. Somos los inconformistas sanfermineros del más allá. Los güiris que vienen todos los años y los que están iniciándose. Como tú.

Allí en la fiesta había gente de todo tipo y color. No parecía casi nadie oriundo, sino gente venidos de lejanas latitudes. Casi extraterrestres. El Jazz comenzó a entonar una versión sutil y delicada del cántico de San Fermín. Apurando el trago, Lou-Lou  dirigió la vista hacia una manada de seis enormes toros muñecos  azules con enormes testículos amarillos, que entraban en la estancia intentando atrapar a la gente. A los que lograban  alcanzar, los tumbaban sobre la alfombra y simulaban sodomizar a los presentes, ante las risas y las chanzas del personal. Algunos, los más osados, se abalanzaban sobre ellos, intentando seducirles. Cuando parecía que lo iban a lograr, aparecían las perras encadenadas azuzando con los látigos a los muñecos bureles y presentes.

Intentando en vano huir de tan salida manada, Lou-Lou se parapetó detrás de una estatua asemejando una  bota de vino de las tres Zetas. Sólo que en lugar de las tres zetas, portaba tres enormes tetas. Inútil esfuerzo, ya que toda la manada se dirigió hacia ella .Fue en ese momento, cuando ya se daba por perdida y bien jodida, cuando de la nada salió un torero, con un traje de azul neón, luces leds amarillas y  una enorme montera coronada con dos falos .Como muleta, utilizaba una espada de neón de las guerras de las galaxias.

Empezó a despejar a los bureles con una destreza propia de un samurai absentizado. Los toros, asustados, se alejaron del personaje buscando otras presas menos ariscas y más factibles. El salvador de Lou-Lou, atusándose un bigote señorial que lanzaba destellos amarillos, se dirigió a ella.

-Ravi de vous rencontrer, Lou -Lou.

-Mercí, mesieur….

-Papytu, mi nombre es Papytu.

 

(Continuará….).