Archivo por meses: Mar AM


Chupinazo 2014 3

La Cruz Roja lanzará el chupinazo el próximo 6 de julio de 2014.

Esta será la cuarta ocasión en la que no lo lance un miembro de la corporación pamplonesa.

En el año 2000 lo lanzó Cesar Palacios en calidad de capitán del Club Atlético Osasuna con motivo del ascenso del club a primera división.

En el año 2001 el encargo recayó en Fermín Tajadura como presidente del Portland San Antonio ya que el equipo fue campeón de la Copa de Europa de balonmano.

La tercera ocasión, en el año 2010, fue Mari Lanuza el privilegiado en calidad de presidente de la Comparsa de gigantes y cabezudos. Comparsa que cumplió los 150 años. Ahí es nada.

Este año el honor ha caído sobre la Cruz Roja de Pamplona. Entidad que realiza una labor imprescindible durantelas 204 horas de fiesta y de manera destacada durante el encierro.

Nosotros tuvimos el privilegio de que el presidente de la Cruz Roja de Pamplona, Mikel Martínez, diera vida al relato ganador del primer certamen de microrrelatos de sanfermín: “El último encierro” de Javier de Prada.

Una voz y un relato que merecen la pena disfrutarlos.

Enhorabuena Cruz Roja, enhorabuena Mikel !.


Encierro del 7 de julio de 2013

Es sabido que está totalmente prohibido introducir en el recorrido del encierro cámaras. Sin embargo, los avances tecnológicos cada vez ponen más fácil sortear la normativa.
Hoy os invito a ver este vídeo que dura casi una hora. Pero como no olvido el lema del blog, os aseguro que basta con ver el primer cuarto de hora. Se trata de la grabación de un encierro que ha hecho un extranjero con sus gafas. Sí amiguitos, unas gafas con cámara incorporada (son las pivothead sunglasses), que se han utilizado ya para grabar el punto de vista más espectacular de numerosas actividades de alto riesgo.
Arranca con la evolución de la masa de corredores mientras duran las barreras policiales, muy interesante ver los distintos niveles de tensión y excitación con que afrontan los minutos previos al estallido del cohete los distintos corredores, y francamente angustioso cómo el portador de las gafas se ve obligado a superar el montón que se forma en la bajada al callejón. Se trata del encierro del siete de julio del año pasado. Segundos antes, un toro se encuentra con el tapón y opta por no embestir. Espectacular.
 

Por un puñado de pipas 4

Los reventas nos entraron donde el Moreno, el que echaba al  arrebuche los viernes caramelicos o premiaba con un una pasta marrón con azúcar glas al primero que diera una vuelta corriendo a la Plaza de Toros (el Moreno era un adelantado del marketing; a la del otro kiosko, la de enfrente de los Escolapios, a la que llamábamos la bulldog, no le comprábamos nunca —o casi nunca—, aunque nos pillara más cerca del colegio).

—Eh, chavales, si os ponéis en esa fila —señalaron la taquilla de la plaza los reventas— os damos veinte duros y os compramos una bolsa de pipas de las grandes, para que os entretengáis mientras esperáis.

Y antes de contestar ya nos estaban agarrando del brazo, con las manos sudadas y las uñas negras por la tinta de las entradas y la roña de los billetes,  y llevándonos a la cola.

—El dinero luego, las pipas aquí las tenéis —dijeron.

Y allá nos pusimos a esperar a que abrieran las taquillas, pelando pipas, clic, clac, y cada una sonaba como algo que se quebraba por dentro de nuestros cuerpos. Acojonaditos, estábamos. Sin atrevernos a mover un solo músculo (que no fuera el de cascar pipas).  Después ya apareció el borracho aquel, y empezó a decir tonterías, y más tarde el antitaurino, con sus carteles cutres y su voz de trueno enfermo, y el borracho se solidarizó con él: “Las plazas de toros hay que reconvertirlas”, decía, “concursos, concursos de polvo sobre la arena, habría que hacer”, y las familias enteras de gitanos que también guardaban cola junto a nosotros se retorcían de risa en sus sillas de camping oyéndole e imaginándose a unos cuantos payos blancuchos con el culo al aire, y así nosotros poco a poco nos íbamos relajando y sacudiéndonos el miedo.

Después se fueron los dos, el borracho y el antitaurino, y los gitanos se echaron una siesta, y a nosotros se nos acabaron las pipas y decidimos abandonar nuestro primer trabajo, porque pensándolo bien no había derecho, ahí, sin contrato ni nada.

Al día siguiente, quedamos como siempre donde la estatua de Hemingway. Y como siempre mis amigos llegaron tarde. En realidad, no sé ni si llegaron, porque mientras estaba esperándoles, de repente vi venir pisando muy fuerte y con el ceño convertido en una grapa a uno de los reventas que la tarde anterior nos habían comprado las pipas. Salí pitando. Yo nunca había ganado una de aquellas carreras que organizaba el Moreno, pero estoy seguro de que ese día di la vuelta a la Plaza de toros más rápido que nadie nunca.

Durante todos aquellos sanfermines no pude quitarme del brazo el olor a tabaco negro y a billetes que pasaban de mano en mano. Y durante varias semanas, por mucho marketing que hiciera el Moreno, la bulldog ganó un nuevo cliente.


Las luces de la noche 3

Entre que sales de los toros, vas con tu peña y te echas unos potes, este barrio viejo de Pamplona se tiñe de gris. Casi sin darte cuenta, el sol se oculta y, por unos minutos, una tenumbra surrealista envuelve calles y personas, más grises que blancas, sí, mientras las txarangas pueden surgir de cualquier esquina y las farolas y los letreros de bares y tiendas empiezan a encenderse.

A eso de las diez, la luz atávica del toro de fuego recorre la plaza Consistorial, Mercaderes y Chapitela, olor a cohetes y pólvora por todas partes, entre guiris con litrona, críos y crías valientes, vendedores senegaleses y estatuas humanas.

La plaza del Castillo recibe al zezensuzko con esa horrible y al mismo tiempo entrañable iluminación sanferminera y más de dos esperan los fuegos artificiales bocata y katxi en la mano. No suelo acercarme a la Taconera o la Vuelta del Castillo para verlos, no, pero disfruto con su estruendo y sus colores reflejados en las fachadas de los edificios de la plaza de San Francisco, tan cerca de mi peña.

De madrugada, las barracas iluminan el Arga mientras las luces discotequeras de bares y peñas se asoman a sus puertas hasta que, a eso de las seis y media de la mañana, las farolas vayan apagándose y la Estafeta vuelva a pintarse de gris, a los compases de la Pamplonesa y las máquinas barredoras.

noria


Todo cambia 3

 

En muchas ocasiones hemos comentado que el paso del tiempo todo lo cambia. Hemos visto fotografías de los sanfermines de antaño y de los actuales, observando las evidentes diferencias. También hemos escuchado las historias y anécdotas sanfermineras de nuestros mayores. Historias que ahora serían impensables dado el cambio radical que ha sufrido la fiesta. E incluso las cosas que pensamos que nunca cambiarían o que damos por hecho que siempre estarán ahí, también están sujetas a cambios.

guerendiain_curva

En una de las curvas más famosas del mundo, la curva de la Estafeta, ha estado ubicado en su número 1 un local  que desde 1754  ha sido regentado por la familia Guerendiáin. El local es fácilmente reconocible. Es el establecimiento en cuya fachada está dibujada la imagen de San Fermín y los pañuelos de las peñas. Uno de los miembros de esta familia, Pío, reconocido fotógrafo e inspirador del Cartel que celebraba el cincuenta aniversario de la Feria del Toro, ha captado la esencia del encierro, y de la curva en particular durante años. Todos hemos visto sus impresionantes fotografías tomadas desde la gatera. La brutal fuerza de los toros. El pánico en las caras de los corredores. Imágenes que han dado la vuelta al mundo y que según parece esté será el último año en el que se podrán hacer y disfrutar.

 

El hecho es que el edificio ha sido vendido. Imagino que se remodelará o se rehabilitará y no sé qué pasará con el local. Lo que si parece claro es que perderá el encanto que tiene y que una de las imágenes emblemáticas de la calle Estafeta desparecerá.

 

Os dejo alguna de las fotos que Pío Guerendiáin ha hecho a lo largo de los años desde su gatera.

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