Archivo por meses: febrero 2015


Bill Hillman y su arriesgada campaña de promoción 1

El pasado 9 de julio un corredor norteamericano sufría una cornada en la bajada al callejón:c_mz_16_g

El de negro es «Brevito”, y el que está en el suelo con el asta en su muslo es Bill Hillmann, un corredor norteamericano. Cualquiera sabe que eso no es una gran noticia, salvo que el corredor en cuestión sea coautor de este libro, prologado por el mayor de la muy ilustre ciudad de Pamplona, Don Enrique Maya

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El libro cuenta con la participación inestimable , en eso es poco original, de las divinidades:  Julen Madina, Miguel Angel Eguíluz y Jokin Zuasti, a los que pronto habrá que dedicar una calle en Pamplona, o peor, un tramo del encierro.

Evidentemente la noticia no pasó desapercibida para los medios, en especial los del otro lado del charco, y se podían leer reseñas en la CNN, Los Angeles Times y muchos otros que venían a decir, más o menos, que el autor de una guía de supervivencia del encierro había sido corneado en Pamplona. Vamos, como si Frank De la Jungla hubiera sido devorado por una pitón en el Amazonas.

Arriesgada campaña de promoción, pensarán algunos.

Sin embargo, yo pensé que habría que ser muy inocente para no aprovechar ese filón para la promoción de un próximo libro relatando la espeluznante experiencia.

Pues bien, buceando un poco en la red ya podemos encontrar lo siguiente:

 

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Y al parecer, si no entiendo mal la página de Amazon, estará disponible en julio de este año. Entre las frases para promocionar el libro se dice “novelista, corredor en España y corneado el pasado verano por un toro de nombre Bravito”…el cambio del nombre del toro imagino que obedece a motivos comerciales.

Como si fuera un excombatiente en Irak, la mejor prueba del valor es lucir la herida de guerra para confirmar la veracidad del producto, aunque también hay veteranos de Vietnam que mendigan por las calles enseñando una pierna destrozada por el napalm.

Voy a repasar bien el vídeo, a ver si fue una perfecta campaña de promoción premeditada. Cosas más raras se han visto. Aunque quizá la razón es pura y simplemente sufragar los gastos que le facturó el Servicio Navarro de Salud, que fueron, según cuenta en una entrevisa, de unos 12.000 dólares por su estancia en el complejo hospitalario.


Febrero

La nieve cubre de resistencia la ciudad, la pulcritud de los residuos se amontona en las aceras cubierta por el manto impertérrito de la nada que todo lo desfigura, bajo la límpida superficie de lo inútil se conjetura, como una sombra, la segunda afrenta por adosar al anaquel de la materia ineludible, hasta llegar al objetivo, el deseo de que nada pierda su sentido, de que concuerde con la necesidad de lo tangible, sentimos el viento frío en nuestra espalda, es el incipiente pasado mientras acechamos al leve presente, como una máscara que va adquiriendo consistencia bajo el agua de las fuentes y me pregunto por qué debemos esperar.


El asesinato de Caravinagre

Ya hemos hablado en otras ocasiones de novelas policíacas ambientadas en San Fermín como Un extraño lugar para morir, de Alejandro Pedregosa o Las lágrimas de Hemingway, de Reyes Calderón.

Desde hace unas semanas, la nómina se completa con El asesinato de Caravinagre, de Miguel Izu.

Que la disfrutéis.

Cubierta Caravinagre 2

Pamplona, 6 de julio. Han comenzado los sanfermines. Amparándose en el bullicio y en la multitud festiva que llena las calles, alguien ha disparado mortalmente contra Caravinagre, la figura más popular de la Comparsa de Gigantes y Cabezudos. Rafael Echarte, abogado novato aunque ya cuarentón, tiene que renunciar de momento a las fiestas para defender a un sospechoso del asesinato que ha sido detenido. Mientras trata de obtener su libertad y averiguar la verdad de lo sucedido, recibirá consejos de que abandone el caso, inquietantes ofertas de ayuda y advertencias de que su cliente puede ser el chivo expiatorio de una intrincada conspiración con amenazadoras ramificaciones políticas.

Miguel Izu, pamplonés, buen conocedor de las fiestas de San Fermín, construye una enrevesada intriga policial que sigue los pasos de un melancólico y meticuloso abogado agobiado por tiempos de crisis económica y por su propia crisis personal. Al tiempo que describe diversos ambientes de la ciudad y de sus fiestas, hace desfilar una galería de curiosos personajes y se aproxima a algunos aspectos de la compleja realidad política y social de Navarra, conduciendo el relato hacia un desconcertante desenlace.

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Los bebés y peques de cero a cuatro años también disfrutan de los Sanfermines y al igual que todos los asistentes, pueden vivir durante las fiestas experiencias, sensaciones y descubrimientos únicos. Así:

– Pueden tener la oportunidad de montarse por primera vez sobre un animal cuadrúpedo: bien sobre los caballos de los alguaciles, bien sobre las mulillas, bien sobre los ponis de las barracas, bien sobre el toro disecado que ponen en la entrada del Hotel Maisonnave, bien sobre algunos de los animales del circo o de la feria de ganado o bien, lo que suele resultar más común, sobre la espalda de sus padres cuando regresan a casa el día 6.

– Pueden saborear y sacarle gustillo a las alpargatas, a los extremos del pañuelo, a los hilos de la faja y al pitorrillo de la boina.

– Pueden ponerse morados de pintxos y fritos variados a la hora del vermouth, ponerse de comer potitos recalentados fuera de casa a punta pala, probar por primera vez los ricos churros y descubrir emocionados que hay chucherias distintas a las que toman habitualmente los fines de semana como los bastones gigantes llenos de caramelos, los algodones rosados azucarados o las pegajosas manzanas caramelizadas.

– Pueden observar los distintos estados en que puede encontrarse un globo de su personaje de animación favorito: pueden verlo volar por el cielo, verlo moverse trompiconadamente por el aire junto al resto de sus compañeros delante de unas gorras blanquiazules, verlo como un accesorio más de su silleta o capazo, verlo como un apéndice de su propio cuerpo si se lo atan a su muñeca o verlo deshincharse poco a poco en los techos de su cuarto conforme van pasando los días desde su compra.

– Pueden lucir orgullosos sus primeros tatuajes, generalmente en los brazos, con su nombre y nueve cifras.

– Pueden conocer a lo largo de las fiestas a míticos personajes que les produzcan una gracia inversamente proporcional a la que termina provocando en sus progenitores, como el títere Gorgorito, la bruja del tren chuchú  o los pollitos de distintos colores.

– Pueden sorprenderse por encontrar todas las calles repletas de vómitos y no haber visto a ningún niño devolver.

– Pueden descubrir a los miembros de la Comparsa de Gigantes y Cabezudos y no llegar a comprender el empeño que ponen sus padres para quedar con ellos durante la despedida del día 14 y dejarles sus chupetes; y pueden, en la mayoría de los casos a partir de conocerlos, desarrollar y escenificar un brutal instinto de supervivencia si en cualquier momento los vuelven a ver o escuchan aproximarse los txistus que los acompañan.

– Pueden preguntarse por qué toda la gente, pequeños y mayores, en plenas vacaciones de verano, llevan el mismo uniforme sin ir al mismo cole y por qué hay algunos que llevan bata en forma de blusa y otros no.

– Pueden estresarse mogollón con el ajetreo que provocan los que estén a su alrededor el día 6 al mediodía y el resto de mañanas en torno a las ocho.

– Pueden comprobar el nivel de pericia en la conducción que demuestran los porteadores de su silleta o capazo abriéndose paso en los distintos actos y calles.

– Pueden disfrutar  de una visión privilegiada de las fiestas desde los sufridos hombros de sus mayores.

– Pueden no llegar a entender jamás por qué los mayores tienen tanto interés varias veces al día por ponerse los dedos en su frente simulando ser cuernos de toro, mirarlos y amagar con pillarlos. El tema es especialmente preocupante si son su padre o su madre quienes más lo hacen…….

– Pueden ponerse hechos un cristo intentando hacer burbujas de jabón.

– Pueden estrenar cadenitas, pulseras u otras piezas de joyería con motivos sanfermineros.

– Pueden hacer que sus manos se conviertan en magníficas orejeras a la hora de los fuegos artificiales.

En fin, pueden hacer tantas cosas……en las barracas…….en Conde Rodezno…acompañando a la Comparsa…..en la ofrenda floral al Santo…. Y poco más.

De los cinco a los catorce años, ya será distinto.


El primer encierro 2

Mario llevaba tiempo esperando esos Sanfermines. Había hecho sus pinitos en fiestas de pueblos delante de vacas y novillos. Y había corrido su primer encierro de toros en Tafalla. Pero ese año iba  a correr su primer encierro sanferminero. Durante los días previos a las fiestas estuvo viendo los encierros de los dos años anteriores que su padre grababa y guardaba como oro en paño. Cada encierro que veía se imaginaba las carreras que iba a hacer. Cogiendo toro a la altura del Piri y aguantando su carrera hasta el Fitero. Era 1.994.

Tenía bastante claro que el encierro del día 7 no lo iba a correr. El día 6 sería largo y no tenía intención de irse a casa para estar fresco. Su idea era correr el día 8. De empalmada por supuesto. Llegaría un momento de la noche en el que apartaría el alcohol, se bebería un par de cocacolas y se iría a por la prensa. Pero llegado ese momento lo que se le cruzó aquella noche fue una morena. Mario sabía que habría más encierros pero no tenía tan claro que fuera a tener más oportunidades de ligar durante los sanfermines. Anduvo fino Mario. Gracioso y cariñoso. Divertido y vacilón. Pero a Mario se le escapaban vivicas. Le faltaba lanzarse. Y la noche de aquel 7 de Julio se quedó sin encierro y sin chica.

Sería el 9. Ya no podía esperar más y no iba a dejar que nada ni nadie se cruzara en su camino. En los toros y la cena lo dio todo. Pero durante la madrugada echó el freno. Estaba nervioso. Los katxis de kalimotxo pasaban por sus manos pero solo les daba pequeños sorbos. Después de dos refrescos, a las 6:30 Mario se despedía de los amigos como si fuera su último adiós mientras ellos pasaban bastante de él y aprovechaban para recordarle su bajonazo del día anterior.

Se fue tranquilamente al puesto que había en la Plaza de los ajos y compró el periódico. Poco a poco. Despacio y haciendo tiempo cruzaba la calle Mayor hacia la Plaza Consistorial. Una vez allí intentó ubicarse. Dio varias vueltas pero no encontraba su lugar. Se giró hacia Santo Domingo y se incorporó a la hilera de corredores apoyados en la pared del Ayuntamiento. Se sentó y empezó a leer la prensa. Cada dos minutos miraba el reloj del que estaba a su lado pero el tiempo no pasaba. Escuchaba las conversaciones. Veía a la gente bajar hacia la hornacina. Saludo a un par de conocidos y se tranquilizó. Luego Mario vio a su primo. Después a David. Se levantó y empezó a hablar con él. David era compañero del colegio y había debutado el día 7. Empezaron a estirar. El corazón le iba a mil. Se despidieron y se desearon suerte. Mario se apoyó en Unzu y esperó allí el cohete. En esos tres minutos que pasaron hasta las ocho empezó a ver a conocidos pasar delante de él deseándole suerte. Todos parecían tranquilos. Él estaba acojonado. Sonó el cohete y Mario echó a andar. Enfiló Estafeta y empezó a trotar mientras saltaba esperando ver a los toros coger la curva. La gente aceleraba a su lado y él aceleraba con ellos . Pero no veía a los toros ni los oía. Estaba bastante perdido. Se apartó y se subió a la acera. Se quedó allí esperando a que llegaran entre empujones y golpes. Vio pasar a David. Poco después los toros. No esperaba esa velocidad, ni esa violencia, ni ese tamaño. Se volvió a casa con un sabor agridulce. De un lado la ilusión de verse metido en el recorrido. De ver pasar a los toros. De saber que iba a correr muchos más encierros. Del otro lado darse cuenta de que lo que tantas veces había visto en la tele era otro mundo. Que esas carreras que había imaginado igual nunca se producirían.

Tras ese encierro vinieron muchos más. Algunos mejores y otros peores. Mañanas gloriosas para Mario. Con caídas y sustos. Con carreras que aún recuerda. Cada vez que entraba en el recorrido sentía algo especial. Una sensación que varios años después de dejar de correr todavía echa de menos.