Archivo por meses: septiembre 2017


IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

LA CARRERA

Xabier Sancho

Se susurró la palabra mágica en el oído preciso, y tras el estruendo, la atrancada compuerta por el desuso cedió aquella mañana del 7 julio en la que al fin, salí corriendo por las calles de aquella ciudad desconocida.
Vaya que si corrí, corrí como los mejores, determinado, astuto, sólo cabeza.
Corrí cómo corre el vino fresco por la garganta reseca, casi sin aliento del tenor improvisado, o como corre un niño, mitad alegría mitad pánico, cuando intuye tras de sí, verga en mano, mueca eterna, la sobrenatural presencia del kiliki.
Corrí con las ganas de llorar con las que corren los que sienten, corrí por existir, por que quiero vivir los Sanfermines, corrí por los gigantes, los cabezudos, corrí para besarme en los fuegos, corrí por los encierros, las verbenas, corrí por que me gusta esta ciudad, la faja, el pañuelo, ser uno más de ellos.
Sigo corriendo, por que ya veo la plaza, y un punto vulnerable en su estructura, acelero el ritmo, estoy cerca, soy el más fuerte, sprinto, salto, esquivo unos últimos contrincantes y entre abucheos me cuelo el primero en la plaza.
Victorioso y exhausto troto hasta el centro, me acurruco en el suelo y duermo.
Naceré en Abril.
 

«LA PRIMERA FOTO DEL DÍA»

Petri Del Castillo Manuyama

Seis de Julio, seis de la mañana, otro año más y siempre como el primero, nervios a flor de piel, nuevamente la ilusión se apodera de mí, cojo mis cosas y me voy, todo listo para este gran día, o eso creo yo.
Este año no volverá a pasar, dicen que siempre llego tarde, pero hoy daré la gran sorpresa. Todos se preparan, las calles se van tiñendo de blanco y rojo, bullicio, música, y alegría en cada zancada que doy. Aligero el paso y de repente… Paro en seco y me detengo, no está conmigo, mi compañero, mi amigo, que saca sonrisas, carcajadas y algunos lloros, no puede ser. ¡Hoy no!
Mientras tanto, caras a mí alrededor, padres con silletas, niños aúpa, unos me dicen:
– ¡Hola!
– ¡Venga, ya queda poco!
– Unos cantan mi canción y otros, simplemente me miran.
Noto como algunas miradas se cruzan y silenciosamente dicen entre ellos:
– ¡Es él, vamos, pídele una foto!
– No es él, le falta algo, dice el niño.
Me giro y digo:
– Venga, nos sacamos la primera foto del día.
– ¡Y la nuestra!, contestan.
Todos contentos con la foto, vuelvo a por mí Verga y corriendo a la comparsa. 

SELECCION NATURAL

Cristina Villanueva Heras

Todos tan iguales, pero cada uno con su esencia. Apiñados en aquél lugar, esperábamos con impaciencia a que diera la hora. Era el gran día. El día que íbamos a rozar el cielo.
La tensión se sentía en el ambiente con muchos nervios aguardábamos que diera la hora.
Yo intentaba ponerme de puntillas para sobresalir, dejarme ver. Aprovechaba para poder coger aire en esos últimos minutos de angustia e incertidumbre. Oía el sonido de la calle, sentía la emoción en el balcón. Un sentimiento de orgullo me recorría de arriba a abajo.
Ya está, ya se acerca, el afortunado lanzador del cohete, se está aproximando al balcón. Éste puede ser mi gran día. Me pongo de puntillas, cojo aire y cierro los ojos,
-Pamploneses, pamplonesas, ¡Viva San Fermin! ¡Viva!
– ¡Gora San Fermin! ¡Gora!
El cuerpo me ardía, mi mente humeaba alegría y miedo al mismo tiempo. Estaba muy asustado de ver tal cantidad de gente.
– Tsssss Pum.
En aquel momento salí disparado hacia el cielo y tuve el privilegio de contemplar la vista más hermosa que jamás había visto. Acompañado por una banda de confetis, música y gritos, cientos de personas me aplaudían.
Fui yo, el afortunado, el cohete seleccionado.
‘Felices fiestas!

 


IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

GLÍGLICO

María Villar Cembellín

Julio Cortázar era un gran aficionado a la tauromaquia. Pero es la historia no contada que el genial autor argentino se encontraba en Pamplona cuando escribía Rayuela. He aquí un fragmento de su diario:

«La calle aparece oropendolizada, llena de gurcias y hermosas marraquisencias. Por doquier se arrepestoliza en Pamplona una buenesencia humefescante, un jenasaisquoi festilovivo.
Ayer por la tarde argontendí a la Plaza, donde un estleforoso toro, el quinto, me regaló la más constrinconspua de las galancias: ¡qué zofio! ¡qué morazondia! El animal revolbandaba con premuncia, currespando bravío, espermujando por la boca. Palpitaba el rod. En toda mi anzopastia he disfrutado de ordopéndalo mejor.
Luego me enconmandé al urgelio de alimentarme: entusgué unos morelios con vuelapastas que en verdad os digo eran como una carinia en el miolasma. ¡Evohé!, no pude menos que prosentir un tíbulo, brindando con rojilunio ergomantino.
Ancito, satifescente, me regresé a mi dormepuente para la reduplimentada siesta. ¡Ah, qué sobrezántica farazoria!
Ya por la noche me encomisté a un merable pleraplo: todo se revoldaraba y embulsionaba, los ergulios se encristaban, los fíndulos se extracinstaban como dispulatos de brindamina. ¡Increíble molario! Ebruno, chispondante, me encontró la albadorada.
(…)
NOTA: Creo que tengo una idea para el capítulo 68. »
 

EL ENCIERRO.

José Carlos Márquez Martín

Un minuto para las ocho. Durante años he esperado este momento. Un sólo minuto y comenzará el que seguro va a ser un día inolvidable. En mi familia, mis padres, mis tíos, mis abuelos han disfrutado antes que yo de los encierros. Todos cuentan historias y coinciden en que hay que vivir la fiesta al menos una vez en la vida.
Y llegó el día, rodeado de los que me quieren y a los que quiero a un lado y a otro. Son sólo algo más de ochocientos metros de recorrido que deben parecer interminables una vez que comience el recorrido. Estoy nervioso. Inquieto. Moviéndome de un lado a otro. Los últimos días no he podido dormir.
¡Ya! Son las ocho. Encienden el cohete que sube más de cincuenta metros antes de estallar. En ese momento se abren las puertas y salimos corriendo detrás de todos los que han venido al encierro vestidos de blanco con pañuelos rojos.
 

ES SAN FERMÍN

Feli Azcarate Iriarte

ES SAN FERMÍN
Son las nueve. Después de desayunar bajo a la calle.
El fresco de la mañana me obliga a buscar en la otra acera un resquicio de sol que se cuela desde arriba
El silencio es estremecedor. Justamente se oye, muy lejos, algún chistu proveniente de las charangas que recorren el casco viejo desde el amanecer.
La calle , de las más antiguas ,huele a limpio. Da gusto pasear en esas mañanas de verano que se barruntan calurosas y efervescentes. La gente va a lo suyo, veo algunos vecinos que van a por el pan o a hacer algún recado
-Buenos días- digo
-Buenos días- me contestan
Las 12 de la noche. Después de cenar salgo a dar una vuelta.
Casi no consigo pasar del portal, materialmente ocupado por unos jóvenes, que hablan a gritos en alguna lengua que no entiendo
Hace calor, quizás más humano que meteorológico.
La calle, de las más antiguas, está sucia; llena de gente; y por el suelo , botellas,vasos, restos de comida y de…cualquier cosa.
El ruido es estremecedor. Guirigay de músicas, conversaciones cruzadas, griterío diverso, cánticos espontáneos, debates etílicos.
-¿A dónde vas?- me dice alguien -ven, tómate algo-…y siguen cantando.
-Vale- contesto.
Es San Fermín.
 


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IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

EL TRAJE DE MADERA

Laura Nieto Idiazabal

Me coloco el traje. El de los tirantes de madera. Escondido bajo el vestido de gala a través de mi ventana secreta, espero.
Siento el murmullo que envuelve la carcasa, noto como vibra el suelo al compás de las pisadas.
Parece que llega el momento.
Late.
Sensaciones conocidas las que recojo y el corazón se escapa.
Late. Más fuerte.
El trajín de voces que van y vienen, hay quien levanta mi falda, suena un tambor, o dos notas de gaita. Niños que entran. Madres que hablan. Extranjeros que buscan la foto. Chavales que cantan, abuelos que recuerdan…
Siento el blanco aporderarse al otro lado del velo, como otras veces. La multitud a la espera, el sol que aguarda, el adoquín que sostiene, la brisa que agrada, el vino que riega…
…El cohete que estalla!
Atento al redoble, esperando la gaita. Anudo mi ganas al cuello y me sumo al desorden. Alzo a quien me esconde al viento.. y balia.
Me pierdo en las notas mezcladas, músicas pasajeras, sonrisas lejanas…
Fundido en el traje me dejo llevar donde quiera.. me siento gigante.

 

OBSTINADA DEVOCIÓN

Carlos Andrés Fabbri Campos

Los procesionistas procesionan procesionando. Llevan puestas las «txapelas» como platos; visten rigurosa camisa blanca y al cuello anudan pañuelos rojos. Cargan sobre sus hombros una radiante y pesada talla de la imagen del venerado Fermín. Han partido de la cuesta de Santo Domingo y se llegarán a la plaza de toros tras recorrer casi novecientos metros pasando por el Ayuntamiento, la calle de Los Mercaderes, la Estafeta, Telefónica… para pisar por fin, la arena.
Comenzaron el recorrido tras el chupinazo y ya no pararán de andar. A lo largo de ocho días irán quedando atrapados entre las callejuelas del casco antiguo. Una vez dentro de la plaza harán triunfal vuelta al ruedo, saludarán al respetable, descansarán del peso del Santo y se regresarán. El mismo camino desandarán al ritmo pegadizo de tambores y flautines. Entonarán el «Pobre de mí…» y otra vez vuelta a empezar. No quieren despedirse ni de San Fermín ni de las fiestas. Más bien… no pueden.
El 14 de Julio aún no encuentran la excusa propicia y siguen dando sus pasos por las mismas calles hasta que el próximo San Fermín, los sorprenderá procesionando como procesionan los procesionistas. Un poco cansados, eso sí, aunque con la obstinada devoción intacta.
 

BODAS DE ORO

Amaia Erviti Tolosa

Tras la celebración, Mike le pidió a su abuela que les volviera a relatar cómo se conocieron. Sus ojos se vidriaron y volaron a Pamplona, en 1942. Comenzó la historia, mientras embelesados, todos posamos nuestra vista en ella. – El destino le llevó a vuestro abuelo como fotógrafo a San Fermín, tras años ejerciendo como reportero de guerra. La noche del día 8, me invitó a bailar en la verbena del paseo Sarasate. Acepté un tanto cohibida debido a la presencia militar. Apenas nos entendíamos, pero su mirada gris me cautivó. Me acompañó a casa, y, aquella noche, estuve en vela observando aquella delicada flor con la que me agasajó. Quiso la fortuna, a la mañana siguiente, que lo encontrara fotografiando el encierro desde el vallado. Durante seis días degustamos un chocolate con churros en “La Mañueta”, fotografió a gigantes y cabezudos bailando por la cuesta del Labrit, vimos la inauguración de gaiteros y txistularis, películas al aire libre, el ambiente de las peñas…En el pobre de mí nos despedimos con la promesa de que volvería, y meses más tarde lo hizo. Y, hoy, seguimos celebrándolo.
Mike, días más tarde, cierra la maleta repleta de ropa blanca.
 


IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

SABOREANDO SAN FERMÍN

Laura Villanueva Pueyo

Me gusta beber a sorbos lentos una copa de vino blanco bien frío en cualquier terraza de la plaza del Castillo de Pamplona en fiestas. Observar a cientos de paseantes vestidos de rojo y blanco, y disfrutar del momento con ellos.

A los tres años me fascinaba acompañar a lomos de mi padre a Sus Majestades los Gigantes al son de txistu, gaita y tambor; evitando, eso sí, a Caravinagre y compañía.

Algo después los sanfermines significaban nueve días interminables de diversión en la calle: de encierro a las ocho, de procesión solemne, de jota y lagrimica, de pasacalles con la Pamplonesa y las peñas, y de mucho trasnochar tras los fuegos. Me recuerdo fantaseando sobre chicos con mis amigas en la plaza de los Fueros, escuchando conciertos de rock, riéndonos y compartiendo bocata, bravas y cerveza.

A mi marido le encanta el chupinazo. Nunca se perdería el almuerzo y yo nunca me perdería almorzar con él.

Acabo de apurar mi copa. Hoy el vino y el pincho me han gustado más que nunca. Saben a lucha y triunfo frente a mi incertidumbre tras la cirugía y la quimio. Quién me lo iba a decir: San Fermín, aquí me tienes un año más.  

DESDE MIS OJOS

Alejandro Cartujo Villar

Apretó con fuerza la mano de su abuelo y buscó con la mirada el sol que se perdía entre la marabunta de cuerpos que avanzaban empujándose por las calles. Aquella mañana se había levantado temprano despertado por el sonido de los tambores y de las charangas que recorrían las calles. Aunque no llegaba a la cintura de su padre se sintió mayor. Incluso su abuela le había dejado beber con el desayuno un pequeño dedal de moscatel acompañado de una torrija. – Te hará fuerte – le había dicho pellizcándole una mejilla. Era su primer encierro y lo vería desde el pie de calle, con los hombres. A lo lejos vio a su padre que se movía de un lado a otro, inquieto. Su abuelo le levantó en el aire y le sentó en sus hombros.- Atentó – le dijo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y se asustó al sentir la explosión del cohete en el cielo. Gritos de cencerros, mugidos y cientos de pasos golpeando el empedrado. La estela en sus ojos de su padre corriendo y la certeza en su cabeza que dentro de poco tiempo el estaría corriendo… 

AHÍ VAS A SABER.

Pablo Gornatti

“¿Que olor tiene la adrenalina?” Me preguntó un amigo argentino una vez. No supe que responder. Desde ese entonces, la pregunta me rebotó en la cabeza. A cada paso que daba en mi vida, más me preguntaba. Cada segundo que pasaba en mi vida, más me molestaba el hecho de no haberle respondido y peor aún, todavía no tener algo para retrucar. Pasaron meses, hasta que se volvió una búsqueda personal insostenible. Su búsqueda se había vuelto la mía. Empecé a usar su método, la pregunta. Muchos pasaron y todos me daban respuestas que no me llegaban a emocionar.
Un jueves cualquiera, a mediados de Mayo, estando en Barcelona, un amigo vasco, me invitó a una fiesta en su ciudad.
Al principio me hicieron mover para todos lados, correr por la calle, treparme por donde pudiese, escabullirme entre la gente. Mas tarde el vino, conversaciones de fútbol, conversaciones en idiomas que no conocía y después mas vino. Era todo gritos, aplausos, sudor, miedo, coraje, alegría, pero sobre todo éxtasis. Había cientos de miles de personas por todos lados.
Me fui a dormir, según la hora, mas temprano que tarde. Al día siguiente, respondí la pregunta que me había llevado hasta ahí.
Gracias por preguntarme,