Archivo por días: 28 de agosto de 2019


XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

SAN FERMÍN DEBAJO DE UN CIPRÉS

Deborah Moisés Rayo

Solo se escuchaba la brisa veraniega de aquel 7 de julio. Con mi pañuelo anudado al cuello, mi pantalón roto y descuidado y mis labios rojos, decidí salir a dar un paseo. El canturreo de algunas aves distraían las notas asonantes que salían de mis labios: <>

Por fin llegué a mi destino, aquel ciprés.

Estaba temblando y no podía articular palabra alguna, pensé que podía ser el alcohol, pero en realidad era imposible, llevaba años sin probarlo, años sin tomar nada. Me eché a llorar, ahí estaba ella como cada 7 de julio, tan bonita, con el pelo ondulado y los labios pintados de rojo; que tradición más bella teníamos. Recuerdo con cinco años el susto que me dio Caravinagre, como lloraba, desde ese día no quise despegarme de tu falda, hasta que cumplí los diez y me creí demasiado mayor para necesitarte; qué error. ¿Y qué me dices de aquellas comidas familiares que preparaba la abuela con las servilletas rojas en forma de triángulo?

Si pudiera volver atrás, si no hubiera pensado que esos días solo significaban alcohol, fiesta y descontrol, estaría todavía agarrada a tu falda cantando nuestra canción, <

BIGOTE

Raúl Clavero Blázquez

Hasta 1974 era ilegal que las mujeres participásemos en los encierros de San Fermín. Yo, sin embargo, unos años antes ya corrí varias veces disfrazada de hombre. Fue así como conocí a Manuel, mi marido. Le ayudé a levantarse en la curva de Mercaderes y él, en agradecimiento, me invitó a pasar el día con su cuadrilla. Yo estaba afónica por los excesos de la noche anterior, de modo que mi voz, normalmente demasiado fina, no les hizo sospechar nada. Con ellos bailé, bebí y comí durante horas hasta que, bien entrada la madrugada, decidí marcharme. Manuel me acompañó hasta mi casa y un par de calles antes de llegar me besó.
-Lo… lo siento – dijo, apartándose de un salto -. No sé por qué lo he hecho.
Entonces me arranqué mi bigote postizo. Jamás podré olvidar la expresión de su rostro, a medio camino entre la sorpresa, el alivio, y la carcajada en la que ambos explotamos a continuación.

Ahora son nuestras nietas quienes corren los encierros, y lo hacen siempre con alguna barba de pega, en homenaje a mí y a todas las mujeres, para recordar de dónde venimos, para recordar dónde estamos y todo lo que falta por hacer.