Archivo por días: 15 de enero de 2020


XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín 1

¡MIEDO!

José Alfredo Bojacá Zambrano

Mi corazón sintió la profundidad de la mirada del novillo con su hocico y su nariz vociferando escupitajos propios de su casta. Los cuernos apuntaban directamente a mi cabeza. La aceleración de la sangre recorrió palmo a palmo cada poro, célula, átomo, de mi ser. El miedo entró por mis venas hasta el cerebro y los músculos lo comprendieron porque quedé paralizado. Sacó su lengua áspera, roja, pegajosa de saliva y me lavó la cara.
¡No supe qué pasó! Desperté en cama del abuelo. Él limpiaba el sudor de mi cuerpo con una toalla. Sonreía pícaramente. Con un buen vaso de vino, dijo: “¡Calma nervios!
Habló divinidades del novillo… que sería un grandioso toro de lidia.
El miedo me persiguió la infancia, la adolescencia… era motivo de burla general.
¡No podía soportar más!
Me preparé para las fiestas de San Fermín: vestido de blanco y rojo, el pañuelo bien puesto… ¡Lucía impecable! Salí a la plaza. Esperé con ansiedad los lanzamientos de los cohetes…
¡Sonó el primero! La sangre hirvió de nuevo…
¡El segundo!… Sentí la algarabía, el júbilo. Canté “¡Pobre de mí!” y corrí pensando en las palabras del abuelo “¡Esto es para varones!” saboreando la lengua del toro en mi cara.
 

AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UN PALOMO COJO

Txema Lorea Martínez

El sol se acercaba a su cenit, e iluminaba la fachada del edificio. En lo alto de ella, varias figuras, y por encima de todas, la de un trompetero entre dos campanas.

Sobre el trompetero, apoyado en su única pata sana, el palomo cojo, observaba como la plaza se iba llenando de gente y de color. Asombrado por tanto gentío vestido de blanco y rojo, balones gigantes y salpicaduras sobre sus cabezas, cánticos y bailes saturaban ambiente de una inmensa alegría.

Espero y eligió su objetivo. En el centro, para tener tiempo de hacer un picado y remontar. No tenía prisa, no había posibilidad de errar. Vestido de blanco y con el pañuelo rojo asomando del bolsillo de la camisa, plantado entre la algarabía que lo rodeaba, firme, desafiante, así era su diana.

Ya sonreía pensando en el salpicón. Y él, valliente como ninguno, alzó el vuelo sobre aquella masa vociferante y sintió estallar la fiesta contra su pecho. Chis pun.