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XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

LA MARABUNTA

Marta Morant Escrivá

La experiencia resultó de lo más evocadora. El vino desató sus sentidos y la memoria le trasladó a aquellos sanfermines del 98, cuando comprendió que aquella tierra era un mundo aparte. Cerró los ojos. Una alegre marabunta uniformada de rojo y blanco invadió el espacio de su cerebro reservado a la cordura. Al girar la curva de Estafeta, el paso de los miuras levantó el polvo que los años dejaron en las suelas de tantos corredores que a golpe de periódico guiaban los toros hacia la plaza. El miedo y el ansia podía palparse.
Unas magras con tomate después, recuperó las energias suficientes para llegar a la corrida de la tarde. Tras cantar y bailar con propios y foráneos pudo verificar que aquí todo el mundo es amigo y que si, la comida y la bebida caían del cielo, y el agua de algún balcón.
Durmió como un niño en el mejor hotel, uno con miles de estrellas, bajo los pies de la luna en los jardines de la Taconera.
No sé que daría por volver a aquel embrollo folklórico-festivalero. Él, que tan sólo había ido a Pamplona para visitar la feria de ganado, y con aquel chupinazo habían estallado sus ganas de vivir. 

ALGORITMO SANFERMINERO

Iñigo Salvoch Hualde

El año en que lo iban a desprogramar, el androide Lenar-7 decidió regalarse una experiencia que muy pronto olvidaría. Asomado al balcón de la vigésima planta de Hotel La Perla, procesó las señales del barullo de humanos y artificiales que bailaban a sus pies mientras reflexionaba sobre lo absurdo de su existencia. Le corroía que amor, miedo o felicidad fueran sólo conceptos que cruzar. Big data. Por eso, cuando horas después escuchó el cohete que anunciaba que los toros estaban en la calle no se le aflojó ningún fusible. Acomodó su paso a la carrera de centenares de pamplonicas de blanco y rojo e intentó contagiarse de sus emociones. Ni un triste hormigueo. De pronto, una chica tropezó delante suya, quedando a los pies de un toro rezagado. Descubrió el pánico en sus ojos. Lenar-7 citó al morlaco e intentó un requiebro, pero no pudo impedir que el asta rasgara su coraza metálica y cortocircuitara sus paneles. Se desplomó. Su última visión fue la mano de la chica que intentaba embutirle los cables humeantes mientras una lágrima resbalaba por su mejilla. Fue entonces, en el instante en que dejó de procesar, cuando Lenar-7 sintió un chispazo fugaz que lo sacudió de arriba abajo.  


XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

ÉXTASIS

ángel Andueza Martinena

Sería difícil expresar la inmensa emoción acumulada en ese momento. Rodeado de blanco y rojo, a una velocidad trepidante, su corazón palpitaba como nunca antes. La secuencia se paralizó. El asta del toro remaba milimétricamente acompasada a la carrera del joven. La gente del vallado ya gritaba el “ay” de los sustos y se congeló en su alma la imagen. El mozo respiraba viviendo el éxtasis, la situación de riesgo, el vértigo de la puntada. Un instante, un suspiro… Algunos testigos prefirieron mirar a otro lado. De repente, el corredor volvió a la realidad. Se acordó del Rocío, de su novia, de su juego de rejones en la finca de los Domecq. Sintió la gloria del héroe en un momento, la consecución de su sueño de correr en los Sanfermines. El pitón alcanzaría el muslo, el sonido de los cencerros de los cabestros desaparecía asfixiado, el silencio inoportuno se vestía de tragedia … y en ese momento…, alguien lanzó un capote que hizo al astado cambiar de rumbo. El mozo cayó al suelo por la derecha y los toros siguieron su curso por la izquierda. En el próximo encierro volvería a experimentar el aliento de las reses resoplando por los glúteos.  

LA BESTIA QUE NOS UNE.

Concepcion Valle Santos

Tal y como dice mi abuelo no hay nada que se parezca a la sensación de la salida del toro para recorrer esa calle «abarrotá».
Solo valientes con nervio puro e innato sienten lo mismo que la bestia.
Esa bestia que engrandece los siete días mágicos en Navarra.
Aun a miles de kilómetros mi abuelo y yo sentados frente a la televisión nos acercamos un poquito al Santo. Él, posiblemente para que no llegue la sangre al río.
Yo, para pedir por él.
 


XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

NUEVE DÍAS EN EL EDÉN

María José Toquero Del Olmo

Eran las doce de la mañana de la mañana de un seis de julio. El chupinazo estalló en el cielo y se hizo la fiesta. Adán y Eva, que vestían de pamplonicas y habían almorzado copiosamente, se fundieron con la multitud, agitaron su pañuelico rojo, descorcharon una botella y gritaron: “¡Viva San Fermín, gora San Fermín! Hacía calor. Eva se desnudó. Adán intentó tocarla. Pero ella dijo no es no. Durante nueve días, bebieron txacolí, comieron chocolate con churros, corrieron los encierros, se abrazaron y bailaron a ritmo de charanga ¡Y hasta descubrieron el amor! El catorce de julio, a la medianoche, el alcalde se asomó al balcón, miró el calendario y expulsó a Adán y a Eva del Edén. El hombre y la mujer se miraron y, apenados por lo perdido, cantaron: “¡Pobre de mí, pobre de mí, que se han acabado las fiestas de San Fermín!”.  

EL CHUPINAZO

Adolfo Cordovez Pérez

EL CHUPINAZO

¡Hola!, yo soy el “chupinazo” de los Sanfermines. Soy la pólvora negra que junto a los otros ingredientes químicos exploto a las doce del día y doy puntual aviso del inicio de la Fiesta de San Fermín en mi Pamplona de Navarra. Me han ubicado en el balcón del Ayuntamiento y alguien grita ¡ojo, que ya faltan dos minutos!. Habrá unas cien mil personas en la Plaza Consistorial y otro numero parecido en las calles adyacentes, la mayoría vestida de blanco, con pañuelos rojos al cuello y algunos con gorras igualmente rojas.
Cantan, saltan, silban, levantan los brazos, flamean sus telas y sus banderas y gritan consignas en cien idiomas. Por todo lado se siente la alegría y euforia de la gente que expectante me espera.
¡Son las doce en punto! Me prendieron y levanté raudo vuelo dejando una estela blanca que rayó el despejado cielo cuando, al repique de las campanas, exploté sonoro esparciendo mi colorida carga pirotécnica hacia esa multitud gozosa que inmediatamente subió el volumen de su ovación mientras sacude alborozada sus pañuelos rojos.
Veo como mi cartucho de cartón se estampa cerca de la claraboya del bar de la esquina y suspiro mientras emocionado digo: ¡Festa hasten da!
 


XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

COGORZA

José Antonio Martínez González

– ¿Dónde has estado todo este tiempo, Iñaki?
– He ascendido el Sella en patinete, he estado en las Fallas de Sevilla y en la Feria de Valencia, en las Fiestas del Pilar de Alicante y en las Hogueras de Zaragoza, en los Carnavales de Bilbao y en la Semana Grande de Cádiz, en las Fiestas de Moros y Cristianos de Buñol y en La Tomatina de Alcoy… Y en algún sitio más que no recuerdo.
– ¡Vaya hombre, qué excursión más completita!
– ¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy? ¿Qué día es hoy?
– ¡Mira el fresco! ¡Tres por uno, la Santísima Trinidad, ni Carrefour! ¡Yo soy San Pedro y estás en Los Sanfermines de Huelva, no te jode! … ¡Ah, y hoy es catorce de julio de dos mil cuarenta! ¡Creí que andabas en el inframundo!¡Ya está bien de que te encierres sin cabestros!
– ¡Camarero, pon otras copas, las pago yo!
…Y cuando se despertó, el toro todavía estaba allí.
 

ENCIÉNDETE

Juan José Fierro Martínez

El extranjero no podía perdérselo, había ahorrado dos años para descubrir el misterio tras las letras de aquel libro viejo. Corría emocionado mientras el tacón de los botines nuevos componía la música en su choque incesante contra el adoquín. Se acercaba la hora y el río rojo que se apostaba contra el ayuntamiento hacía vibrar la ciudad. Un río rojo, una gente de sangre caliente esperando el despertar de la llama.

Helada como el océano en invierno, reposaba la llama sobre la mesa. No había vuelto desde julio pasado y todos deseaban verla. No era fuego como el de una vela, no tenía ondulación serena. El río alborotó su caudal y la llama voló sin cadenas. El viento amenazó su despertar, la humedad quizás la ahogaría en el vacío, pero ella luchó ferviente su nueva guerra, aquella en búsqueda de su naturaleza eterna.

En lo alto, entre las mágicas nubes, sintió el clamor de la multitud inquieta y, con el sol en su máximo esplendor, estalló la llama de emoción sincera. El cielo cayó y se perdió el silencio, se creó la voz, apareció el momento. En el final de su viaje, intrépida, encendió la península entera.
 


XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

6 / 7

Rosa Nieves

8:00 Me despierto de repente y compruebo que no se me ha pasado la hora: he quedado para almorzar. «Demasiado pronto para meterme unas magras con tomate entre pecho y espalda», pienso. Pero por delante quedan muchas horas. Me visto de punta en blanco y bajo por las escaleras para relajarme un poco. Voy trotando al punto de encuentro. Por el camino me cruzo con una tímida marea blanca que, como yo, va a tomar el almuercico en cuadrilla.

9:00 Mientras esperamos a que llegue el resto, empezamos a hacer planes y a acordar posibles puntos de encuentro en función del lugar donde nos perdamos de vista.

10:00 Ya estamos al completo. El bar está lleno y el aroma me hace salivar. Empezamos a almorzar sin dejar de mirar el reloj.

11:00 Se acerca la hora y nos dirigimos a la plaza del ayuntamiento. Las calles colindantes están llenas. 11:58 ¡Ya no queda nada! Nos adentramos en la plaza y en pocos segundos la marea nos lleva al centro. ¡No toco el suelo! De repente, un pisotón me arrebata la zapatilla. No oigo nada. Me cuesta respirar… Intento preparar mi pañuelico…

12:00 ¡PUM! Pañuelico al cuello.

204 horas de fiesta se abren paso.
 

¿Y LA REINA EUROPEA?

Xabier Pita Nieto

Como de un profundo sueño me desperté. Abrí los ojos y me vi rodeado.

Todo estaba a oscuras, tenía dos tablas de madera encima de mi cabeza y a ambos lados. El sol entraba a través de pequeños haces de luz que iluminaban la estancia.

Tampoco parecía un lugar. El suelo se movía y yo con él. Daba vueltas y las telas que rodeaban aquellas maderas se movían de un lado a otro. Iban acompasadas al ritmo de la música que sonaba desde que desperté. No entendía nada.

Soportaba un gran peso encima de mí y tuve que parar. El sudor comenzaba a caerme por la frente y la música ya había parado. Estaba a oscuras. Comencé a vislumbrar en el suelo pequeños pies que se acercaban a mí como si buscasen algo.

Toqué toda la estructura que me rodeaba buscando una salida y logré escapar a través de una tela amarilla, cubierta con un mantón blanco, que se entreabría y daba a la calle.

Sin mirar atrás, y entre un gran tumulto de gente vestida de blanco y rojo, logré escapar.

A lo lejos gritaban… ¿Dónde está la reina europea?