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XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

ESPINAS EN EL CUELLO

Manuela Sans

ESPINAS EN EL CUELLO.
Tenía la ropa pegada al cuerpo y el sudor hacía que el pañuelo del cuello picara como si tuviera espinas. Espinas…, la rosa. Eso le recordó el motivo por el cual estaba allí, corriendo en medio de una multitud de gente vestida como él.
La rosa, la espina. El rechazo.
El último regalo que le había comprado.
Él no debería estar allí en ese momento, bajo una tensión que no había conocido jamás, con un miedo que le hacía correr más rápido de lo que había podido correr en su vida inactiva. Pero chocaba con gente, con obstáculos que no veía, solo veía espinas, las notaba en su cuello…
No vio el toro venir porque corría sin mirar atrás, huyendo de él y de todo lo que había sido su vida. Queriendo que le embistiera, con miedo a que lo hiciera. Deseaba saber si había algún dolor más auténtico que el que sentía en el pecho. Oprimido, estrujado, vapuleado y abandonado.
Escuchó los gritos que le rodeaban, hombres grandes como él gritando desde todos lados, alejándose de él… cuando se dio cuenta de que volaba, que ya no tocaba el suelo, que todos los ojos estaban puestos en él.
Como un Dios vencido. 

UNAS FIESTAS SIN IGUAL

Francisco Javier Igarreta Eguzquiza

Sabíamos que este año sería diferente. A las doce menos cuarto del seis de julio el termómetro marcaba treinta y siete grados a la sombra. El ambiente era expectante. Según los epidemiólogos, las últimas huestes del covid19, ya con escasa carga viral, habían quedado confinadas en una alcantarilla del Burgo de San Cernin. Impedir que bajaran al Arga parecía vital, los patos podrían ser un reservorio de futuras pandemias.
Pero la anarquía flotaba en el aire y una cepa rebelde enfiló la Estafeta, buscando entre los adoquines el ADN de la fiesta.
A la altura de Telefónica, la impunidad de rebaño excitó a la manada, pero una brigada de desinfección que estaba al quite actuó con eficacia. Conjurado el peligro, se abrieron las puertas del callejón para dar salida a la emoción contenida en la plaza desde la víspera.
Una algarabía de blanco y rojo se desparramó por las calles entre charangas, besos y abrazos.
Pese a las advertencias del obispado, el fervor popular convirtió las verjas de San Lorenzo en improvisada parrilla para miles de mascarillas usadas. El santo «que todo lo ve» desplegó su tradicional capote y el calor achicharrante hizo el resto.

 


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

VA POR TI, MAMÁ

María José López Mercader

Y mientras Celia se tomaba el último sorbo de su café bien cargado, Jacobo ya atravesaba el umbral con el periódico en la mano.
No era el miedo lo que le provocaba la inquietud. Era el amor incondicional hacia Celia que recorría su cuerpo.
La cafetería estaba a rebosar, pero Celia se encontraba rodeada de silencio aquella mañana. Absorta en sus pensamientos. Recordaba cómo su madre le peinaba el cabello con el cepillo de “Dragones y Mazmorras”. Había que reconocer que no era el cepillo más coqueto de Pamplona. Ni de Navarra. Incluso arañaba un poco. Pero era el de “Dragones y Mazmorras”. El que quería.
Celia era excepcional. Su frenesí en los juegos y carreras con los chicos sobrepasaba con mucho las expectativas que se esperaban de aquella criatura. Rápida como un rayo era poco. Magnífica.
El blanco de la camisa de Celia estaba prácticamente ausente. Era la camisa que su madre había usado en su último encierro. Y anoche su padre la lavó escrupulosamente para que no perdiera sus últimos tonos. Irati siempre sabía cómo quitar una mancha. Y él siempre aprendía de ella. Siempre.
– El cohete, Celia. Vamos, aúpa – pronunció Jacobo.
– Va por ti, mamá. 

EL TORO

Jose Cortes

Esta sería la última vez que Manuel corría en el encierro.
Preparó su ropa, le dio un beso al retrato de su mujer que se había marchado para las tierras altas desde el año pasado y fue a recorrer el circuito un día antes como era costumbre.
Durmió unas cuatro horas y se levantó temprano. La gente festejaba en las calles animada y se dirigió al sitio del comienzo. Pudo ver en el cielo el humo de colores de cohetes que marcaban el inicio, todos empezaron a huir como desesperados en una amalgama de blanco y rojo por las calles empedradas. Corría sin ganas, la cornada dolería menos que el tratamiento. Uno de los toros lo empujó con el lomo cuando le pasó por el lado y cayó al piso protegiéndose la cabeza. Se había raspado los codos y el mentón. El último de los toros se detuvo y regresó en su dirección, el suelo empezó a alumbrarse con chispas. A Camilo le pareció reconocer en la bestia miradas que conocía desde antes en sus ojos, miradas de su familia que eran él mismo reflejadas en todas las tradiciones que había vivido y que no dejaría que el cáncer se las arrebatara.

 


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

EL MOMENTO

Amaia Preciado Martinez De Musitu

Te levantas a las 5 de la mañana. Te pones tu uniforme blanco y rojo, recién planchado tras descansar un año en el armario. La sonrisa de despedida de tu pareja, la preocupación en su mirada.
Conduces sesenta kilómetros.
Llegas a Pamplona. La ciudad respira vida a esas horas. Caminas. El recorrido te espera. Cuanto más te acercas, más notas ese cosquilleo… Muchos años, mismas sensaciones. Llegas a la zona. Tu zona. Empiezas a saludar a compañeros. A amigos.
Se acerca la hora. Empieza tu ritual.
Saludas al pastor de la curva Mercaderes. Saltas. Te mueves. Estiras. Miradas cómplices con tus compañeros de zona. Tal vez sólo conoces sus nombres, pero compartís mucho más.
Esa emoción. Esa afición. Ese sentimiento.
Besas a San Fermín en tu pañuelo, tu patrón, pidiendo su bendición. Miras al cielo y recuerdas a las personas que te acompañaban en este momento. Que lo disfrutaban contigo. Que ya no pueden correr.
Ya son las ocho. El nerviosismo invade la muchedumbre que te rodea. Se oye el cohete. Silencio. Concentración. Ahora solo oyes tu respiración. El suelo empieza a vibrar bajo tus pies. La adrenalina recorre tu cuerpo.
Es el momento.
 

AHÍ VIENEN

Acisclo Manuel Ruiz Torrero

Hace buena mañana, aunque por los escalofríos que tiene, pareciese que hace frio; ya le avisó su padre sobre los nervios de la primera vez, es normal, una retahíla que le transmite siguiendo la tradición familiar. Aunque el vallado está repleto de gente, se muestra concentrado, mantiene la mente tranquila, expectante, preparado para salir a la pista y bailar con las astas. Ya cantó con su cuadrilla, ya se puso de rodillas frente al Santo Patrón y recibió la bendición de su querida “ama”, todo en orden. Su pensamiento se centra en su abuelo, al que irá a ver, como cada día para desayunar juntos. Le volverá a poner la pantalla delante de su mirada con las mismas imágenes; le emociona ver como sus ojos muestran una ligera expresión de fuego y sus puños amagan cerrarse ante un siete de julio eterno. Le llega a sus oídos acordes de tambores y trompetas, su corazón se acelera, siente que le explota el pecho, escruta los síntomas ¿será miedo?, pero de inmediato reconoce un sentimiento de emoción, pasó el susto. Hay mucho ruido, de repente suena un cohete por encima del griterío, ahora sí; espera, espera, espera. Ahí vienen. 


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

A VECES LAS PESADILLAS SON REALES

Paulino Fernandez Merayo

Salí desde casa como cada día camino del encierro y no se escuchaba nada, ni el bullicio matutino que se forma como una bruma en el cielo pamplonés en estos primeros días de julio. Ví a un mozo paseando cabizbajo, vara en mano, dando golpes contra el suelo con rabia contenida. Me crucé con don Argimiro, el párroco de San Agustín en la calle Estafeta que iba raudo y casi sin fijarse mucho en mí me espetó un ¡llegas tarde a maitines!. ¡Pero si yo no sé qué es eso!.
El vallado sin montar, silencio sepulcral interrumpido por algún trinar inesperado. Qué sensación más extraña. Seguía avanzando hacia el convento de Santo Domingo y ahí me dió un vuelco el corazón; alguien había robado al Santo de su hornacina. Quién en su sano juicio haría una cosa como esa, jugar con tantas ilusiones, emociones encontradas cada año en cada encierro en esta ciudad, en sus calles, en los turistas que nos visitan y medio mundo pendiente de los mozos que corremos cerca de los toros como un acto de tradición mezclado con adrenalina. ¡ Qué sofoco frio!….me desperté y la pesadilla acabó.

¡Viva San Fermín 2021!
 

EXTRAÑO PASEÍLLO

Jokin Berruete Cilveti

El coso está casi dispuesto. Los areneros, encargados de alisar con sus rastrillos de madera la superficie, se entregan a su labor con actitud solícita. En el abalconado la autoridad competente espera anhelosa el inicio del espectáculo. Se realiza el despeje del ruedo por parte de los alguacilillos. En lontananza el sol se asoma tímido, rodeado de densas nubes onduladas. Los músicos de La Pamplonesa afinan sus instrumentos y repasan las partituras de los pasodobles. En el callejón un mozo de espadas se muerde las uñas. Se inicia el paseíllo.

Tras el árbitro designado y sus jueces de línea desfilan los dos capitanes y el resto de jugadores. A un lado, el once de Osasuna, valiente y luchador. Al otro, el rival. Juega Osasuna en sanfermines, pero sin hinchas ni público. Andanada, grada y tendidos vacíos ejercen de mudos espectadores. Las espadas están en lo más alto y el partido a punto de comenzar. Es la hora de la verdad. Todo está por resolverse. Suena el pitido inicial.¿O quizás son clarines y timbales? La persona encargada descorre el cerrojo de la puerta de toriles. Rueda el balón. La suerte está echada. Alea jacta est.¡ Aúpa Osasuna ! ¡VIVA, GORA !  


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

SANFERMINES DESDE ARRIBA

Rafael Mª Pérez Araluce

-¿Qué haces Fermín?
-¡Patxi!, sacar el pañuelico pues, ¡es 4 de abril!
-¿No te has enterado?
-¿De qué?
-Han cancelado los sanfermines.
-¿Cómo que los han cancelado? ¡Los sanfermines no se pueden cancelar! Lo dices porque a ti te cancelaron la javierada.
-Que no, que no, tan cierto como que soy patrón de Navarra.
-Menos humos Patxi, que eres copatrón, si eso los encierros habrán cancelado.
-Que no, que lo del virus este es cosa seria, pregúntale a Cernin.
-No, no, ya sabes que a él lo de los toros no le hace mucha gracia… Un momento…, ¡mira!, ¡mira!
-¿Dónde?
-¿No ves ese balcón de San Juan? ¡Y ese del Primer ensanche! ¡Otro en la Rocha! ¡Ahí otro! ¡Y otro! ¡Este año la escalerica solo será un poco más larga! Si ya te decía yo Javier, suspenderán los encierros, quizá el txupinazo, pero quitarles la fiesta a los navarros…
-¡Y siempre nos quedará el sanfermin txikito!
-¡Un txupinazo en cada corazón pamplonés! Pamploneses, pamplonesas, ¡viva yo!
-¡Eso! En cada uno una procesión, riau riau y hasta tocará La Pamplonesa.
-Llama a tu amigo Íñigo, le digo yo a Cernin, ¡este año los sanfermines serán más grandes que nunca! 1 de enero, 2 de febrero… 

¡POBRE DE MI!

Mº Carmen Oliver Abadías

Mi padre no me entendió. Era muy severo. Yo, Ignacio, ya crecido para bailar a un ritmo forzado, aquel seis de julio de los setenta participé, libre de ataduras, en mi primer chupinazo en vez de comer en casa.
Castigado los nueve días, no me inicié en el bautizo de correr delante de los toros, ni en la comunión de las tapas compartidas en una barra invisible, y tampoco en el baile solaz de las aceras al son de los “kalimotxos”. Me quedé mudo.
Obedecí, no sin rencor, y a diario me emborraché, haciendo imaginarias delante de un cabezudo peleón.
Ya no supe encontrar el camino de la piedra húmeda, del eco apacible, que me reintegrara en la alegría de besar al Santo año tras año.
En cada San Fermín, las nubes negras del vino profano cubrían las chorreras de mi camisa blanca, y el rojo del “pañuelico” se embozaba de arena cuando dormitaba en la curva del burladero.
Al despertar en la resaca dolorida y amoratada del alba, del último “Pobre de mí…” juré enmienda para el próximo. Y así lo hice y así lo hago, sereno, impoluto, cuerdo… Así, de esta guisa, me he quedado sin San Fermín.