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XIII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

ESPÍRITU SANFERMINERO

Mertxe Labrador Otamendi

Asciendo escalones desde enero hasta julio con festejos culinarios y cánticos al  morenico.
Paseo, en las tardes de invierno, desde Santo Domingo hasta la Plaza de Toros, imaginándome ser el corredor besado por el aliento de los morlacos que callejean este itinerario los ocho días.
Saboreo, en las mañanas de primavera, una cazuelica de ajoarriero marinado con un caldo navarro, sentado en una terraza de la Plaza del Castillo, rememorando los acordes de charangas y de verbenas que amenizan el cuarto de estar de la nívea y roja Iruña durante nueve días.
Respiro, en los amaneceres de otoño, el aroma a churros de la Mañueta que devoran las bocas de joviales parejas tras una noche de jarana apasionada.
Habito en el alma de quien me siente sempiterno.
Soy… el espíritu sanferminero.
 

YO VOY

Marien Pérez Aranda

«Ostras. Qué dolor de cabeza. Voy a levantarme. Pero si no me puedo mover. Pero si…, ayer no bebí tanto. Será la marihuana. No, espera, pero si ayer no fumé… No me jodas que estoy malo. No, no, no… No puede ser. Yo en casa no me quedo. Sí, claro, como el año pasado que nos jodimos las fiestas por el puto COVID. Bueno, los dos últimos. Que no, que no. Me tomo algo y salgo. Vamos, ¿tres años aquí metido? Ni de coña. Ni muerto, vamos.»

«A ver, tenía yo un paracetamol por algún lado. Me llevo otro y ya está.»

-¿Qué pasa, tío? ¿Dónde estáis? Ah, OK, ya voy. Nos vemos. Agur.

 


XIII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

DE BLANCO Y ROJO

Mªpaz Plaza Santamaría

Cuando queda poco tiempo para que lleguen los sanfermines, me pongo en la piel de Darío, el amigo de mi hermano. Le vemos alborotado de puro entusiasmo, de pura emoción; hay que verlo para creerlo. Qué gracioso es, con qué intensidad lo vive.
Lo suyo es pura devoción, le entran esas ansias, por dentro, de disfrutar de la fiesta, y le sale todo por los poros de su piel, de tal manera que, a los que estamos a su lado, nos contagia con su emoción y pensamos que es algo muy fuerte lo que le tiene enamorado.
Entonces, busca, con resolución, en el altillo del armario empotrado de su habitación y por fin, encuentra una caja de almacenaje de la que saca su pantalón y camisa de color blanco impoluto y su fajín y pañuelo rojos, que desprenden un cierto olor a naftalina. Hace, con las manos, el gesto de alisarlo, cuelga la ropa en unas perchas y las pone en la pequeña terraza para que se aireen.
Con ese ritual, Darío nos da entender que empieza la fiesta; ya sólo piensa en el chupinazo desde el balcón del Ayuntamiento; los sanfermines son para él un sentimiento que se vive en las calles.

 

ME LO DIJO,,,

Manuela Sans

No queda nada, me digo a mí mismo mientras recorro ansioso las calles de Pamplona con el afán que dan las prisas y el tic tac del reloj. Blanco y rojo. Más rojo que blanco. El blanco se vuelve oscuro. Sólo unos minutos. Me ahogo en mi propio aliento, los pulmones aprietan y me advierten de que no dan para más. Pero algo me dice que no pare, grita para que siga corriendo. Está allí, a la vuelta de la esquina, no queda nada… Gritos (¿de ánimo?) y más blanco… y más rojo. El rojo empieza a cubrir mis ojos, el blanco se difumina. Me lo contó mi madre que sería así. Me advirtió la noche anterior mientras yo miraba a otro lado dándole a entender que no me importaba lo que me contaba.
Luces de flashes ciegan mis ojos, esos que eran negros y ahora están teñidos de rojo. Ya queda menos. La saliva cae por mis barbas como chorros de agua sucia. Me tiembla la plaza, me tiembla el rojo, el blanco y el negro. Caigo al suelo y los gritos de júbilo me indican que ya está.
Se acabó.
Me lo dijo mi madre que sería así.
 


XIII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

SAN FERMÍN EN LA PANDEMIA

Antonio Polo González

Van a salir ya los toros. Este año tienen que salir, no me puedo quedar otra vez sin la foto derrapando en la calle Estafeta con un toro que viene a mi lado esquiando sobre sus pezuñas y los cuartos traseros otro mes de julio. No puede ser que vuelva con el pañuelo rojo planchado en la maleta otro año. No.

–“Míralo así” –me dice Cristina. “Tú no eres de mucho madrugar tampoco”. “Ya vendremos otro año”.

El periódico está sobre la cama. Lo dejé a los pies para doblarlo nada más levantarme. No he puesto ni un pie en el suelo y ya oigo los cantos al santo, oigo a los mozos que se desean bonitas carreras sobre el silbar del chupinazo, oigo como la leve lluvia choca contra la ventana de la habitación y el corazón que acelerado retumba en el pecho.

–“Que ya han salido” –balbuceo nervioso.

Pero no hay toros. La calle sigue vacía mientras una leve lluvia le da un brochazo de mercurio a las piedras. Ahora, desde la ventana el suelo parece un espejo en el que mi reflejo de mozo ojeroso y asolado contempla la fiesta desconvocada.

–“Ya que bajas, súbete unos churros para desayunar” –añade Cristina. 

UN VERANO SIN SANFERMINES

Ernesto Hidalga Erenas

Aquel verano no había Sanfermines.
A pesar de ello, se atavió de blanco impoluto, pañuelo rojo y mascarilla a juego, y fue hasta La Cuesta de Santo Domingo.
Se colocó frente la hornacina de San Fermín, cerró los ojos, se santiguó, y pidió suerte para salir airoso de la carrera. Por un momento, tuvo incluso la sensación de oír al gentío⁠…⁠
Al abrir los ojos contempló la calle medio vacía y la tristeza lo inundó.
Siguió haciendo el recorrido, con calma, disfrutando de cada paso, recordando los encierros, las fiestas, y todos los buenos momentos con amigos, primos, e incluso alguna novia de verano de la que seguía evocando el color de sus ojos y el olor de sus cabellos, pero de la que había olvidado el nombre.
Suspiró.
Aquel verano no había Sanfermines.
Pero volverían al año siguiente. Y si no al de después.
No desaparecerían porque eran conocidos en todo el mundo, porque se llevaban dentro, porque solo se podían explicar si se habían vivido y, porque una vez vividos, surgía la necesidad de repetir año tras año.
Y sonrió al imaginarse las calles llenas de nuevo, corriendo ante los toros y sintiendo la adrenalina subiéndole por el cuerpo. 


XIII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

DIARIO 6 DE JUKIO

Patxi Paz Layana

No he dormido casi nada de los nervios, que ganas de fiesta.
A primera hora corriendo a comprar un pantalón blanco, no me entra el de otros años y está muy amarillento.
Otra vez corriendo, a las 10 hemos quedado los amigos para almorzarnos unos huevos con jamón y txistorra.
Con un kalimotxo en la mano corremos una vez más para intentar pillar un hueco en la plaza consistorial.
Se lanza el txupinazo, hemos empezado bien las fiestas, haciendo el recorrido de otros años por los bares del casco viejo , saludando a mucha gente, cantando y a rondas de kalimotxos.
Nos han dado las 6 de las tarde, sin darnos cuenta, y al Jesús Mari a comernos unos bocatas de lomo con pimientos verdes.
Seguimos de rondas y bailando sin parar en las carpas de la zona del Labrit
A las 22,00 no puedo ya ni con mi alma, me voy a casa ver los fuegos artificiales desde la ventana y a descansar.
Mañana desayuno, encierro en la plaza, y luego procesión de San Fermín. Algunos dicen de quedar luego a comer… a ver qué cuerpo tenemos ¡!
 

DIARIO DEL 7 DE JULIO

Ernesto Maruri álber

92 años cumplo, 7-julio-2021. Me despierto: ¡PUM! del encierro. Estafeta, 1, tercero, donde nací. El corazón se hace piedra: muero.

87 cumpleaños, primero sin Marga. Últimas palabras: “Paco, ¿adónde iremos de viaje de novios?”.

79.-Paseo con bastón para ver el Riau-Riau.

65.-Jubilación: cierro mi ferretería, Estafeta, 6.

53.-Momentico. Calle Mayor. Procesión de San Fermín. Canto en un balcón: “¡Se oyó en el cielo una jota que hizo a san Fermín llorar!”.

42.-Primer encierro de Javier, 16 años. Conmigo. “¡Qué subidón!”

33.-Jaime Ostos por la puerta grande.

29.-Gaupasa. Churrería La Mañueta: la gloria.

26.-Por 23 días, no logramos que Javier nazca hoy.

17.-Un banco. Paseo Sarasate. Primer beso. Marga y yo: lenguas recatadas.

15.-Bar Casa Evaristo. Primera borrachera.

14.-Primer encierro. Con mi padre. No hay miedo mejor.

10.-Tómbola: un Chevrolet de hojalata.

8-9.-Suspensión de Sanfermines. Guerra civil.

7.- Títeres, Plaza del Castillo: Bruja Ciriaca pega estacazos a Gorgorito.

6.-Corro delante de Caravinagre: vergazo en el culo.

3.-En silleta con mamá. Fuegos artificiales. Susto y embeleso.

2.-Mamá me quita el chupete, flup. Lo pinza en la falda del gigante Joshemiguelerico. Lloro.

1.-En el cochecito con mamá. Una charanga. Río.

0.-7-julio-1929. ¡PUM! del encierro: nazco. Mamá: “Eres precioso”. Papá: “Serás corredor de encierros y panadero como yo”.
 


XIII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

EL CHEQUEO

Ramón Ferreres Castell

Braulio se revolvió nervioso sobre su asiento. Era mucho lo que estaba en juego. Suspiró aliviado cuando se abrió la puerta y el buen doctor lo invitó a pasar.
―Veo que se saltó la revisión del año pasado…
―Pero traigo la analítica completa ―replicó Braulio para atajar la previsible reprimenda.
―Tratando de compensar una falta presentando los deberes atrasados… ―bromeó el buen doctor al ver el rostro de preocupación de su paciente―. Pues veamos cómo está todo: glóbulos rojos abundantes, tantos como mozos en los encierros; glóbulos blancos como cabestros, capaces de contener cualquier infección, por mucho que embista, y plaquetas robustas cual talanqueras. Ahora veamos ese corazón.
―Quizá escuche un corazón roto… —le advirtió Braulio.
―¿Alguna enfermedad?, ¿fuma?, ¿bebe?
―No, no, si me cuido mucho, pero he tenido un par de disgustos. Es que… son ya dos años sin encierros, y eso duele, mucho.
El buen doctor procedió a la auscultación. Mientras el frío metal recorría su torso, Braulio se encomendó a San Fermín. Pronto escuchó el veredicto:
―¡Está usted hecho un toro! A este corazón le quedan unos cuantos encierros por correr.  

EL FIN DE LA SEQUÍA

Jon Aramendía Huarte

El fin de la sequía

He tenido que abrocharme dos veces la camisa. Los dedos, el apéndice más representativo de mis nervios, se negaban a emparejarlos como es debido. Tampoco he sido muy certero con el nudo bulboso de mi faja. Me he duchado como para una primera cita, sin embargo, puedo notar ya como una gotita de sudor cosquillea en mi costillar. Tanteo mis bolsillos antes de salir de casa; cartera, llaves, teléfono, gafas de sol…
Una vacilación, que atribuyo a las excepcionales fechas, me acompaña al salir del portal. Un imponente caudal de rojo y blanco desciende como aguas bravas hacia el ayuntamiento tras dos años de angustiosa sequía. Sonrisas contenidas, explícitas, bulliciosas salpican como espumas aquí y allá, y el cántico jotero de un adelantado al momento completa el paisaje. Me uno a la corriente y me dejo llevar como un niño en la cámara de un neumático. En el ensanchamiento de mercaderes, otros afluentes alimentan con abundancia la corriente formando remolinos de pupilas encendidas. Por fin, frente a mí, el ayuntamiento. Desbordado, estruendoso como un Niágara; casi me asusta. Miro mi reloj. Apenas queda tiempo, me arrastran las olas, zigzaguea el cohete y entonces me acuerdo; ¡Joder, el pañuelo!