Archivos anuales: 2025


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

OTRO CHUPINAZO EMOCIONANTE

Mª Angeles Romero Lasheras

Se acercan las doce y yo,…sin vestir. Vestidito blanco, pañuelo en mano, este año sin faja, no queda bien con vestido. Alpargatas???, no sé, para el chupinazo no sé yo si son muy adecuadas.
Bueno, da igual, me las pongo, que este año me apetece ponerme alpargatas blancas, con sus cordones rojos. Son preciosas, si, me las pongo. Ya estoy lista!!!
Empiezo a sentir las cosquillas en el estómago, la emoción en el corazón y aunque ya he vivido este momento más de cinco décadas, mi pulso se sigue acelerando al filo de las doce!!!.
Sólo quedan siete minutos, por fín oigo que se abre la puerta. Pensaba que se habían olvidado de mí, uffff, qué susto!! Es una de las cuidadoras.
-María, date prisa que solo quedan seis minutos, corre!!!
– Ya sé que esta silla de ruedas es un poco pesada pero haz un esfuerzo por favor, que quiero llegar a la sala de la tele a tiempo de ver el cohete!!!!
-Están ya todos????
Ay qué emoción,………Víva San Fermín!!!!!!! 

FIESTA

Mª Auxiliadora Ruiz Cejudo

Hoy día 5 de julio he decidido, después del palo que he recibido, que voy a disfrutar de la vida, tengo que vivir todas las experiencias que no he disfrutado durante estos 7 años de casada. Así que me voy a los Sanfermines, llamo a un hotelito a las afueras de Pamplona, es funcional y acogedor, con una zona de relax (me hace falta) reservo y cojo el coche. De camino voy pensando en la novela “Fiesta” de Hemingway, hace años que la leí y me impresionó como aquellos personajes aparentemente despreocupados tenían una vida interior tan tormentosa. Veo alguna similitud con mi vida. Paro a tomar un café y a echar gasolina. Me siento feliz, sola, pero feliz. Mi matrimonio se ha basado en una relación complicada, Jose se quedó estéril por una enfermedad que tuvo, no lo ha superado. Llego al hotelito, Hotel Montayín y me recibe un chico que se presenta, se llama Fidel, me pregunta si conozco a alguien en Pamplona, le digo que no, me invita a acompañarle a las fiestas cuando salga de trabajar, mañana además libra. ¿Será mi Pedro Romero? Ojala!!
Unos días después …
Sí, Fidel es mi Pedro Romero y yo me quedo en Pamplona.
 

RITUAL

Mª Belén Nieto Moreno

Lo despierta un tambor. Bajo, sordo. Como un corazón encerrado.
La luz entra por una rendija. Es roja y vibra. El aire huele a madera húmeda y a algo viejo que no reconoce.

Se incorpora. El cuerpo entero parece recordar algo: un movimiento ancestral, aprendido.
Del otro lado, alguien grita un nombre. No es el suyo, pero lo empuja a correr.
A su alrededor, otros también corren, vestidos de blanco. Voces. Palabras que no entiende. Algunos extienden la mano, intentando tocarlo. Tampoco lo entiende. El roce es leve, ritual.

No puede parar, ni decidir nada. Una marea blanca, roja y negra lo empuja en un oleaje que no cesa. Alguien tropieza y cae, pero no puede detenerse. El cuerpo duele, pero no puede frenar.

De repente, se queda solo.

El túnel, antes desdibujado por la velocidad, se reconstruye.
Se acabó el mar. Llegó a la arena. Pero no es una orilla.
El sol se asoma detrás del círculo que enmarca el cielo.
Una muchedumbre blanca y roja lo mira desde arriba, y él fija los ojos en el centro de la plaza.
Siente el calor. El pulso se detiene un instante.

Un pañuelo —rojo, como la sangre que será— cae.
 

LA VÍSPERA

Mª Teresa Arcón Romeu

De las entrañas del bodegón se evaporaban cánticos hermosos. Eran voces recias de hombres. El chacolí del pipote ayudaba en alguna proporción a aquel coro nostálgico de castaños, nieblas, carretas de bueyes y vidas pasadas. Aquel canto, lleno de ternura, penetraba muy adentro, hasta dejar el corazón apacible, rebozado de honda nostalgia. Nostalgia de hayedos contrabandistas, de espolones cubanos, de rebaños californianos, de viñedos navarros y reatas de arrieros.
No mucho más tarde, irrumpirá con fuerza el sol de las certezas. Mañanas bulliciosas de dianas cuarteleras, toros entre adoquines, churros, campanas de procesión y jotas mirando a cielo.
Javierito estaba en el balcón del Casino Principal. Manolita estaba con él. Apenas se habían saludado: «Buenos días» «Hola». Vengo del encierro. ¿tú?…Detrás de es apabullante elocuencia se freía una ardiente pasión. Hablaban sus ojos y sus manos enlazaban sus corazones.
La orquesta animaba el baile de la alpargata y Javierito, con la cabeza en el bolsillo del pantalón, sacó un sobre, pidiendo ruborizado a Manolita que lo viera, y rompiera las fotos de su antigua novia.
-Qué tontos sois los hombres- Yo ya lo sabía. Pero también sabía que tú serías mío.
Julio Javier irradiaba felicidad. Pedacitos de viejos sentimientos volaron a viento.
 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

LA PROMESA

Luis Heber Trivellini

Uffff… ¡Llegué! ¡Llegamos!.
Las piernas no me sostienen. Cuesta recuperar el aliento. Pero ahora todo vuelve a ser fiesta.
Hasta el sol de Pamplona sonríe entre la algarabía de la gente.
Fue todo tan vertiginoso que aún no logro entenderlo.
Las piernas me temblaban, pero igual corrí, sin pensar, sin detenerme, solo huyendo de los toros
Sé que en algún momento tropecé y me caí. Sentí un golpe en la cabeza. El mundo giraba a mi alrededor, como si una ola me envolviera.
Entonces recordé aquella escena en el río, cuando me rescataste antes de que la corriente me tragara.
Una vez más, una mano amiga me aferró y me salvó, mientras veía la muerte buscándome desde los ojos del toro.
No sé quién me ayudó a pararme y seguir corriendo, pero le debo la vida.
Pasó el miedo, la angustia y el infierno de gritos.
Tantos años esperamos este momento. Lo soñamos desde siempre.
Llegar a los 18 para correr nuestro primer encierro.
La promesa está cumplida.
Aquí sigue, atado en mi muñeca, el pañuelo rojo que me regalaste en el hospital.
 

PESADILLA INFANTIL

Luis Javier Ruiz Lería

La ciudad huele a fiesta. Incluso ahora que trasnochadores y madrugadores intercambian testigos. Caminan, en sentidos opuestos, por el camino recién recorrido por astados y cabestros mientras la Plaza de Toros cierra sus puertas y se acicala para la sesión vespertina.
Estafeta es una marea humana. De puntillas, solo se ven miles de cabezas deambulando cuyas formas se van diluyendo en un océano capilar salpimentado de gorras, boinas y sombreros multicolor que, aunque lo desconocen, compartirán con la fiesta fecha de caducidad.
Intuye pronto la tragedia. Al fondo, a la altura de Mercaderes, reina el caos. Lo que empezó como un puñado de histéricas carreras ha ido ganando magnitud y ahora, entre empujones y gritos de pánico y dolor, la turba avanza directa hacia él.
Nadie más parece ser capaz de vaticinar que la pesadilla infantil de generaciones de pamplonicas está a punto de hacerse realidad.
“Entzun arren San Fermín zu zaitugu patroi…”, recita mentalmente.
Intenta correr, pero el pánico le paraliza.
Intenta gritar, pero ha perdido la voz.
Todos huyen. Menos él.
En segundos, se quedan solos. Cara a cara.
Tras décadas huyendo de ellos, Caravinagre sonríe satisfecho mientras levanta el brazo.
Los kilikis no perdonan.
Los kilikis no olvidan. 

EL TORO INVISIBLE

Luis José Mata

Desde hace siglos me escondo en los encierros. A veces soy sombra. A veces, viento.
Siempre profeta. Siempre invisible.
Este año lo supe al despertar: uno de los toros no correría.
—El séptimo vendrá sabiendo algo —le dije a un mozo despistado.
No respondió. Solo se ajustó el pañuelo.
A las ocho, estalló el cohete. Seis toros bajaron como fuego. El séptimo caminaba.
Sus pezuñas pesaban como tiempo antiguo. Lo reconocí: era el que yo había visto en sueños. No embestía. Miraba.
Un muchacho, delgado, inmóvil, lo esperaba en mitad de Estafeta. No temblaba. El toro tampoco. Se miraron.
Los demás caían y gritaban. Pero ellos dos, no se movían. Entonces ocurrió: el toro desapareció. No fue magia. Fue memoria. Entró en el cuerpo del joven. Y se hizo palabra.
Muchos dijeron que fue un milagro. Otros, un mito.
Yo no dije nada. Solo anoté en el borde de un pañuelo rojo: Hoy el toro no corneó carne. Corneó el alma.
Después me fui. Invisible.
Como debe ser.
 

EL DESTINO

M. Pilar Sáez Jiménez

Toda esta historia empieza por una curiosa coincidencia en un lugar de lo más común. Tenía que ir al dentista y lo iba aplazando hasta que al final llamé para concertar una cita. Así que un miércoles veintiuno de mayo, exactamente a las 10.45 h de la mañana estaba sentada en la sala de espera. Me había llevado un libro y, curiosamente, y vistos los acontecimientos que sucedieron después, todo apuntaba a una señal del destino; el libro que cogí apresuradamente de la estantería era Fiesta de Ernst Hemingway. Estaba leyendo el prólogo cuando me dejé arrastrar por una conversación entre dos chicas que estaban sentadas frente a mí. Lo que capto mi atención fue que precisamente hablaban de Pamplona. Mira Marga, aquí vamos a dormir y, una vez allí, la idea es dejarnos llevar y divertirnos al máximo. Cuando pronunciaron mi nombre, me levanté precipitadamente y me resbalé con una bufanda roja que inmediatamente me recordó a un fajín del atuendo de San Fermín. Cuando salí de la consulta iba con una idea fija en la cabeza: este mes de julio me voy a disfrutar de las fiestas de San Fermín y… tuve que parar en seco; el semáforo estaba en rojo.

 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

LA RELIQUIA ROJA

Luis Cervera

El gentío en las calles ya era notable, desde el balcón contemplaba la marea de camisas blancas y pañuelos rojos abriendo paso a los gigantes danzando en círculos, un espectáculo digno de vivir, pero lo que hoy me traía a Pamplona no eran los encierros, si no la historia detrás de a quien honran estas fiestas. Tras visitar la tumba del Santo Fermín en Francia, la Iglesia de Saint­-Acheul de Amiens, las pistas me llevaron hasta Pamplona, en busca de una“reliquia prohibida” del Santo que revelaría un atisbo de sus orígenes romanos en su ya muy dudosa existencia.
Sus reliquias reposaban en la Catedral y la Iglesia de San Lorenzo, supuestamente esta se escondía entre ambas arquitecturas, en la Iglesia de San Saturnino. Aprovechando los encierros me adentré en la capilla sigiloso con cámara en mano, vacía, nada me impedía llegar hasta el subterráneo, donde tras una pared falsa hallé un vestigio sombrío de la leyenda del santo. La escultura de un toro de cobre, dotada de una apertura donde cabía una persona, heló mi sangre, al fotografiarlo distinguí una inscripción “in honorem senatoris Firmo flagellum Christianorum” junto al reflejo de una silueta acechando mis espaldas, alguien no quería que la verdad se supiese. 

ENCARNADA DANZA NOCTURNA

Luis Iniesta Serrano

Como cada madrugada durante el tiempo que duraban las festividades de San Fermín, Itxaso se trasladaba a los corrales de Santo Domingo y asomaba su redondo rostro entre las maderas a la espera de que él hiciera su aparición. Completamente desnudo, con aquella bronceada piel que parecía cincelada como si su carne fuera el más preciado mármol y con el rostro cubierto por una máscara tengu, surgía entre los toros que esperaban al encierro de las ocho. Ella se mordía los jugosos labios de su pequeña boca cuando la tentación y el deseo arrastraban sus enormes ojos hasta aquella impresionante y oscilante parte del cuerpo de él, la cual enseguida quedaba velada por la encarnada muleta a juego con aquellos dos pétalos que engalanaban el rostro de su joven admiradora. Enseguida, el salvaje galopar de un caballo negro se apoderaba de su pecho cuando aquel loco comenzaba a tentar a los nerviosos animales. Más de alguna vez estuvo a punto de delatar su presencia cuando los cuernos o el cuerpo del bravo morlaco pasaban demasiado cerca de la desprotegida anatomía de su adorado. Así transcurrían las horas, ella adorándole desde su refugio y él sumergido en aquella danza trágica.  

EL CHUPINAZO UNICO

Luis Damian Artal Gregori

La intensidad del momento era indescriptible. El estado de solemnidad, de vivir algo histórico, convertía este momento en algo más que un puro trámite de las fiestas. Los gritos, el júbilo, los canticos y saltos conformaban una especie de liturgia, que nunca había experimentado con casi 33 años.
Extasiado y abarrotado, miraba a todos lados, la plaza parecía expandirse por momentos, hacerse más grande. Menos mal que había hecho caso, y el día de antes compro toda la ropa en blanco.
A su derecha, le llamo la atención el perfil de una chica rubia, que con un rostro sereno, fijaba su vista en el balcón del Ayuntamiento, casi de forma mística. Transmitía una fuerza y paz contagiosa. Mientras la miraba, se le ocurrió, que sería un ángel que quería vivir este momento siendo un humano más.
Que cosas, se dijo a si mismo.
A las 12h en punto, “pamploneses, pamplonesas, viva San Fermin! Gora San Fermin!,” un estruendo resonó, el chupinazo daba el inicio de las fiestas. La gente, grito con tanta intensidad que sus tímpanos iban a explotar, incluso una descarga recorrió su espalda. Al rato, busco en el mismo lado, pero no la encontró, había desaparecido por completo.
 

LA PAÑOLETA ROJA DEL ABUELO

Luis Eduardo García Solarte

Abuelito, hoy, como desde hace siete años,, vine nuevamente a buscarte Siete largos años sintiendo tu ausencia, viniendo a este cementerio a reclamar tu abandono. Siete años y poco ha cambiado en las fiestas de tu Pamplona del alma,
¿Sabes? Todavía me hago en el balcón a mirar las corridas de San Fermín; sigo sin entender qué pasó en esa tarde del viernes, porque de un momento a otro me dijiste “espera, ya vengo”, tomaste tu gorra, tu pañuelo rojo y bajaste corriendo las gradas. En un momento vi la multitud enloquecida alrededor de los sementales y no sé por qué recordé tu abrazo cálido y tu sonrisa y cuando miré a la calle, estabas ahí, abajo, corriendo y feliz como un mozalbete, intentando esquivar a los astados…
La avenida era un hervidero de gente y tú aparecías y desaparecías entre la multitud. Entonces te vi caer, pero también vi cómo muchos pasaban por encima de ti. Incluidos los últimos tres toros.
Abuelo, ¿Quién te dijo que estarías mejor allá abajo, sintiendo correr la adrenalina en tu sangre, perseguido por los toros, que conmigo arriba e el balcón? ¿Si ves? Todavía tengo tu pañoleta roja ensangrentada.
Por cierto, ¿me esperas el próximo año?
 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

5 DE JULIO

Lorena Rodríguez Durán

Martes. 22:35 de la noche. Se bajó del tren en la estación de Pamplona. Llovía, y no había taxis en la parada. Le habían dicho que el autobús urbano la acercaría hasta el centro. Una tal villaviesa o bellavisa…vamos, un autobús verde y blanco.
Mientras lo esperaba, sacó del bolsillo la dirección de la pensión. Calle del Carmen 25 2ºizq. De repente, una gota de lluvia cayó sobre el papel emborronando la tinta. “A partir de ahora toca tirar de memoria”, pensó.
La maleta pesaba como un demonio. “Demasiados porsicacasos”, volvió a pensar.
Cuando por fin llegó el autobús, esbozó una tímida sonrisa al conductor que se la devolvió a pesar de su vista cansada por la lluvia y las horas al volante.
Cuando bajó del autobús todo estaba en calma. La lluvia caía con fuerza. Los pocos transeúntes que se veían corrían a refugiarse.
Ya en la pensión, se sentó en la cama y se quitó los zapatos mojados.
Evocó de nuevo las palabras de él en su cabeza: “Yo en Sanfermines siempre voy a trabajar a Pamplona. Es muy duro, pero pagan bien.”
“Mañana es 6 de Julio”, pensó. “Tengo 9 días para encontrarle. Si quiere le pondremos Fermín. Como su padre”.

 

PROMESA DE ROJO Y BLANCO

Lucas Leva

Hay una melodía que suena solo una vez al año, cargada de emoción, adrenalina y recuerdos. No la tocan guitarras ni gaitas. La tocan los pasos de cientos de hombres sobre piedra viva, el aliento ardiente de toros y el júbilo que estalla en cada esquina, cada mañana.

Pamplona despierta vestida de flor junto al sol, con olor a pan recién horneado, vino joven y algo… más antiguo que el tiempo: la promesa. El chupinazo rompe el cielo como una carcajada encendida, que se cuela por las calles como un río de risas y gozo sin fin.

Pañuelos al cuello, rojos como el vino que están por beber. Camisa blanca, como la esperanza de un nuevo comienzo. Allí están los mozos, con los ojos en llamas y el alma ligera. Corre el muchacho con paso veloz. No corre del toro… no. Corre con Dios. Se planta como un gladiador, con valía, para quienes aplauden desde los balcones por él.

San Fermín los observa con ojos de historia. No juzga. Conoce la gloria. ¡Patrón y cantor! Hoy no te rezamos, te hacemos honor. La copa alzada, la peña cantando, y el cielo en fuegos que recuerdan: San Fermín es alma del pueblo, sangre y amor.
 

EL SUEÑO DE UNA FIESTA

Lucia Alcázar Lara

Llegaron por la tarde a Pamplona. Compraron unas chaquetas blancas y unos pañuelos rojos para el cuello, para ir a juego con la gente que ya llenaba las calles. No tardaron en integrarse en el ambiente que ya se vivía de fiesta, con gente saliendo y entrando de bares, donde el vino corría, y la gente entablaba conversación con cualquiera, aunque no lo conociera de nada. La noche se iluminó con los fuegos artificiales. A las siete de la mañana, Luisa y Margarita estaban tomando churros junto a dos jóvenes, con los que habían bebido, reído y cantado una parte de la noche. Uno de ellos, que había hecho amistad con Margarita, quería correr delante de los toros. Le desearon buena suerte y prometieron hacerle una buena foto. Encontraron un hueco en una de las calles. No tuvieron que esperar mucho para ver a un grupo compacto de mozos corriendo por la calle, después aparecieron los toros, acompañados de los cabestros. Detrás, más mozos. Se escucharon gritos, pitos y tambores. Un toro rezagado se salió de la curva. Margarita gritó. Luisa se despertó sobresaltada en su habitación. Todo había sido un sueño. Tal vez, algún día, aquel sueño se convertiría en un recuerdo real.

 

LO MÁS IMPORTANTE

Luis Uriarte Montero

Esa mañana de encierro, quería lanzarse en la calle Estafeta contra los morlacos, su compañera a la que había conocido en el baile de las Alpargatas había muerto de cáncer. Había sido todo para él desde que se conocieran en la fiesta universal. Cuando intentó acercarse al lugar, en la barrera, una persona se desvaneció, se ahogaba, le insufló el aire vital y con un masaje cardíaco, se reanimó, le sonrió y de pronto, se quedó con él, hasta que se apercibió que tenía la mirada perdida porque era ciego; le dijo que le encantaba oír todo lo que significaba una carrera en la calle más importante de Pamplona para los encierros: los gritos, el miedo, el sudor, se le fijaban en su cerebro ciego. En ese momento, valoró lo que era el milagro de estar vivo y su secreto arcano. 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

BLANCO

Leyre Apesteguía Sanz

¡Mamá!La lavadora de mi piso no funciona bien. Me han salido los pantalones llenos de manchas negras…
De repente se escucha una carcajada al otro lado del teléfono.
– Claro claro,la lavadora será…sigue riéndose mi madre.
No entiendo su respuesta y así se lo hago saber.
– A ver cariño,¿ recuerdas esos cubos llenos de agua que os poníamos papá y yo para que dejaseis en remojo la ropa que os quitabais?.
– Si claro,erais muy pesados con ese tema.
– Pues ahora vas a entender porqué. ¡Anda que no me ha tocado a mi frotar los 7 de julio! Aún recuerdo la época que os dió por entrar al chupinazo y veniaís con las camisetas rojas de vino barato. ¡Más vale que pronto descubristeis los almuercicos largos y llegó la moda de los pantalones pitillos!
-Ya veo…
Pensamiento intruso: Debería de haberme independizado después de San Fermin…

 

EL COHETE QUE NO ESCUCHÓ

Lietty Aylet Navarro Oliveros

El día que Gael murió, el encierro siguió como si el mundo no se hubiera roto. Mi abuelo no volvió a correr desde entonces. Se convirtió en sombra en cada San Fermín, mirando desde un banco, la pañoleta arrugada en el bolsillo y los ojos clavados en el cielo, esperando que un cohete le devolviera el grito que no pudo dar.
Nunca hablaba de Gael. Pero el año pasado, cuando el Alzheimer ya le borraba los nombres, me tomó la mano y susurró:
—Prometí correr por él… hasta que lo olvidara.
Hoy el abuelo no está. La ciudad estalla en blanco y rojo, como cada siete de julio. Yo también he prometido correr.
No por la adrenalina.
No por la tradición.
Sino por la memoria.
El suelo tiembla. La multitud grita. Me ato su vieja pañoleta al cuello y, por primera vez, entiendo: no se corre por huir del toro, sino del silencio.
Cuando suena el cohete, no oigo el estruendo, sino su voz:
—¡Corre por los que no pudieron! ¡Corre para que el amor no se borre!
Y entonces corro.
Por Gael.
Por el abuelo.
Por todos los que aún esperan, al borde del recuerdo, que alguien no los olvide. 

204 HORAS

Ligia Valladares Expósito

—Te espero el domingo a mediodía en la plaza del Ayuntamiento.
—¿Y cómo haré para reconocerte entre tanta gente?
—No te preocupes. Iré con mi traje chaqueta blanco, y el detalle será un pañuelo al cuello de color… rojo. Serán 204 horas inolvidables. 

EN BLANCO Y ROJO

Lilia González Sánchez

No sé en qué momento preciso lo supe. Quizás fue cuando vi la foto en blanco y negro. Esa foto que guardabas celosamente en la caja de puros, donde tú no eras tú. La chica de la fotografía anudaba a su cuello un pañuelo rojo, tenía ojos demasiado vivos y la mano entrelazada con la de un joven rubio. Dijiste que era una amiga, que en Pamplona todos se abrazan así cuando corren delante de los toros. Pero… tu sonrisa, mamá. No era de San Fermín, era otra… ¿Traviesa?
Papá nunca fue a los encierros, ni siquiera le gustaban los toros. Él decía que en julio prefería quedarse en casa, que esa fiesta era para la juventud. Y tú te ibas sola, cada año, religiosamente. A reencontrarte… ¡Ahora lo entiendo! Con la emoción, con él… Con la sombra de aquel amor que corría mejor que cualquier toro.
Desafiaste al mundo en alpargatas, con los labios pintados y la verdad a medio callar. Y ahora, en esta cena, rodeada de hijos que creen saber quiénes son, brindas con pacharán y sueltas… ¡El hombre más valiente que conocí no era vuestro padre! Nadie ríe. Tampoco tú. Solo oigo el eco de cornamentas, allá lejos, aún resonando.