XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
EL LATIDO INVISIBLE
Suhail Velasco
A las ocho, en punto, el cohete estalla no en el cielo, sino en el alma, convirtiendo Pamplona en un corazón gigante sincronizado al compás del tambor ancestral, temblor palpitante bajo los adoquines, donde correremos no para escarpar, sino para pertenecer.
Cuando el chupinazo rasga el cielo, el velo entre dos mundos se desquebraja, mientras los humanos celebramos con vino, cánticos y pañuelos rojos, los Akerbeltz esas bestias antiguas del fuego negro, despiertan hambrientos de pasos. Los toros reales pasan rugiendo, pero son los otros los que importan, aquellos que solo los elegidos pueden ver.
Los veo. Me giro.
Y sonrió.
Mi abuelo me dijo que si uno de ellos te tocaba, tu historia se repetía, día tras día, encierro tras encierro. La primera vez que los vi, tenía ocho años, corrían detrás de nosotros, invisibles a los demás. La calle era un río estrecho y desbocado, empujado por pezuñas, rozando el miedo, la muerte y la gloria.
Un joven tropezó, una mano, la mía, lo alzó sin pensarlo. Cuando llegamos a la plaza, entre charangas y abrazos, ya no éramos desconocidos, éramos hermanos de coraje, gritando: “Si me tocan, que lo hagan” y que se repitan estas 204 horas eternamente.
EL DÍA QUE QUISE SER SAN FERMÍN
Susana Esteban Aranda
Amanecía el siete de julio y mi padre me llevó a un lugar de cuento: Pamplona. Me prometió que allí vería seres mágicos, toros imponentes y que absolutamente todos, vestirían como hermanos con rojo de una misma sangre y blanco de un mismo alma. Fundidos en una misma bandera.
Subimos juntos una cuesta que parecía llevar al cielo.
Delante de nosotros desfilaban seres extraordinarios: reyes de tierras imposibles y personajes grotescos que despertaban carcajadas con sus varas de espuma. Giraban y danzaban al ritmo de unas flautas encantadas que parecían atraer a todos, como en el viejo cuento de Hamelín.
Mi padre me habló con una lengua mágica, de kilikis, zaldikos y txistus. Olía a pólvora y escuché que todo era por un tal San Fermín.
Hechizado quise quedarme allí para siempre, entre los gigantes y las danzas, entre los mozos valientes y las calles empedradas que recorrían el tiempo.
”Papá yo quiero ser San Fermín”.
Me desperté llorando, sobresaltado y, lo vi delante de mí. Vestía capa y mitra. Levantó una mano, me bendijo y se desvaneció en un halo de luz.
Entonces lo supe: siempre he sido uno de sus hijos.
Menuda pesadilla soñar que no era pamplonica.
EL SUEÑO DEL REY TROVADOR
Sylvain Sortelle
Teobaldo viajó a Pamplona desde su lejana Champaña brumosa para regir aquellas desconocidas tierras que había heredado de su madre Blanca. No tardó en aprender las lenguas que allí se hablaban. Pero siguió escribiendo sus madrigales en francés.
Después de un laborioso día con los preparativos de la cruzada y la elaboración del Cartulario, se acostó, no sin antes haber escrito algunos versos de amor con una copa de vino de la Ribera en la mano.
Tuvo un sueño vívido: astures, cántabros, vascones, lombardos, sajones y francos, unidos en una celebración digna de la gloriosa Roma. Regocijo por doquier, bebida y comida a raudales, farandolas, charangas, peleas de gallos, torneos, sogatira y levantamiento de piedra. Oía el bullicio, veía a los mozos zambulléndose en las fuentes, olía el aroma de las costilladas en las parrillas, los ajos tiernos, las morcillas, las sopas con sacramentos. Se paseaba por las calles la cabeza de San Fermín de Amiens en un rico relicario de oro, ante los vítores de su pueblo. Allí se mezclaban cohortes de ermitaños que habían bajado de sus montañas y peregrinos en su tránsito hacia Santiago.
Unos gigantes de madera y tela vigilaban su sueño y le soplaban delicadamente en la frente.
NO ERA K-POP, ERA ENCIERRO
Tamara Sanchez Manquillo
En mitad del bullicio pamplonés, Jong-Su, turista surcoreano con mochila fluorescente y mapa arrugado, se vio de pronto atrapado entre una multitud vestida de blanco y rojo que no paraba de gritar y empujar. Pensó que había encontrado una procesión religiosa… hasta que vio la manada de toros viniendo hacia él como si fueran taxis desbocados de Seúl.
Intentó salir del recorrido, pero cada giro lo metía más en el corazón de la fiesta. Corrió por instinto, esquivando cuernos, resbalando con churros caídos y pisando un sombrero ajeno que alguien había lanzado al aire como ofrenda a San Fermín o al caos mismo.
Una señora le puso un pañuelo rojo al cuello, probablemente por piedad o para camuflarlo mejor ante los toros. A esas alturas, Jong-Su ya no sabía si estaba en una tradición ancestral o en un videojuego con nivel de dificultad extremo.
Terminó en una peña, confundido pero aplaudido. Alguien le ofreció sangría, él creyó que era zumo de uva. Rió, brindó, bailó. Por la noche, al revisar las fotos, descubrió que había salido en tres noticieros y una postal turística.
Desde entonces, cada julio, Jong-Su regresa. Pero ya deja el mapa en casa.