Archivo por días: 23 de junio de 2026


Más relatos finalistas (clasificados del 4º al 6º)

4º clasificado: Atzerrian, zortziak

Esnatu, gosaldu, erlojua begiratu.

Dutxan sartu, ispiluan pasada bat, erlojua begiratu.

Jantzi, arropa zuri-gorria errespetatuz, erlojua begiratu.

Zapatilak lotu, txirrindulan salto, erlojua begiratu.

Trenera iritsi, eseri, itxaron, kuadrilan pentsatu.

«»Batzuk oraindik parrandan egongo dira»», gogoratu irribarrez.

Trenetik jeitsi, berriz txirrindulara, erlojua begiratu.

Semaforo gorria, kamiseta zuria, eta festa buruan.

Berdea jarri, pedala abian, eta korrikalariak gogora.

«»Lehen kantua abesten ariko dira?»» galdetu neure buruari.

Ofizinara iritsi, txirrindula utzi, eskailerak gora korrika.

Ordenagailua piztu, Windows itxaron, erlojua begiratu.

Denbora zegoen, lehen kantua zutik entzu, paper batzuk begiratuz.

Berandu zebiltzan lankidei abisatuz,

zuzenezko transmisioa bilatu.

Kafea hartu eta bigarren kantua murmurikatu.

«»A ze jendetza, zenbat gazte, geroz eta neska gehiago,

a ze ederra Iruñea, zuritz eta gorriz,

goizeko argitan distiratzen»».

Hirugarren kantua, isiltasuna eskatuz, orain bai, kantatu.

Azen segunduak, eta bapatean, zortzirak.

Ziztira goian zerura, ateak ireki, eta buruan korrikatuz,

aulkian aurrera egin, pantailara urbilduz, dena ikusten saiatu.

Minutuak bihotz dardara batean pasatuz,

gazteak, zezenak eta irudimenak korritan ikusiz.

Goizeko mezua bidali, danak ondo dauldela galdetuz,

lanean hasi behar, bihar beste bat ikusiko. Atzerrian, sentimendua gordetuz.

En el extranjero, las ocho

Despiertas, desayunas, miras el reloj.

Entras en la ducha, una pasada en el espejo, miras el reloj.

Te vistes, respetando la ropa blanca y roja, miras el reloj.

Te atas las zapatillas, saltas a la bicicleta, miras el reloj.

Llegas al tren, te sientas, esperas, piensas en la cuadrilla.

«Algunos todavía estarán de juerga», recuerdas sonriendo.

Bajas del tren, vuelves a la bicicleta, miras el reloj.

Semáforo en rojo, camiseta en blanco y fiesta en la cabeza.

Se pone verde, pedaleas y recuerdas a los corredores.

«¿Estarán cantando la primera canción?» te preguntas.

Llegas a la oficina, dejas la bicicleta, corres escaleras arriba.

Enciendes el ordenador, esperas a Windows, miras el reloj.

Hay tiempo, escuchas el primer canto de pie, ojeando algunos papeles.

Avisas a los compañeros que van tarde, buscas la retransmisión en directo.

Tomas un café y murmuras el segundo canto.

“¡Vaya gentío, cuántos jóvenes, cada vez hay más chicas!

Qué bonita Pamplona, de blanco y rojo

brillando a la luz de la mañana.»

La tercera canción, pidiendo silencio, ahora sí, cantas.

Últimos segundos y, de repente, dan las ocho.

Sube el cohete al cielo, se abren las puertas, y corres en tu cabeza,

Adelantas la silla, acercándote a la pantalla, tratas de ver todo.

Pasan los minutos mientras te late desbocado el corazón,

viendo correr a los jóvenes, los toros y tus imaginaciones.

Envías el mensaje de la mañana preguntando si todos están bien

hay que ponerse a trabajar, mañana verás otro. En el extranjero, conservando el sentimiento.

5º clasificado: Instrucciones para atarse un pañuelico – Alberto Pascal Bea

Olvídese de los espejos y dirija la imaginación hacia el norte magnético. (Si lo necesita puede utilizar una brújula).

Comience por extender y ondear el pañuelo rojo: ¡despiértelo! Contemple su perfecta armonía pitagórica: cuatro ángulos rectos, cuatro lados iguales.

Visualice ahora una diagonal y pliegue el cuadrado sobre ella: este quedará transfigurado en alegre triángulo; en palpitante pañuelico. Después, encarando los dedos índice con sus respectivos pulgares oponibles, prenda los extremos de la hipotenusa (en adelante «picos» o «puntas»). Aplíquese literalmente su reveladora etimología griega: hypoteínousa ‘tendida con firmeza’.

(Conviene sujetar el pico izquierdo con la mano izquierda y el pico derecho con la mano diestra. Un proceder distinto provocaría maniobras ciertamente incómodas).

A continuación estire y suba los brazos, acompañando este movimiento con un leve cabeceo frontal. Una vez arriba flexione ambos codos y deslice el pañuelico hasta la nuca. Respire hondo.

Finalmente avance los picos laterales hacia su feliz encuentro sobre el pecho y, manteniendo suficiente holgura para la garganta, anude las puntas (ahora «puntas delanteras») dos veces. Puede que sus dedos oigan una bocina de carrusel infantil, un sabor de churros, una sombra de zaldiko.

Luego, esconda la brújula, desoriéntese entre la fiesta y por favor deje en paz a Hemingway.

6º clasificado: Diferido – José Francisco Sánchez Lozano

Mi padre veía cada siete de julio el mismo encierro, grabado en un VHS para el que ya no quedaban aparatos.

Mi hermana lo pasó a un archivo para que él dejara de soplarle a la cinta antes de pulsar play.

—Ahora —decía siempre, cuando la manada enfilaba Mercaderes.

Entonces se inclinaba hacia la pantalla, la mano a punto de tocar el vallado, y gritaba mi nombre.

Yo aparecía tres segundos después: camisa blanca, pañuelo rojo al cuello, zapatilla desatada, la mano en el hombro de un desconocido. Mi padre volvía atrás un poco.

Después venía la curva de Mercaderes. La imagen temblaba, un mozo tapaba la cámara, alguien levantaba los brazos. Mi padre pausaba justo ahí.

Durante años ensayó el aviso antes de ese fotograma.

El verano pasado no gritó. Solo tocó la pantalla con dos dedos, como se toca una frente.

Antes de salir, dejó el vídeo detenido. Todavía sigo doblando la curva.