IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


FIN DE FIESTA

Raquel Plaza

Es día catorce y nuestra última merienda en la plaza de toros con mi cuadrilla , las peñas se niegan a salir de la plaza pero la abandonan con un alegre compás. Paramos en el bar Niza para tomar un kalimotxo. Las calles están teñidas de blanco y rojo, alegría mezclada con tristeza porque ya se acaba nuestra fiesta. Recuerdo el txistu tocar la era en la plaza del castillo y los exquisitos txurros de la Mañueta, las caras tristes de los niños al despedirse de los gigantes y los cabezudos hasta San Fermín txikito.
Aun bajo la música de las txarangas en las calles, escucho los latidos del corazón de Pamplona que añoran su txupinazo. Estafeta con su ambiente, Mercaderes, Ayuntamiento y en la Cuesta de Santo Domingo, paro a brindar con un buen patxaran y comienzo a cantar nuestra jota más conocida a nuestro patrón. “Que hizo a San Fermín llorar”
Con la emoción a flor a piel siguen pasando cuadrillas, con sus bocadillos de txistorra en mano, para ir a ver los últimos fuegos artificiales antes de entonar el pobre de mi.
Continuo hacia las barracas, quiero aprovechar cada segundo de estos mis Sanfermines que llevo en el corazón. 

LA CARRERA

Josefa Montero Lopez

La adrenalina aún impaciente dentro de mí, deseando explotar en el mismo instante que mi ser pise las calles por las que debo correr. Los sentidos se me agudizan. Memorizo rostros y olores, cualquier sonido que destaque entre el tumulto y la música de fondo capta mi atención. De pronto el silencio, la cuenta atrás para comenzar. Una puerta se abre al mismo tiempo que mi corazón, la adrenalina retenida me inunda por completo y solo puedo envestir, apartando de mi camino a toda la humanidad que me rodea. Mis pezuñas resbalan y caigo entre ellos, que a pesar de sus miedos me animan a levantarme. Y yo lo hago. Juntos llegamos a la plaza. Todos ganamos la carrera hoy.
 

ACELERAR EL PASO

Fernando Barba Hermosillo

Me lo dijeron y repitieron muchas veces, que si quería encontrar la paz en esos días, sería imposible, pero yo seguí adelante, y aunque para los que venimos de fuera, la fiesta pareciera lo mas importante, para la ciudad no era así. Recorrí las calles principales buscando las flechas, pero las distracciones me sacaban una y otra vez, busqué las señales, pero estas no eran de color amarillo, eran las que las mismas personas, la música, colores, aromas y sabores lo que me devolvían a la senda, porque el camino que no se acompaña de cierta santidad se convierte sólo en kilómetros caminados. Deambulo a paso lento cuando observo pasar uno a uno a una multitud, sigo contemplando, cuando algo en mi me hace voltear y observar a un toro que se aproxima, comencé a dar pasos que resultaban insuficientes, la distancia a cada segundo era acortada, y aunque la orden de mi mente era acelerar el paso mis piernas no avanzaban parecieran estar fusionadas a la calle, vuelo por los aires y experimento un momento de paz sublime, ya en recuperación en el hospital, la «paz» conseguida en ese lugar, sólo le puedo llamar relax, porque la paz ya me había topado.