XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
EL COMIENZO.
Sergio Mingorance Nepote
Hoy no es un día cualquiera. Hasta el propio Morfeo lo sabe, pues no ha aparecido como otras noches. Hoy, el sol ha emergido con una energía especial, incluso mística, me atrevería a decir. Los pájaros guardan silencio, como si se prepararan para el bullicio que pronto los envolverá. Los nervios se palpan en las aceras, en los coches, en el ambiente. Las escasas horas que quedan marcan el final de un sueño de prácticamente un año. En breve, las calles se teñirán de un blanco puro, como el sentimiento que brota desde lo más profundo de cada corazón. Un corazón que vestirá de rojo el pañuelo y la faja, creando una estampa que pervivirá para siempre en nuestra memoria.
Hoy no es un día cualquiera. Hoy comienza San Fermín.
204 LATIDOS
Sergio álvarez García
No sé qué día es, pero el aire huele distinto.
Vibrante. Como si la tierra misma latiera.
Me abren la puerta. Ruido. Gritos. Un tambor
invisible golpea dentro de mí: retumba 204 veces
antes de llegar al ruedo.
Corro. No porque tema, sino porque es lo que soy.
El que corre. El que embiste. El que vive por
segundos en un mundo que no me pertenece.
Las calles estrechas, las paredes altas, el suelo
que resbala… no son míos. Tampoco esos ojos
abiertos, esas bocas que gritan mi nombre sin
saberlo.
Huelo su miedo, y a veces, su respeto. A veces.
Siento la lluvia antes que ellos, será mi aliada.
Compañera de viaje por poco tiempo.
Un hombre tropieza. Podría esquivarlo. No lo hago.
No por crueldad, sino por instinto.
Y sigo. Porque el final no es la plaza. El final es el
silencio que llega después. Ese momento donde
todo se apaga. Donde yo dejo de ser “el toro” y
vuelvo a ser simplemente yo.
No temo la muerte. Temo el olvido
Pero mientras haya encierro, mientras un niño
dibuje cuernos en un cuaderno o un viejo cuente “aquel” encierro…
Yo viviré.
Aunque sólo sea durante 204 horas.
Aunque sólo sean 204 latidos.
PASE LO QUE PASE
Sergio Asensio Martínez De San Vicente
¡¿Se han suspendido los sanfermines?!
No puede ser, ya lo sufrimos en plena pandemia. ¿Privarle al mundo de sus fiestas más célebres? ¡Otra vez no!
El alcalde lo expresaba en los medios tras debatirlo con la presidenta de la comunidad y el presidente del gobierno. Se ha acordado tomar la medida tras la advertencia de un comité experto en energía. Debido al reciente apagón, y en vista de que se prevé un consumo excesivo de luz eléctrica, este año, Pamplona no celebrará sus fiestas.
La noticia provoca una ola de solidaridad sin precedentes. De prácticamente todos los países del mundo llegan muestras de ánimo y condolencias. La ciudadanía, consternada, lo agradece.
Sin embargo, hay quien decide no quedarse de brazos cruzados. ¿Sería posible desarrollar iniciativas que sirvan como alternativa al programa oficial suspendido? Se habla de unos sanfermines diferentes, donde poder celebrar sin causar riesgo, ¿pero qué es lo correcto? ¡Menuda tesitura, esto es algo histórico!
De pronto, suena el despertador.
¡¿Qué, ha sido todo un sueño?! ¡Una pesadilla, mejor dicho! Me levanto y compruebo que nadie ha dicho nada de suspender las fiestas. Suspiro aliviado mientras una lágrima recorre mi mejilla.
Pase lo que pase, que siga encendida la llama en nuestros corazones.
INCOMPRENSIBLE: ADJ. QUE NO SE PUEDE COMPRENDER
Sergio Arce Sobrao
El reportero de la televisión canadiense serpeaba entre los mozos, fascinado e incrédulo. ¿Cómo podía ser? En las últimas décadas, los avances científicos habían vencido al envejecimiento, disparado la esperanza de vida hasta límites antes inimaginables. Era cuestión de tiempo, muy poco según los expertos, que se produjera la victoria definitiva, el momento clave en la historia de la humanidad: la derrota definitiva de la muerte. Ante tal horizonte, nadie en el mundo ponía ya en peligro su vida, nadie practicaba deportes de riesgo, nadie se saltaba los límites de velocidad al volante. ¿Cómo hacerlo estando al alcance de la mano la inmortalidad?
Observó a un mozo que se dirigía a la hornacina periódico en mano y lo eligió como presa. Tenía que conocer la respuesta. Él y el resto del mundo.
—¿Qué os lleva a arriesgar vuestra vida pudiendo vivir para siempre? —preguntó, llevando después el micrófono frente a la boca del muchacho.
Pero este no respondió. Solo le dedicó una sonrisa algo condescendiente. A continuación, se unió al resto de los mozos, alzó el periódico, y se sumó al cántico.
El reportero había comprendido el significado de esa sonrisa, su equivalente en palabras. Y sí, efectivamente: él nunca podría entenderlo.