XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
YO, SÍMBOLO
María Lorena Bueno Sebastián
Un estallido.
Luz.
Ruido.
Cuernos afilados, músculos tensos, ojos encendidos.
Esta mañana, la tierra tembló. La puerta se abrió y el mundo me rugió encima.
Luz. Voces. Golpes.
Corrimos.
Corrí. Por instinto, por orgullo. Algo dentro de mí rugía.
Las calles olían a madera, a vino seco, a historia.
Los hombres gritaban, aplaudían. La carrera era fuego. Era vida.
Una danza perfecta entre nosotros. No éramos enemigos. Éramos el mismo pulso.
Sentí los cascos de mis hermanos golpeando el adoquín.
Sentí el sol clavarse en los lomos.
Sentí el aire caliente cortándome los costados.
Y corrí.
Como si la calle fuera mi cuna y mi destino.
Entré en la plaza y el mundo estalló en vítores.
Me detuve.
Hoy no fui bestia.
Fui símbolo.
Fui ritmo.
Fui San Fermín.
SAN FERMIN
Maria Mlagrosi Garcia Mota
Cuando llegan las fiestas de San Fermín, son como un colegio de niños esperando ese momento de recreo. Para poder jugar con todos sus compañeros.
Pero para nosotros, los mayores, es una válvula de escape, llena de ilusión. Para ese día tan especial, 6 de julio con ese cohete, saliendo disparando todo, emociones de todo el año de recuerdos de los años pasados.
Por fin llega una ráfaga de aire nueva para sacar las ropas y reponer cosas nuevas. Pantalones, zapatillas, collares, broches, pendientes, sombreros, hacer cola para las entradas de los toros. Estar con los amigos de siempre, los nuevos que llegan. Compartir esos almuerzos, chIstorras, huevos y jamón, las cenas y recenas disfrutar todo lo que sea, pero para el día siguiente todos estamos ya preparados para ver las calles, llenas de gente, vestidos otra vez de blanco y rojo, para ver el primer encierro de los 9 días que tenemos nuestras fiestas, llena de color de música de verbenas y de nuestro folclore que todos conocen y sobre todo, cuando tiran el cohete y oyes la jota de San Fermín. El corazón late con la misma fuerza del cohete, que sale del Ayuntamiento y se oye ¡VIVA SAN FERMIN!
NI PARA UNA ESTAMPITA
María Nieves Angulo Salazar
Doña Paquita, arrastrando el carro de la compra, deja atrás la cuesta de santo Domingo, donde se ultiman los preparativos del tercer encierro. Pasito a pasito, llega a casa. En el portal se cruza con la vecina del primero, quien jamás se pierde el espectáculo de mozos y toros camino de la plaza: tiene una amiga con piso en Estafeta y bla, bla… ¡Bah, presumida! Que si cobra tanto de pensión, que si le han regalado un san Pancracio de escayola… ¡Ay! ¡Lo que daría ella por un santo de esos! Pero, en fin: ni para una estampita le alcanza el dinero.
Mas, esta tarde, cuando suba la del primero a echar la partida de brisca, piensa desquitarse. Obsequiará a su invitada con unas rosquillas ―de oferta, por próxima caducidad― y un aguachirle al que llama café. Eso sí: adornará la estancia con cuatro flores afanadas en un parque… y con una sorpresa que esconde en el carrito.
Cinco minutos para las ocho. Doña Paquita suspira; como le embargaron el televisor, ya no puede ver los encierros; habrá de conformarse con imaginar el revuelo organizado en santo Domingo al descubrir que algún gamberro, aprovechando un descuido, ha arramblado con la imagen de san Fermín.
UN SENTIMIENTO
Maria Paz Plaza Santamaría
UN SENTIMIENTO
Desde pequeño a Germán le metieron el gusanillo de los sanfermines. Sus abuelos, sus tíos y sus padres lo llevaban en su ADN como su mayor pasión.
El niño aprendió a convivir con el gusto por la fiesta, con el arraigo y el poder de las cosas que emocionan.
Qué gracioso resultaba verle con su chupete y su blanco atuendo rematado con pañuelo rojo al cuello y fajín del mismo color, dando palmas y moviendo su cuerpecillo a modo de baile, cual niño sanferminero, cuando escuchaba las primeras señales de la celebración.
Imitaba la alegría de los mayores, de ella contagiado, con la expresividad que su infancia le permitía en ese mundo plagado de multiversos que él sin ser consciente hacía suyos a su manera; en cada uno de sus gestos nacía otro nuevo que se prolongaba desde el momento eufórico del chupinazo y el ruido de los cohetes lanzados desde el balcón del Ayuntamiento de Pamplona hasta que se entonaba el “Pobre de mí” recordando la fugacidad de la alegría.
Cuando Germán empezó a hablar y le preguntaban que quería ser de mayor, se ponía los deditos en la frente y decía : “toro”.