Certamen Microrrelatos San Fermín


XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

HEMINGWAY

Pedro Sanz Lallana

Andaba yo calzándome las zapatillas de correr, a las siete de la mañana un ocho de julio tras una madrugada torera, cuando me asaltó una duda: «¿De verdad ese Hemingway correría delante de los morlacos?»
Y me respondió la zapatilla derecha:
̶ Pues claro, para eso venía a Pamplona.
̶ Ya. Y otra pregunta más importante: ¿A esa hora estaría despierto?
̶ ¡Era un fan del encierro, chaval, y muy valiente!
̶ Entiendo, perdona.
Me até la zapatilla y me tranquilizó saber que Hemingway también corría delante de los toros, así que aquella mañana me lancé a la calle, sereno, a correr sin miedo, sabiendo que otros muchos antes que yo ya lo habían hecho.
 

PAMPLONA BAILA

Pedro Del Guayo Litro

Todos los seis de julio Pamplona despierta y se pone a bailar. Lo viene haciendo cada año desde hace ya mucho tiempo. Doscientas cuatro horas en las que su danza se contagia entre los que en ella habitan y entre todos los que la visitan. Ocho días vestida con sus mejores galas: blanca hermandad, roja ilusión, multicolor alegría… Fiesta. Sea de noche o de día, haga sol o llueva, nada puede detener la intensa vitalidad de la bella Pamplona que nunca baila sola.
Baila con sus centenarias piedras, con sus árboles y pajaricos. Baila con su viejo amigo Arga, con el verde de los montes que la abrazan y con su azulado, grisáceo y nocturno cielo. Baila con el bebé en la silleta, con los críos que corren delante de los kilikis y con los jóvenes repletos de vida. Baila con la pareja enamorada que contempla los fuegos, con la familia que va de paseo por las barracas y con los abuelos que compran churros a sus queridos nietos. Baila con aquellos que ya no están, pero que siguen vivos en su recuerdo.
Todos los seis de julio Pamplona despierta y se pone a bailar por San Fermín.
 

LA INOCENCIA

Pedro Luis Hernández Socarras

Tuve suerte. Escapé de los toros. Pasé entre la gente confiado. Feliz de mi logro. Me aplaudieron. Luego llegué a casa. Conté todo a mamá. Me abrazó con sus alas:
— Mi pequeño mosquito, no hagas eso nunca más. 

LOS SANFERMINES… “SENTIDOS”

Pepe Arenas Guix

El año pasado participe en este Certamen, por varias razones; primera porque es una fiesta mundialmente conocida y, seguro de que el que no la conozca, es una “rara avis” española y, segundo, porque con nuestra participación ponemos un pequeño grano de arena a que siga creciendo.
Cuando vi el anuncio para 2023, me ilusionó volver a participar, porque me seleccionasteis para publicar mi relato de 2022, aunque no he sabido encontrar dónde se produjo esa publicación.
Sin embargo, este año, la Convocatoria dice muy claramente: Sanfermines “Vividos” y, yo no los he vuelto a vivir, por eso creí que cualquier relato, sin una referencia concreta a una “vivencia personal”, sería descartado. Sorprendentemente, ante la cercanía de la fecha de cierre de admisiones, recibo un simpático correo en el que me dicen:
“Un espacio para que la gente cómo tú, pueda expresarse, […], literatura, emociones para unir tu nombre a un legado “sanferminero” – ¡escribe!”
Bueno…, no sé si lo que escribo tendrá algún interés para optar a un premio que ilusiona, pero eso de unir mi nombre a San Fermín, ¡¡mola!! No dejaré de intentarlo, no con “experiencias vividas”, claro, pero sí con “experiencias sentidas”, por un evento genial.
«Gora San Fermín»

 

RECUERDOS

Pilar Calvo Lou

En mi más que trasnochada treintena son muchos los hábitos que he ido adquiriendo y olvidando, muchas las manías que me hacen exclusiva y suponen un reto para el valiente que quiera convivir conmigo. Sin embargo, hay una costumbre que todavía mantengo: escuchar la radio por la mañana. Cuando era pequeña por obligación; mientras mi madre preparaba ese desayuno que nunca lograba terminar, el viejo transistor vomitaba noticias. Hoy, por voluntad propia, para conocer la previsión meteorológica y evitar una crisis de armario.
Durante tantos años, han sido muchas las voces de esas “últimas horas” y diferentes sintonías que cambiaban cada septiembre con la vuelta al cole. Todo invariable de lunes a viernes excepto los primeros días de julio. Todo giraba en torno a la retransmisión en directo de los encierros. Estábamos de vacaciones y mientras tomábamos nuestro “ColaCao”, mi hermana y yo los veíamos por la televisión canturreando solemnemente. Ahora sola, también los sigo. No sé si es la tensión o los recuerdos que vienen a mi cabeza. Pero estoy como ausente. Y solo me doy cuenta de que he perdido la noción del tiempo cuando oigo el café saliéndose de la cafetera. Y pienso en aquel ColaCao. 


XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

848,6 METROS

Patricia Díaz Santos

La silla de ruedas no le impedía disfrutar de la fiesta, la llevaba adornada con el pañuelo rojo, como el que él mismo se anudaba al cuello.
Hacía años que no volvía a la muy noble, muy leal y muy heroica Iruña. Toda la familia se alojó en el hotel más emblemático de la ciudad. Él les dijo que quería vivir unos sanfermines a lo «Hemingway», mientras le miraban con aire compasivo.
Sabían que en su juventud acostumbraba a correr el encierro todos los años. Le llamaban el “Minotauro”, porque tenía el cuerpo como de toro, pero la cabeza de hombre.
Quería desquitarse de no haber podido recorrer los 848,6 metros seguidos, como lo hace la manada.
El 7 de julio al amanecer salió del alojamiento en su silla de ruedas, empujado por su nieta pequeña Ariadna y con su perro “Teseo”.
Llegó a la cuesta de Santo Domingo se puso de pie apoyado en dos bastones y empezó a caminar hasta la plaza, hilando recuerdos en cada tramo. La silla la dirigía su nieta, detrás, como si fuera un astado metálico.
Cuando llegó al coso mató al desasosiego, que habitaba en el fondo de su laberíntica memoria.
 

CORAZÓN «PAMPLONICA»

Patricia Asurmendi Sancho

Nervios.

Impaciencia.

Emoción.

Llegan las fiestas de la tierra que te vio nacer, crecer, partir y regresar para quedarte. Esa que allá donde estés nunca olvidas. Y ese sentimiento es el que te hace temblar la noche del día 5 de julio, como si esperases la llegada de los Reyes Magos.

Para disfrutar unos sanfermines de la tierra, de los que solo si vas acompañado por alguien de aquí podrás vivir. No solo es un pañuelo atado al cuello, es sentir cómo palpita el corazón con carne de gallina en todos y cada uno de los momentos que conforman unas fiestas sin igual. Desde un cohete que nos eleva al cielo, pasando por todas las tradiciones que nos hacen únicos hasta acabar iluminando nuestra ciudad querida y haciendo sentir orgullosos y orgullosas a aquellos que nos enseñaron a sentirlos, a vivirlos, a ser San Fermín.

Porque lo que vives esos nueve días no es para olvidar al despertar, es para seguir marcando una huella en ese corazón “Pamplonica” que continuará conquistando vaya donde vaya.
 

SENSACIONES

Patrocinio Gil Sánchez

Me llamo Fermín, como mi padre y el suyo y, desde que era un cacanarro, todos los San Fermines, mi padre, ataviados los dos con pantalones, camisa y zapatillas blancos y el pañuelo rojo al cuello, me llevaba de la mano al txupinazo y a todos los encierros. Para que te vayas haciendo a ellos, me decía sonriente y apretándome mucho la mano, y los corras cuando estés preparado.
Ahora soy un mocetón de 19 años y voy al txupinazo y a los encierros con los de la cuadrilla y, Maider, mi chica, lo pasa fatal porque dice que soy un temerario y no veo el peligro entre las astas de los toros. Y, mientras me sermonea, le tomo la carita de niña con las manos y le dejo en los labios el beso más dulce que nadie haya dado a su chica en los San Fermines… 

ÚLTIMO ESCALÓN

Paula García Arteta

Suena el despertador: “Pi pi pi piii. Son las 7 de la mañana, es 6 de junio de 2023”. ¡Qué pereza!
Me levanto para prepararme el desayuno, cuando miro el calendario me doy cuenta del día que es. ¡Ahhhh, qué nervios, qué nervios! ¡Solo queda un mes!
Un mes para vestirnos de blanco y rojo.
Un mes para el almuercico, el chupinazo, el riau riau, y las charangas.
Para las peñas, los toros y más charangas.
Para el calimocho, el ajoarriero y el estofado de toro.
Para los fuegos, los conciertos y bailar toda la noche.
Para las dianas, el encierro y el baile de la alpargata.
Para los gigantes, los kilikis y los zaldikos.
Para los reencuentros, los abrazos y la fiesta.
Para la procesión, las jotas y los cánticos.
Para la noria, las barracas y el algodón de azúcar.
Para los dantzaris, verbenas y txistus.
Para 204 horas de ilusión, diversión y emoción.
Para… buf, que se me va la cabeza. A ver Paula, céntrate que falta un mes y mañana hay examen.
A San Fermín pedimos por ser nuestro patrón, nos guíe en el examen, dándonos su bendición. ¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermin! 

CUMPLIENDO UN SUEÑO

Pedro Ran Pérez

Mi padre siempre había deseado, como buen navarro, ir a los Sanfermines. La tremenda humildad de su familia, rozando la indigencia, y una vida llena de trabajo y sacrificios le habían impedido lograr ese, aparentemente, fácil deseo de conseguir. Mi único anhelo desde que me enteré era hacer que consiguiera ese sueño. Imaginaba el día de primeros de julio en el que cumplía dieciocho años todas las noches antes de dormir. Y ayer 8 de julio de 2023 por fin llegó el día deseado: cumplí la mayoría de edad. Todos me felicitaban diciéndome las típicas frases: <>. A mí no me importaba nada más que poder hacer realidad mi deseo de tanto tiempo. Y así lo hice. Ahora estoy aquí en Pamplona, rodeado de música, de color y de esa fiesta que tanto quería conocer mi padre. Apuro mi copa de vino y decido dirigirme a la plaza del Castillo a seguir con mi ruta sanferminera no sin antes abrir mi mochila, acariciar la urna y decirle a mi añorado padre: aquí estamos papá, lo hemos conseguido. 


XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

FERMÍN Y OTROS FERMINES

Pablo Rafael Idrovo Recalde

La tierra estaba sumida en agua, todo fue hundido, nada se cuidó, la humanidad al ser tan mal ocupada por el calentamiento global se terminó, junto a ello los animales y plantas terrestres fueron exterminados. Una nave de condiciones extrañas surcó por el norte del hemisferio pasando el ecuador, la nave con leves giros y forma pausada posó en el medio de la nada. Detenida la nave, un ser llamado Kavil bajó del bastimento, con una soledad que aprisionaba el pensamiento, mirando a su alrededor observa que todo era agua, tan solo recordó en su último paso por la tierra, que una joven de Pamplona le contó con un beso sobre el alma de Fermín. Al acercar su mirada y oído al inmenso mar, sentía que escuchaba un cohete saludar a la multitud rebosando en las fiestas de San Fermín, al compás musical preconizando con bailes, comida y el jolgorio de la estampida de toros hasta el corso de la plaza, Kavil sonrió de sus recuerdos, también lo llamaron Fermín, y subió a la nave, dando un vistazo nuevamente a la inundada tierra, colapsada de agua, y salió al sonido de la luz quedando centenares de pañuelos rojos que emergen del mar. 

EL PLACER DE PERDER

Paloma Hidalgo Díez

Por un cúmulo de casualidades terminé trabajando en el servicio de objetos perdidos durante aquellas fiestas. Desde el primer día fueron llegando carteras, móviles, mochilas… la cantidad de pertenencias que se extravían en los Sanfermines. Las clasifiqué en espera de que sus propietarios las echaran en falta y se acercaran a recogerlas. Vino mucha gente, recuerdo al inglés que había perdido la documentación esperando al chupinazo, a la australiana que buscaba sus gafas, de buceo, y al argentino que preguntaba por su reloj, herencia de un abuelo pamplonica al que venía a emular corriendo en los encierros. La mayoría recuperaba sus pertenencias. Néstor, el argentino, necesitó volver varias veces hasta encontrar su Festina. Sin embargo, siguió perdiendo cosas y volvía cada día. Una armónica, su estuche de ortodoncia, el pasaporte…Yo disfrutaba al verle, imaginaba la suavidad de su rizos, flotaba en su mirar de cielo de verano, y le decía sonriendo que volviera, que no habían traído nada, y él volvía, y se adentraba en mi constelación de pecas, y se bañaba en la corriente cálida de mi voz.
Aún guardo en el cajón de la cómoda la armónica, puede que se la deje a nuestra hija, para que juegue, un día de estos.
 

FERMINICO

Paola Ruiz Lopez

-Todas las mañanas a las siete allá estaba, al lado del santico. Ni desayunar hacía.
-¿Le rezabas antes de que lanzaran el cohete, Fermín?
-¡Claro! ¿Cómo me iba a echar el capotico sino? Belén, ¡a veces me haces cada pregunta!- le contesta medio enfadado.
-Ya sabes que yo lo de rezar, Fermín… Y seguro que irías el más elegante, ¿a qué sí?
– ¡Por supuesto! Estos jóvenes que ahora van manchados… -chasquea los dientes y sube los cejas-. Con traje, así corríamos antes, como debía ser. Menudas carreras me he pegado yo. Madre mía.
– ¿Y luego ibas a por chocolate con churros a la Mañueta?
Fermín se le queda mirando con ojos extrañados, arruga el entrecejo y le pregunta:
-¿La Mañueta? ¿Qué es eso, moza? ¿Churros? ¿Es la hora de la comida ya?
Belén le agarra la mano y con ojos llenos de cariño le contesta:
-Todavía no, Ferminico. Voy a por un cojín para ponerte en la espalda que sino después… ¡ya verás!
– ¿Hoy quién era, Belén?- le pregunta Sandra, la auxiliar más joven de la residencia.
– Un corredor del encierro.
Belén le coloca el cojín mientras Fermín empieza a susurrar de nuevo: 1 de enero, 2 de febrero… 

UN EXTRAÑO EN SAN FERMÍN

Patricia Herrero Santos

Durante las celebraciones de San Fermín, Pamplona bullía de actividad. El aire estaba lleno de música, risas y olor a comida. Los corredores nerviosos se alinearon en la calle, preparados para ser más rápidos que los toros.
Al mismo tiempo, un hombre extraño de sonrisa enigmática se mezcló entre la multitud. Nadie sabía por qué estaba allí ni de dónde había venido. No solo no tenía puesto un pañuelo rojo, sino que tampoco parecía estar interesado en participar en la fiesta.
El desconocido se acercó a la plaza de toros mientras la multitud se concentraba en la corrida. Pasados unos minutos, la muchedumbre comenzó a escuchar un fuerte ruido proveniente del interior, pero los guardias de seguridad no le prestaron atención. El recinto fue sacudido repentinamente por una explosión. Los toros se volvieron irracionales y comenzaron a embestir a los toreros.
Mientras el gentío intentaba huir aterrorizado, los gritos y el pánico estallaron en toda la ciudad.
Los bomberos descubrieron el cuerpo del extraño entre los escombros cuando todo se había calmado. En su mano portaba una nota que decía: «Esto no ha hecho más que empezar”.
Desde entonces, las festividades de San Fermín nunca han sido las mismas.
 

ARRIBOS Y PARTIDAS

Patricia Collazo González

La cigüeña apoyó su carga sobre el tejado más alto que encontró. El rorro lloraba asustado por los gritos de la multitud. Con un movimiento del pico lo arrulló. Después se asomó hacia la calle. Sus experimentados ojos jamás habían visto algo así. La gente corría delante de unos enormes animales astados. Algunos caían, enmarañando patas, piernas, cabelleras y camisetas blancas. Observó uno por uno los balcones. Todos repletos de gente exultante. Ni un miserable hueco en donde dejar el encargo. Revisó sus papeles. Estafeta, la calle era la correcta.
Debajo, a veinte metros de sus zancas, repentino silencio. Luego, sirenas, pares de piernas corriendo con una camiseta ensangrentada en andas y gritos de auxilio.
El hombre apareció flotando y se sentó junto al ave. Acarició la cabeza del bebé. La sangre brotaba desde su pecho y teñía de negro el pañuelo rojo.
—¿Nuevo en el barrio? —preguntó señalando al bebé.
La cigüeña asintió. Hubiera querido preguntarle si estaba muerto, pero no sabía hablar, y además odiaba las preguntas retóricas.
El aparecido no aparentaba preocupación.
—Mira, allí es —pronunció señalando una ventana — Ojalá lo llamen Fermín
El niño gorjeó cuando el ave levantó vuelo. El muerto se quedó tarareando el Pobre de mí. 


XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

ENCIERRO

Olivier Oberlin

A las 12 en punto, el cohete salió disparado bajo miles de ojos expectantes, señalando el inicio de las fiestas, de los pañuelos rojos y de mi historia con Casandra. No lo vi venir… ¡ni a ella tampoco! Estábamos a 875 metros la una del otro y, aun así, entre ires y venires, el azar hizo que chocáramos. Bueno, me embistió. Del choque, una de sus horquillas me pinchó el brazo izquierdo y a ella se le derramó todo el calimocho encima. Creo que fue odio a primera vista, por su parte:
—¡Joder! —dijo ella.
—Lo siento —le contesté.
Siguió su camino con sus amigas y yo me fui de pinchos. Eso fue todo.
Al día siguiente, noté una pequeña molestia en el brazo y me acordé de nuestro encontronazo. Tuve ganas de volver a verla, locura inexplicable rozando lo imposible. Me encomendé: “A San Fermín pido…”. Pasaron los conciertos, los fuegos artificiales, los encierros desde el balcón mi abuela, pero nada.
El 14 de julio, desayunando churros en una terraza, escuché una voz detrás de mí:
—Lo siento…
Me di la vuelta y era ella. Su sonrisa me acorraló irremediablemente contra la pared. Estaba perdido. ¡Pobre de mí!
 

RELOJ BIOLÓGICO

Omar Argüello

Catorce de julio. Ocho de la mañana. Las enfermeras inglesas corren desconcertadas. Fermín, el paciente de la habitación doscientos cuatro, despertó otra vez. Dos o tres minutos de intensa actividad y nada más. Han vivido el mismo ritual desde el seis de julio: intenta levantarse de la cama, agita los brazos y habla en un idioma distinto que desconcierta a todo el hospital. Después, una sonrisa en su rostro…
Los médicos saben que es el último de sus repentinos ataques de vitalidad, por lo que esos minutos son primordiales, pero no pueden descubrir la causa. También que vendrá otro largo año de inactividad, conectado a un respirador artificial, casi sin signos vitales, porque por cuarto año consecutivo ocurre lo mismo.
Y las preguntas sin respuestas los perseguirán hasta el seis de julio del año siguiente, cuando Fermín despierte los mismos dos o tres minutos durante esos mismos nueve días y vuelva a su letargo después de doscientas cuatro horas de mejoría, sin ofrecer ninguna pista que les permita resolver uno de los misterios médicos más extraños del mundo.
Yo admiro a los médicos, pero jamás descubrirán que el reloj biológico de Fermín está conectado con las corridas de toros, a mil kilómetros de distancia…  

POSIT

óscar Santos Payán

Amor, encima de la cómoda te dejo el libro de Larsson, lo acabé esta mañana. He puesto los rollos de papel higiénico y he tirado la basura. En la cocina, debajo de la pila, dejo la bayeta junto al estropajo y sobre la mesilla de noche una factura de hotel que desconocía. Tuyo siempre. 

LOS INUSITADOS FINES DE UN SINFÍN DE SANFERMINES (BIGGER THAN DEATH)

óscar Pérez López

Bautizar 40.000 paganos en 40 días es como cortar 40 troncos en 40 minutos. Él siempre fue así: muy exagerado. Hubo que degollarle por su propia seguridad.
Al día siguiente llevaba ocho siglos mártir, aburrido como un muerto. Pañuelo al cuello por el degüello, su propia procesión aprovechó: Multitudinaria, montó un mercado multitudinario… y dio de mamporros a unos maleantes malencarados.
Por su bien lo maniataron: hicieron oficial el mercado medieval (entonces, “mercado” a secas).
Al día siguiente llevaba cuatro siglos ingeniándoselas: Comida para comer, bebida para beber, y danza para danzar. A la muerte, matarla. Y a los toros, torearlos.
¿Al día siguiente institucionalizan los lances? Corre los toros antes de la corrida.
¿Burocratizan las Vísperas? Baila el riau-riau antes del amén-amén.
No sirve darle de palos. Con un palo toca el tambor. Con dos, toca el tambor y hace un txistu.
«A todo, osado, se atreve,
de todo se ve capaz».
Es como Don Juan y le pasa como a Don Quijote: Si le obligan a ser, no puede ser.
Al día siguiente…

—¡Dios! ¡¿Y mi hijo?!
—«Atención. Hallado niño con la verga de Napoleón, encaramado a Joshepamunda».
—¡Fermín! Mutiku arraioa. ¡Baja de ahí!… Parece la lejía. Está en todos los fregaos.
 

HE SOÑADO DESPIERTO

Pablo Antonio Rangel Díaz

He soñado despierto, que es la mejor manera de soñar. Lo planee con meticulosidad arquitectónica; eso es lo bello. Hice maleta, y apurado para no distraerme con las banalidades del día salí para el aeropuerto. Me esperaban cerca de diez horas de vuelo, pero me resistiría a dormir, no podía permitir sueños subconscientes. Decir que el viaje se hizo eterno sería mentira, ¡et voilá!
Pamplona hervía como una sopa de verduras. Olorosa, provocativa, multicolor y alegre. Estaba tan contagiado del entusiasmo que lo único que quería era un buen sorbo de algo que tuviera alcohol. Deseaba correr. Mis ojos saltaban presurosos por allá y acullá y ya no era capaz de seguirlos. había deseado tanto aquel momento que no podía desperdiciarlo en respirar, en parpadear. De pronto la jarana de gritos, música y toros se me vino encima, fue entonces cuando una fuerza interior y racional me obligó a meterme en ese zaguán colmado de eguzkilores veraniegos.
¡ey, animal! salga de mi jardín- gritó una anciana desde un balcón –. por hollar mis girasoles te va a matar una bruja.
– ¡no pises donde está trapeado! – refunfuñó mi mujer.
El sueño había desaparecido y la premonición de la anciana estaba cerca de realizarse.

 


XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

204 PALABRAS PARA 204 HORAS

Oihana Iñigo Olondriz

Cuadrillas de blanco. Almuerzos de txistorra, huevos y vino. Alegría. Ganas. Multitud. Goras y vivas. Emoción. Cohete al cielo. Se para la cuenta atrás. Pañuelos rojos al cuello. Estalla la fiesta. Gaitas, txistus, bailes y champán. Vísperas solemnes ¡Riau riau!

Dianas el siete del siete: por el santo se conoce el día. Nos guía en el encierro, nos echa su capote. Procesión y misa. Jota para el morenico. Feria de ganado, fiel a la tradición.

¡Menudas fiestas!: música, puestos, txosnas, recinto ferial. Nace la canción del verano. Juegos y rejuegos. Gigantes que cada día bailan mejor. Churros en la Mañueta, guiris, sacos de dormir en parques y habitaciones caras de hotel. Langostinos y carrilleras al sol, chicas yeyé y sorbetes de limón. Salen las peñas. Rosas blancas y rojas para Germán y Nagore, y para quienes no llegó el capotico.

No cesan los conciertos, verbenas, tardeos, bertsolaris, DJs y atracciones. Los bailables y pasacalles entre caballeros, mulillas y toros de fuego. Deporte rural, Baile de la Alpargata, valses de Astrain y Torneos de pelota. Cada noche el cielo se ilumina.

Pero de pronto, pobre de mí, se encienden las velas y se termina la fiesta sin igual. Ya falta menos. Faltan 204 horas menos. 

ES MEJOR VOLVER A PERDER EN EL AMOR QUE NUNCA EN LA VIDA VOLVER A AMAR

Olga Delgado

Dos hermanas se enamoraron de Mikel la primera vez que jugó en la Bombonera. No fue fácil escoger para el pelotari. Irune escogió por él, dándole dos hijos. Cuando la edad y los celos no permitieron más partidos, se fueron a Illinois para que Irune siguiese los pasos de Hemingway; antes de replicar su fatídico final, habló su psicosis: pidió a sus hijos que nunca se acercasen a su tía Nerea. Años después, Mikel decidió volver al único lugar donde podía ser feliz. El día del chupinazo reconoció la espalda de Nerea. Le tapó los ojos. Ella sintió los callos en sus manos. Los labios de Mikel fueron frenados, por sus hijos, y por el miedo de que Nerea acabase escuchando las mismas voces que se llevaron a Irune a un mundo que no es el nuestro. Corrieron juntos en los encierros, como si así pudiesen alejar los pensamientos que los separaban. Ocho noches sin dormir. Mikel ya no veía ni los toros. Solo veía el amor en los ojos de Nerea. Donde Mercaderes se convierte en Estafeta, una cornada lo despertó del letargo de sus pensamientos. Sintió el dolor, la vida, el deseo… y el amor salió del encierro transformándose en un beso. 

EL ABRAZO DEL VUELO DE TU FALDA

Olga Isasi Garcia

Dicen que las noches de San Fermín son mágicas. Que el blanco y rojo todo lo invade como una enorme ola que no distingue individuos, jugando a hacer extrañas parejas que pueden durar hasta que amanece o toda una vida.
Que, si al caer la noche miras al cielo, verás un estallido de luz y color con sonido atronador que hará que temas que se te desplome encima. Pero que te hipnotizará y no podrás bajar la mirada hasta que concluya.
Que, al doblar cualquier esquina, una peña te arrollará llevándote en volandas y bailarás sin descanso al son de charangas y fanfarrias con amigos y desconocidos.
Así que ésta es la noche. Hoy te esperaré junto al portal, ataremos nuestras fajas para no perdernos y saldremos a bailar hasta que el amanecer nos sorprenda al son de las dianas de nuestra querida Pamplonesa.
Sólo entonces volveremos sigilosamente, sin hacer ruido para no despertar a nadie. Y retomaremos nuestra posición hierática para, ya entrado el día, salir de nuevo rodeados de los nuestros. Y entre valses y polkas notaré de nuevo tus ojos clavados en mi nuca y el abrazo del vuelo de tu falda.
Tuyo siempre,
Toko-Toko. 

ES MEJOR VOLVER A PERDER EN EL AMOR QUE NUNCA VOLVER A AMAR

Olga Delgado

Dos hermanas se enamoraron de Mikel la primera vez que jugó en la Bombonera. No fue fácil escoger para el pelotari. Irune escogió por él, dándole dos hijos. Cuando la edad y los celos no permitían más partidos, se fueron a Illinois para que Irune siguiese los pasos de Hemingway; antes de replicar su fatídico final, habló su psicosis; pidió a sus hijos que nunca se acercasen a su tía Nerea. Mikel sabía que debía volver al único lugar donde podía ser feliz. El día del chupinazo reconoció la espalda de Nerea. Le tapó los ojos. Ella sintió los callos en sus manos. Los labios de Mikel se frenaron, por sus hijos, y por el miedo de que Nerea acabase escuchando las mismas voces que se llevaron a Irune a un mundo que no es el nuestro. Corrieron juntos en los encierros, como si así pudiesen alejar los pensamientos que los separaban. Ocho noches sin dormir. Mikel ya no veía ni los toros. Solo el amor en los ojos de Nerea. Donde Mercaderes se convierte en Estafeta, una cornada lo despertó del letargo de su racionalidad. Sintió el dolor, la vida, el deseo, y lo que había sido platónico, se transformó en un beso. 

EL BALCON DE LA TIA CARLOTA

Olga Cristina Restrepo Restrepo

En los sanfermines, Pamplona se viste de fiesta. Entonces, yo empaqué mis maletas y fui a visitar a la tía Carlota.
Su inmensa casa, ubicada en la calle Estafeta, tenía dos hermosos balcones que ella alquilaba cuando llegaban las fiestas. Llegó el día del Chupinazo y era tanta la gente en casa, que los balcones parecían cargados de flores de enredadera. Aprovechando mi baja estatura, logré ubicarme en primera fila. Ya venían por la calle los mozos, yo estaba emocionada y feliz disfrutando de un delicioso Kalimotxo, pero ¡oh no! Cuál no sería mi vergüenza, cuando alguien que estaba muy cerca me empujó sin darse cuenta y mi vaso cayó, desde el balcón, en la camisa blanca de aquel bravo galano.
Mi rostro enrojeció, su mirada se cruzó con la mía, yo no sabía qué hacer hasta que el muy galán me agradeció el haberle refrescado, con mi bebida, su ropa. Me hizo un coqueto guiño y, al lanzarme su pañuelo rojo, mi vida quedó prendada por siempre de este galán y, por supuesto, de esta tierra. Hoy somos dos cincuentones con dos hijos y tres nietos, quienes engalanamos el balcón de nuestra casa en el mes de julio, al comenzar las fiestas.