El inesperado encierro de Joaquín y los colegas sudafricanos de su hermana 4


Las últimas 24 horas de Joaquín habían sido de órdago. Tras la paliza de cuatro días de intensa faena de cosecha en su Oricin natal, a duras penas había accedido a juntarse con la cuadrilla de la Valdorba a comer en el Txoko Pelotazale como cada 6 de julio. Pero una vez allí, como cada 6 de julio, lo dio todo. Y ahí estaba, 8 de la mañana del día 7, al inicio de la cuesta de Santo Domingo, hecho un pincel tras haber pasado por casa de su tía a darse una ducha y cambiarse de ropa, explicando en su rudimentario inglés a dos colegas sudafricanos de su hermana cómo debían correr el encierro. Les había detallado los pormenores del recorrido, pero era consciente de que ambos estarían pendientes de lo que él hiciera. Agarró sus manos en señal de confianza, y les pidió que trataran de no separarse en la carrera.

La tensión crecía cuando de pronto, por encima de la capilla del Museo de Navarra explotó el cohete que anunciaba la salida de los toros. Ya no había tiempo para componendas. Tocaba correr. Y a fe que lo que sucedió en los minutos siguientes quedó grabado para siempre en las retinas de cuantos vivieron ese encierro.

Para empezar, de los corrales salieron seis bichos que más parecían los patos de Martiko que los toro-toro que se gastaban en la ciudad. Rápidamente nuestros protagonistas se vieron con los bureles encima, y esprintaron para toparse de forma inesperada con la curva a izquierdas de Mercaderes-Estafeta. Tras doblarla, reapareció ante ellos la cuesta de Santo Domingo, y las decepcionantes vaquillas zaínas tornaron por momentos a auténticos morlacos de lomo rojizo. Los colegas, desconcertados, insultaban a Joaquín, que no paraba de correr presa del pánico.

Por fin ganaron el espacio abierto de la plaza del Ayuntamiento, e insólitamente se mantuvieron por delante de la manada en Mercaderes. Los mugidos de los toros más bien parecían resoplidos de elefante. Ahí, Stefan no pudo más y se subió al vallado de la derecha, mientras que Joaquín se salía del morro de los de nuevo venidos a menos Victorinos y se aupaba al madero en el que por primera vez en muchos años no esperaba Miguel Reta el paso de la manada. Desde ahí pudo ver la caída de Stuart en plena curva, esta vez sí a derechas, que tras un espléndido sempo kaiten ukemi quedó enfrentado a la manada y la pudo sortear gracias a que en el sitio que tradicionalmente ocupaba Cepor no había nadie.

Se hicieron unos momentos de silencio, de calma tensa, para poder tragar algo de saliva, y mirar al hijoputa de Joaquín, que les había explicado mal las cosas. Éste, a su vez, trataba de comprender qué cojones estaba pasando. Pero por poco tiempo, porque para su asombro, una segunda manada enfilaba Mercaderes desde el Ayuntamiento. Venía con espacios, y Joaquín no se lo pensó dos veces. Saltó decidido del vallado, y arrancó Estafeta arriba. Al verle, Stefan y Stuart le siguieron. Se vieron entonces bellísimas carreras, sin apreturas, rodeados de acreditados divinos que al parecer habían dejado pasar al primer grupo de cornúpetas para correr ante este segundo, con huecos, sin agobios.

Y en esas estaban cuando por arte de birlibirloque se reincorporaron a la calle Estafeta desde la bajada de Javier. Ah, pero, ¿la habían abandonado en algún momento? Pues así era. En un alarde de teletransportación colectiva, o en una paradoja espacio-temporal aún no descifrada, el caso es que nuestros amigos volvían a entrar a la Estafeta, ¡pero para correrla hacia abajo!

No eran momentos de pedir explicaciones, ni de consultar nada. Había que seguir corriendo. ¿Qué más podía pasar? ¿Qué más podía ir mal? Pues efectivamente, mientras la tresena desandaba lo andado (o mejor dicho, descorría lo corrido), una tercera manada, con ejemplares de infarto, doblaba la curva de Mercaderes a velocidad de crucero en dirección a ellos.

Ellos, que habían pillado astas, bueno, perdón, astas astas no porque ya sabemos que las astas están reservadas a un puñado de célebres corredores mediáticos, pero casi, la estaban gozando, por fin, mientras por la megafonía leían el bando municipal en arameo. Pero sus caras de disfrute fueron dejando paso a un rictus de sorpresa y comenzaron a gritar al ver lo que se les venía encima por delante.

La carnicería debió ser espeluznante, desde luego digna de haberse levantado de la cama para ver la retransmisión en directo. Sin embargo, no queda constancia documental. De todo lo demás sí, y la añado a este post, puesto que alguno estaréis ya pensando que se me ha ido la pinza definitivamente. Así fue, y así lo hemos contado.

 


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