IV Edicion Certamen Internacional Microrrelatos San Fermín


Patricia Aguilar Royán (Berge, Teruel)

Otro año más San Fermín perdura en nuestros corazones

¡Ya es la hora! ¡Ya es la hora! se murmura por las calles, teñidas de blanco con pañuelos rojos, el sol marca el medio día y un cohete sube al cielo. Pamplona entera vuelve a gritar ¡VIVA SAN FERMÍN! Todo el mundo irradia alegría reflejada en sus bailes y sus cánticos, todos unidos por el gran orgullo a su patrón, al patrón de Navarra. Y así otro año más comienzan las fiestas de San Fermín. Fiestas famosas en el mundo entero, por sus corridas de toros, donde salen los valientes, corriendo con esmero, donde todos los corazones laten al mismo tiempo, donde todos juntos viven un momento único e inolvidable, lleno de emoción y de gran valor, cargado de adrenalina. Un momento que perdurará eternamente en el corazón de todos.

 

Paco Roda Hernández (Pamplona-Iruñea, Navarra)

El centenario

Eran las seis de mañana del 8 de julio de 1912, Fermín tenía diecisiete años. Ese día los toros, con una cornamenta que cortaba la devoción al Santo, eran de la ganadería de Viuda de Murube. Fermín vestía blusón negro ajado, txapela y alpargatas de esparto gastadas por la siega. En Mercaderes se citaron trece corredores. Fermín saludó a “Cocherito”, un matador que corría como rezaba y que lidiaba a las cuatro de la tarde. De repente, mientras hacía flexiones, sonó su móvil. Era un watsap de Unai, un amigo que estudiaba teleco en la Autónoma de Barcelona. Quedamos en la plaza, le dijo. Fermín quiso atarse las alpargatas, pero la fugacidad de los astinegros le ganó terreno. No obstante, arreció su carrera en una calle contraída por un extraño silencio. Mientras tanto, Unai codeaba con miles de mozos que sudaban miedo sin ver la torada. Cientos de flases y gritos golpearon su rostro. A lo lejos, distinguió a Fermín detrás de cinco morlacos vertiginosos que doblaban hacia el Gayarre. Unai se unió a él en la curva de Telefónica y juntos entraron en la plaza. Tras un abrazo, quedaron para ir al circo Feijóo, la atracción estrella de las fiestas.

 

Daniel R. Moya Fuster (Elche, Alicante)

De reojo

Apenas quedan unos siete minutos para que todo comience, de nuevo. Desde este lado de la barrera no puedo explicarte más ese silencio frío que congela nuestras miradas y que nos hace respirar esa neblina que, también, se eleve despacio como si los segundos fuesen días. A punto están ya, lo sé, lo sabemos todos, se nota porque el corazón late como un tambor y las manos sudan. En cualquier momento abriran la barrera con ese choque de maderas y nos tocará correr, correr sin remedio. Mientras por delante nuestro corren burlonamente mirando hacia atrás, esos seres sin astas que corren erguidos sobre los cuartos traseros mientras nos miran de reojo temiendo que les alcancemos. La vida es una carrera que hay que correr hacia delante pero siempre mirando de reojo hacia atrás por si el pasado y sus recuerdos te alcanzan.

 

Daniel Priego Lacosta (Pamplona, Navarra)

El adiós

Un olor intenso a carbón embriagaba el ambiente de la estación. Entre el frío una pareja se despedía sin mediar palabra. Ambos deseaban, pero cuando las palabras estaban a punto de salir se paralizaron en seco, escandalizadas y atemorizadas por miedo volverse efímeras. La mirada él iba y venía. Sabía que sería la última vez que los vería. Ella cabizbaja y con los ojos fijos en ninguna parte. Ambos entreabrían la boca a destiempo, forzándose a decir un torrente desenfrenado de palabras, pero no encoraban la manera. Sus manos no se soltaban en ningún momento. Él acarició su mejilla suavemente y se fue acercando lentamente a su oído… Logró, con un súbito sobre esfuerzo, decir dos palabras. Antes de que se dieran cuenta el tren soltó estrepitoso sonido avisando la última llamada para los pasajeros rezagados. Él cogió su maleta y se dio media vuelta hacia la puerta del tren. Cerró los ojos y, tras recuperar el aire, ella le soltó la mano dejando al descubierto un pañuelo rojo que él se llevó.