Morir de rodillas frente a la oscuridad de un toril de dos cañones (II) 3


“Señora, todas las historias, si se las lleva hasta el final, acaban con la muerte. (…) No hay hombre más solo a la hora de la muerte, excepto el suicida, que quien ha vivido muchos años con una buena esposa, a la que sobrevive. Si dos personas se aman, la cosa no puede tener un final dichoso”

(Muerte en la tarde Ernest Hemingway)

En mi anterior disertación intenté reflexionar acerca de la conducta suicida que se suele atribuir a los escaladores de alta montaña y a los corredores de los encierros. Era obligado hablar del presunto suicida más famoso que se asocia a la Fiesta. Y digo presunto, pues como aseguraron en su día su esposa Mary Welsh o su buen amigo Juanito Quintana, no me puedo creer que Hemingway se quitara la vida de esa manera. Un escritor, premio Nobel, no tuvo a bien dejar ni una simple nota de despedida e incluso en el cajón de su mesilla quedaron los abonos que él mismo había encargado a Quintana para la feria de ese año 1961.

Ese gigante que devoraba la vida a grandes mordiscos no podía decidir un método tan vulgar. Ese admirador de la valentía de un matador de toros no se podía marchar así, por la puerta falsa, como el torero que se retira entre pitos y una lluvia de almohadillas.

Sí, ya sé que había abandonado hacía pocos días su segundo ingreso en la clínica Mayo de Rochester, en Minnesota, en donde le había derretido el cerebro con sesiones de electrochoques, que había perdido peso y ya no era ese hombretón de más de cien kilos que se carcajeaba en el café Kutz rodeado de admiradoras.

Ya sé que no podía escribir ni una sola línea, a pesar de que se lo había pedido el mismísimo presidente Kennedy para la introducción de un libro, y que lloraba de impotencia sobre la máquina de escribir.

Ya sé que se sentía perseguido por el FBI y que tenía delirios acerca de que le espiaban y que le habían intervenido su teléfono.

También sé que su padre se suicidó, de idéntica manera, y su propia nieta Margaux, y otros cuatro miembros de la familia Hemingway.

Ya lo dice Albert Camus: “Sólo hay un problema filosófico serio: el suicidio”.

Estoy de acuerdo con García Márquez, que al enterarse de la noticia dijo que Hemingway no era de esa clase de hombres que se suicidan.

Habían vuelto de Minnesota en coche, porque preferían no viajar en avión. Mary no estuvo de acuerdo en el alta hospitalaria, pero los médicos la convencieron de que el escritor estaba listo para la vuelta a casa. El regreso fue muy placentero y tardaron unos cinco días en recorrer esos dos mil kilómetros. Aquella noche del 1 de julio había cenado bien y estaba animado. Incluso canturreó alguna canción en italiano mientras se lavaba los dientes. Aprovechando que Mary dormía ya a su lado, descendió las escaleras enfundado en la bata que él llamaba “la túnica del emperador”. Era domingo.

Encuentra las llaves y coge unas de sus favoritas, la que usó alguna vez en sus cacerías en África, y comienza a limpiar la culata y las incrustaciones de plata. Recuerda a su amigo Antonio Ordóñez, cuando se clavaba de rodillas delante de la puerta de toriles en la Monumental de Pamplona a la espera de la salida  toro. El portón de los sustos giraba sobre sus goznes y un túnel negro, de oscuridad inquietante, como los cañones de la escopeta, le hacía contener la respiración. Salía el burel enrabietado por el aguijón de la divisa y se dirigía hacia el torero, que intentaba calcular la distancia adecuada para dar una larga cambiada. Y el gatillo de la escopeta que, sin querer, se va hundiendo bajo los dedos. La muerte se acerca galopando. Se hacía un silencio de velatorio en la plaza, y justo cuando el animal hacía un derrote para voltear a Antonio, éste levantaba el capote y esquivaba la embestida por centímetros… sin embargo, Mary oye un estruendo que la despierta con un sobresalto.

El resto es conocido. Ella bajó apresuradamente y encontró el cadáver de Papá Hemingway del que manaba un río de sangre, y no había subalternos para sacarlo corriendo de allí ni un mal cirujano en la plaza que pudiera suturar esa tremenda cornada.

Ella mantuvo que fue un accidente e incluso Leonardo Padura, escritor cubano, asegura que Hemingway fue acorralado y casi presionado a terminar con su vida debido a la persecución a la que le tenía sometido el FBI por expresa orden de Hoover, con documentos ya desclasificados que así lo atestiguan.

Hemingway, apasionado por la vida, quizá creyó que 61 años eran suficientes, no lo niego, como si la vida fuera esa bota de vino que estrujaba con fruición hasta que saliera aire. En vez de esperar a que la muerte lo alcanzara puesto de rodillas por la enfermedad, prefirió ir rápido a su encuentro, como en un desplante en el que el torero queda a merced del toro.

Pero hay algo que no encaja, pienso que un enamorado de las fiestas de San Fermín como Ernesto no habría elegido esa manera de suicidarse. Creo que hubiera preferido, como Nicolas Cage en Leaving Las Vega, haber vuelto a esta ciudad para decir con lúcida solemnidad aquello de “He venido a Pamplona para matarme bebiendo”.

Y morir tras una noche de juerga, con su blusa de cuadros, recostado en el tendido esperando la entrada de los toros del encierro de una mañana del 7 de julio.

 Notas del autor:

La nieta del escritor, Mariel Hemingway, nació pocos meses después en el mismo lugar donde su abuelo se quitó la vida, en Ketchum, estado de Idaho, y acaba de presentar en el festival de Sundande el documental Running from crazy, que muestra su testimonio sobre la enfermedad mental, muy presente en su familia y los suicidios como trágico acontecimiento habitual entre los Hemingway.

Running form crazy

 

Para quien no lo conozca, aquí os enlazo el corto documental «Apuntes sobre el otro», está dirigido por Sergio Oskman y escrito por Carlos Muguiro y en él se puede observar el lugar donde murió el escritor. Una auténtica delicia.


3 ideas sobre “Morir de rodillas frente a la oscuridad de un toril de dos cañones (II)

  • estafetakoa

    Excelente artículo, casi a la altura del de ayer.

    Entrando al debate, lo de los abonos en la mesilla me suena a leyenda urbana. ¿Qué sentido tiene enviar unos abonos desde Pamplona a USA para volverlos a traer de vuelta para su uso? Lo suyo es que estuvieran en La Perla, aguardando a Ernesto, ¿no?

  • el divino imprudente

    También creo que es una licencia poética. Es más, Quintana asegura que Ernesto le puso un telegrama pocos días antes de ese 2 de julio desde Ketchum diciendo que le reservara el mejor tendido de la plaza y en cambio Iribarren dice en su libro que pocos días antes había cancelado su reserva de hotel y de entradas. Sobre La Perla, bueno es recordar que Iribarren recuerda que, en sus últimas fiestas de 1959, se alojó en un chalet en la Media Luna porque quería estar lejos del ruido nocturno.

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