No morir por asta de toro: una sacudida que causa extrañeza durante las fiestas (y III)


“Al día siguiente no murió nadie. El hecho, por absolutamente contrario a las normas de la vida, causó en los espíritus una perturbación enorme”

Las intermitencias de la muerte José Saramago

Finalizo esta trilogía tanatológica cuando todavía hay ecos en los periódicos de la noticia de dos muertes de esos extraños corredores de encierros himalayos a los que aludíamos en la primera entrega. Y mira por donde, uno tuvo que ser el bueno de Alexei Bolotov, uno de aquellos que colearon el Anapurna y arriesgaron su vida para intentar distraer de las embestidas enceladas sobre el cuerpo malherido de Iñaki Ochoa De Olza.

Preside la entrada el gran José Saramago, porque la parábola que traza en su libro bien se podría aplicar al periodo que va del 6 al 14 de julio. Hay una sensación de que durante esos días, no se puede morir nadie, puesto que todos en Pamplona se dedican más bien a lo contrario, a exprimir la vida durante las horas de fiesta. La habitual lectura de las esquelas, costumbre tan arraigada entre nuestras gentes, esos días abre un paréntesis y el periódico casi las esconde entre las páginas multicolores de estampas sanfermineras.

De ahí que, cuando acontece algún hecho luctuoso durante las fiestas, si no tiene que ver con el hecho mítico de morir en el encierro, provoca extrañeza, casi incredulidad. ¿Pero quién tiene la osadía de morirse durante las fiestas?

Y sin embargo, de vez en cuando la muerte asesta una bofetada, como tratando de despertar al que duerme en un banco la borrachera nocturna. Para los no iniciados, basta señalar el dato de que no menos de 9 personas han muerto precipitándose de las murallas de la ciudad durante las fiestas (según los datos que he podido encontrar de los últimos años). Esa precipitación, en la acepción de despeñarse de un lugar elevado, aunque también quizá también por las prisas en algún encuentro amoroso demasiado al borde del precipicio. De hecho, un caso recordado fue el de una pareja que apareció flotando en el río Arga. El número de víctimas se va acercando peligrosamente a los muertos del encierro.

También fue lamentable el muerto atropellado por una barredora de la limpieza. Era un joven cordobés que dormía plácidamente entre un montón de basura acumulada en las antiguas barracas políticas. O el asesinato de Miguel Angel Blanco por parte de ETA durante unas fiestas que se detuvieron conteniendo el aliento. Aquel tiro, aquella sangre roja, era de verdad y fue preciso quitarse durante un día el pañuelo rojo para darse cuenta y vomitar, no por el alcohol, sino por el asco infinito.

Otro fallecimiento, el de Nagore Laffage, una joven que salió de su casa a divertirse y se cruzó con una mala bestia que la mató a golpes. Fue un borrón sangriento en la portada de los periódicos. En vez de contarnos el peligro de la carrera del día anterior en el encierro, se nos golpeaba con la muerte alevosa y sinsentido de una chica con quien nos podíamos haber cruzado esa noche bailando y riendo.

Pero también tantas otras muertes, en hospitales, en el hogar, en la carretera…muertes que hacen que las fiestas pasen como un mal trago.

La obligada visita al tanatorio, si eres conocido del difunto, es como si te pidieran cantar un villancico en pleno verano.

Es entonces cuando uno se da cuenta de que el capotillo de San Fermín no da abasto y, después de caer extenuado tras el encierro, no puede evitar el corte del hilo de la vida que tejen las parcas en otros muchos lugares de la ciudad.

Y mientras, la fiesta continua ajena creyendo que, durante estos días, está prohibido morir en Pamplona.

Aquí os dejo el corto “La dama y mala muerte” que viene a colación del post, aunque en otro sentido. Nominado al Oscar y premio Goya trata de esa obstinación que tiene algunos por no dejar morir en paz. Una delicia.

 

 

El divino imprudente