Obras del II Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


Desd la barrera – David Villar Cembellín (Sestao, Euskadi)

Tensión ante la hornacina de San Fermín. Atento, no te despistes. Va a empezar… ¡ya! Se abre el portón y seis bestias azabaches enfilan Santo Domingo. Corre, me increpo. ¡Corre! Llego hasta el Ayuntamiento pegándome al vallado. Rompo a sudar, pero no me detengo hasta Mercaderes. Los toros me persiguen, la adrenalina me inunda. ¡Cuidado! ¡Es la curva de Estafeta, un ángulo recto perfecto! La tomo por el interior, limpiamente, advirtiendo por el rabillo del ojo a los toros derrapando hacia las protecciones. Continúo por Estafeta, una gran recta que hago al sprint. La respiración se me acelera, me falta el aliento, boqueo en pos del anhelado aire… alcanzo Telefónica. ¡Recela en este punto! Cuántas veces no se ha detenido aquí un toro remolón. Ayudo a un rezagado con la punta del periódico mientras un pastor le azuza por detrás. Hecho. Arribo al Callejón, pasillo de las temibles montoneras. Claustrofobia. ¡Tres metros de anchura entre paredes por donde pasar! Pero lo logro. Entro en la Plaza y giro. Hisopado de sudor. Satisfecho…

Un día más he corrido el encierro completo. Me sirvo otra copa de vino, me la merezco. Recupero el pulso sobre el sofá. Apago la tele.

 Dos encierros – Elisabet Pereira Pérez (Elche, Comunidad Valenciana)

La mañana amanece despejada. El sol abrasa el asfalto mientras él se prepara para participar en sus primeros sanfermines. Sudor, excitación, nerviosismo, angustia e inquietud por hacer el recorrido correctamente. Sin errores, sin caídas, sin desorientaciones. Las ocho menos diez de la mañana, el minuto anhelado se acerca lentamente.

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Pasó la noche expectante, apenas sin dormir porque, 365 días después, volvían los encierros, las pasiones, la adrenalina en estado salvaje. Llevaba horas aguardando la salida. Sólo quedan diez minutos; tras los cánticos, el momento clave se aproxima pausadamente.

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Se abre la puerta y, por fin, toro y corredor se encaran. El toro está aún inquieto; el mozo es consciente del riesgo. Cuando sus ojos se cruzan, ambos emprenden el recorrido con paso presuroso. El joven cae en la curva de Mercaderes con Estafeta. Instintivamente se tapa la cabeza y aguarda que la maraña de participantes y la manada de reses pasen de largo. El toro se para frente a él, sin el ansia de envestirle. Mira al mozo y lo desdeña. Su objetivo es acabar el encierro y no herir a ningún humano. Cuatro minutos después está ya en la Plaza de Toros de Pamplona.

La australiana – Miguel Angel Molina Jiménez (Albacete, Castilla La Mancha)

Mezclé mis ilusiones entre la muchedumbre ansiosa y enardecida que preñaba la plaza del Ayuntamiento. Huevos, harina y cánticos acompañaron mi búsqueda hasta que el cohete hizo \»Ziuuuu……………Pum\». Luego el champán me ayudó a soportar su ausencia.
Al día siguiente, era el primero en el vallado. Como un príncipe desde su atalaya, esperaba verla correr como lo había hecho un año antes, con aquella inconsciente despreocupación del foráneo. Luego los claretes engañaron mi decepción.
Más tarde, quise hacerme \»cabezudo\» para atraer la atención. La del visitante, la del que regresa; y \»gigante\», visible desde cualquier punto de la ciudad. Desesperado por la incertidumbre y el abandono, imaginé ser un \»kiliki\» arremetiendo contra todo y contra todos. Luego el calimocho aplacó tan cruel desasosiego.
Recorrí \»lo viejo\» entre el mocerío inquieto y festivo. Me sumergí en sus bares, peñas y cafés. Ya derrotado y abatido, llegué hasta Navarrería. Allí, en lo alto de la fuente, como una diosa sobre su pedestal, estaba la australiana. Sí, mi australiana. Corrí. Corrí como nunca lo había hecho en un encierro, lanzándome a por ella con los brazos extendidos. Al verme llegar, sonrió. Justo antes de impactar contra el suelo.

Fin de semana entre el coche y Estafeta – Thaïs Aragó Vilaró (Barcelona, Catalunya)

 Fin de semana entre el coche y Estafeta; Era fácil reconocer a los autóctonos. Eran los únicos que salían a las calles, a media tarde, con camisas y pantalones blancos y perfectamente planchados. Los forasteros llevábamos vaqueros. Por lo demás, íbamos pertrechados con el atuendo que te hacía sentir parte de la fiesta. Por suerte, las manchas de vino iban a juego con el color del ambiente.
El viernes había sido un día largo: 8 horas de trabajo, 6 de viaje en coche y otras tantas de fiesta por las abarrotadas calles del centro histórico. Sus nombres me resultaban familiares y en apenas un par de horas ya me sentía como en mi propia ciudad.
Estábamos cansados, pero dormir no era fácil. El calor era acusado y el espacio reducido. Por eso la tarde del sábado invitaba a refugiarse en algún parque, cobijado bajo la sombra de unos árboles, a reponer fuerzas para afrontar la segunda noche sanferminera.
La temperatura era cada vez más agradable. Caía la noche con la gente en las calles. En pocas horas, el encierro y un buen desayuno. Era hora de volver a la carretera, aunque una parte de mí se había quedado para siempre en un rincón de la Plaza del Castillo.