Obras III Certamen Microrrelatos San Fermín


Título  Imágenes   Autor  Arbeloa Gutiérrez,   María

¡Pum! Los balcones de la Estafeta abarrotados de gente. Cuarenta y ocho pezuñas zapatean el desigual adoquinado del centro de Pamplona, y ante ellas pasan como suspiros las alpargatas de centenares de corredores. En la plaza los más atrevidos realizan piruetas frente a las vaquillas, mientras el casco viejo huele a chocolate con churros. Las calles se llenan de niños, y al son de txistu y dulzaina los gigantes, como torres de ajedrez, giran vertiginosamente; cabezudos y zaldicos asustan a más de uno. Los de sol comienzan a hacer de las suyas, y ya al primer toro, entre el jolgorio, un pintoresco grupo ha teñido su uniforme blanco del color de la sangría; tercer toro y entre todos comparten merienda, y al terminar, salen las peñas jubilosas, aunque aparentemente no haya qué celebrar. La vuelta del castillo se llena de gente mientras el cielo lo hace con luces de colores. Los jóvenes y no tan jóvenes hacen suya Jarauta, mientras la música inunda cada rincón de la pequeña capital navarra. Los camiones de basura llevan de vuelta a casa a los más madrugadores. Tras doscientas cuatro horas, el pobre de mi, y el deseo de volver al año siguiente. 

Título  Vivir gratis la vida   Autor  Amador Gálvez,   Félix

Ahí viene. Vaya cuernos tiene el morlaco. Joder, si no me apuro llega hasta aquí. A ver si estos de delante me dejan espacio. Aquí está. Puedo sentir su aliento. Le he tocado un cuerno. Qué sensación. Es lo más intenso que se puede tragar. No podría vivir ningún año sin repetir esta carrera; especialmente ahora, que las cosas están tan mal, y no hay trabajo y la única forma de vivir gratis, de vivir de verdad, es sentir emociones como ésta.

  Título  EN LA CALLE ESTAFETA…   Autor  Plana Puig,   Magda

En esa calle estrechita que tuerce, un día antes del primero de julio encontré a una chica ya con el pañuelo rojo y una trenza rubia que subía hacia su hotel, que me pidió fuego. Yo se lo di después que fuimos a un estanco que hay por allí y nos comimos unos choricitos a los que la invité yo con mucho vino y pan que le encantaron. Ella era Inglesa, yo Pamplonica. La dejé en su hotel después de dar una vuelta por aquellas calles tan estrechas. El día uno, a las siete de la mañana me fui a correr los Sanfermines y ella estaba tras una valla mirando. Me saludó y así durante los siete días que duran las fiestas y estuvimos viéndonos cada tarde después de echar la siesta, costumbre española que le encantó. Después del “Pobre de mi” nos fuimos juntos a su hotel por que los otros días venia con su hermano. Al día siguiente nos prometimos y al cabo de un mes nos casamos en Pamplona, ciudad a la que luego vinimos cada año con un hijo o hija más durante cinco años. Ahora ya somos siete (uno por cada día de las fiestas).