XIII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

EL ALMA DE LA FIESTA

Nieves Jurado Martínez

Yo no soy solo de Pamplona. En realidad, vivo en todas partes y me cobijo en vosotros. Soy esa energía universal, tan humana como inexplicable. Pero no me apetece hablar de ese sentimentalismo cursi más propio de un poema mediocre.
Llevo dos años sin hacer vibrar vuestros cuerpos, lo sé y, la verdad, necesitaba dejarme caer por aquí. Por eso, hoy, 7 de julio del 2021, he regresado por unas horas y me he colado en tu casa. Al amanecer, te he vestido de blanco, con faja y pañuelo rojos; antes de salir te he puesto esa mascarilla, la del santo bordado. Juntos nos hemos deslizado hacia la calle Estafeta y te he empujado de forma sutil hasta la Cuesta de Santo Domingo. Sí, no hay nadie, ni se escucha nada, ¿y qué nos importa? Cierra los ojos y te mostraré los sonidos que de sobra conoces. Chupinazo, encierro, música, las peñas, la fiesta. Ya te he dicho que no quiero añoranzas sensibleras, tú sabías que esto iba a ocurrir. Es que no puedo quedarme, ¿lo entiendes? Venga, te permito un toque nostálgico. «¡Gora San Fermín!», gritas a pleno pulmón. Bueno, no te pases. No es cuestión de ponernos a llorar.
 

¿POR QUÉ VAN CON ESOS PAÑUELOS ROJOS?

Marcos Ahechu Albéniz

Como un niño con zapatos nuevos, así está Ignacio a las nueve de la mañana del siete de Julio, impoluto y con su pañuelico anudado.
Su hijo, Iñaki, embargado por la emoción del momento, le recoge para ir a desayunar.
Tras bajar por la calle Estafeta con el aroma de astado todavía inmerso en el ambiente, se disponen a comer unos churros en “La Mañueta”.
Mojado el primer churro, Ignacio clava la mirada en Iñaki quien apresurado le muestra su cariño acariciándole la mejilla.
Mientras veneran al Santo, se acerca a Iñaki y le dice:
– Hijo, necesito decirte una cosa.
– Dime, papá.
– ¿Sabes que con siete años estabas aquí, dando un beso al Santo, y me dijiste algo inolvidable?
– ¿Y qué te dije?
– Que cuando fuera viejecito y no me acordara de nada, me traerías aquí, a rezar al Santo, para recobrar la memoria y, ¿sabes qué?, que ahora veo nítida mi identidad, todo el amor vivido; ¡cuánto te quiero! Gracias por cuidarme y quererme tanto.
Compungido y con los ojos llorosos, una vez afuera de San Lorenzo, Iñaki le pregunta:
– ¿Recuerdas cuando sobre tus hombros veía la procesión?
– Hijo, ¿por qué van con esos pañuelos rojos? 


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EL CORREDOR DESPISTADO

Juan Carlos Corniero Lera

EL CORREDOR DESPISTADO

Cantó tres veces a “San Fermín venimos” con el periódico en la mano y echó a correr de Santo Domingo al Ayuntamiento, y de Mercaderes a la Estafeta, y de Telefónica al Callejón, resoplando, chocándose contra la puerta cerrada de la Plaza de Toros, por lo que gritó: ahora, ¿qué hago? Y mirando el reloj, se dio cuenta de que hacía dos horas que el encierro había finalizado.
 

INTENSIDADES

Alfio Omar Cao Favot

Acariciaba la foto que tenía con su esposa en el pueblo en el 92. Ella vivía todo al máximo, quizás por eso se fue pronto. Afuera una infinidad de historias experimentaban los momentos más comprimidos de sus vidas, todo era presente, corriendo con los toros. Corazones en la boca. Adentro, la tele hablaba de cosas. Todo era pasado y silencio. 


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BAUTISMO DE FUEGO

Daniel Rodrigues De Castro

El destino de una vida que se cumple. El océano de ansiedad, este azul infinito que cruzo abre paso al mar blanco y rojo donde profeso mi fe. El bautismo de fuego bajo la imagen de San Fermín anuncia la libertad de quien estaba encerrado, y que junto a los cabrestos que se lanzan a la multitud, mi alma se arroja en este santo domingo. Pongo a prueba el valor de mi juramento. Soy uno más en esta carrera, esta procesión en que cada paso es una oración. Me lanzo y dejo que el flujo me lleve, como una gota de esta arteria que lleva vida desde la plaza de toros. Corro, lucho, renazco. La arena sagrada que piso, forjada con la sangre de héroes de bravura atestigua el renacimiento de un nuevo ser. Un sanfermin que vuelve al nuevo mundo atado por la faja de inmemorables tradiciones y ceñido por el pañuelo rojo que adorna el grito de la garganta: ¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín! 

NO HAY, PERO HABRÁ

Francisco Barragan Larreta

Las doce del seis de julio. La Plaza del Ayuntamiento está vacía; nadie viste de blanco ni suena la música por cada esquina. No hay nada.
Las ocho del siete. O del ocho, del nueve o del diez. No hay encierro, ni vallado, ni caras de miedo, ni balcones a rebosar en la Estafeta. No hay nada.
La Plaza de los Fueros, desierta. Lo viejo, como un día cualquiera de un mes cualquiera. No hay recinto ferial, ni olor a toro en las cercanías de los corralillos del Gas o aroma a chocolate con churros o calimocho. Ni rastro de Caravinagre, los zaldikos o el rey Joshemiguelerico encabezando la comparsa. No hay nada.
Medianoche del catorce. Dos velas mal puestas frente a a entrada de San Lorenzo. No hay nada.
Pero habrá. Esperaremos un año más, pero habrá. 


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ESPÍRITU SANFERMINERO

Mertxe Labrador Otamendi

Asciendo escalones desde enero hasta julio con festejos culinarios y cánticos al  morenico.
Paseo, en las tardes de invierno, desde Santo Domingo hasta la Plaza de Toros, imaginándome ser el corredor besado por el aliento de los morlacos que callejean este itinerario los ocho días.
Saboreo, en las mañanas de primavera, una cazuelica de ajoarriero marinado con un caldo navarro, sentado en una terraza de la Plaza del Castillo, rememorando los acordes de charangas y de verbenas que amenizan el cuarto de estar de la nívea y roja Iruña durante nueve días.
Respiro, en los amaneceres de otoño, el aroma a churros de la Mañueta que devoran las bocas de joviales parejas tras una noche de jarana apasionada.
Habito en el alma de quien me siente sempiterno.
Soy… el espíritu sanferminero.
 

YO VOY

Marien Pérez Aranda

«Ostras. Qué dolor de cabeza. Voy a levantarme. Pero si no me puedo mover. Pero si…, ayer no bebí tanto. Será la marihuana. No, espera, pero si ayer no fumé… No me jodas que estoy malo. No, no, no… No puede ser. Yo en casa no me quedo. Sí, claro, como el año pasado que nos jodimos las fiestas por el puto COVID. Bueno, los dos últimos. Que no, que no. Me tomo algo y salgo. Vamos, ¿tres años aquí metido? Ni de coña. Ni muerto, vamos.»

«A ver, tenía yo un paracetamol por algún lado. Me llevo otro y ya está.»

-¿Qué pasa, tío? ¿Dónde estáis? Ah, OK, ya voy. Nos vemos. Agur.

 


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DE BLANCO Y ROJO

Mªpaz Plaza Santamaría

Cuando queda poco tiempo para que lleguen los sanfermines, me pongo en la piel de Darío, el amigo de mi hermano. Le vemos alborotado de puro entusiasmo, de pura emoción; hay que verlo para creerlo. Qué gracioso es, con qué intensidad lo vive.
Lo suyo es pura devoción, le entran esas ansias, por dentro, de disfrutar de la fiesta, y le sale todo por los poros de su piel, de tal manera que, a los que estamos a su lado, nos contagia con su emoción y pensamos que es algo muy fuerte lo que le tiene enamorado.
Entonces, busca, con resolución, en el altillo del armario empotrado de su habitación y por fin, encuentra una caja de almacenaje de la que saca su pantalón y camisa de color blanco impoluto y su fajín y pañuelo rojos, que desprenden un cierto olor a naftalina. Hace, con las manos, el gesto de alisarlo, cuelga la ropa en unas perchas y las pone en la pequeña terraza para que se aireen.
Con ese ritual, Darío nos da entender que empieza la fiesta; ya sólo piensa en el chupinazo desde el balcón del Ayuntamiento; los sanfermines son para él un sentimiento que se vive en las calles.

 

ME LO DIJO,,,

Manuela Sans

No queda nada, me digo a mí mismo mientras recorro ansioso las calles de Pamplona con el afán que dan las prisas y el tic tac del reloj. Blanco y rojo. Más rojo que blanco. El blanco se vuelve oscuro. Sólo unos minutos. Me ahogo en mi propio aliento, los pulmones aprietan y me advierten de que no dan para más. Pero algo me dice que no pare, grita para que siga corriendo. Está allí, a la vuelta de la esquina, no queda nada… Gritos (¿de ánimo?) y más blanco… y más rojo. El rojo empieza a cubrir mis ojos, el blanco se difumina. Me lo contó mi madre que sería así. Me advirtió la noche anterior mientras yo miraba a otro lado dándole a entender que no me importaba lo que me contaba.
Luces de flashes ciegan mis ojos, esos que eran negros y ahora están teñidos de rojo. Ya queda menos. La saliva cae por mis barbas como chorros de agua sucia. Me tiembla la plaza, me tiembla el rojo, el blanco y el negro. Caigo al suelo y los gritos de júbilo me indican que ya está.
Se acabó.
Me lo dijo mi madre que sería así.