Más relatos finalistas (clasificados del 4º al 6º)

4º clasificado: «Desde el suelo» de Elena Olivella

Abrió la ventana y sentí la luz tras unos días de oscuridad. Me apretó con fuerza contra su piel. Se le veía nervioso a la par que emocionado. Hacía solo una semana que nos conocíamos pero me eligió entre muchas para formar parte de su vida. Descubrí pronto que me necesitaba para algo importante. Llegó a contagiarme ese entusiasmo que le acompañaba esa mañana. Mi piel blanca relucía como nunca. No sabía bien qué me esperaba pero tenía que ser algo extraordinario. Sus pasos firmes denotaban ansia, pero de la buena. Al poco rato nos pusimos en marcha. Se oían voces que se difuminaban en medio del jolgorio general. Me junté con otras colegas. Algunas parecían más vividas que yo. Se hizo el silencio. Percibí el latido de su corazón a la altura del tobillo, cada vez más acelerado. Al momento, ese silencio se rompió y empezamos a correr. Fue un sin parar, rozaduras, golpes, torceduras, zancadas y algún un salto que otro. Y así durante un rato largo. Luego, una mezcla de alegría y cansancio.
Después del ajetreo, el regreso a casa. Y nos separamos. Me dejó en el balcón para que me aireara junto con mi compañera del pie izquierdo.

5º clasificado: «La vida es puro teatro» de Ignacio Navarro

  • ¿Creéis que ha colado?
  • ¡Claro! ¿No veis lo contenta que se ha quedado?
  • Que sí, no se ha dado cuenta de nada.
  • La llamada de los pequeños contándole lo sucios que iban ha sido genial ¡Cómo se reía!
  • Ya me dirás cómo has editado el vídeo para que el presentador dijera 2020…¿cuántos tenías preparados?
  • Tres: con lluvia, nublado y con solazo.
  • ¿Tema encierros?
  • Igual: subiré como siempre con churros, que le encantan, y le pondré uno editado. Mientras que el domingo sean los Miura, que son sus preferidos, los demás no controla.
  • Es una currada, pero se lo merece, van a ser sus últimos sanfermines, que se quede con estos momenticos…
    La abuela sonríe en el sofá mientras se seca una lágrima con el pañuelico rojo que se acaba de quitar. Piensa que algo habrá hecho bien para que sus hijos y nietos hayan montado semejante teatro por ella. Y mañana tocará madrugar para ver algún encierro que pondrá grabado el mayor. Habrá que disimular y comerse los churros, que no le gustan y tan mal le sientan, pero se lo merecen, que van a ser sus últimos sanfermines, que se queden con estos momenticos…

6º clasificado: «La corporación» de Ignacio Cortina Revilla

Los toros sintéticos comenzaron a utilizarse en los encierros de Pamplona mucho antes de lo que la gente se imagina. El primero se llamaba Quintanillo e incluso corneó a un mozo (por supuesto, sin consecuencias), tal y como estaba programado. Nadie notó la diferencia con un biológico porque Quintanillo respiraba, corría y embestía igual que si fuera de carne y hueso.
Al acabar el encierro, fue separado del resto de astados para examinar su software y hardware a fondo, con minuciosidad forense. Comprobamos que todo estaba en perfecto estado: habíamos recopilado casi dos mil terabytes de datos muy valiosos. Esto nos animó a continuar con el experimento: al año siguiente, la mitad de los toros eran máquinas y, tres sanfermines después, todos procedían de nuestra cadena de montaje. Nadie, salvo unos pocos elegidos, conocía el secreto.
Este año hemos ido más allá, a pesar de que la junta directiva no alcanzó la unanimidad para afrontar el reto. Hoy, entre los mozos que se están preparando para el último encierro, hay uno muy especial: cualquiera que se relacione con él comprobará que respira, grita y corre como los demás. En realidad, estas reacciones son programadas.
Estamos seguros de que nadie notará la diferencia.


Segundo y tercer clasificado

2º clasificado: «¿Quien eres?» de Marcos Sánchez Mongay

Por mucho que la mira, no reconoce a la persona que el espejo le devuelve.
–¿Quién eres? –pregunta.
–Soy los abrazos y los besos prohibidos. El alarde mudo. El riau-riau sin quien lo cante. La partitura doblada de la charanga. Soy las ocho de la mañana en las que nada sucede, ni gloria, ni sangre. Soy la calle huérfana del santo, las lágrimas que no nacerán por él y la jota imposible. Soy un plato vacío. Los cubiertos en el cajón. El vino y la silla esperando inútilmente. Soy Braulia desnuda y la cabeza de Caravinagre en una estantería. Los despertares sin dianas, las noches sin el alumbre de los fuegos artificiales. Soy donde no existe sol, tampoco sombra, sólo cemento. Chica pero no ye-yé. Mulillas arrastrando el silencio. Un miura engordando en Zahariche. Aceite frío en la Mañueta y sorbete derretido sobre cualquier barra. Soy Hemingway reescrito: al mediodía la fiesta esta vez no va a estallar, no hay otro modo de decirlo.
–Entonces… –interrumpe.
–Sí.
Camiseta negra. Pantalones cortos vaqueros. Sandalias. Es seis de julio y parece de Brisbane.
–Dentro de un año, en este espejo y a la misma hora –reta.
Y se marcha, dejando atrás a la intrusa.

3º clasificado: «La compañía» de Carlos remón Sanjuán

A Toko-toko le costó salir de Autobuses. Braulia no quiso reprochárselo, pero tras el confinamiento pesaba más. Caravinagre, gruñendo por pasar Sanfermines en ERTE. Podemos irnos, autorizó Alcalde, ahí viene Fermín. Pero hoy termino antes, eh, avisó él. Me da chirrinta pasarme por Santo Domingo cinco minutos antes de las ocho. Japonesa inventariando en voz alta: Hidrogel… guantes… mascarillas… ¡Chsss!, nos van a oír, advirtió Joshepamunda. Concejal, creando comisiones de festejos en la 6ª general. . ¡Y recordad! -Joshemiguelerico serio serio-, vamos para ayudar de incógnito, no os pongáis a bailar la Polonesa, joé. Abuela, que ella no estaba para esos trotes.
Cuando llegaron, la luna llena flotaba en el cielo como un globo escapado de la mano de un niño.
Mi madre, terca, asegura que entró a la habitación una doctora que medía lo menos 3 metros. Eso dice. Que un enfermero le acompañó toda la noche. Fermín, uno muy moreno. No caigo. Le toco la frente fingiendo ternura, pero comprobándole la fiebre. Le ajusto la mascarilla de oxígeno procurando que no se enrede con el pañuelico. Es 7 de julio. No sé quién se lo habrá puesto.
Consigue sonreír y pienso que quien lleve un pañuelo de Sanfermín nunca podrá sentirse sola.