XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

VIAJE DE INICIACIÓN

Salvador Goikoetxea Fernández

La cuadrilla subió al tren en la estación del pueblo, la mayoría jóvenes, con solo diecisiete años, pero un gran deseo de explorar la libertad personal.
Pamplona nos recibió con el color de los fuegos artificiales.
Todo era una sucesión de viñetas, ocurrencias, canciones y miradas.
Había que acceder a los bares, no despistarse con el «agua, agua» que anunciaba un buen chorro refrescante de algún balcón samaritano e intentar seguir juntos
Descubrimos nuevos rincones: Ayuntamiento, Estafeta, Plaza del Castillo, murallas del Redin, Sarasate y su tómbola, barracas de Antoniutti.
Tribus urbanas, sonidos, espectáculos, fiesta en estado puro. Aquí un grupo de trileros, allí unos saltimbanquis, más allá las charangas y peñas, siempre con una bota de vino amiga, asiendonos a hombros y cinturas, bailando al son.
Marea humana, corrientes anárquicas de idas y venidas.
El frío de la madrugada, nos volvió a la realidad: ya solo quedábamos dos.
Buscamos cobijo en el casco viejo y descubrimos un caldico reparador. Bendito invento.
Las Dianas añadieron otro calor, esta vez humano. La Pamplonesa con sus sones nos mantuvo vivos lo suficiente para asirnos al vallado que comenzaba a construirse madrugador.
Eran las seis, pero cumplimos, sin saberlo, con la canción.
Lejos queda nuestra iniciación. 

EL PELUCHE MÁGICO

Aitor Iragi Eraul

Jone siempre había tenido una especial relación con su abuela hasta que el Alzheimer desposeyó su memoria.
La anciana era natural de Lizarra y, allí, las mujeres siempre habían tenido protagonismo en el encierro. Las ocho de la mañana fue, durante mucho tiempo, una cita ineludible para ambas.
Jone no alargó la noche del seis. Sabía que al día siguiente tenía una cita. Su primera cita. Pese a llegar a casa a una hora prudencial, lo hizo con un pequeño peluche en forma de toro, que dejó en casa para que su madre lo entregase a su abuela.
El despertador sonó temprano. Tras una larga ducha, salió de casa rumbo a Santo Domingo, tras besar una réplica de San Fermín.
-Va por ti, amona.
Un ruido sobresaltó a su madre en la habitación de la residencia. La abuela agarra fuerte el peluche de toro que su hija le ha llevado.
La imagen de sus ojos sin brillo ha cambiado, como si su enfermedad fuese algo del pasado.
– Quiero ver el encierro -dice ante la cara de asombro de su hija.
Coge el mando. Play.¡Pum!
Tras ver el encierro, suelta el peluche. Vuelven la inconsciencia y la mirada vacía.
Dos carreras, tres sonrisas.
 


XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

¡GRACIAS HEMINGWAY!

Enrique Castro Santiago

Esquina Mercaderes con Estafeta, fue donde mi vida giró.
Tres semanas antes, acabé de leer “Fiesta”, y hasta entonces, no había encontrado mi destino.
Todos en algún momento de nuestras vidas necesitamos sentirnos valerosos, y los Sanfermines serían el ritual de iniciación con el que adquiriría reconocimiento global.
La muerte y la vida dirigiéndose hacia mí, una por la izquierda y la otra por la derecha. Fijamente las miré, y les hice frente, inmaculado, con vítores en el aire.
¡Vivo corazón!, latía a diez mil por la sinrazón del ritual de iniciación
Testigos de cien o más países, y de ellos, mujeres con sus ojos clavados en mí; negros, marrones, verdes o azules, todos hermosos, con brillos heridos de admiración.
Mi destino en la carrera de un Miura que me quebró las costillas y por el muslo me volteó, tendido en el suelo con mi mirada puesta en el cielo quedé.
En un segundo, pasó una eternidad, hasta que aquel ángel de azules ojos en un acto de reverencia se acuclilló para alzar mi cabeza. Ahí,tendido entre la vida y la muerte, como si de un galardón se tratase, todo lo encontré; hasta el amor de la que hoy es mi mujer.  

ÚLTIMO 7 DE JULIO

José Luis López García

He oído desde el cajón que son 875 metros. Tengo calor, los pitones aprisionados contra la madera y sudor cayendo desde mi hocico al suelo de paja. Oigo muchas voces, incluso algunas voces que no entiendo. Cuando de repente la claridad me ciega sé que no hay escapatoria, solo correr hacia delante rodeado de bultos blancos que parecen bailar ante mí. De reojo alcanzo a entrever Santo Domingo sabiendo que voy más rápido que los que me jalean. Luego al llegar al Ayuntamiento aflojo el paso y al pasar por Mercaderes me golpeo el lomo con un vallado, resbalo y caigo encima de dos infelices. Recompongo como puedo mi dignidad y mi embestida si bien por Estafeta empiezo a sentirme cansado, mientras a mi lado veo a un compañero con una espalda humana encajada entre sus astas. Entre golpes, burlas y gritos sigo casi a ciegas hasta Telefónica donde tras un corto respiro el suelo se inclina y me conduce hacia un pequeño túnel. Allí parecen haberse amontonado unos cuantos corredores que no puedo esquivar y pisoteo para llegar exhausto y aturdido al albero. Es aparentemente el final del recorrido… aunque mi instinto me dice lo peor está por llegar. 


XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

INSTANTÁNEAS

Elena Sánchez

Hoy, ordenando la habitación me he encontrado con mi primera instantánea en blanco y rojo.
Tendría unos 6 años, la mirada despierta y expectante, el pelo corto y la ropa limpia.
Poco más recuerdo de aquellos momentos, más allá de esa foto.
Pero ese pequeño instante, al encontrar esa pequeña foto, abrió toda la caja de recuerdos de la fiesta.
Mi primer beso tras los fuegos artificiales que no vi ni oí esperando que se acercara ese momento.
Visitas lejanas, esperadas y de guía turístico, aconsejando dónde no ir diciendo mil veces “te lo dije” ante una experiencia gastronómica frustrante.
Corazón roto en la verbena, lloros, insomnio y breve esperanza en el puente de la magdalena.
Y es ahora cuando yo saco esa primera foto para mí hija, la misma mirada, la sorpresa y la fascinación. Las horas interminables frente a los kilikis y risas sin final corriendo y pidiendo seguir un poco más.

Al final de eso se trata, de eso trata nuestra fiesta, de sentirnos de nuevo niños, que todo nos sorprenda y solo nos quite el sueño el chocolate con churros de la mañueta.
Así que cierro el álbum y me visto, como no, de blanco y rojo, una vez más.
 

ELECCIONES: FIESTA NACIONAL

Andrés Camilo Bermejo González

ELECCIONES: FIESTA NACIONAL

Volvieron a sonar timbales y clarines.
Se abrió el portón de los sustos y apareció el morlaco.
Recién planchao, el del talego; perdón, el de la taleguilla le citó desde el centro del coso.
El toraco, de cinco yerbas, escarbaba, bufaba; pero no acudía al engaño.
El estirao dio unos pasos a la izquierda, después a la derecha; y nada.
Los de la “cuadrilla” le pusieron en suerte y se cambió el tercio.
Después del quite, banderillas de castigo.
El bicho cabeceaba y desarmaba.
Faena de aliño, tres avisos y el toro al corral.
El morlaco estaba muy toreao.

Andrés C. Bermejo

 


XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

EXTRACORPÓREA

Daniela Leyton Luna

Emilia iba a desaparecer.
“Parece que vas a salir volando, mi niña,”
“¿Qué más quieres adelgazar?”
“No puedes bajar el peso de tus huesos.”
Pero las palabras se le resbalaban por la espalda que ya no podía sostener su propio cuerpo. Tan débil como el papel de arroz parecía levitar de un lado al otro de la casa. La abuela sollozaba por el rechazo a su comida, su madre se detestaba así misma por alentarla en su infancia a dejar de comer.
“Ojalá volviera a tener ese sobrepeso de infante” decía en voz alta junto a sus plegarias todos los domingos. “¿Cuándo habrá sido su última cena? La que se sintió como augurio de muerte.”
“Mija, come algo. Lo que sea. Come un pan, un pedazo de queso, come tierra, come aire pero vive.”
“¿Cómo podría morir si estoy tan cerca de alcanzar lo que busco?”
Las lágrimas no eran suficientes para evitarlo, y aun así, se decía que la casa se inundaba.
“¡Mírame!”
“¡Mírala!”
“¿Dónde está?”
Por fin, tal y como era su deseo de infancia, flotó fuera de su propio cuerpo.
 

YO MATÉ A ERNEST

Pablo Espina Puertas

Como sicario, recibí un encargo estremecedor:
“Soy Hemingway. Escribí “Fiesta” ensalzando los sanfermines. Pamplona no me lo reconoció. ¡Qué mejor venganza que ser portada de periódico en San Fermín! Mi rostro, empapelando la ciudad y en manos de los corredores, acariciando el testuz del toro. ¡Qué dicha! Podría suicidarme, pero parecería un cobarde. Máteme por favor. Quiero transcendencia” Ernest”
Elegancia y perseverancia – me armé de verduguillo – presiden mi trabajo. Esperé en Bar Torino leyendo la crónica de la faena de Ordóñez: ¡cortó cuatro orejas! Hemingway y su cohorte, salieron del Hotel La Perla. Entraron en Casa Marceliano. Ernest pidió ajoarriero y vino de Navarra.
Seguí al grupo: Bar Txoko, Café Suizo, Café Kutz. Por fin se aposentaron en la terraza del Café Iruña disfrutando de una animada tertulia. Protegido por las sombras, esperé en un rincón del café. Entró solo, acompañado de su inseparable copa de Fundador. Salté hacia él por la espalda. Clavé el verduguillo removiendo para rematar bien el trabajo. Desaparecí…
Como asesino, vuelvo al lugar del crimen. Recorriendo esos lugares -fantasmales algunos- percibo su presencia especialmente, por los alrededores de la plaza de toros y ¡hasta en un rincón del Café Iruña!
Sin duda continua saboreando su particular venganza.
 


XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

OCHO ERAN.

Andrea San Martín Chaler

Entre vuelta y vuelta descubrí que no andaban solos por las calles de Pamplona. Cuatro continentes hipnotizados por la música, los gaiteros les hacían bailar cual flautista de Hamelin movía a sus masas. Pero no, no se movían solos, el ritmo venía desde adentro. Algo les hacía girar con esa ansia. Ellos, emocionaban. Su cara perpleja, sus enormes manos y sus largos vestidos imperiales, uno a uno colocados en fila. Así se abrían paso entre la multitud de Pamplona. Y a mi me desconcertaban. El vuelo hizo que viera los diminutos pies que se movían al compás de la danza. Ocho gigantes eran y no por su altura.  

EL ENCIERRO

Faust Manresa Arbos

Fue una mala decisión, mal ejecutada, de principiante. La calle era más ancha de lo calculado y el toro más ceca de lo esperado. Por un instante volvió la cabeza y dudó, el animal no, bajó la cabeza y corneó, con elegancia, era Gacho de cuernos y a ellos se agarró. Cada vez que cabeceaba, sufría un duro golpe desde el esternón hasta la parte baja del abdomen, el trayecto le parecía eterno, cada cornada, cada instante parecía el último. Una salva de aplausos le anunció la entrado en la plaza, un postrero revolcón le depositó en la arena, exhausto.
Despertó temprano, estaba solo en la habitación y el cuerpo le dolía horrores. Tumbado en la cama llamó a su mujer. Estoy en el baño le contestó, ahora vengo. Aún estás así? date prisa , nos esperan en Pamplona que hoy empiezan los encierros. Venga Fermín no hagas esa cara. Es que me duele todo el cuerpo. No me extraña. Como estuviste ayer!!, nunca te había visto visto así!!. En los diez años que llevamos juntos, no recuerdo otra noche como la de ayer. Se levantó, miró a derecha e izquierda y echó a andar.