XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
ENCIERRO SALCHICHA
Silvia Ansorena Coyne
Se asustó tanto que corrió entre la maraña de piernas blancas y pantalones sucios, pisó en la estampida vasos de plástico y enfiló Estafeta como un pequeño toro sin cuernos. Corrió como un galgo y no como un perro salchicha, con el pañuelo rojo al viento, la lengua fuera, las patitas al límite.
El resto del día se dedicó a buscar a su humana. Nadie sabía de dónde venía, pero todos le querían. La gente le acariciaba el lomo y le abrazaba, se hacían fotos con él y le daban trozos de bocata, de lomo, de tortilla, de magras con tomate. Fue el protagonista de miles de selfies y el rey indiscutible de aquel 7 de julio.
La encontró al caer la tarde en la Plaza del Castillo. Saltó hacia ella y se abrazaron felices, a su manera, como pan y salchicha. Desde entonces, repiten cada año por San Fermín la carrera por las calles, pañuelo al viento, juntos los dos. La gente les aplaude al pasar y dicen que da buena suerte acariciarlo.
DESTELLO EN ROJO
Silvia Rivero López
«Destello en rojo»
— ¿Sabes qué día es hoy, papá? —pregunta Aitor, sentándose a su lado.
El anciano parpadea. Sus ojos, turbios hace un instante, se iluminan un momento.
— ¿San Fermín? —murmura, como si el nombre llegara desde muy lejos.
Entonces su padre sonríe. Ve pañuelos rojos al viento, el estruendo de los cohetes, el repique de los tambores. Siente otra vez el sol en la cara y el vértigo en el pecho mientras corre por la calle Estafeta, joven, veloz, invencible. Oye risas, gritos, viveza. Huele el vino derramado, la pólvora, la libertad.
—Corríamos como locos —dice, y ríe a la vez.
Aitor asiente, contagiado de aquel destello inesperado.
— ¿Te acuerdas de la primera vez que viniste a verme correr hijo? Tenías seis años, ibas de la mano de tu madre… Llevabas un pañuelo rojo que te cubría medio cuerpo. No parabas de cantar: ¡A Pamplona hemos de ir!
Silencio.
La mirada del anciano se pierde.
— ¿Dónde estamos? ¿Quién eres tú?
El destello se apaga. San Fermín se desvanece como un sueño al despertar.
Aitor le toma la mano con cariño.
—Es un día especial, papá —susurra—.
Y espera.
Por si, entre redobles lejanos, el destello decide volver.
TRAMPANTOJO
Sonia Lestado Matute
Aquella obra de teatro no me la podía perder.Habia cogido entradas en primera fila ,y allí estaba ,llorando como un niño desde la butaca .Un toro de fieltro bastante mal hecho por cierto ,corría detrás de los mozos vestidos para la ocasión.Se hacía raro escucharlos hablar en inglés ,pero le ponían ganas.Al fondo ,una calle pintada de Pamplona,no muy lograda ,intentaba parecerse a la Estafeta.El señor de al lado trataba de explicar a su mujer el argumento.Quien era yo para corregirle cuando decía que los corredores eran como los gladiadores romanos ,y le explicaba que era una fiesta muy popular en México.Madre
mía si Hemingway levantara la cabeza y escuchara semejantes atrocidades ,que yo no es que sea un experto en culturas del mundo,pero si vas a ver una obra de teatro titulada “San Fermines ,Past and present” se supone que te has informado un poco antes de ir ,digo yo.Pero será que no soy muy objetivo ,y para un pamplonica que lleva viviendo en Estados Unidos tantos años ,pasar el 7 de julio lejos de casa sigue doliendo,y eso que por un momento fíjense,creí verme a mi mismo en aquel escenario de joven tocando el asta del toro.Quizás nunca me fui…
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LOS PILARES DE LA FIESTA
Sonia Elizondo Martínez
Ella no paraba quieta por la cocina, pensando en llegar a tiempo a los fuegos artificiales. Mientras hacía unos filetes de lomo de cerdo a la plancha, cortaba el pan para los bocadillos de la cena y terminaba el ajoarriero para la comida familiar del día siguiente.
Incluso con la campana extractora funcionando, escuchó unos pasos aproximarse y un familiar carraspeo:
—¿Dónde…?
Interrumpió a su marido y sentenció:
—Tienes tu ropa planchada en el sillón, y el pañuelico de la peña en la mesita del café. Ten cuidado, que está la niña durmiendo en el sofá.
El uno se alejó en dirección al salón, y la otra se puso a canturrear una jota mientras envolvía los bocadillos. Con «la niña» se refería a su nieta mayor, que prefería pasar la resaca en casa de sus abuelos porque estaba ubicada en el casco viejo y sabía que cenaría caliente seguro. Sus padres no tenían queja, ya que así la abuela se encargaba también de frotar las manchas de su ropa blanca y echarla a lavar.
Ella, aún sin descanso, disfrutaba mucho de los Sanfermines, pero empezaba a preguntarse cómo viviría las fiestas su familia el día que llegase a faltar.