XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

FERMÍN

ángel Saiz Mora

Guiña un ojo al santo, para eso son tocayos, mejor que repetir él solo la plegaria tres veces, bajo la hornacina. Comienza a trotar por la cuesta de Santo Domingo.
La velocidad casi le hace derrapar en la curva de Mercaderes. La calle Estafeta es testigo de su fatiga, pero no reduce el ritmo. Enfila el tramo de Telefónica y el callejón hasta la plaza de toros.
No es fácil hacer deporte con una mascarilla confeccionada con su pañuelo rojo, pero nunca es sencillo lo que merece la pena. El joven, concluido su breve ejercicio diario a las ocho de la mañana, deja de evocar el encierro para regresar al otro, el de su habitación, Deja atrás el casco viejo, casi vacío. Sabe que ha asumido un riesgo, ante una criatura que no da la cara, que impide los abrazos y las fiestas, mucho más cobarde que los nobles astados.
Su carrera, de apenas tres minutos, no ha sido muy vistosa, pero sirve para despejarle. Sabe que la importante es la otra, su grado en Química. Lleno de motivación, vuelve a preparar los exámenes finales de forma online. Algún día combatirá al enemigo invisible y a los que puedan venir desde un laboratorio.
 

CHARLA AL FINAL DE LA TARDE

Ana Luiza De Azevedo Roig

El mundo se acabó
Pero los toros todavía corren por las calles.
 


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

EL CHUPINAZO DE UN GIGANTE ENAMORADO

Alcira Rosa Garcia Meza

Erase un vez, un gigante en busca de un amor.Llegó a Pamplona y derrochó cariño y un poquito de afición aunque salió sudado y enamorado.
Contó que el 6 de julio se visten de blanco , las mujeres aplauden y los hombres agitan la voz que estremecen el corazón.También, que el rojo se hace notar con pañoletas escondidas sin que puedan estorbar, pues lo verdaderamente importante en la plaza estaba apunto de comenzar y es ahí cuando en el cuello esto se debe amarrar .
Dijo que el objeto del amor puesto estaba ya y significa la pasión del corredor, le dicen chupinazo y apenas se encendió el pañuelo se amarró y empezó a correr pues venían toros detrás de él, tan asustado estaba que ahora era gigante y cabezón pero no le molestaba ya que, con colegas en la plaza los paseaban, los niños se emocionaban, tambores retumbaban y en la calle del viejo se cenaba.
Conoció el encierrillo y el encierro pero antes del correndil por si acaso no vaya a ser… a San Fermín le empezó a pedir , gritó confiado «A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro dándonos su bendición» ahí estaba su amor. 

EL RITUAL

Mª Teresa Arcón Romeu

El primer sábado de mayo, mi madre, una tía y una amiga de me madre se juntaban en mi casa buscando el día que les viniera bien a todas para ir de compras a Pamplona.
A mí desde pequeñita me llevaban con ellas y mi tía siempre me compraba peladillas en casa Manterola..
Me gustaba tanto, que pasados los años continué el ritual con mis hijas. Este año pensaba hacerlo con mis nietas.
Un frío día de febrero, aburridas de dibujos animados, me dijeron: Abuela ¿Por qué no nos cuentas una historia? Les conté esta y, desde entonces no hay día que no discutan emocionadas esperando el día de ir de compras.
Hace unos días se emocionaron tanto que sus gritos asustaron al abuelo. ¿Qué es eso de blancas o rojas? – preguntó entrando en el cuarto de estar.»Abuelo, qué va a se, pues las zapatillas» Ésta quiere rojas y yo blancas:¿Qué color le va mejor si el uniforme es pañuelo rojo, camisa blanca, faja roja y pantalón blanco? Las zapatillas ¿Cómo han de ser?
Este año no os va a hacer falta el uniforme de San Fermín.
El año que viene, prometo regalaros una alpargatas blancas con cintas rojas.
Alpargatas, ¿Eso que es? 


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AL ALBA DE LOS SANFERMINES

María Pilar Alzuguren Maza

Los ojos, de Mireya se calvaban en aquel cuello teñido de rojo que yacía tendido y rodeado de un grupúsculo de médicos y enfermeras.
Mireya volvió la vista atrás, de nuevo escuchaba la música en la peña San Juan mientras Lucas envolvía con el brazo su cintura, compartiendo risas y confidencias con aquel grupo de amigos. Y de pronto, cuando el alba asomaba, surgió la propuesta:
– Vayamos al encierro – exclamó Lucas replegando sus párpados y en tono de invitación imposible de rechazar.
El resto Mireya lo recordaba envuelto en una niebla espesa, la carrera, la embestida, todo se difuminaba en su mente, atónita ante una ecena que le producía estupor.
Volvió al presente, cerró sus ojos buscando el reposo que su cuerpo demandaba. Al abrirlos de nuevo, nada había cambiado, Lucas dormía con la serenidad de un bebé, con su pañuelico atado al cuello, cubierto por unas caprichosas sábanas con figuras de personal sanitario y ella se sentía dichosa de disfrutar junto a Lucas de San Fermín.
 

CASA MISERICORDIA. HOMENAJE A PERSONAS TRABAJADORAS Y A FALLECIDAS

María Izkue Apesteguia

Paula cumplió 97 años en junio. Este seis de julio fue como los últimos… 90: muy emocionante. Siempre desdeñó a quienes, como no los sentían, decían que los sanfermines a “esa” edad eran una caca.
Hoy los gigantes vienen a la Meca, las gaitas ya se oyen y kilikis, cabezudos y zaldikos comienzan a entrar a los jardines, algunos incluso a la Casa, provocando gritos y risas.
Ella se queda fuera y escucha el primer vals. Más de 60 velas cubiertas por sendos pañuelos rojos, cada una con un nombre, adornan el parterre central. Han sido colocadas con primor por esos maravillosos trabajadores, con la misma dedicación que han prodigado a los residentes en los difíciles momentos pasados.
Finalizado el vals, kilikis, zaldikos, cabezudos, txistularis, gaiteros y porteadores encienden las velas, una a una, diciendo en voz alta: Carmen, te recordamos, Rafael, te queremos. Así hasta los más de sesenta nombres, sesenta corazones que dejaron de latir la pasada primavera.
Paula escucha estremecida los nombres de las amigas, de compañeros de brisca, de misa, de gimnasio, de tiempo de lectura. Comienza a llorar hasta que un kiliki la abraza y la invita a bailar. La música continúa, la fiesta también, como la vida.
 


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HOY NO

Leyda Sinaí Mariscal Arciniega

En el momento que te acercas a la muerte, la vida se siente correr por las venas. Estoy sordo de adrenalina. El mundo se ha convertido en una mancha borrosa que ya no sé si es blanca o roja.
No me atrevo a mirar atrás por el miedo a distraerme un segundo y encontrarme con los cuernos de algún toro que me manden a conocer al abuelo, que juran me cantaba canciones cuando mi madre se hartaba de mí.
Pensándolo bien, no son los cuernos los que me dan miedo, me asusta más terminar bajo las patas de alguno de los animales que van por detrás. ¿Se imaginan una de esas gigantes patas sobre el estómago?
“¡Cuidado!” le escucho gritar a una güera que está frente a mí. El instinto me dice cúbrete la cabeza, es más fácil salvar unas tripas que una memoria perdida. Siento el golpe en mi costilla derecha y mi cuerpo salir volando como si tuviera el peso de un fósforo.
Cuando los toros han pasado, me rio loco de nervios. “¡¿Estás bien?!” me palpo completo. Solo habrá moretones. Sí, no hay más vida que en una posible muerte. Hoy no abuelo.
 

IXA KALEA

Antonio Chuaqui Concha

Quiso llegar al destino acordado, a la hora señalada, y se preparó como nunca para su encuentro con el encierro. Incluso tuvo una corazonada con un año de anticipación y prometió escucharla: visitar a Hemingway camino al encierro. Fermín no durmió esa noche, buscó entre las estrellas aquella que brillara más hasta que, pasada las 3 de la mañana, lo logró. Por fin tuvo la señal y se adentró en la calle X. Casi a la misma hora, Hemingway salió de casa con un libro en la mano, en dirección a su valla favorita, aquella que había encargado especialmente para el encierro. Tomó posesión y mientras esperaba que amaneciera, se puso a leer. A las 8 am en punto comenzó la fiesta y un centenar de toros enormes se deslizó por la calle. Se detuvieron frente a él y tras un silenciador silbido apareció Fermín corriendo, casi con la lengua afuera. Aquí me tienes, maestro. ¡Sabía que vendrías! ¿Qué debo hacer?, preguntó. Hemingway levantó la cabeza, y de su bolsillo sacó un reloj. No corras, le dijo, desde hoy yo me encargo.
Así, recordaría esa mañana como si fuese la primera página de un nuevo libro.
 


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CORRER O NO CORRER

Antonio Bueno Marqués

Desde Estafeta los vi llegar, majestuosos, enormes. Nunca había imaginado que fuesen tan grandes. Por televisión no lo parecían y era mi primera vez en directo. Busqué ansioso a María entre los corredores. Me había dicho que iba a correr ese día. No podía verla y empecé a asustarme. Llegaban rumores de una cogida en la curva anterior y ella no estaba. Le había pedido por favor que no lo hiciera, pero ella ya había corrido tres años y le encantaba. Nos habíamos acostado temprano la noche anterior para estar preparada. ¿Cómo se puede estar preparada para correr delante de semejante cornamenta?
Los rumores decían que una chica estaba grave. Me dio un vuelco el corazón. Por primera vez deseaba ver a María corriendo delante de esos morlacos. Me salí de la muchedumbre para ir hacia atrás. Necesitaba saber si la herida era ella cuando de pronto la vi observándome desde la otra esquina, riéndose de mi miedo. Al final había decidido no correr ese día.
 

EL REENCUENTRO

Jose Antonio Martinez Gonzalez

Aunque la frecuencia cardíaca estaba a punto de desbordar sus reprimidos sentimientos, ansiando rememorar con inmediatez, en el momento soñado en el lugar preciso, aquellos lejanos y emotivos acontecimientos vividos por su madre, contuvo la inquietud de su instinto natural, a sabiendas de que la realidad podría descuartizar sus planes.
Su objetivo estaba sobradamente localizado. Una marea blanquirroja enardecida teñía las calles del recorrido del encierro. Guardó una distancia prudencial, manteniendo la discreción y el anonimato, deseando escribir un segundo capítulo esperanzador en aquella historia irrepetible, en la que el valeroso mozo súbitamente la rescató de la carrera desenfrenada de los astados. Acercándosele, le inquirió:
-¿No adivinas quién soy?
Tras un instante dubitativo, respondió:
-¡Ni idea!
– Me llamo Fermín, nombre acorde con mi naturaleza australiana y pamplonica.
Confundido, aumentó su extrañeza.
-Soy, le descerrajó, la cosecha de lo ocurrido hace diecinueve años entre mi madre y tú, mientras le mostraba un pañuelo rojo, con un corazón adolescente dibujado, atravesado por una flecha con los nombres “Maggie and Julen” y la frase “For ever”.
Mientras se fundían en un constreñido abrazo, bañado en un mar de lágrimas, un estruendoso chupinazo desgarró sus almas encendidas de adrenalina, por los cielos poéticos e insomnes de Pamplona.