Segundo y tercer clasificado


2º clasificado: Before the first rocket breaks the morning open, I come back to myself – Adrião Pereira da Cunha

I’m the Silence that drifts through Pamplona long before anyone thinks of me. Most of the year I stay hidden, pressed between shutters, sleeping under the dust that settles after ordinary days. But on this morning, I rise early, unsure of my own shape, as if stepping into a story that has already begun without me.

The air tastes different now. There’s wine clinging to people’s skin, and a nervous warmth spreading from shoulder to shoulder. I hear hearts everywhere — fast, uneven, hopeful — and for a moment I gather them into something like a single beat. They believe they’re waiting for the bulls, but really, they’re waiting for this stillness that holds everything in place.

I move through the crowd without touching anyone, though some feel a shiver and turn their heads. I lean close to their chests and hear the things they don’t say: the promise whispered last night, the fear they try to swallow, the memory they hope the run will erase or rewrite.

Even the bulls sense me. They lower their heads, breathing slowly, as if recognizing an old companion.

For one fragile heartbeat, the whole city belongs to me.

Then the rocket screams, and I let them go.

Antes de que el primer cohete rompa el silencio de la amañana, vuelvo a mi ser

Soy el Silencio que se desliza por Pamplona mucho antes de que nadie piense en mí. La mayor parte del año permanezco oculto, encajado entre las persianas, durmiendo bajo el polvo que se deposita tras los días cotidianos. Pero esta mañana me levanto temprano, sin estar seguro de mi propia forma, como si entrara en una historia que ya ha comenzado sin mí.

El aire sabe diferente ahora. Hay vino adherido a la piel de la gente, y un calor nervioso que se extiende de hombro en hombro. Oigo corazones por todas partes —rápidos, desiguales, esperanzados— y, por un momento, los uno en algo parecido a un solo latido. Creen que están esperando a los toros, pero en realidad esperan esta quietud que mantiene todo en su sitio.

Me muevo entre la multitud sin tocar a nadie, aunque algunos sienten un escalofrío y giran la cabeza. Me inclino cerca de sus pechos y oigo lo que no dicen: la promesa susurrada anoche, el miedo que intentan tragar, el recuerdo que esperan que la carrera borre o reescriba.

Incluso los toros me perciben. Bajan la cabeza, respirando lentamente, como si reconocieran a un viejo compañero.

Durante un frágil latido, toda la ciudad me pertenece. Entonces el cohete estalla, y los libero.

3er clasificado: La tintorera – Óscar Jiménez Otero

El quince de julio era su día favorito. Las bolsas entraban a pares, todavía húmedas por el vino, el sudor y la sangre. Camisas blancas con lamparones rosados, pantalones con barro en los bajos, pañuelos que olían a tabaco, a colonia barata o al sudor frío que deja el cohete.

Aurora llevaba treinta años lavando la ropa de los Sanfermines y había aprendido a distinguir cada mancha con la precisión de un médico. La sangre tiraba a marrón enseguida. El vino se abría nada más rozar la tela. El deseo, en cambio, tenía sus propios síntomas: un cuello vencido, la tela estirada, una mancha de carmín.

Pero esa mañana encontró una camisa totalmente limpia.

La extendió rápidamente sobre la mesa y la examinó con cuidado. Nada.

Entonces se le cerró un poco la garganta.

Porque una camisa así, después de San Fermín, solo podía pertenecer a alguien que no había llegado a mancharse, que no había podido correr, ni brindar, ni besar a nadie. que no había podido mezclarse con la fiesta, ni dejarse rozar por ella, ni salir de allí con una herida, un vino encima o un recuerdo que valiera la pena lavar. Y eso, para Aurora, era peor que la sangre.