Sonrisas infinitas 1


Infinitas, sí, infinitas son las sonrisas de los cameruneses, senegaleses o nigerianos que recorren nuestras fiestas, nuestra fiesta, con su maleta llena de relojes, gafas de sol y demás palitroques de colorines, a la caza de la cuadrilla cocida y enrollada que les deje un puñado de euros en el bolsillo, esas monedas que necesitan para pagarse la mercancía y la gasolina del R12 donde malduerman.

Infinita, también, es su paciencia, con la que aguantan las bromas y las vaciladas de la gente y los decomisos, incomprensibles, de la policía.

Siempre me he preguntado qué cojones pensarán de nosotros, esos seres extraños que vestimos de blanco, todo el día un vaso en la mano mientras ellos se dejan las plantas de los pies de bar en bar, nunca una mala cara que les ensombrezca la sonrisa.

Creo que el año pasado (o hace dos) San Fermín coincidió con el Ramadán, no podían comer ni beber hasta media tarde, y verles buscar cualquier sombra a la hora de la sobremesa rompía el corazón.

Estos días, viendo las imágenes de cierta playa de Ceuta, me he acordado de ellos.

También de Touré, el personaje de novela de Jon Arretxe, que se gana la vida como vidente, detective privado y llevando el toro de fuego en las fiestas de los barrios de Bilbao.

Y de este microrrelato, Fin de fiesta, de Alberto Montoya, tercer clasificado en 2009 en el certamen que organiza este blog, sin duda uno de los cuentos que más me ha emocionado a lo largo de estos años.

Y, por último, de Zarama, con esta preciosa Iñaki, ze urrun dagoen Kamerun:

 


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