Textos participantes en I Certamen de Microrrelatos San Fermín (XX)


–  Ruedo perpetuo  –  , Manuel David Arce

Segundos antes de las doce, el silencio se suspende en el aire, el sol gira enloquecido en el centro del cielo azul y una multitud de corazones sincronizan sus latidos y esperan.
Desde el balcón principal de la Casa Consistorial, al grito: ¡Pamplonesas, pamploneses, viva San Fermín, Iruindarrok, gora San Fermín! y al silbido inicial del chupinazo, la algarabía de la multitud se desborda, la gente ruge, salta, canta, baila y agita sus pañuelos rojos.
Allí nos conocimos y juramos nunca separarnos. Te confesé que sería insoportable pasar los Sanfermines sin ti.
Todavía recuerdo que al final de la cuesta de Santo Domingo me dijiste: ¡espérame! y yo, empujado por el mar blanco con pañuelos rojos, empecé a sentir tu ausencia.
Hoy regreso como todos los años, esperando encontrarte en cada uno de los distintos rostros, en el encierro, en el Riau Riau, en la procesión, en la corrida, a sol, a sombra. Y no estás.
Con mi vela asisto al final de la fiesta, como alma en pena, —que en realidad soy.
Pobre de mí, que se han acabado las fiestas de San Fermín.
Volveré cada año aunque sólo sea para encontrarte antes de la cuesta de Santo Domingo.

 

 

–  Agarrado a la talanquera  –  , Jose Ignacio Señán

Es el tercer año que lo voy a intentar. Son las siete y aquí estoy agarrado a la talanquera, esperando. Estoy aterrorizado. Sé que no debería tener miedo, soy de aquí. Estoy sudando y todavía queda una hora. Si me caigo, quedarme quieto; la curva de Estafeta por el interior. Me voy a sentar porque me están temblando las piernas. ¿No hay nadie que le diga a esos dos que en esas condiciones no se puede correr? Ya no me puedo echar atrás porque le he dicho a todo el mundo que hoy corría. Parece que hay más gente que de costumbre y el suelo está un poco mojado. No sé si será inteligente correr hoy. Quedan solo cinco minutos para el petardo y me sudan las manos. Venga, no se hable más. Me colocaré al otro lado de la calle a esperar. El corazón me late a doscientas pulsaciones. Ya han salido y están llegando los primeros corredores. Me he quedado inmóvil pegado a la pared y he cerrado los ojos. Los toros han pasado de largo. Ya he dado el primer paso. Mañana intentaré correr un poco, pero ahora voy a tomar algo. Lo necesito.

 

 

–  Por fin  –  , Yolanda Galve

La euforia se había apoderado de su cuerpo. De los pies a la cabeza le recorría una sensación que jamás olvidaría. Sus músculos, presas de un particular pacto de honor, palpitaban ansiosos. Santi, su amigo pamplonica, le había invitado a las fiestas de su ciudad con la condición de que corriera uno de los encierros. Mario no se lo pensó dos veces y, desde aquel seis de junio, no paró de hablar a Marta de sus planes una vez allí.

Ella esperaba en un balcón desde donde vería a Mario cumplir uno de sus sueños: correr los Sanfermines. Su pañuelo rojo, contagiado de emoción, ondeaba presuroso. Cámara en mano, la reportera aficionada, esperaba el gran momento. Un sobresalto en su rostro anunció la cercanía de los toros que, en todo su esplendor, recorrían la calle. Encontró a Mario: corría feliz, con una mezcla explosiva de miedo, orgullo y entusiasmo. Cuando logró rozar el asta de un toro, miró hacia arriba y se encontró con los ojos abiertos de Marta. Casi en éxtasis, Marta dejó resbalar la cámara de video al suelo y grabó a fuego en su memoria aquel momento. No quedó otro recuerdo que la intensa vivencia de ambos.

 

 

–  El toro  –  , Esteban Conde

Tú, toro cuernilargo, negro como la noche y bravo como el tomillo. Sí, a ti te digo, ahora que estás en calma en el corral sin saber qué te espera cuando raye el alba. Escucha bien lo que voy a decirte. Mañana, cuando os abran las puertas para iniciar la carrera hacia la plaza, no te desvíes del camino que te señala el cabestro. Sigue corriendo calle abajo sin prestar atención a ese chico con el pañuelo rojo al cuello que te grita desde un lado de la calzada. No le hagas caso. Es muy joven todavía para que manches tus astas con su sangre. ¿Recuerdas las espigas? Ese chico es como una de ellas que aún no ha granado. No vale la pena arrancarla de su surco. Sigue tu marcha hacia la plaza. Ya habrá tiempo de medir tu bravura con un hombre vestido de colores para la fiesta y ansioso como tú de darlo todo n ella. Pero tú no me escuchas, sólo llevas instinto entre los cuernos y libertad de campo en la mirada. Es natural. Mañana, en la carrera, todo será fruto del destino y tal vez  sangre joven ponga una firma seria sobre los adoquines.

 

 

–  Mis cinco sentidos  –  , María Sola

Abro el armario y cojo un montón de ropa de la parte de arriba, olvidada desde hace un año. No es nueva, dicen que tampoco favorecedora pero a mí me hace sentir guapa y especial. El pantalón blanco sobre mis piernas, la camiseta del mimo color holgada sobre mi cuerpo; y los complementos: la faja roja ajustada en mis caderas, y el pañuelo colorado en mi cuello.

Aunque nadie lo grite todos sabemos que es un día especial. La gente no puede dejar de sonreír ante la masa blanca y roja que se dirige a la plaza del ayuntamiento. Miro a mi alrededor, yo también sonrío.

Hemos llegado. El ayuntamiento está más bonito que nunca, decorado con los colores que lo mantienen vivo, que lo hacen el más concurrido del mundo.

Miles de personas se agolpan en la minúscula plaza que hoy parece enorme. Pamplona se convierte por unos días en otra Babel. Comienza el discurso, silencio absoluto.

¡VIVA SAN FERMÍN! ¡VIVA PAMPLONA!

El sonido de las botellas de champán descorchadas hace eco a los vivas. Siento su olor, su sabor amargo en mi boca. Hoy todo sabe bien, todo huele bien, hoy todo es San Fermín.

 

 

–  Promesa  –  , Liliana Patricia Sotelo

Hay un río que pasa por mi calle. Tiene un agua espesa, caliente, negra. El río pasa y mi corazón galopa con su mismo ritmo. No siento miedo, pero algo cambia mientras lo veo pasar. Sólo pienso eso, noche y día. Quisiera ser como la pendiente que lleva el río al mar, quisiera ser como el pañuelo rojo flotando al viento, guiando al toro en el encierro. Agua de fuego, toro, soy muy niño aún, sólo puedo admirar tu bravura desde mi balcón. Agua de fuego, toro, llegará el día en que corra, corra más que nadie, mientras tú te esfuerzas en alcanzarme. Cuento los días, las horas, junto alegría y valor en el pecho. Por que habrá un siete de julio que será mío y te prometo que el único lucero rojo en tu horizonte, toro, será mi pañuelo.