Textos participantes en I Certamen de Microrrelatos San Fermín (XVIII)


–  El rito  –  , Julián Muñoz

Sol.

Sol, calor.

Sol, calor, ruido.

Al otro lado de las vallas, miles de gargantas humanas rugen anticipando el espectáculo que se avecina. El público ha madrugado; casi tanto como nosotros, la excitación flota en el ambiente como una bruma de sabor salado, pero pronto acabará la espera. Hay otra barrera, una que divide la calle y separa a los dos antiguos rivales, esta humilde calle de adoquines será la arena en la que se desarrollará el ancestral combate.

A un lado el hombre; creador de civilizaciones y religiones, al otro, la bestia; padre y protector de las mismas desde tiempo inmemorial, desde el momento en que el hombre quedó sobrecogido por nuestra fuerza y quiso desafiarnos para demostrar que él también podía ser grande.

Digo nuestra porque toro es mi nombre.

Ni yo ni mis hermanos podremos conocer nunca nada de lo dicho, pero cuando las puertas se abran y veamos la marea humana del otro lado poco importará, nuestra sangre hervirá y cargaremos con nuestras formidables armas; aquellas con las que vencimos a lobos y leones en el pasado, contra los que han aceptado el desafío.

Adelante, siempre adelante; hasta la plaza, donde afrontaremos nuestro destino.

 

 

–  Tauromaquia  –  , Ricardo Laguna de La Maza

Por las rendijas de los postigos ciegos, los ojos de los toros encandilan con el perso color de la sangre. De este lado de la barrera, los jóvenes expelen la cálida fragancia de la adrenalina lisérgica. Hombres y bestias aguardan nerviosos la inequívoca señal de la libertad. Ese gesto cordial que abre los maderos de  par en par y permite a los toros avanzar en un tropel desesperado. Por ahora, y sobre las tablas, se adivinan los cuernos y los brunos lomos de los futuros perseguidores. La muchedumbre exige que la función comience. Un edicto sonoro, cumple el sueño popular, abriendo las puertas y liberando a las bestias. La multitud rojiblanca huye desordenadamente. El pavimento repica entre el golpeteo de zapatos y pezuñas fungiformes. Acariciadas por el viento, las pañoletas rojas se mofan de los toros y ese inexplicable deseo de persecución. Las bestias responden a esa burla, repartiendo cornadas y escupiendo por las narices un vaho viscoso que se acompaña con un mugido de venganza minotaurica. Esta tarde, como todos los años, estas avenidas serán el campo de batalla donde raza humana y estirpe taurina se abracen en esa lucha milenaria y atávica que sólo conoce de victorias pírricas.

 

 

–  FIESTAS DE SAN FERMIN  –  , José Nelson Pinzón

Tiempo es de jolgorio. Las penas lejos.

Sabes por qué nuestro Hemmiway lloró?

Porque parranda igual no conoció.

Brindis en su nombre, por los festejos!

Todo es alegría en Pamplona: Música y canciones, toros callejeros y corridas, vino abundante y mujeres divinas.

Las noches se engalanan con los fuegos artificiales, hermosos cual ninguno. En la plaza, parejas de enamorados danzan entusiasmadas. Los niños disfrutan de un cielo adornado por millares de preciosas luces multicolores.

Y al salir los toros rumbo a la plaza, se hace una calle humana por entre la cual pasan bufando las terribles fieras, atacando a todos y haciendo correr a mas de uno. Salen mozos a su encuentro y les dan uno que otro pase muy torero pero pagan su osadía, muchos de ellos, yendo a parar al hospital por un par de días.

Y cuando llegan los toros a la plaza empieza el rey de los espectáculos: El Toreo.

Tercio de capote adornado con lances deslumbrantes. Sigue la llegada del picador que es recibida con rechifla. Viene luego el Tercio de la Verdad: La Muleta. Aquí el Matador muestra su arte y el Toro su bravura. La inteligencia contra la fuerza.

 

 

–  La sandalia perdida  –  , Patxi Calvet

Nada despierta mi alma como aquellos ojos oscuros. Ni siquiera el sudor compartido cuando me abrazo a mis amigos o el exuberante gozo de encontrarme una vez más aquí, en mis Sanfermines.  Ojos color de toro y vino oscuro que bailaban llevados por la multitud alegre del chupinazo. La camisa empapada y la sonrisa abierta por la música; la emoción que hace saltar los corazones navarros, franceses o australianos. Tan alegre que podría enamorar al mundo.

Ojos oscuros en un torrente feliz. Y bailando, el sueño llega como una sandalia perdida en el suelo. La tomo mirando a mi alrededor. La marea feliz baila con un pie huérfano. Es el único peligro. Busco, busco hasta que una mano toca mi hombro. Sus ojos oscuros me sonríen con toda la fuerza de la mujer. Me inclino y, movido por los cuerpos blancos y rojos, le coloco la sandalia en su pie manchado.

Su beso me deja el olor del cava y el perfume de su sudor.

-Thanks!

Le sonrío con amor perdido mientras veo sus ojos oscuros, sus ojos de Eva infinita, perderse en el mar rojo y blanco que baila sin fin.

 

 

–  USTEDES NO CUENTEN NADA  –  , David Fernández

Ustedes no cuenten nada, pero en cuanto escuché el cohete empecé a correr. Y correr en San Fermín no es fácil. Hay que buscar los espacios libres y tratar de no tropezar. Y la tensión es máxima. Me lo había avisado un conocido mío, tranquilón pero con experiencia en las calles de Pamplona. Todo fue bien gracias a él y descanso ahora junto a otros compañeros de carrera. “Tú ven detrás de mí –me había dicho-; y cuidado con esos cuernos, a ver si vas a lastimar a alguien”.

 

 

–  Mito  –  , Veronica Maldonado

Cuando escucho el eco del txupinazo, un sudor frío cargado de sal me corre por la espalda. La fiesta estalla. Yo salgo al patio y veo mi reflejo en el agua encharcada.  Mis ojos brillan, salto sobre mis pies, ansioso de correr mi primer encierro.  Oigo pegar mi corazón contra las paredes de mi pecho. No tengo miedo.  Quiero desbocarme por las calles y resbalar con todo mi peso en Mercaderes. Escuchar aullar a la multitud cuando me descubra correr valientemente por la plaza. Ver los ojos horrorizados de los que, punta en blanco, no sabrán si huir de mí o correr a mi lado.  Se hará un silencio. Los toros regresarán sobre sus pasos y los hombres huirán temblando cuando descubran, en mitad de Estafeta, al minotauro.