Textos participantes en I Certamen de Microrrelatos Sanfermin (VI)


–  Un dia inolvidable  –  , Alicia Carrió

 Muchas veces lo había visto por la tele, lo había escuchado por todos lados, pero nunca había ido a pamplona durante las fiestas de San Fermín. Un 7 de julio que no sabía qué hacer me acerqué y nunca me arrepentiré de lo que hice. Las calles estaban llenas de gente. Los colores más destacados eran el rojo y el blanco. Todos gritaban mucho. Al oír el cohete fue una sensación espectacular. Los mozos empezaron a correr. Yo, como no, también lo hice. Pero como era la primera vez que corría me aparté pronto para no llevarme ningún susto. Oía a los toros acercarse y yo estaba apegado a la pared. Por fin los vi. Unos grandísimos toros que imponían mucho. Quedé sorprendido al verlos pasar. Me gustó mucho esa sensación, fue espectacular. Después del encierro fui a la plaza con mis amigos y allí estuvimos durante un buen rato. Comimos por pamplona y como no, tomamos un poco de sus ricos vinos. Sin duda ese día fue inmejorable. Nunca lo voy a olvidar.

 –  San Fermín punto de vista  –  , María del Carmen Guzmán

 !Lo juro, lo juro y lo juro! Por mi madre de mi alma que no vuelvo a correr con mis coleguitas nunca más. Esto es de lo más idiota: correr, correr por estas calles estrechas mientras la gente aúlla, tropezándonos unos con otros y teniendo que soportar el olor a cebollinos mezclados con alcohol y chorizo pamplonica. Será típico, pero a mí me la manfunflan.

 Pero en cuanto llegue a la plaza me cargo a uno de esos tíos que corren vestidos de blanco, pañuelito rojo al cuello y un periódico enrollado en la mano. Lo juro por la gorda de mi madre y por mi padre desconocido, que en cuanto llegue al callejón lo pisoteo, lo muerdo y lo ensarto por los fondillos, si serán gilipollas…

 ¡Con lo bien que estaba yo pastando hierba en el prado!

 –  Salió en Telemadrid  –  , Guadalupe Fernández

 – ¡Unos niños vestidos de San Fermín!

Sonreí forzadamente. Agarré al mayor que se escapaba y eché un ojo al bebé sin poder evitar pensar “no, señora, que no llevan trajes de obispillos, van de pamplonicas”.

– Pero hoy es seis de julio…- añadió ella.

– A las doce empiezan las fiestas con el chupinazo. Aquí también lo tiramos, en la puerta de la iglesia de San Fermín de los Navarros.- tuve que aclararle.

Una religiosa con más años que Matusalén, armada de bastón y reglamentariamente equipada con el hábito y el pañuelico, apareció con paso lento pero decidido por el Puente de Juan Bravo, confirmando lo que yo decía.

– ¿Y qué más hacen?

– Las campanas tocan el Himno de las Cortes, vitoreamos al Santo, corre chistorra, rosado de la tierra y puede que algún chaval delante de los coches que circulan por Eduardo Dato. Y bailamos y cantamos.

– ¿Puedo acercarme?

– Claro.

La reconocí inmediatamente. Mientras la voz en off decía que los navarros afincados en Madrid, como todos los años, habían celebrado el chupinazo, aparecía en pantalla bailando una “jotica” entre dos señoras de Caparroso con las que hizo amistad. La vemos todos los años.

 

 –  Pobre de mí…, duró poco  –  , Ariana Briceño

Ahí estaba con su pañuelo en alto, iluminado por la vela que sostenía con poco cuidado su mano y por el espectáculo que el cielo alojaba. “Pobre de mí… pobre de mí…” entonaba lo más alto posible, queriendo que su voz se diferenciara de las miles que sonaban a su alrededor, los músicos a lo alto marcaban el compás y Raúl sólo quería que la canción nunca terminara y que la fiesta de San Fermín se eternizara. “Lo bueno siempre dura poco” pensaba con resignación.

Su corazón se había convertido en un torbellino de emociones, ni él mismo sabía con exactitud que le ocurría. La voz de la multitud se fue atenuando y los recuerdos fueron brotando,  por un momento Raúl volvía a las calles estrechas de Pamplona y se veía tirado en el duro pavimento  frente a dos filosos cuernos y una mirada penetrante que lo retaban a levantarse, el miedo irrumpió en su cuerpo pero sin más ni más el furioso toro volteó y comenzó a correr, Raúl lo siguió.

“Pobre de mí…” la canción terminaba mientras Raúl secaba una lágrima que corría sobre su mejilla. Era su primera vez en Pamplona, aunque seguramente no sería la última.