Textos participantes en I Certamen de Microrrelatos Sanfermin (VIII)


–  Recuerdo que canté  –  , Aritz Intxusta

!Parad! Me duele la cabeza. Mucho, muchísimo. Traedme espidifrén o aspirina. ¡Ey, quietos! ¡Dejadme en paz! No me mováis. Parad, por favor, parad. Tengo sueño…. Algo me pica en el brazo. ¿Qué pasa? Demasiado ruido. Trato de ponerme cómodo. Soltadame… Recuerdo que estuve por la calle E. y también a una chica rubia. ¿Eso fue anoche? No, anteayer, creo. Después me fui… Estoy cansado. ¡Queréis estaros quietos de una vez! Me duele. Yo estaba, yo recuerdo que estaba…. Compré el periódico, eso sí. Y canté. ¡Mierda, canté! Ahora sí quiero abrir los ojos. Todo naranja, mucha gente. Demasiado.  Debo tener cara de bobo. Estoy muerto de sueño…. Mañana, mejor. Mañana, maratón. He quedado con A. por la tarde. ¡Así que ahora, se lo ruego, déjenme dormir! Saldremos los dos juntos, espalda contra espalda, como siempre. Y luego correremos. Recuerdo que anoche estábamos, o fue hace un rato…. No te oigo, maja. Creo que no me entiende. Me parece que no logro hablar bien. La veo presionar mi muslo con sus dos manos. Ojalá no sea de asta. No quiero mirar.  Sí, guapa, estoy despierto. ¿No me ves? Pero voy a cerrar los ojos.

 

 –  Tan sólo unos minutos  –  , Angeles Rosique

 Tan solo unos minutos.  (San Fermín).

Eran las ocho de la mañana, todos de blanco, con el periódico en mano, bien apretado, cantando  «A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro dándonos su bendición» .

Los rostros, unos de resaca, otros de estar totalmente concentrados en ese minuto en que se abre  la barrera, para que los morlacos, salgan corriendo por esas calles, estrechas, resbaladizas, atiborradas de personas de todos los lugares del mundo, unas colgadas, otras medio dormidas, y algunos pocos recién levantados. La explosión dio el paso a esa larga carrera, de tan solo unos minutos, corrían, como si la vida se les fuera en ello, se caían y tapaban con sus brazos la parte más débil del cuerpo, corrían a toda velocidad, porque ese pura sangre le estaba rozando la camiseta, notaba el aire de su respiración, sentía el miedo aterrador de ese ser obligado a una carrera que acababa en el lugar de su triste final. El bravo no lo sabía, solo corría, corría, acompañado de la manada de los mansos, que como hermanos sin consuelo los acompañan hasta la plaza.

Acaba dentro de esa plaza que horas más tarde los verá sufrir, sangrar y morir.

  

–  El kiliki caravinagre se sentó en un banco de trafalgar square  –  , Kuko Aramendia

 El kiliki se sentó en un banco de Trafalgar Square. Lo habían olvidado en el trasiego del aeropuerto de Heathrow, tras la visita que junto a los gigantes había protagonizado a la capital inglesa para promocionar el turismo en Navarra. Se sintió afligido al observar como también los londinenses huían despavoridos al contemplar su facha. Él no había escogido tremenda cabeza, no era culpable de esa fealdad innata, de ese narizón, de esa mirada maliciosa.

Los policías ingleses rodearon la plaza. Caravinagre no entendía el despliegue ni las advertencias que le hacían desde los altavoces; pero sentía que la tensión aumentaba minuto a minuto.

Debía escapar cuanto antes, y lo hizo de la única forma que conocía. Corrió hacia una de las furgonetas, y los policías que la custodiaban, amedrentados por la verga que blandía en su mano, le abrieron paso.

El kiliki huyó durante dos horas hasta que encontró un parque en el que esconderse. Se acostó en la hierba exhausto, en el mismo instante que comenzaba a llover. Cuando despertó, vio su cara reflejada en un charco. La lluvia había desecho la cabeza de cartón. Ahora sí que podría volver a Pamplona sin llamar la atención de nadie.         

  

–  Pobre de mí  –  , Trinidad Entrena

 Pobre de mí….los gritos, el ruido ensordecedor de la muchedumbre se confunden con el chocar de las pezuñas del toro en los adoquines de la calle. Corro, casi levitando, entre los cuerpos de los que intentan, como yo, desafiar a la muerte; de pronto, siento el aliento del demonio negro que me persigue… pero ya no somos rivales, corremos a la misma altura, giro la cabeza y me enfrento a unos profundos ojos oscuros que me observan curiosos y sin palabras me hablan y dicen: la libertad es un bien que nos es concedido. El toro continúa corriendo y yo le observo desde mi silla de ruedas, como cada año, por un momento, he imaginado mi libertad y lo único que puedo es cantar el pobre de mí porque esta fiesta de San Fermín acaba.