Textos participantes en I Certamen de Microrrelatos Sanfermin (XIV)


 –  204 horas blancas y rojas  –  , Amandica Luque

12 de la noche, manto rojo, próximo a desaparecer, tan solo por un año, tras el cual volverá a salir de nuevo. Sobre otro blanco, aunque ya no tan blanco como hace ocho días. Todo  lleno de velas y gente que despide por toda Pamplona unas fiestas, de la mejor forma que han aprendido ha hacerlo en estos días, festejando.

Gente de aquí, pero ¿que es aquí? también de allí, ¿pero sabemos donde está allí?. Altos y bajos, aunque… ¿a partir de que estatura se es alto o bajo? De diferente color,  y me pregunto, ¿cual es el color diferente? ¿A caso alguna de estas características puede llegar a ser algo mejor que cualquiera de las otras?

Durante estos ocho días no ha habido ninguna excepción y no hemos diferenciado lugares ni colores, más que el rojo y el blanco que manchado con la diversión y la felicidad de la fiesta ha inundado Pamplona.

¿Necesitamos que Pamplona este tan llena para no tener que hacer diferencias inútiles? ¿Hace falta llenar durante todo el año la ciudad de blanco y rojo? O, ¿es que simplemente los San Fermines transforman la ciudad en una que nadie consigue que sea?

  

–  ENCIERRO  –  , Sonia Fernández

Los rayos de sol ya surcan el firmamento y el reloj está a punto de marcar las ocho. Es la hora de la verdad. Periódicos alzados al cielo y una plegaria a San Fermín. Marea blanca y roja con el corazón en un puño. Luego, el silencio y emociones contenidas. Suena la señal y se abre el portón de madera. Un torbellino bravo y azabache sube por la calle empedrada. Carreras y miedo fluyendo por los poros de la piel. Cuesta de Santo Domingo, tramo de Mercaderes, calle Estafeta. Sueños entre las astas del toro. Un capote que San Fermín lanza desde las nubes. Templanza de los mozos ante el peligro y miradas de admiración desde las talanqueras. Plaza de toros abarrotada. Gritos de júbilo al concluir el encierro. El rito del hombre enfrentándose al toro se ha vuelto a cumplir.

  

–  Encuentro en rojo y blanco  –  , Amaia Cía

Tal y como habían quedado, ella se puso un pañuelo rojo al cuello para que él la reconociera. Él se vistió de blanco para que ella supiera quién era.

Pero, quedaron un seis de julio y nunca se encontraron. Tal vez, en realidad, no querían.

Sin embargo, sus oídos (los de ella) se enamoraron de los cánticos de los mozos invocando al Santo, de la música del txistu, de los cencerros de los mansos, del vals en el Riau-riau, de la rotundidad del chupinazo y de un contrabajista de jazz americano.

Su nariz (la de él) perdió la cabeza por el aroma del buen vino y la alegría del malo, por el hedor rancio del tendido de sol, por el olor de su propio miedo delante del toro y por el perfume del cuello de la chica con la que siempre se cruzaba al ir a trabajar.

Ella (la de los oídos) dijo: – Es negro, pero va vestido de blanco, como habíamos quedado.

Él (el de la nariz) pensó: – No es ella, pero no quiero renunciar a este cuello. Y además, lleva anudado un pañuelo rojo.

Los cuatro, felices, se perdieron entre la multitud, en San Fermín.

  

–  A la calle  –  , Arantxa Goñi

No me quiero perder las fiestas de San Fermín pero ya no tengo 18 años. Las resacas son resacas. El dolor de piernas no se va bailando como antes. Ya no tengo todo el día para dormir y alejar el sueño de mí. Ya no tengo cubo mágico, ese cubo donde echas la ropa sucia y te aparece al día siguiente limpia y perfumada en su cajón correspondiente. ¡Bendita madre! Ya no tengo la cabeza para soportar el estruendo de las bandas de música. Pero no me puedo quedar en casa descansando. Mi mente pide salir. Aunque a mi cuerpo le cueste cada vez más. ¿Quién ganará? La mente (la sabiduría) o el cuerpo (la fuerza). En todas las batallas ha ganado la sabiduría. Es cosa de estrategia.