XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


TERMINAR LA CARRERA

Francisca Quintana Vega

TERMINAR LA CARRERA

A través de la ventana se escuchaba el vocerío de la gente. El encierro de hoy era el primero de aquél año y, en cierto modo, para él también era al primero. Su corazón palpitaba, embargado por una emoción indescriptible.
Sobre la cama, una camisa inmaculadamente blanca, y el rojo pañuelico. Despacio, con la parsimonia que el ritual merecía, lo anudó a su cuello y se embutió la camisa; luego, cuidadosamente, se enrolló la faja roja y la anudó también al lado izquierdo de la cintura. Las zapatillas estaban correctamente ajustadas. Todo estaba en orden.
Por la mañana, había rezado en la parroquia de San Lorenzo. Era lo que había aprendido de su padre, que, a su vez, lo aprendió de su abuelo.
Salió a la calle y se dirigió al lugar desde el que comenzaría a correr. El aire estaba preñado de ese olor inconfundible que se respira en Pamplona durante los Sanfermines y que, unido al eufórico clamor de la masa rojiblanca que transitaba las calles, tenía un efecto embriagador.
Comenzaría a correr en el mismo lugar donde un toro cárdeno lo empitonó, hacía hoy un año, al tropezar y caer ante sus astas. Tenía que acabar la carrera.

 

UN DIA DE SAN FERMÍN CON CARLOS.

Carlos Amat Larraz

Saliendo de nuestra residencia de ancianos, los tenderetes de los top manta se extendían sobre la acera. Carlos se aferró a mi brazo femenino, hasta la Plaza del Castillo. Al llegar, sentados en una terraza entre aquella marea “rojiblanca”, con una inusitada lucidez en su Alzheimer, inició su relato:
– …Lo de aquel Sanfermin ocurrió en una de estas mesas. Su desparpajo llamó mi atención al preguntarme la hora del concierto. “Ha sido al verle con el traje rojo y blanco…”, me dijo.
Se sentó y enseguida tuvimos la sensación de conocernos de siempre. Al fin, terminamos sumergidos en el jaleo Sanferminero de Estafeta.
Ella, me habló de sus estudios de pedagogía en Salamanca, mientras yo bromeaba sobre “Cómo educar a un Miura” con mi carrera de veterinaria. De noche, tras un sentido beso, subió al Autobús y desapareció de mi vida, para siempre.
…Hoy, he recordado su nombre, Mar y también que fui un estúpido al dejarla marchar.
Al terminar su historia, estaba tan emocionada que a punto estaba de decirle que,…en realidad, ella nunca subió a aquel autobús; cuando tuve que contestar al saludo de alguien que pasaba:
-¡Adiós Mar! Nos vemos en “la resi”.
-Si, luego iremos para allá.

 

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