XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


LA ÚLTIMA CARRERA

José Mariano Seral Escario

– ¡Pero que cansado es Alberto! – dice Erick con desgana.
– Sí, yo ya estoy agotado de tanto correr, cada día nos exige más – contesta Blady con sobrealiento.
– ¡Venga! ¡venga! ¡más rápido! ¡menos cháchara y más correr! -les replica Alberto mientras les achucha desde la retaguardia.
Erick acelera la carrera, Blady hace un sprint y se pone a su altura mientras le dice en un susurro a la oreja:
– En la cuesta que viene corre todo lo que puedas, lo dejamos atrás y nos escondemos tras el roble centenario.
-¡Eh, eh! ¡Vosotros dos a dónde creéis que vais! ¡No os separéis del grupo! – Arenga Alberto con voz marcial.
Corren todos cuesta abajo, hasta que llegan a la llanura del prado junto a la carretera como hacen todos los días desde hace un mes.
-¿Y ese camión qué hace aquí? – Espeta Erick.
Mientras Alberto desde su caballo los azuza con su vara para que suban por la rampa de madera, con una sonrisa en sus labios los despide entre sonido de pezuñas y mugidos:
– ¡Hala venga todos a San Fermín habéis de ir! ¡Buena carrera el siete!
 

MACHOS NON GRATOS

Paula Etxeberria Cayuela

Sanfermines, año 2080. Primer encierro. Seis machos salen a la carrera, perseguidos por hordas de mujeres con tridentes afilados. Corren esposados, sin manos con que tapar sus rostros, que son captados por cámaras de televisión en primeros planos. Junto a ellos, exhiben sus nombres y apellidos, y sus delitos: tocamientos aprovechando multitudes en bares, intimidaciones, violaciones. Por esas agresiones serán sometidos esta tarde a escarnio público en la Plaza de la Justicia, antigua plaza de toros llamada así desde que estos bravos animales se extinguieron, hace diez años.
Los machos enfilan Mercaderes pegados al vallado, repleto de gente que abuchea y señala con dedos acusadores. ‘Machos non gratos’, reza un cartel a la entrada de Estafeta, donde la carrera se ralentiza. La punta de un tridente alcanza a un corredor: un pinchazo en el muslo que le obliga a ir cojeando hasta el callejón, donde cae al suelo. Un grupo de mujeres lo levanta y lo lleva en volandas hasta la plaza. Lo quieren vivo; lo quieren juzgado. “¡Ni una agresión más!”, gritan.
El sonido del cohete anuncia el final del encierro. Cinco minutos justos. 300 segundos de justicia para el pueblo, que a pesar de todo sigue teniendo ganas de fiesta.
 

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