XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


AGUA, AGUA, AGUA…

Guillermo Minchinela Zarraluqui

Se despertó con la boca seca. Necesitaba un poco de agua. Ayer fue otro gran 4 de abril. Como cada año en la sociedad de Iosu.

«La cena de hoy será inolvidable», repetía Iosu cada noche de escalera, Y no falló. Su buena mano en los fogones dejó paso a la guitarra de Andrés, a las voces, a las risas, a las bromas y a las copas vacías. Otro 4 de abril inolvidable.

Se hizo tarde. Además, mañana tocaba madrugar. De camino a casa esquivó los charcos de la última tormenta sobre el Casco Viejo. Otra más. Bendita primavera pamplonesa, siempre pasada por agua.

Tenía sed. Pero no quería levantarse de la cama. Probó a tumbarse de lado. A cerrar los ojos. A dejar la mente en blanco. La habitación giraba suavemente, como un tiovivo mudo. Todo se amortiguó. Sintió calor. Comenzó a sudar. Su cabeza susurraba una palabra. La que le había despertado. Agua. Agua. Agua.

Sin darse cuenta, su sueño le trasladó a un 6 de julio. Hacía calor. Mucho calor. Estaba en la plaza Consistorial, frente al escaparate de Gutiérrez. Junto a una multitud levantaba las manos mirando a un balcón… Y gritaba.

Agua, agua, agua…

Había estallado la fiesta.
 

LA DESPEDIDA

Juan Andrés Herrera Perdomo

“Todo saldrá bien. Has nacido para este día”, le digo con la voz impostada; pues temo que advierta mi temor mientras él, con paso noble, se reúne con sus compañeros. Me alejo y siento el impulso de gritarle que disfrute de la carrera, que asegure el paso en Estafeta y no resbale, que sea humilde y brinde a otros la oportunidad de lucirse.
Imagino la carrera desde la distancia. El paso metálico de los morlacos, el quejido de los adoquines, la imprudencia del novato, la severidad del veterano. Cierro los ojos y puedo ver destellos de inmortalidad en cada poste, en cada valla. Puedo ver cómo todos corren junto a él, protegiéndolo con pañuelos rojos y arrugas de experiencia. Ruego a Dios que sea limpio y noble, como siempre lo ha sido. Que al llegar a la plaza mire al cielo y no pida clemencia.
Toda su vida se ha preparado para este momento y soy yo quien desea estar en su lugar. Sé que mañana la hoja de la espada lo enviará a los prados celestiales y yo seguiré aquí, pensando en el día en que aquel ternero me miró por primera vez al nacer.  

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