XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


EL COMIENZO

Urbano Antonio Durán

Urbano Antonio Durán

EL COMIENZO

“La víspera del séptimo día del séptimo mes del año tres veces séptimo, con el sol en lo más alto, el cielo será avisado con una lanza de ruido.”
Así rezaba la profecía conocida en toda Pamplona desde el siglo XIV. Y hoy es 6 de julio de 1777. “Debo llegar”, murmuró el hombre de camisa blanca y pañuelo rojo al cuello. Tres días ha que jinete y caballo devoran leguas para cumplir con el designio. La Plaza del Castillo aún estaba lejos. Pronto sería mediodía. Exigió a su cabalgadura, que apuró un poco el extenuante paso… y cayó, despeada.
Bajo el calor agobiante, el Designado siguió su marcha. La campiña amarilleaba como un mar de luz.
El paquete iba envuelto en una piel de cerdo, protegido contra intemperancias climáticas. “Puede que todavía sea tiempo”. Apuró el último trago de la bota. Llegó a la Plaza Consistorial. Le ayudaron a subir al balcón del ayuntamiento.
“¿La hora?”, preguntó.
“Mediodía”, alcanzó a oír, y desenvolvió el petardo volador que desde entonces y para siempre señalaría el inicio formal de las fiestas Sanfermines. Antes de encenderlo, agotó su último aliento: “¡Pamploneses, Pamplonesas: Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!” Y se desplomó.  

LOS NOVIOS

Miguel ángel Cañizares

El viaje de novios de mis vecinos de al lado nos dio qué pensar. A mí y a mis paisanos. Lucas y Marisa se conocían desde pequeñitos, tenían gustos sencillos y superados los cuarenta, ya sin padres, se casaron por la iglesia, a comienzos de un mes de julio, en la parroquia de San Emeterio y San Celedonio. Invitaron a todo el pueblo —asistimos unas cien personas—, pero ocultaron el destino de su luna de miel. Cuando regresaron, a los diez días, hacían cosas distintas, tal que comer de pinchos y beber en vasos pequeños un licor rojizo. Chisposos ambos, les daba por cantar hasta altas horas de la madrugada canciones populares. Lucas llevaba la voz cantante, mientras que Marisa tarareaba los estribillos. Lo hacían fatal y despertaban al vecindario.
La prueba definitiva nos la dio su atuendo. Sucedió el día que aparecieron vestidos de blanco, pantalón y camisa, con un pañuelo rojo al cuello, periódico doblado en mano, y se pusieron a correr por las callejuelas del pueblo volviendo la vista a cada poco. Tanto nos impresionó que desde entonces celebramos aquí los sanfermines a nuestro estilo y los encierros, aunque sin toros, los arrancamos también a las ocho de la mañana.

 

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