XI Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


SAN FERMÍN EN CASA

Maximiliano Boffa

Tenía nueve años. Cerré la puerta tan fuerte como pude y me planté frente a la casa con mi mejor cara de protesta. Solo un instante después se abrió esa misma puerta de forma violenta y por ella salió bramando mi madre. Los ojos rojos de ira y una chancleta en la mano.
Corrí lo más rápido que pude y mi madre atrás pisándome los talones. No había sitio donde esconderse, solo correr por la calle lo más rápido que podía. Solo correr con las cercas de las casas como guía. Los vecinos que iban saliendo vitoreaban.
Yo solo corrí, corrí con miedo y ansiedad, con mi madre detrás bufando, agitando la cabeza, insinuando lo que me haría cuando me cogiera. Corrí ochocientos setenta metros, hasta que finalmente ella desistió al llegar a la plaza de juegos, donde me perdió por la arboleda. Por un rato me sentí vencedor, solo por un rato, porque esa tarde tendría que volver a casa.
Madre mía, yo solo quería correr delante de los toros de Pamplona, y tu sin dejarme ir, me has dado mi primer San Fermín en casa.
Hoy, con cinco carreras terminadas, todavía me pregunto si los toros asustan tanto como mi madre. 

UN RATICO

Laura Vidán Astiz

¿Que cuánto dura el encierro? ¡Pues depende!
Para los que lo esperan en la calle, desde que se colocan en el vallado al amanecer, con sueño y frio, hasta que ven pasar un tumulto de ruido y adrenalina que les hace entrar en calor de inmediato.
Para los que lo ven por televisión, entre dos y cuatro minutos si hay suerte; quince con la repetición y la voz pausada de Javier. Si se alarga más, malo.
Para ganaderos y pastores, hasta que las pezuñas de sus nobles reses vuelven a pisar arena.
Para los animalistas, demasiado, solo con oír nombrarlo.
Para los que han encontrado un nuevo amor esta noche, bueno, esos seguramente hoy se lo perderán.
Para mí, las doscientas cuatro horas que duran los sanfermines, porque en cuanto termine el de hoy empiezo a pensar en el de mañana.
Y para mi madre,…, para ella, una eternidad. Espera despierta que me vaya para levantarse y que no reconozca su ansiedad, revisa cada cara en la retransmisión, escucha el parte de los sanitarios y me espera con una sonrisa.
Yo, que quiero quitarle ese regusto amargo, vuelvo siempre que el destino me lo permite, con una docena de churros de la Mañueta. 

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