XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


HAT-TRICK

Cristina Jiménez Latorre

Cerré los ojos y acaricié los brazos que rodeaban mi cuello. —Qué suave— pensé. Y me dejé embriagar por el sueño mientras sentía sus ojos centelleantes observando mi pelo. Seguro que aún estaba mojado por el último katxi que Xabi había lanzado al aire con el cohete del encierro.

¡Vaya noche, colega! Había conseguido hat-trick en el tirapichón y mi ex no había parado de insistir en que le regalara el llavero de Osasuna; aquel giputxi no la había impresionado demasiado en su ruta por los Flysh. Kutxi me había lanzado la púa trasegando y los 20 euros del bote de Oier nos habían dado hasta para chapas de El Fary.

Una ráfaga con olor a kalimotxo rancio me despertó del ensimismamiento cuando trataba de cambiar de posición. Abrí los ojos repentinamente y volví a cruzarme con los suyos, tan parpadeantes y expresivos como la primera vez. Sonriendo, guiñé un ojo al póster de Sergio Herrera y me alegré de no haber sucumbido al llavero de Osasuna mientras abrazaba los peludos brazos de mi mono de peluche radioactivo.
 

HASTA EL AÑO QUE VIENE.

Cristina Acevedo Sanz

Marea blanca y roja, unida bajo esos colores, marea de felicidad contagiosa que sirve para olvidar las penas, brindis con botas de vino de piel de cabra, música en cada calle por la que pasas, gente riendo, abrazándose, alegría allá por donde vayas, y es que Pamplona significa magia en sus fiestas.
Una vez en la vida hay que pasear por sus rincones, sentarse en su plaza, palpar la tensión previa a la gran entrada del encierro, contener la emoción cuando aparecen esos valientes corredores seguidos de los magníficos miuras, cortarse la respiración cuando se esquivan a tan solo unos centímetros, ver esa danza en la que parecen fusionarse tanto el hombre como la bestia.
Es toda una aventura, intensa, agotadora, pero inolvidable. Y cuando llega a su fin, el momento de subirse al autobús para volver a casa, en mi caso, no pude evitar girarme a echarle un último vistazo a esa maravillosa ciudad que tantos buenos recuerdos me iba a dejar, y con lágrimas en los ojos, por la pena de que ese viaje se acabara pero con una amplia sonrisa dibujada en mi rostro, me susurré a mí misma, no es un hasta nunca es un hasta el año que viene.
 

7 AÑOS

Cristina Arroyo Marin

Todos los años por estas horas me llama mi madre. Todos los años la misma conversación.
– Vas a salir mañana a correr ¿verdad? Sabes que no pegaré ojo en toda la noche, una semana nerviosa y sin dormir…
– Si voy a salir, ya lo sabes, llevo saliendo desde que tengo 18 y seguiré saliendo mientras tenga piernas para correr.
– Venga va, te plancharé la ropa ahora para mañana. No salgas mucho hoy, tienes que estar fresco mañana a la mañana.
Siempre sucumbía y resignada me dejaba la ropa limpia y planchada perfectamente colocada en el sillón pequeño del salón y me preparaba un buen desayuno “no se puede correr con el estómago vacío”. Mi padre me subía el periódico. La entrega era como quien entrega un premio, y ahora últimamente, que va tirando para viejo la entrega llevaba lágrimas de emoción incluidas.
Muchas veces coincidía con mis hermanas en el desayuno, que subían a casa para estar todos juntos un rato, antes de partir al encierro. Unos a correr y otros a ver.
No entraba en mis planes tener que dejar de correr bajo ningún concepto durante 7 años. Los 7 años que me han caído por tráfico de estupefacientes.

 

DÉJAME QUE TE CUENTE…

Cristina Oyaga Landa

Abuelo, ¡Hoy quiero que me cuentes un cuento!
Déjame que te cuente, la bonita historia de un niño muy especial, como tú:
Érase una vez, un niño nacido en una bonita ciudad. Desde chiquitito, paseaba con sus padres por las calles de su ciudad, a la que amaban profundamente. Mundialmente conocida como una ciudad única. Todo el mundo sabía que tenía algo especial. La gente sentía devoción por su Santo, amaban su ciudad, vivían las fiestas intensamente, lloraban, reían, abrazaban… eran felices. La ciudad se vestía de blanco y rojo, vivían esos días como unas fechas de encuentro y celebración. Aquel niño, cada 6 de julio, sentía algo que era incapaz de explicar. Una sensación especial de felicidad llenaba su cuerpo de una manera única. Personas de todo el mundo visitaban su ciudad.
El niño se hizo grande, pero no conseguía transmitirlo con palabras.
Abuelo, ¿Cómo termina la historia?
Hay cosas que jamás se podrán explicar si uno no las vive… Con los años aprenderás que lo que a un Navarro conmueve, al Mundo mueve. Eres tú el único protagonista de esta historia, y debes ser ahora tú quien cuente el final de lo que yo empecé… Vamos a vivirlos, ¡Viva San Fermín! 

NOSTALGIA

Daniel González Irala

Cuando en la curva el astado resbaló, Ernesto pudo meterse en los corrales y así evitar el hecho de tener que enfrentarse a la nueva tendencia, la de los recortadores que saltaban esquivando a los toros de múltiples formas evitando la necesidad de capote. Lo que Ernesto no sabía es que desde un balcón, el famoso director de cine, autor de Ciudadano Kane, le iba a echar la ceniza de su largo puro, algo que jamás le pudo perdonar el escritor, autor de «Fiesta».
Por lo demás Pamplona era una fiesta y no había machirulos que violaran a las mujeres que después verían huir a Curro Romero hacia los chiqueros, y todo porque aquel toro que resbaló se había creído quizá demasiado importante ante banderilleros y picadores.