XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


ENTRE RISAS Y CARRERAS.

Veronica Jimenez Gonzalez

Soy el Cuatro. No tengo nombre, pero me reconocen por mi lomo blanquecino, como los ropajes que inundan Pamplona en sanfermines. Mis hermanos – del Uno al Seis – son más oscuros, marrones como el polvo que levantamos cuando corremos tras los críos.
Ahora estamos aquí almacenados. A oscuras, pero despiertos. Las paredes retumban con los ecos del bullicio de fiesta que hay afuera. Me impaciento. Sé que pronto las puertas se abrirán, y saldré al galope, con mi jinete de ropa elegante, rostro serio y verga en alto.
La chiquillería me teme, me busca y me quiere a la vez. Corren chillando y vuelven con una sonrisa, pidiendo una foto. Es un juego, uno de esos que dejan recuerdo en la memoria y el corazón. Porque aunque nuestros golpes de espuma no duelan, en sus mentes somos bestias legendarias de las que hay que huir con alegría.
Yo no hablo, pero en cuanto desfilo por la calle junto a los gigantes y kilikis, soy grito y carcajada, emoción y música. Y cuando nuestra ronda termina, vuelvo aquí, cansado y feliz, con sus risas retumbando aún en mis orejas.
Mañana más, y así hasta el día 14 de julio.
Me encanta ser un zaldiko.
 

IKER

Vicnia Contreras

Pamplona ardía en carmesí, como si la sangre del siglo III aún tiñera sus calles. Era San Fermín, y los cuerpos danzaban entre sudor, vino y cornamentas, celebrando al santo que, siglos atrás, cambió supersticiones tras su máster en Toulouse.
—¡Firmeza, muchacho! —gritó su abuelo desde el balcón. Pero Iker corría, apenas escuchaba.
Los toros embestían como memorias antiguas. Él pensaba en Fermín, el hijo del jefazo romano, vestido no de blanco y escarlata, sino de dudas. ¿Habría corrido también? ¿Se habría enfrentado a su propio toro?
Uno cayó. Lo hirieron y no lo llevaron a la plaza. ¡No!, pobre montón de pelos no tendría aplausos, ni una muerte gloriosa. Iker desde una esquina; le veía sangrar.
—Mirad montón de pelos sin nombre, no os rindáis, seáis «ferme.»
Sintió entonces que San Fermín no era fiesta, sino rito. Y que no todos los heridos tienen escenario; algunos solo tienen silencio. 

EL TONEL

Víctor Fuertes Melón

Su padre era una botella y su madre la baraja. Los 7 de julio los contaba por cosechas y a sus hijos los atendía junto a la barra. El día que faltó hasta el alcalde dio aviso al no verlo frente al ayuntamiento. Con el chupinazo, lo encontraron flotando en un tonel buscando la copa que se le había ido al fondo. En su entierro, el cura no bebió la sangre de Cristo por respeto al difunto, de eso se encargaron los parroquianos, que lo honraron vaciando el tonel con la copa que buscaba. Todo fuera por vengarse del cruel asesino que le había arrebatado su última carrera por la calle Mercaderes. 

¡ALLÁ VOY!

Víctor Salgado Ferreiro

No he podido pegar ojo en toda la noche.

— ¡Descansa antes del encierro, chaval! La carrera será corta pero intensa –me aconsejó el socio más jaranero de mi peña, protagonista, a su vez, del Chupinazo de este año.

Aturdido por las charangas y el gentío, te sientes arropado y disimulas el miedo hasta que llega la noche. Entonces, con la oscuridad y el silencio, afloran las dudas: ¿Estaré a la altura?

Me han preparado a conciencia. Repaso mentalmente el recorrido. Muy rápido el primer tramo por Santo Domingo. Avistaré la calle Mercaderes al límite de mis fuerzas. Sentiré arder mi pecho sobre la calle Estafeta que conduce al callejón del coso taurino. Si me mantengo firme y aguanto la presión hasta el final, cuando vislumbre la Plaza de Toros de Pamplona, estallaré de gozo en mil pedazos.

No hay marcha atrás. Tiemblo imaginando a los morlacos siguiendo mi estela. Tengo seca la garganta y el pañuelo más rojo que nunca, incandescente. ¡Allá voy!

Son mis primeros Sanfermines. También serán los últimos. Pese a ello, no cambio este momento por nada del mundo. Pocos cohetes hemos tenido el honor de ser elegidos para anunciar el comienzo del primer encierro de San Fermín.