XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín


UNO A CERO

Werner Agazzi

-¿Che Pedro, así que estuviste en San Fermín?
-Si, si.
-¿Y cómo fue, corriste con los toros?
-Y claro boludo, no voy a irme desde Argentina hasta allá solo para mirarlos desde la tribuna.
-Tremenda locura habrá sido.
-Si, estábamos con un amigo uruguayo, zapatillas y pantalón largo blanco. Mientras esperábamos a que larguen los toros había un inglés loco que decía que iba a agarrar al toro por los cuernos.
-¿Y qué pasó?
-Nosotros no le creíamos,“Gringo loco” le decía el uruguayo. Pero el tipo nos decía golpeándose el pecho “I will do it, i will do it”.
-¿Y lo agarró nomas?
-Si, cuando largaron los toros corrimos y como a los 100 metros el inglés se para en el medio de la calle y trato de agarrar a un toro enorme y marrón, el toro le dió tremendo cabezazo que el inglés voló hasta la valla de madera del costado.
-Tremendo ¿Completaste la carrera?
-No, después de ver volar al inglés me agarró tal cagazo que en la curva después del ayuntamiento me subí de un salto a la valla. Con el miedo salte como superman.
-¿Y el uruguayo?
-El uruguayo si, en esa también nos ganaron.
-Uno a cero. 

NI EN SUEÑOS

Xabier Pita Nieto

Apreté mucho los ojos, y aparecí en medio de la calle, como caído del cielo. El sol salía tímido a lo lejos. Aunque todo el mundo echaba la mirada atrás, yo lo miraba de frente. No sabía en qué momento tenía que hacer lo mismo que ellos: empezar a correr. Me peiné la barba, y me apreté la faja.
Una masa borrosa de color blanco se movía a mi alrededor, unos saltaban y otros corrían en sprint. No entendía nada. Le di la mano a K. para no separarnos. Por mucho esfuerzo que hiciese seguía en la misma posición. Las piernas no me respondían. El mundo se había parado, no sé si durante diez segundos o durante diez años. Se me aceleró la respiración. Entonces, una bestia negra comenzó a acercarse. Me doblaba la altura. Enfoqué la vista y no era solo uno, había unos cuantos. Cada vez más cerca. El suelo vibraba.

Entonces respiré profundo… me llené los pulmones, y cuando quise correr más rápido, K. ya no me daba la mano, la almohada estaba en el suelo… y las sábanas en los pies. Se me caía hasta la baba. Creo que nunca más volveré a correr el encierro. Ni en sueños. 

ALCOHOL Y SALIVA

Xavier Anguera Correcher

La madrugada del último encierro de San Fermín, Patxi entró en el libro Guinness por sus méritos, batiendo el anterior récord de 2009, cuando de una sola sentada ingirió doce litros de diferentes alcoholes.

En un control de la Ertzaintza, a la salida de un puticlub muy frecuentado por altos cargos de #tuaminomehasvisto, le preguntaron si había bebido. Patxi, respondió muy respetuosamente: asdfiaidofoaeññasd feafddsald. Lo dejaron pasar porque no pudieron comprobar si era alérgico a las almendras saladas que, en La Conejita Discreta acostumbran a ofrecer a sus clientes.

Sin ánimo de tentar a la suerte, Patxi, que era un tipo bastante sensato, decidió dejar aparcado el camión en el descampado que hay detrás de la Conejita y pidió un taxi. —Por favor, ¿podrasdadfasdñfk acercñasdjfasd al aeroñsdfooiojil? Aitor, el taxista, hermano del párroco del pueblo, y muy aficionado a la ingesta de litros, le respondió: okasdfkjakdjfwe.

Al día siguiente, apareció una noticia un tanto desgarradora, a la vez que extraña: «Al lugar del siniestro acudieron tres dotaciones de bomberos, dos ambulancias y cuatro patrullas de la Ertzaintza.

Una de las patrullas, era la que no le hizo la prueba de alcohol porque creyó que se había intoxicado con las almendras de La Conejita Discreta». 

LA SOMBRA DEL MOZO EN LA CURVA DE MERCADERES

Yensy Pineda

Dicen que nadie lo vio llegar. Ni sombra, ni paso, ni aliento. Solo estaba allí, en la curva de Mercaderes, cuando el toro resopló más fuerte. Llevaba el pañuelo rojo, pero no sudaba. Camiseta blanca, sin mancha, en pleno fragor. Corría sin mirar atrás, como si llevara siglos huyendo.

Algunos juraron que les habló sin palabras, con los ojos. Otros, que lo vieron desvanecerse justo antes de la plaza. No hay fotos. Ni videos. Solo un hueco en la multitud, un segundo de silencio que nadie puede explicar.

Esa noche, en el hospital, un mozo herido preguntó por él. El médico le dijo que no había tal corredor. Que en la lista de heridos no había nadie con ese nombre.

Él me salvó, murmuró el herido. Me empujó a tiempo.

Los ancianos del barrio, con vino en mano, solo asienten. Cada generación tiene su sombra roja, dicen. Un alma que corre para los que aún no saben correr.

Y cuando el cohete suena, justo antes del estampido, alguien jura ver una figura en la curva, lista, firme, corriendo no por gloria, sino por los que aún no saben volver.