Textos participantes en I Certamen de Microrrelatos Sanfermin (IX)


–  Siete Meses  –  , Elena Bort

 Uno de enero. Empieza mal el año. Insultos, reniegos, portazos. Me da tanto miedo preguntarte si todavía me quieres.

Dos de febrero. En el baño encerrada. El agua corre y crees que mitiga tus risas a través del teléfono, esas que no compartes conmigo.

Tres de marzo. Las paredes de casa me devuelven el eco. Te has ido. Me odio por pensarte a cada minuto, cada segundo.

Cuatro de abril. Llueve. Le digo a Leo que me quedo en casa, otra vez. Me pregunto si estarás corriendo bajo la lluvia, dando saltitos, como sólo tú sabes.

Cinco de mayo. ¿Sabes? Te odio. Me repugnan tus saltitos y tus risitas. Espero que el polen intensifique la alergia y tus ojos terminen explotando. Sufre, María, sufre mucho.

Seis de Junio. En realidad tampoco la quería tanto. Con lo que disfruto yo del verano y ella siempre quejándose del sol, de las moscas y de ciento volando. No está mal estar solo en verano…

Siete de Julio, San Fermín. ¿Qué hago en casa en un día de fiesta? Me he lanzado a la calle y Leo me ha presentado a una tal Margarita. Las flores huelen a futuro, hoy empiezo una nueva vida.

  

–  Memorias de un divino  –  , Esteban Torres

 Correr corría como el primero. Todos los días hacía el trayecto del encierro sin perder de vista a los morlacos, a escasos centímetros de ellos, a veces rozando su testuz y su pelambre, muy pendiente de sus trayectorias, como debe ser: siempre avizor, siempre al límite de mi velocidad y de mi aguante. A veces hasta algún pastor me alcanzó con su vara para que corrigiese mi carrera y ni siquiera me enfadé: nada de insultos, ni de encararme con él, porque yo sabía que estaba haciendo su trabajo. Saltaba sobre los montones evitando pisar en las aceras a los mozos que resbalan, alcanzaba el coso y en la arena procuré siempre quitarme pronto de en medio, no estorbar a los dobladores. A menudo aparecía en los periódicos de cuerpo entero y en las imágenes de las retransmisiones ensalzaban mis maneras ortodoxas. Sin embargo, nunca me he sentido el centro de la fiesta como tantos otros que todos conocemos, el principal protagonista del encierro… Al final bebía para olvidar y refrescarme y tomaba algo de comer… ¡en los corrales!. No se puede hacer de otra manera, aunque divino, siendo un manso.

  

–  PAMPLONACENTRISMO, ROJO Y BLANCO EN NUEVE DÍAS.  –  , Xabier Luna

 Trescientos cincuenta y siete días y doce horas donde la vida es silencio al ritmo de los ecos del pobre de mí, donde mi alegría está en conserva a la espera de ser abierta, donde los colores sueñan con ser rojo y blanco por nueve días, donde una ciudad perdida en el mapa pasa a ser el Pamplonacentrismo ideológico de millones de navarros en adopción. Silencio son las doce, pum, no calléis, vibrar, que suene la música, que bailen los gigantes, que hondeen las pancartas, que el sol me dé en mi cara enferma de sonrisas y felicidad en  una olla a presión con forma de plaza de toros. Anúdame el pañuelo, pero fuerte, que no quiero perderlo, ayúdame, que empieza el encierro y no veo como Mercaderes abraza a seis toros y les empuja hasta el cielo, escúchame, que de verdad, no hay nada como esto. Qué me ocurre, por qué lloro, ¿es qué la felicidad dura sólo nueve días? Otra vez me despierto del sueño, más vale que tengo una vela para iluminar una escalera de trescientos cincuenta y siete peldaños, que me eleven hasta ti.

  

–  Mi cámara  –  , Javier Lasa

 Ya había conseguido un metro cuadrado a mi alrededor en la Plaza del Ayuntamiento. Cosa difícil vista la cantidad de gente que se sumaba al inicio de la Fiesta. Eran las 11.55 horas. Saqué mi videocámara Sony HDR recién comprada y me puse a grabar. De repente una marea humana me empujó. Aguanté el equilibrio en el primer asalto. Me cayó una lluvia de champán y otros productos que no supe identificar. Me agarré al hombro de un armario de metro noventa e intenté mantenerme erguido. De repente, ¡¡zasss!! Una chancleta se me escurrió. ¿Quién me mandaría venir a Pamplona con chancletas? Mi pie estuvo a punto de ser atravesado por un cristal de diez pulgadas. Pese a todo, no caí al suelo. Me mantenía suspendido por la multitud. La cámara lo estaba grabando todo. Bonito recuerdo para volver a Australia. La gente agitaba sus pañuelos rojos en el aire esperando al momento. ¡¡Puummm!! Todo el mundo empezó a saltar y a gritar. Yo también. Me miré a la mano derecha y ¡mi cámara! Busqué a mi alrededor y al fin la localicé, a 20 metros de mí y con la pantalla rota. ¡Horror! ¿Quién creería ahora mi historia?