XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
NOCHE EN EL RUEDO
Marian Pro Másfarner
«En la Plaza de Toros de Pamplona, los fantasmas de los toreros muertos bailaban en la oscuridad. Sus ojos brillaban en la noche de San Fermín. De repente, el sonido de los fuegos artificiales se convirtió en el rugido de los toros. Los fantasmas se desvanecieron, pero uno me susurró ‘Corre, mortal, corre'».
YO NO QUERÍA IR PERO… ME LIARON
Mariano Bravo Santamaría
Yo no quería ir y ni tan siquiera me tocaba ir pero tuve que cambiar mis vacaciones por la baja de un compañero. Me enviaron a cubrir las fiestas patronales de Pamplona.
Y allí estaba yo un seis de julio en la plaza del ayuntamiento «de punta en blanco» con mi «pañuelico rojo», mi fajín y mis zapatillas deportivas y con las tarjetas de memoria vacías, las baterías cargadas y con la funda de lluvia por si acaso.
Con cada fotografía me fui impregnando de lo que son estas fiestas. ¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!
Entre encierro y encierro, conciertos, desfiles, las danzas de los gigantones y de los cabezudos y a base de chocolate con churros, espárragos, chistorra, pimientos rellenos, croquetas y vino de la ribera fui sobreviviendo los días y las noches. El jolgorio recorría todas las calles desde el ensanche hasta el casco viejo.
Sin duda, fueron los ocho mejores días de mi vida. Lo peor fue cuando todo acabó y me tocó cantar ¡El pobre de mí!
— ¿Y qué tal fue el reportaje?
— Eso fue lo de menos. Lo entregaré y después me iré de vacaciones. El año que viene repetiré… ¡Si es que no me despiden!
EN EL ENCIERRO
Mariano Hernández Alonso
En el encierro:
Un río de personas sube por las estrechas calles de la parte vieja pamplonica. Se supone que la manada va envuelta entre ropas, colores y energía cinética desbordada.
Saltitos nerviosos, danza masái buscando los toros.
Me levanto con ímpetu mientras me apoyo en el mozo que está delante de mí.
Ahí están. Un rápido movimiento y me encastro entre dos divinos: corredores experimentadísimos que me miran con el rabillo del ojo. A mi costado, «Chascarrillo», morlaco de 600 kilos que corre como el diablo. Estoy demasiado pegado a él. La multitud me empuja, voy a mil, apoyo mi brazo en su lomo en perfecta simbiosis, voy deslizando mi mano; vuelo.
Me veo corriendo como una exhalación con mi mano rozando su cuarto trasero. Debo salir ya de la maraña de personas que me rodean. Lo intento, tropiezo, caigo; sus patas me pasan por encima, machacándome. Hecho un ovillo, ruedo hacia un lado y, en volandas, noto que me elevo.
Veo una cruz. ¿Ha llegado mi hora?
—No hay cornada, solo pisotones, unos puntos y listo. —
El médico de la Cruz Roja sonríe, y yo también.
Tendré una bonita cicatriz, recordatorio de ese momento en el que casi fui divino.
JOSE Y LOS TOROS
Mariela Cordova Robayo
Había una vez un joven de Pamplona de española belleza, José había nacido en la granja de su padre Eusebio que estaba preocupado porque no tenía una novia y pensaba solo en los toros. Su padre pensativo camina hacia la casa de Alicia su mejor amiga y recuerda que tiene una guapa sobrina; Alicia le presenta a María de largos cabellos negros.
Alicia le dice a Eusebio que es una fantástica idea que José se case con María, entonces Eusebio la invita a la magnífica fiesta de San Fermín y le conversa que el más grande de sus bovinos estará presente. Llego el gran día José estaba ya listo vestido con pantalones blancos, una camisa blanca y su tradicional pañuelo rojo. Su padre Eusebio, Alicia y María estaban sentados en el balcón; vestidos elegantes esperando ver pasar a José en la corrida. De repente aparece el gigantesco toro de grueso pelaje negro y raspando el pavimento, enojado con una mirada de terrible rabia comienza a correr por la rinconada y José valiente se para en enfrente del bravo toro y con sus fuertes cuernos lo lanza sobre los brazos de María y su padre Eusebio comenta: ¡José ya es hora!¡Te ha llegado el amor!.