XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
EL PRIMER ENCIERRO
Martín Sánchez Barba
El abuelo me levantó antes del alba. Tenía los ojos encendidos y el pañuelico ya al cuello.
—Hoy toca aprender a mirar, txiki.
Fuimos al vallado, entre la gente, con el olor a café, miedo y periódico mojado. Me alzó sobre sus hombros justo cuando sonó el primer cohete. No hablaba. Solo miraba, apretándome las piernas con las manos grandes.
Y entonces llegaron.
El ruido fue como una ola: pezuñas, gritos, madera que crujía. Vi a los corredores pasar como rayos. Algunos con miedo. Otros con los ojos en paz.
—¿Por qué corren, aitona?
—Por dentro, hijo. Corren por dentro.
No entendí, pero me gustó la frase.
Al acabar, me compró un churro, me limpió los dedos con su pañuelo, y me dijo al oído, como si fuera un secreto:
—El día que entiendas por qué se corre, te dejo correr.
Años después, sigo yendo con él al vallado. Ya no me sube a hombros. Pero a veces, entre el ruido y el calor, lo miro y creo que ya empiezo a entender. El miedo. El rito. La sangre. El hombre y el toro corren juntos, antiguos y sagrados, como si cada paso fuese la memoria misma de esta tierra latiendo bajo los pies.
«LA PROMESA NO DICHA»
Maytee Francys González Baró
Diez años atrás, en el bullicio de San Fermín, Luca, italiano de manos inquietas y mirada profunda, le ofreció a Ana una copa de vino tinto. Ella, española de risa fácil y elegante, lo aceptó sin saber que ese simple gesto marcaría su vida para siempre.
Desde entonces, cada julio, Ana volvía a Pamplona, buscándolo entre la multitud, como si su existencia dependiera de ello. Luca siempre aparecía, con su sonrisa torcida y su acento musical. Hablaban de casi todo—de sus países, de sus vidas, de sus anhelos—menos de lo único que Ana callaba.
Él nunca supo que ella guardaba cada momento como un tesoro: el roce casual de sus manos al correr del toro, su mirada bajo la lluvia en la Plaza del Castillo, la promesa no dicha de un «hasta mañana».
Este año, Luca llegó con una alianza en el dedo. Ana bebió su vino, sonrió y brindó por él. Al día siguiente, como siempre, desapareció entre la multitud.
Pero esta vez, Luca la siguió. La encontró frente a la estatua de Hemingway, llorando en silencio. «Te esperé todos estos años», susurró ella. Él, sin palabras, le tendió un billete de tren a Roma.
Ana lo tomó, y esta vez, no desapareció.
EL TESTIGO
Michael Grueso
Con el corazón trotando en el pecho, Nerea se levantó antes siquiera de que sonara el despertador. Quedaba poco y su cuerpo lo intuía. Por fin había llegado el momento, iba a recoger el testigo; lo había aplazado demasiado. De punta en blanco salió de casa tras anudarse un descolorido pañuelo de tonos rojizos.
La ciudad bramaba con el frescor del amanecer. De camino, cantó al Santo para sí misma. Iba sola, pero no estaba sola. Escuchó un cohete, luego cascos golpeando el empedrado. El primer morlaco asomó por una esquina, seguido de varios más.
Corrió guiada por la marabunta. Resbaló en la curva de la Estafeta. Conocía el riesgo y aun así cayó. «Novata», pensó. Apareció una mano salvadora cuando un asta le apuntaba por la espalda. De un brinco, se incorporó animada por los aplausos y apretó el ritmo huyendo del miedo.
El recorrido se convirtió en un embudo y el empedrado en arena. Se subió a la barrera junto al tendido 4: lo había logrado. Desanudó el centenario pañuelo de su cuello y lo agitó victoriosa en el aire. Allí aplaudían su abuelo y su padre; también lloraban. El pañuelo había vuelto al ruedo tras décadas de descanso.
CON(-)SECUENCIA DE LOS CUERNOS
Michael Parra
Durante las Fiestas de San Fermín, una mujer aprovecha el descuido de su esposo (amante de los toros) para verse a solas con otro hombre (amante de las casadas). El marido se detiene en medio del encierro, se da vuelta y encara sin titubear el impacto tan temido. En la televisión, anuncian que el pronóstico de la víctima de la feroz cornada en el cuello es reservado. La infiel, aún sofocada de amor, se lleva las manos al rostro al oír el nombre de su esposo en las noticias. El amante siente que ha dado la estocada final al cabrón que, poco después, ante la viralidad de los hechos, publicará un libro titulado: «La historia del (in)feliz cornudo que sobrevivió a una (in)mortal cornada», donde revelará, entre otros detalles: cómo un enceguecido por el (des)amor es capaz de enfrentar sus propios cuernos a los cuernos de un toro bravo, como quien se mira ante un espejo inmaculado.