XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
QUE SIGA LA FIESTA
Pablo Landa Boraita
Ha sido un año muy duro desde los pasados Sanfermines y aún no veo la luz al final del túnel.
Ya no soy un niño, y las lesiones y varias operaciones me han dejado muy lastrado.
Sé que no llego, que no me recuperaré a tiempo para poder correr el encierro, estoy seguro.
Posiblemente, jamás pueda volver a hacerlo, jamás volveré a sentir semejante sensación.
Tampoco podré entrar a la plaza del Ayuntamiento al Chupinazo, ni llegar a la plaza de toros bailando con las Peñas, ni tan siquiera ver a San Fermín en la procesión desde el balcón de mis tías en la calle Mayor, después de almorzar esa sangrecilla y ese ajoarriero inigualables.
Pero no estoy dispuesto a conformarme, lo veré en la televisión y lo sentiré en mis entrañas como si estuviera allí.
Porque cuando has vivido nuestra «Fiesta», y todas sus experiencias maravillosas, ya jamás te separarás de ella, por muchas lesiones que padezcas o muchos kilómetros que te separen de Pamplona.
Así que sí, estaré en la peña Irrintzi almorzando, en Santo Domingo corriendo, en las calles bailando y en la Estafeta poteando.
Aunque no me veas.
CONGOJA CRETENSE
Pablo Sahuquillo Barba
Paseaba por el casco viejo, sintiendo en la nuca un sol parejo al de mi patria mediterránea. No me frustran las callejuelas ni me agobian vuestros edificios estrechos; me he pasado la vida paseando entre muros encalados sin llegar nunca a ningún sitio. Diré más: estos trazados medievales aplacan mi nostalgia de isleño. Giré una esquina y mi mala vista me engañó, creí ver a un primo paterno corriendo tras un carterista. Quise correr, pero me entró flato. Me avergüenza confesar que, aparte de pasear, el único deporte que practico consiste en jugar con la comida. No pude descansar: un tipo parecido a otro primo por parte de madre me gritó que quien no corre vuela, así que eché a correr con él. Le intenté preguntar de qué huíamos, pero solo me salió un bufido; fue entonces cuando llegamos a la plaza: todos mis primos paternos, iracundos, embestían a los maternos, y ellos reían despreocupados, pellizcando sus traseros tras esquivarlos. Mi confusión rayó en locura, y no pude sino cornearme a mí mismo, mi alma dividida en dos partes enfrentadas. Dolorido y agotado, en esta tasca me halláis, consolándome con lingotazos de dulce pacharán. Julio en Pamplona no es agradable cuando eres el Minotauro.
DONDE PISA LA LUNA
Pablo Ottaviano
Lola bajó la cuesta Estafeta con el pañuelo al cuello y una flor detrás de la oreja. Tenía sesenta y tantos, o sesenta y pocos, según quién preguntara y con qué intención.
—¿Y tú no corres? —le gritó un chaval con más prisa que años.
—Corro desde que nací, majo. Pero yo elijo por qué.
Esa mañana, los toros pasaron como siempre: bramando, sudando, arrastrando algún valiente que confundía coraje con estampida. Lola los vio pasar desde el portal de la confitería, donde una vez conoció a un amor y, unos Sanfermines más tarde, lo olvidó con dignidad y helado.
Bailó con dos peñas, cantó mal y fuerte, regaló un cigarro a un francés guapo y se dejó invitar a un vermú.
Nadie supo decir si era una vecina, una leyenda o una santa apócrifa del barrio viejo. Solo que su risa sonaba a campanas y que su falda giraba como promesa.
Cuando cayó la noche, escribió con pintalabios en un espejo de bar:
“No todo en San Fermín corre.
Hay cosas que se quedan.
Como el deseo.
Como la luna.
Como nosotras.”
Y dejó su pañuelo colgado del pomo.
Para quien lo necesitara.
ÉL
Pablo Antonio Rangel Díaz
Es el inicio. Él tiene la boca cerrada, la barriga llena; prenderán fuego en su ano, y como asustado, como herido, saldrá disparado a todas partes. A lo lejos se vaciará con un fuerte eructo. El sonido alcanzará lomas y valles y los hombres sabrán entonces que la fiesta empezó.
Él no lo sabe, él no lo siente. Su sonoro escupitajo hará espantar a las aves, despelucará arbustos; rizará el pavimento, levantará en polvo el barro húmedo; hará izar manos sedientas, melodiosas, enamoradas. Hombres y mujeres correrán agitados, perseguidos. La música habitará. Habrá exceso de color, de sabor, de alegría. Él no lo sabe, él no lo siente porque es indiferente a la alegría de los hombres; porque su ardiente alma esta desprovista de contento. A nadie de aquellos que gritan le importa su muerte. Él no lo sabe, a él no le importa. Andrajoso caerá en viñedos, riachuelos, albercas. Desaparecerá y nadie se acordará siquiera de su ronco grito de muerte. La fiesta habrá empezado y él que la incitó reposará como un desperdicio en el agua, en la viña. Morirá. Su gélida alma atisbará desde la penumbra que pronto otro él estará atado a una catapulta con el culo en fuego.