XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
QUIZÁS, LA ÚLTIMA CARRERA
Miguel Angel Torres Abreu.
—¿Y Carlitos?
—Ahí está, cargando cuarenta años de estupidez.
—¿Ahora qué hace?
—Regresó de Santorini y va al encierro, en los Sanfermines, como siempre.
—¿Y eso es una estupidez?
—Nooo, eso no, claro que no.
Se escuchó una voz suave:
—Tómese el comprimido, Elena.
Estiró de repente la mano débil y sin contención muscular, pero con un imponente deseo que la volvió firme y potente: le agarró el culo a la gerontóloga. De inmediato salió andando con su silla de ruedas a toda velocidad, y detrás, la gerontóloga. Dobló por dentro en la esquina del pasillo y la gerontóloga tomó la parte exterior, rozándose a extremos con la pared y golpeándose contra el agarre de la puerta. La mujer, con sus años a cuestas, siguió sin mirar atrás. Abrió de un golpe la puerta y se vio en el centro de la terraza, rodeada de ancianos y familiares que, estupefactos, la miraban mudos, atónitos.
De repente, todos comenzaron a hablar y comentar: la anciana con la gerontóloga, su tema. Elena miró al cielo ocre, que, salpicado de azul y matices claros, era un espectáculo. Se estiró la pañoleta roja que llevaba en el cuello. Respiró suave, aliviada, mientras su perseguidora resoplaba bajo su mirada.
CÓMO CONOCÍ A VUESTRA MADRE
Miguel ángel Sánchez De La Guía
Pañuelo rojo, camisa blanca, bajaba la calle como un ángel que volase a toda velocidad.
Yo, temeroso pero decidido, no hubiese cambiado nada de ese momento, estar allí era todo lo que quería, y eso que bien podría acabar corneado… merecía la pena.
El cornópeta pasó como mole de carne negra, elegante y salvaje, único, rozándome con su asta. Gritos de los espectadores, pisadas de los corredores y Pamplona siendo, un año más, única, irrepetible, inimitable.
De repente ella, que no despegaba la mirada del astado, se precipitó contra mi y chocamos.
Un toro nos había unido, ella, sobre mi, sonrió, y allí fue cuando yo me enamoré
Desde entonces, jamás nos separamos, y todos los años vamos, juntos, a los San Fermines.
Y así, hijos, fue como conocí a vuestra madre.
NO FUE UN VIAJE CUALQUIERA
Miguel ángel Esquembre González
Se estaba hartando de preguntar. Su castellano no era muy fluido y las personas tampoco hablaban despacio. Su esposa le miraba desconcertada. Por un segundo, se arrepintió de convencerla para venir desde París.
Cuando había perdido la esperanza y el sudor chorreaba por su frente, divisó su destino, el lugar donde iban a hospedarse. La miró y, por fin, después de muchas horas, vio a su mujer sonreír, aunque fuera forzadamente. Las maletas pesaban, y otra vuelta más por aquel laberinto de calles, esquivando al gentío de Pamplona, hubiera tenido consecuencias imprevisibles.
Cuando se dispuso a entrar, se encontró la puerta cerrada. Su mujer le advirtió de una pequeña nota pegada al cristal: “Vuelvo en un rato”.
El mensaje le hirió igual que el fuego de aquel mortero en la guerra hacía un lustro. Su rodilla parecía resentirse. Tradujo cariacontecido. La interpretación de “un rato”, en la costumbre española, podría equivaler a una horquilla entre veinte minutos y horas…
Aquel hombre alto, apuesto, de ojos marrones y mejillas rosadas, tal vez no hubiera blasfemado tanto, si hubiera sabido que, decenas de años después, su figura sería de las más reconocibles en las tiendas de souvenirs, por una fiesta que estaba a punto de sorprenderle.
OBSESIÓN EN ROJO Y BLANCO
Miguel ángel José Segurado
Eran las ocho menos cinco de la mañana del 7 de julio y un gentío convulsionado esperaba la suelta de toros; yo estaba ahí con mi boina roja y vestido de blanco, participando de la encerrona. Era un sueño que realizaría ese día cueste lo que cueste. Desde pequeño tuve esa obsesión con la Fiesta de San Fermín.
Miré nuevamente el reloj, las manecillas daban las ocho y la suelta fue tan puntual que al volver la vista, una docena de toros se abalanzaron sobre mí. Bufidos desgarradores me horadaban los oídos. El miedo paralizó mis piernas.
Un viejo hombre que venía corriendo, palmeándome la espalda, dijo que corriera lo más rápido que pueda; los bufidos eran cada vez más cercanos… No sé qué pasó, un fuerte golpe en la cabeza me hizo perder el sentido y, un dolor punzante me atravesó el hombro… Escuché una voz, era ese hombre preguntándome cómo me sentía, porque que un gran toro me había llevado por delante. La cabeza me estallaba y en la rodilla derecha tenía un corte; me tomé el hombro, estaba salido de lugar y en esos momentos de profundo dolor, deseé ser pequeño nuevamente, pero sin obsesiones.