XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

QUIZÁS, LA ÚLTIMA CARRERA

Miguel Angel Torres Abreu.

—¿Y Carlitos?
—Ahí está, cargando cuarenta años de estupidez.
—¿Ahora qué hace?
—Regresó de Santorini y va al encierro, en los Sanfermines, como siempre.
—¿Y eso es una estupidez?
—Nooo, eso no, claro que no.

Se escuchó una voz suave:

—Tómese el comprimido, Elena.

Estiró de repente la mano débil y sin contención muscular, pero con un imponente deseo que la volvió firme y potente: le agarró el culo a la gerontóloga. De inmediato salió andando con su silla de ruedas a toda velocidad, y detrás, la gerontóloga. Dobló por dentro en la esquina del pasillo y la gerontóloga tomó la parte exterior, rozándose a extremos con la pared y golpeándose contra el agarre de la puerta. La mujer, con sus años a cuestas, siguió sin mirar atrás. Abrió de un golpe la puerta y se vio en el centro de la terraza, rodeada de ancianos y familiares que, estupefactos, la miraban mudos, atónitos.

De repente, todos comenzaron a hablar y comentar: la anciana con la gerontóloga, su tema. Elena miró al cielo ocre, que, salpicado de azul y matices claros, era un espectáculo. Se estiró la pañoleta roja que llevaba en el cuello. Respiró suave, aliviada, mientras su perseguidora resoplaba bajo su mirada.
 

CÓMO CONOCÍ A VUESTRA MADRE

Miguel ángel Sánchez De La Guía

Pañuelo rojo, camisa blanca, bajaba la calle como un ángel que volase a toda velocidad.
Yo, temeroso pero decidido, no hubiese cambiado nada de ese momento, estar allí era todo lo que quería, y eso que bien podría acabar corneado… merecía la pena.
El cornópeta pasó como mole de carne negra, elegante y salvaje, único, rozándome con su asta. Gritos de los espectadores, pisadas de los corredores y Pamplona siendo, un año más, única, irrepetible, inimitable.
De repente ella, que no despegaba la mirada del astado, se precipitó contra mi y chocamos.
Un toro nos había unido, ella, sobre mi, sonrió, y allí fue cuando yo me enamoré
Desde entonces, jamás nos separamos, y todos los años vamos, juntos, a los San Fermines.
Y así, hijos, fue como conocí a vuestra madre. 

NO FUE UN VIAJE CUALQUIERA

Miguel ángel Esquembre González

Se estaba hartando de preguntar. Su castellano no era muy fluido y las personas tampoco hablaban despacio. Su esposa le miraba desconcertada. Por un segundo, se arrepintió de convencerla para venir desde París.
Cuando había perdido la esperanza y el sudor chorreaba por su frente, divisó su destino, el lugar donde iban a hospedarse. La miró y, por fin, después de muchas horas, vio a su mujer sonreír, aunque fuera forzadamente. Las maletas pesaban, y otra vuelta más por aquel laberinto de calles, esquivando al gentío de Pamplona, hubiera tenido consecuencias imprevisibles.
Cuando se dispuso a entrar, se encontró la puerta cerrada. Su mujer le advirtió de una pequeña nota pegada al cristal: “Vuelvo en un rato”.
El mensaje le hirió igual que el fuego de aquel mortero en la guerra hacía un lustro. Su rodilla parecía resentirse. Tradujo cariacontecido. La interpretación de “un rato”, en la costumbre española, podría equivaler a una horquilla entre veinte minutos y horas…
Aquel hombre alto, apuesto, de ojos marrones y mejillas rosadas, tal vez no hubiera blasfemado tanto, si hubiera sabido que, decenas de años después, su figura sería de las más reconocibles en las tiendas de souvenirs, por una fiesta que estaba a punto de sorprenderle. 

OBSESIÓN EN ROJO Y BLANCO

Miguel ángel José Segurado

Eran las ocho menos cinco de la mañana del 7 de julio y un gentío convulsionado esperaba la suelta de toros; yo estaba ahí con mi boina roja y vestido de blanco, participando de la encerrona. Era un sueño que realizaría ese día cueste lo que cueste. Desde pequeño tuve esa obsesión con la Fiesta de San Fermín.
Miré nuevamente el reloj, las manecillas daban las ocho y la suelta fue tan puntual que al volver la vista, una docena de toros se abalanzaron sobre mí. Bufidos desgarradores me horadaban los oídos. El miedo paralizó mis piernas.
Un viejo hombre que venía corriendo, palmeándome la espalda, dijo que corriera lo más rápido que pueda; los bufidos eran cada vez más cercanos… No sé qué pasó, un fuerte golpe en la cabeza me hizo perder el sentido y, un dolor punzante me atravesó el hombro… Escuché una voz, era ese hombre preguntándome cómo me sentía, porque que un gran toro me había llevado por delante. La cabeza me estallaba y en la rodilla derecha tenía un corte; me tomé el hombro, estaba salido de lugar y en esos momentos de profundo dolor, deseé ser pequeño nuevamente, pero sin obsesiones.
 


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TODO POR UN BESO. O NO.

Miguel ángel Herrero Jiménez

Me desperté o la culpa me despertó. Moví la cabeza buscando… Miré en la mesilla, en la lámpara, en la cama, debajo de la cama, en el suelo, entre la ropa, en el baño y, nada, no estaba. Me toqué el cuello. No estaba.
No sé cómo se sienten los traidores, pero tiene que ser algo parecido a lo que me pasa.
Empecé a sudar.
Soy idiota me repetía. Cómo he podido cambiar mi pañuelo de Patata por un beso de la Sita Nerea?
Qué les digo a mi hermano y a mis padres? Qué les digo a mis compañeros de primaria? Me dirán que soy un pelota, un vendido a la Profe.
Y a Patata, cómo se lo cuento a Patata?
Ya nunca más tendré Sanfermines. Todos los años a Salou… Extraditado por traidor.
Sin poder mirar a los ojos a nadie.
La oveja negra de la familia…
Con seis años y el Amor ya me ha destrozado la Fiesta.
Pero que puedo hacer si soy tan enamoradizo…
A ver si el Capotillo ese me echa una mano. Seguro que no está todo perdido.
 

SUERTE Y AL TORO

Miguel ángel Moreno Cañizares

Se espabiló con los sonidos del tráfico matinal que, como cada día, identificaba a la gente yendo de un lugar a otro. Bostezó en el asiento varias veces y alargó la mano hacia el salpicadero en busca del primer cigarrillo. Fumar en ayunas es malísimo, admitía, pero sabe distinto al resto del paquete. Ya aparcado, bajó del vehículo y abrió el maletero, donde guardaba la ropa más o menos limpia. Volvió a entrar por la parte de atrás y se cambió para la ocasión, es decir, para el encierro. “Puta vida”, repetía a cada momento.
Separado de su mujer, despedido de la agencia de viajes y desahuciado de la vivienda donde conoció tiempos mejores, creía tener motivos para quejarse. Sin hijos —los análisis demostraron su esterilidad— ni padres, se sentía un ser desdichado. “Éramos un matrimonio, joder”. Sólo correr los sanfermines podrían alegrarle este desdichado año.
La mirada de aquel Jandilla centró su atención durante unos segundos. No le quitaba ojo. Bravucón, se volvió hacia él con cara de pocos amigos. “¿Qué miras tanto?”, le embistió a gritos. El astado le volteó con ganas en la Estafeta. Apenas tuvo tiempo de decir dos palabras antes de perder el conocimiento. “Puta vida”, balbuceó.

 

EL CORREDOR DEL ALBA MUERTA

Miguel ángel Bolaños Vela

Pamplona, cae la blanquísima nieve, aunque el calendario jura que es julio.
Los relojes, ciegos de tiempo, tienen las agujas clavadas a las seis con seis minutos.
En lo alto del monte Iruñaga, donde no queda piedra que recuerde la catedral, se alza un castillo que nunca debió construirse: la Casa de los Ocho Ecos.
Allí, cada siete años, durante las “Fiestas de San Fermín”, la sangre ya no corre en las calles, sino dentro de los muros encantados. No hay toros. Ahora corren los penitentes.
Van descalzos, cubiertos con túnicas blancas marcadas por cruces negras, y en sus espaldas, tallado a fuego, el nombre de algún ancestro olvidado.
Corren por pasillos de mármol helado, mientras las campanas que no existen repican dentro de sus sienes.
Los que caen no gritan.
Los que sobreviven no recuerdan.
El último corredor alcanza el salón sin ventanas, donde un reloj detenido lo espera desde antes de su nacimiento.
Al posar su mano sobre la esfera, una gota de sangre cae, sin ruido, sobre la nieve del mármol.
Entonces aquella máquina despierta. El año comienza de nuevo. Pero sólo dentro del castillo.
Fuera, el invierno sigue esperando.
Y los relojes… siguen muertos. 

EL ÚLTIMO ENCIERRO

Miguel Angel Sánchez Romero

La calle olía a humedad y esperanza. Mientras Ramón, en un bar de Estafeta, movía el cortado caliente con mano temblorosa. Su nieto, asomado a la puerta esperaba ansioso el penúltimo aviso para ayudar a su abuelo a ver el encierro. A sus ochenta y tres años, por fin estaba allí. La vida no se lo había permitido hasta entonces.
El último cohete estalló. La multitud vibró, y él cerró los ojos. En el silencio entre explosión y griterío, volvió a tener veinte años: imaginó correr, esquivar pezuñas, reírse del miedo. Pero sus rodillas, gastadas como monedas viejas, le recordaron la verdad. Avanzó lentamente hacia la puerta, apoyado en su bastón, mientras las sombras veloces pasaban como relámpagos a su lado.
Alguien le gritó: «¡Ánimo, abuelo!». Ramón sonrió. No eran lágrimas lo que mojaban su pañuelo al ver los blancos trajes teñirse de rojo. Era el peso de una vida entera esperando para sentir, aunque fuera una vez, ese vértigo de estar vivo.
Cuando el último toro pasó por Estafeta, en la calle, recogió una faja caída de algún mozo. La guardó en su bolso, junto a las pastillas para el corazón.
Pamplona siguió rugiendo, pero él ya se llevaba lo suyo. 


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ENCIERRO

Miguel Salvador Muñoz

A principios de julio hay reuniones clandestinas en la habitación de Aimar, el cabecilla. Algunos agudizan el oído, otros aumentan el volumen del sonotone.
En el día “H”, se levantan temprano; la emoción se puede palpar, abrazar.
Cierran las puertas y dejan a Virtudes como encargada de abrirlas; es mucha responsabilidad y está nerviosa.
Mateo saca su corneta y lanza un solo al viento. Es la llamada a zafarrancho: todos sin excepción empiezan a gritar y golpear las mesas, sillas y vajilla varia. La plantilla sale asustada y se agolpa tras la puerta que Virtudes custodia. Tonet suelta un petardo; es la ansiada señal. El portón se abre.
Enfermeros, celadores y terapeutas salen en tromba detrás de los mozos y mozas —84 años de media—. En la curva del pasillo entre las habitaciones 125 y 213, un par de enfermeros se va al suelo. Las carreras son memorables hasta llegar al centro del comedor.

El informe médico es desolador: tres prótesis para reparar, una cadera y dos muñecas rotas. Pero como bien colateral, Fermín, que llevaba nueve años de un triste mutismo, exclamó emocionado.
—Cuidado con el morlaco de gafas.
Y su mente, que andaba perdida en el recuerdo, volvió a la vida.

 

EL ÚLTIMO TROFEO

Miguel Ruiz López

Íñigo se levantó con esfuerzo. No había pegado ojo en toda la noche.
Como cada año, se puso los pantalones y la camisa blanca, anudó el pañuelo rojo al cuello y se ciñó la faja. Pero aquella vez era distinto.
Bajó las escaleras. En la cocina le esperaban café, pan y algo de chistorra. Pasó de largo: los nervios bloqueaban su apetito.
Para darse ánimos, se dirigió al salón. Allí, alineados con orgullo, colgaban los recuerdos de sus hazañas pasadas.
En un cuadro aparecía él mismo examinando la dentadura del caballo que le habían regalado. Otra fotografía captaba el momento en que, pública y solemnemente, había pedido peras a un viejo olmo.
La lista era interminable: su excursión por los cerros de Úbeda, la sesión de fritura de espárragos, aquella cuchara de palo que le regaló al herrero del vecindario… Y aún quedaba mucho por hacer.
Porque sí, Íñigo era un cazador de refranes y frases hechas. La literalidad era su obsesión.
Salió de casa y se dirigió a la Cuesta de Santo Domingo con paso firme. Estaba decidido. Tocaba coger al toro por los cuernos.
Y quizá también le pillaría el toro. 

LA LEYENDA

Miguel Alfredo Quispe Perez

Por más que lo intenta, el coyote nunca atrapa al correcaminos, es un dilema; es como yo, que ahora intento colocar en el cuerno del toro a mi costado, un candado; uno donde dice la leyenda, que, si lo hago, el amor con mi novia seria próspero y duradero.
Y, por eso, vengo aquí cada año a los festejos, al San Fermín, en Pamplona.
Atraído preferiblemente por esa leyenda, he esperado al sonido del cohete para prepararme para la corrida. Ya habiendo libado tanto vino que mi sangre es solo uva, ahora ya es hora de demostrar que puedo. Así que, teniendo ya al toro a mi costado, como les refiero de nuevo, he querido, pero no he podido, engastar el candado de plata que quise en el cuerno del toro. Al contrario, en un resbalón que me di, su cuerno cruzó mi pecho; y con la fuerza, caí, y me quedé sin aire.
Todavía quise colocar en el siguiente toro el candado con el nombre de los dos, escrito con mi sangre.
No… nuestro amor, no sería duradero.
Es más, acabo en ese momento.
 

YAIZA

Miguel ángel Calvo Dueñas

Dentro de la biodiversidad de este complejo ecosistema festivo, llama la atención la belleza irrepetible de una princesa guanche. En el plató de televisión al que ha sido invitada, aprovecha para enviar un saludo a su madre. Cada mañana —con la complicidad de San Fermín— eleva una súplica a la Virgen de Candelaria para que proteja a su hija. Entrevistador y entrevistada revisan detenidamente las imágenes del último encierro. Hoy ha tenido la fortuna de protagonizar la carrera más vistosa. Gracias a los más veteranos, ha aprendido dónde colocarse y qué no debe hacer. Aunque ella puede presumir de sus cualidades como atleta, sabe que en Pamplona no solo se corre con los pies. En su cabeza, arrojo y sensatez flirtean sin quebrantar un equilibrio armonioso. Su interlocutor le pregunta qué motivo puede empujar a una hermosa isleña a subirse a un avión para terminar corriendo en mitad de Estafeta. Con algunos involuntarios gestos de sus manos, Yaiza procura distraer ese breve silencio que precede a su respuesta. Tímidamente, una frase vacilante termina por abrirse camino reclamando su espacio. Mientras, él se sumerge en el abismo de aquella mirada azul buscando la solución a un enigma que ni ella misma parece capaz de encontrar. 


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EL PRIMER ENCIERRO

Martín Sánchez Barba

El abuelo me levantó antes del alba. Tenía los ojos encendidos y el pañuelico ya al cuello.
—Hoy toca aprender a mirar, txiki.
Fuimos al vallado, entre la gente, con el olor a café, miedo y periódico mojado. Me alzó sobre sus hombros justo cuando sonó el primer cohete. No hablaba. Solo miraba, apretándome las piernas con las manos grandes.
Y entonces llegaron.
El ruido fue como una ola: pezuñas, gritos, madera que crujía. Vi a los corredores pasar como rayos. Algunos con miedo. Otros con los ojos en paz.
—¿Por qué corren, aitona?
—Por dentro, hijo. Corren por dentro.
No entendí, pero me gustó la frase.
Al acabar, me compró un churro, me limpió los dedos con su pañuelo, y me dijo al oído, como si fuera un secreto:
—El día que entiendas por qué se corre, te dejo correr.
Años después, sigo yendo con él al vallado. Ya no me sube a hombros. Pero a veces, entre el ruido y el calor, lo miro y creo que ya empiezo a entender. El miedo. El rito. La sangre. El hombre y el toro corren juntos, antiguos y sagrados, como si cada paso fuese la memoria misma de esta tierra latiendo bajo los pies. 

«LA PROMESA NO DICHA»

Maytee Francys González Baró

Diez años atrás, en el bullicio de San Fermín, Luca, italiano de manos inquietas y mirada profunda, le ofreció a Ana una copa de vino tinto. Ella, española de risa fácil y elegante, lo aceptó sin saber que ese simple gesto marcaría su vida para siempre.

Desde entonces, cada julio, Ana volvía a Pamplona, buscándolo entre la multitud, como si su existencia dependiera de ello. Luca siempre aparecía, con su sonrisa torcida y su acento musical. Hablaban de casi todo—de sus países, de sus vidas, de sus anhelos—menos de lo único que Ana callaba.

Él nunca supo que ella guardaba cada momento como un tesoro: el roce casual de sus manos al correr del toro, su mirada bajo la lluvia en la Plaza del Castillo, la promesa no dicha de un «hasta mañana».

Este año, Luca llegó con una alianza en el dedo. Ana bebió su vino, sonrió y brindó por él. Al día siguiente, como siempre, desapareció entre la multitud.

Pero esta vez, Luca la siguió. La encontró frente a la estatua de Hemingway, llorando en silencio. «Te esperé todos estos años», susurró ella. Él, sin palabras, le tendió un billete de tren a Roma.

Ana lo tomó, y esta vez, no desapareció. 

EL TESTIGO

Michael Grueso

Con el corazón trotando en el pecho, Nerea se levantó antes siquiera de que sonara el despertador. Quedaba poco y su cuerpo lo intuía. Por fin había llegado el momento, iba a recoger el testigo; lo había aplazado demasiado. De punta en blanco salió de casa tras anudarse un descolorido pañuelo de tonos rojizos.
La ciudad bramaba con el frescor del amanecer. De camino, cantó al Santo para sí misma. Iba sola, pero no estaba sola. Escuchó un cohete, luego cascos golpeando el empedrado. El primer morlaco asomó por una esquina, seguido de varios más.
Corrió guiada por la marabunta. Resbaló en la curva de la Estafeta. Conocía el riesgo y aun así cayó. «Novata», pensó. Apareció una mano salvadora cuando un asta le apuntaba por la espalda. De un brinco, se incorporó animada por los aplausos y apretó el ritmo huyendo del miedo.
El recorrido se convirtió en un embudo y el empedrado en arena. Se subió a la barrera junto al tendido 4: lo había logrado. Desanudó el centenario pañuelo de su cuello y lo agitó victoriosa en el aire. Allí aplaudían su abuelo y su padre; también lloraban. El pañuelo había vuelto al ruedo tras décadas de descanso.
 

CON(-)SECUENCIA DE LOS CUERNOS

Michael Parra

Durante las Fiestas de San Fermín, una mujer aprovecha el descuido de su esposo (amante de los toros) para verse a solas con otro hombre (amante de las casadas). El marido se detiene en medio del encierro, se da vuelta y encara sin titubear el impacto tan temido. En la televisión, anuncian que el pronóstico de la víctima de la feroz cornada en el cuello es reservado. La infiel, aún sofocada de amor, se lleva las manos al rostro al oír el nombre de su esposo en las noticias. El amante siente que ha dado la estocada final al cabrón que, poco después, ante la viralidad de los hechos, publicará un libro titulado: «La historia del (in)feliz cornudo que sobrevivió a una (in)mortal cornada», donde revelará, entre otros detalles: cómo un enceguecido por el (des)amor es capaz de enfrentar sus propios cuernos a los cuernos de un toro bravo, como quien se mira ante un espejo inmaculado. 


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LOS DÍAS EXTRAÑOS.

Marta Fernandez Galilea

Hoy es un día extraño. Es 6 de julio, pero en Santiago de Chile, es invierno.
Salgo de casa. Como cada día saludo a la portera. Ella se sonroja. Desde que dejé mi Pamplona natal, cada mañana, no puedo evitar canturrear la canción de Amaral. Hoy, no estoy para cánticos.
Dejo el metro y llego a la oficina. Mi vista se nubla, todo da vueltas y el mundo se para. Abro los ojos, estoy alucinando, pero no cabe duda, esto es, ¡Pamplona!. Voy vestido de blanco con la faja roja y el pañuelo en la muñeca, entiendo que sigue siendo 6 de julio, pero aún no son las 12.
Oigo un ruido ensordecedor, es el clamor de miles de personas esperando el chupinazo. Me dejo llevar por la corriente hasta la plaza del ayuntamiento. Empujones, agobio, mis pies no tocan el suelo. La plaza enloquece, pañuelos en alto, se escucha el cohete y se desata el éxtasis, mi alma no puede contener la emoción y una lágrima silenciosa recorre mi mejilla.
De repente, vuelvo a sentirme mareado, cierro los y escucho ―Don Pablo, ¿se encuentra usted bien?. ― Si, pase, pase Don Arturo, sí, estoy… acabo de… no sé, hoy es un día extraño.
 

CAMBIOS DE PERSPECTIVA

Marta Calvo Espias

Vengo porque mi pareja es de aquí, pero yo soy de una isla, donde el mayor peligro es que te piquen las medusas o tropezar por la montaña.

Pero aquí estoy. El aire huele a sudor, nervios y esperanza. Rodeada de desconocidos vestidos de blanco y rojo, siento cómo el corazón me late con fuerza. Es mi primer encierro de San Fermín.

¡Pum!

El chupinazo suena y la marabunta sale corriendo. Yo también. El ruido de los cascos sobre los adoquines se acerca como una tormenta. Apenas escucho los gritos: mis pulsaciones lo invaden todo. Y de pronto, —¡tras!— caigo al suelo. El mundo se detiene. Un corredor desconocido y mi pareja, sin mirarme, me levantan en volandas. Seguimos corriendo como si la vida dependiera de ello. Bueno, quizás sí lo hace.

Cuando por fin llegamos a la plaza, el rugido del público me envuelve como un manto. He sobrevivido.

Sé que solo han sido unos minutos, pero esto… me ha cambiado. No es solo correr delante de los toros. Es enfrentarse al miedo, confiar en extraños, sentirte parte de algo más grande.

Más tarde, mientras bailábamos con los gigantes y el cielo se iluminaba con los fuegos artificiales, supe que volvería.
 

SENTIR

Marta Gutierrez Serrano

Calor: del sol, que es vida, luz, que acompaña, que impregna de impulso a las fiestas, calor de la gente, la familia, los amigos, calor que te envuelve, que te acoge, sin duda.
Color: blanco y rojo, en la vestimenta de la gente, en el chupinazo, en el manto del santo.
Reencuentro: con amigos, con familia, contigo mismo, con tus dudas, miedos y raíces.
Pasión: por la fiesta, por la tradición, por lo propio y por la tierra.
Sangre: en el ruedo, brillante, descarnada, sinuosa por el lomo del astado, a veces sangre del torero, el precio del éxito.
Devoción: por San Fermín, santo y sentimiento religioso que lo inunda todo y a todos.
Valor: frente a los astados, por la mañana en la carrera.
Oler: al campo, al miedo, al sudor.
Oir: el chupinazo, los canticos, las pezuñas sobre el asfalto.
Sentir: el aliento del toro, las astas que empujan, que buscan la carne.
Tocar: la piel áspera: negra, cárdena, zahína, las astas, la cadena de la virgen en tu cuello, la delicada piel de tu hijo que aún duerme tranquilo.
Mirar: el cielo, las casas, el vallado, las caras amigas.
Reir, Cantar, Soñar, Esperar, 365 días para hasta aquí llegar. 

LA HERENCIA

Martín Irurueta González

En algún momento se torció todo. Quizás fue cuando el abuelo Gorka me dejó, como
quien pasa una antorcha, su pañuelo rojo y sus zapatillas gastadas de correr encierros.
—Ahora te toca a ti, —dijo.
Yo tenía trece años, miedo escénico y una alergia declarada a las multitudes. Pero él
insistía en que es importante curtir el corazón a fuerza de sustos. ¡Y los toros eran
sagrados!
Este año mis primos me arrastraron a Pamplona. Y ahí estaba yo, en la curva de
Mercaderes, rezándole a un santo que no conocía. Cuando sonó el cohete pensé…
—¡Este es el final, y ni siquiera he besado a Amaia!
¡Qué ironía! Morir en una fiesta y sin amor. Pero no morí. Corrí. Mejor de lo que
pensaba. Incluso me adelanté a uno de los Miuras. ¡Amaia me abrazó como si volviera
de la guerra! Vi como el abuelo lloraba silenciosamente, escondido tras sus gafas
oscuras.
—Ahora sí que eres un hombre —dijo.
Yo asentí confundido, aunque no le dije la verdad… Porque en realidad fui el único que
corrió en dirección contraria, y que ese Miura era un toro mecánico del desfile infantil.
Pero, en fin, hay herencias que se deben honrar…. Aunque sea con trampas.