XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

DESPERTARES

Montserrat Velasco Arroniz

Cogí el avión en el último minuto, después de nueve horas aterrizamos y me dirigí rápidamente hacia un taxi, eran las 11:15 tenía que darme prisa si quería llegar a tiempo. Ya en el hotel y trás dar mis datos al recepcionista me adjudicó una habitación en la sexta planta, miré al ascensor y vi con angustia que había mucha gente, no puedo esperar-pensé- y opté por las escaleras,. Yo quería correr pero las piernas me pesaban. Miré el reloj, las 11.45. El corazón me latía con fuerza. Llegué exhauta a la habitación. Me vestí con la ropa blanca que llevaba en la maleta y salí a la calle, me adentré en el bullicio de gente que con albarabía y nerviosismo iban y venían en todas las direcciones. Miré el reloj, las 11.55, si corro un poco…pero mis piernas eran dos losas imposibles de mover. Miré el reloj, las 12.00, todavía me faltaban unos metros para alcanzar la plaza cuando escuché el estruendoso cohete. ¡No he podido llegar! Poco a poco mi cabeza fue despejándose…Era el sonido del despertador…Entonces recordé el titular que había leido «Se suspenden los Sanfermines». 

UN POCO DE SENTIDO COMÚN, ERNEST.

Marcelo López Viñuales

14-07- 2021 Por una temible pandemia, no fue posible celebrar San Fermín 2020. El Santo no pudo echar su celebre capote. Hubo mucha tristeza. En cambio, este año hay doble alegría, regocijo, diversión y alguna torpeza.

7:55:00 Suenan los cánticos previos:
“A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro, dándonos su bendición”.

8:01:00 En la calle Estafeta, Ernest Mutonto, joven afroamericano, a codazos, abre paso entre la vorágine de corredores. A medio metro del morlaco que encabeza la manada, hace un selfie para dejar constancia.

8:00:01 Un segundo después recibe una grave cornada donde la espalda pierde su nombre. Además: Es pisoteado por toros y cabestros.

8:15:00 Suena una sirena. Una ambulancia conduce a Ernest a una clínica cercana. Un segundo selfie con la enfermera. Parte médico: Traumatismo craneal. Profunda incisión rectal. Pronóstico muy grave.

19:00:00 Mientras en el coso taurino suenan los olés del público: Ernest, entra en quirófano debido a una severa complicación.

24:00:00 Desde el tanatorio “Dulces sueños”, donde ha sido trasladado, los amigos de Ernest hacen, como despedida, un selfie grupal junto al ataúd. En la calle suena con tristeza: “Pobre de mí, pobre de mí. Se acaban las fiestas de San Fermín”.
 


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

MEMORIAS DE SAN FERMÍN

Gabriel Arencibia Perera

Recuerdo la primera vez que participe en las fiestas de San Fermín. Desde la infancia, siempre tuve la impresión de que los corredores en estas fiestas eran tan fuertes y valientes como lo podrían llegar a ser los toros. Por lo que, quería ser como uno de ellos. El ambiente era alborotado, lleno de voces festejando y gente empujándose entre sí para ocupar los primeros puestos. Desde luego, la emoción de estar al frente, en primera línea, es equiparable a los atletas que participan en ella.
Aquella mañana estaba preparado para salir a correr y no me esperaba chocarme con la espalda de uno de los participantes más veterano. Fue un golpe inesperado. Me dejo aturdido durante unos instantes y con la vista nublada. Cuando recupere la conciencia, gire hacia un lado, tratando de esquivar los empujones de los demás. Una vez estuve en la barandilla del camino, una periodista se acercó a mí con su micrófono de la televisión preguntándome si me encontraba bien. ¿Qué porqué hacia esta locura? No recuerdo con claridad todos los detalles del encuentro. Pero sé que le regalé mi lazo rojo y le respondí… Amo la adrenalina por mis venas.
 

¿QUIÉN ERES?

Marcos Sánchez Mongay

Por mucho que la mira, no reconoce a la persona que el espejo le devuelve.
–¿Quién eres? –pregunta.
–Soy los abrazos y los besos prohibidos. El alarde mudo. El riau-riau sin quien lo cante. La partitura doblada de la charanga. Soy las ocho de la mañana en las que nada sucede, ni gloria, ni sangre. Soy la calle huérfana del santo, las lágrimas que no nacerán por él y la jota imposible. Soy un plato vacío. Los cubiertos en el cajón. El vino y la silla esperando inútilmente. Soy Braulia desnuda y la cabeza de Caravinagre en una estantería. Los despertares sin dianas, las noches sin el alumbre de los fuegos artificiales. Soy donde no existe sol, tampoco sombra, sólo cemento. Chica pero no ye-yé. Mulillas arrastrando el silencio. Un miura engordando en Zahariche. Aceite frío en la Mañueta y sorbete derretido sobre cualquier barra. Soy Hemingway reescrito: al mediodía la fiesta esta vez no va a estallar, no hay otro modo de decirlo.
–Entonces… –interrumpe.
–Sí.
Camiseta negra. Pantalones cortos vaqueros. Sandalias. Es seis de julio y parece de Brisbane.
–Dentro de un año, en este espejo y a la misma hora –reta.
Y se marcha, dejando atrás a la intrusa.
 


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VIDA, ME DEBES UNOS SANFERMINES

Francisco Barragán Larreta

Wuhan, nunca había oído ese nombre. De China me sonaba Pekín, el bazar todo a un euro de debajo de mi casa y las pelis de Fu Man Chú.
Ahora resulta que por culpa de algo que pasó allí, me quedo sin lo de aquí. Con las mascarillas, me tendré que acostumbrar a acertar con quien me cruzo mirándole a los ojos y adivinando si es mi compañero del tendido de sol, uno que sirve almuerzos en Casa Paco o aquel guaperas que estudiaba conmigo y ahora, gordo y calvo, es presidente de su comunidad de vecinos y votante convencido de un partido neoliberal. Estamos como cuando intentas saber qué mozorro te ha saludado el viernes santo.
Procuro pensar cómo me las apañaré para almorzar de forma virtual a las nueve del día 6. Procuraré no mancharme mucho porque si vuelvo a casa con la ropa de color violaceo a mi mujer le hace gracia; pero que me lo haga en el salón, no le convencerá.
Aún no se si tendré mariposas en el estómago a las ocho de la mañana, que día me toca llevar la merienda o si habrá vermú torero.
No sé nada, únicamente que la vida me debe unos Sanfermines. 

ESPERANZA

Gustavo Adolfo Casañ Nuñez

No se han suspendido los Sanfermines, no exactamente, pero paseo por la calle lentamente, enmascarado, esquivando a otros como yo. Imagino que si pudiese ver sus caras reflejarían mi misma confusión. Es el siete de julio y no hay Sanfermines.
Los bares están abiertos, incluso hay unos pocos turistas, pero la fiesta se ha suspendido. Los mozos y los toros no están corriendo a mi alrededor, como deberían. Habrá una misa en honor al santo. Muchos llevamos el pañuelo rojo. Pero toda la ciudad parece herida.
Pero perduramos. Intuyo sonrisas bajo las máscaras, y hay una energía en los pasos que no estaba hace unas semanas. Bajamos a la calle no sólo a por lo imprescindible, sino también a vivir otra vez. Aunque sea a distancia. Respiro hondo y me detengo ante nuestro bar. Los mejores pinchos de tortilla de la ciudad, y nuestra casa lejos de casa.
Reconozco a María a pesar de su máscara roja y me acerco a ella. A un metro de distancia y nuestros ojos lo dicen todo.
 


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ESPARTO MOJADO

Ventura Ruiz Gómez

Esparto mojado

Todas las fiestas huelen parecido. Pero habría algo inequívoco que a ellos se les quedaría adherido en la pituitaria: el olor del esparto empapado en regueros de pis y alcohol. ¿Quién propuso que compraran alpargatas blancas con tiras rojas? ¿Por qué no previeron lo desagradable que sería caminar con los pies húmedos? ¿Por qué no adivinaron que el hedor se les pegaría, igual que el esparto, a la suela de los pies? ¡Odiaban caer en trampas ideadas para los foráneos!
Pero ahí estaban con camisetas desfasadas, pantalones blancos de amplios bolsillos y tejido casi transparente, ridículas fajas de satén brillante, pañuelones más grandes que los que llevaban los pamplonicas y… alpargatas, evidenciando que eran extranjeros. Justo lo que querían evitar. Por eso habían acudido a ese puesto callejero para que les proporcionaran todo lo necesario para… para parecer justo lo que eran: visitantes.
Y compraron sangría, equivocadamente, comieron “bocadillos pamplonicas”, de jamón de Salamanca, pagaron a precio de champán francés cervezas en el Casino, fueron a los toros, en tendido de sombra, comieron un menú, en la Casa de Extremadura, y se fueron de Pamplona con una idea confusa sobre las fiestas de San Fermín y un terrible olor a esparto mojado.
 

MISTERIO POR RESOLVER

Francisco Dominguez Agudelo

La reserva se había hecho un mes antes desde París:
Hotel La Perla de Pamplona
Habitación 217
Pernoctar el 15 de febrero
Reserva: Mary Welsh H.
La titular de la reserva se dirigió al recepcionista en un inglés americano, aportando los datos que éste le requería. Su pareja cogió la llave del mostrador y enfiló las escaleras sin aguardar a que el conserje los acompañase. Ante su gesto de sorpresa, la dama quiso tranquilizarlo.
—Don’t worry. He knows the way.
A la mañana siguiente, mientras Mary Welsh pagaba en recepción y hacía una reserva para los próximos Sanfermines, su pareja salió precipitadamente. A la recepcionista de turno le llamó la atención su gorra y camisa a cuadros, poco comunes entre los clientes habituales.
De la mesa de la habitación 217 la camarera retiró esa mañana dos botellas de champán vacías y el cenicero con varias colillas de Cohiba. Sus huéspedes habían dejado también un libro titulado “Fiesta”, con dedicatoria:
My sincere thanks to Doña Ignacia for her help and friendship.
Ernie Hemingway.

El pasado 5 de mayo se recibió en el hotel un telegrama desde Idaho, USA, anulando la reserva que hiciera Mary Welsh H. para los días 6 a 14 de julio próximo. 


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«SU ULTIMO AÑO»

Francisco Juan Barata Bausach

Aquel año, el último. Mi edad no me permitiría más. Hoy estaba allí; con los jóvenes, con los valerosos y conmigo.
Sonó el chupinazo, corrimos; esperé entre los osados, quería ser el más.
Los morlacos aparecieron, comencé a correr; quise coger toro, lo cogí; mientras corría mis piernas fallaban. No quería cejar, estaba dispuesto a darlo todo y corrí, hasta que no pude más. No quería parar; no podía parar, era mi último año, mi última oportunidad.
Una mano me apartó de un asta, cuando el morlaco estaba a punto de dejarme listo de papeles. Caí, un joven que corría de manera irregular, ¿bebido?, me piso. Me levanté, y corrí hasta alcanzarlo; me descuidé, me pudo la ira, mala cosa elegir varios enemigos, cuando solo hay uno: El toro.
Eso me perdió. Un morlaco, me hincó el asta; sentí morir, caer al suelo, sacarme en volandas, asistirme los sanitarios…, y morirme fue todo uno.
Los sanitarios escucharon los pitidos desde la cama de Paco; estaba gravísimo más de un mes, en la “UVI” del Hospital Virgen del Camino. Tenía el “Covid 19”, se estaba muriendo.
No pudieron salvarle la vida y murió. Hoy 7 de julio, San Fermín.

 

EN LAS ANTÍPODAS

Sergi Capitán

Sí, ya sé que no es lo mismo. Al menos, las videollamadas y un montón de plataformas que no conocíamos hasta hace tres meses nos permiten estar conectados con la gente a la que queremos.
La distancia social convertirá el tiempo de los sanfermines de este año en las antípodas de lo que han sido siempre, pero toda precaución es poca.
Y será el momento de recordar lo vivido el año pasado. Desde que nuestras miradas se cruzaron poco antes del chupinazo hasta el último abrazo nada nada más entonar el “Pobre de mí”.
204 horas de conocernos y devorarnos. De explorar todos los rincones, los propios y los de esta ciudad. Tu avión de vuelta partió de Noáin el día 15 de julio. Tenías un sinfín de escalas en las que intentarías dormir todo lo que no habías hecho antes.
Recuerda, tienes una cita el día seis de julio frente al ordenador. Serán para ti las ocho de la tarde en Canberra y para mí las doce del mediodía en Pamplona. Y quedará un año menos para volver a vernos.