XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
NUESTRA OBLIGACIÓN
Santos Pérez Balasch
Todos estábamos preparados, nerviosos pero animados. Y con el primer cohete iniciamos la carrera, con entusiasmo y valentía. Seguíamos a quienes nos precedían, pero también vigilábamos a quienes venían por detrás.
Las curvas suponían un peligro más evidente de caída, aunque intentábamos pasarlas con ligereza y perspicacia.
Íbamos sorteando los contratiempos que el recorrido nos tenía preparados; siempre alerta.
Pasamos por la plaza del Ayuntamiento a buen ritmo. En la curva de Estafeta tuvimos algunas dificultades para mantenernos en pie. En el callejón nos amontonamos un poco.
En poco más de cuatro minutos nos presentamos en la plaza de toros, abarrotada de personas que esperaban con jolgorio nuestra llegada. El ambiente en los tendidos de sol era espectacular.
Nos aplaudían y vitoreaban, mientras éramos guiados hasta los corrales, donde debíamos esperar el que sería nuestro destino final.
VOLVER A CASA
Sarah Dominguez Marquez
Un año más, vamos camino a Navarra desde la Costa Brava, donde mi padre se enamoró de mi madre… y del mar.
A él se le nota la emoción en los ojos; vuelve a su tierra, a sus Sanfermines. En mi mente desfilan recuerdos: mi padre con mi hermano a hombros en la plaza, entre peñas; él devorándolo todo y yo, adolescente perdida, nada. Papá contando cómo casi atropellan a mamá por intentar una foto en pleno encierro la primera vez que la trajo. Los tíos y los primos de Corella. Las visitas fugaces a Cintruénigo, a ver a la abuela camino a Pamplona.
Navarra me huele a casa.
Paramos en Cintruénigo, a ponerle flores a la abuela, que ahora descansa junto al abuelo.
Llegamos. Esta vez papá no conduce. El viaje es demasiado largo.
—Papá —le digo—, baja a Naia y ponle el pañuelo. Empieza su primer San Fermín.
Él se agacha con cuidado y la toma en brazos.
—¿Sabes qué, cariño? Todavía puedo llevarte a hombros. ¡Al galope!
—¡Más, abuelo! —ríe Naia, aferrada a su cuello.
Y ahí va, corriendo despacito entre la gente, como si el tiempo retrocediera. Como si fuéramos todos, otra vez, niños con el pañuelo rojo al cuello.
CORRER
Sebas Sebas
Sebastian, enfermero de profesión, no sabe si calcarse los zuecos o las zapatillas. Por San Fermín se le multiplican los quehaceres. Le apasionan los toros. Dice que ha visto tantas veces la muerte de cerca, ha taponado las cornadas en Mercaderes y estocadas traicioneras por Estafeta, que correr es lo que menos miedo le da.
Ha mirado el calendario de guardias. Le ha pedido al compañero que le cambie el turno. “Hay encierro”- ha dicho -como si fuera un capricho, la única vez que va a saltarse las normas.
Cuando suena el disparo y se abren las puertas de los corrales, casi se arrepiente. El toro que encabeza la manada es bravo y los que le siguen tampoco son de los que perdonan. Nota el pitón en el costado y ve el jirón en la camiseta. Más tarde llega el dolor y se le nubla la vista.
-Mala cogida -se dice.
Roza la muerte durante una semana.
Tres meses después vuelve a ponerse el pijama y se lanza al ruedo para cuidar a los demás.
Acaricia la cicatriz de los pitones que convirtieron salud en enfermedad. Ha jurado que al año que viene trabajará tras el burladero sin tentar a la suerte.
POBRE DE MÍ, POBRE DE MÍ…
Sebastian Caceres Callpa
Algo raro notó Don Julio aquel año, cuando fue por sus churros con chocolate tras el encierro. No era el color ni el olor… pero lo sintió de inmediato, casi como por instinto. Sus amigos coincidieron: algo estaba mal.
El local parecía el mismo de siempre. Mismo toldo, mismas paredes. Pensaron que era cosa de la mente, y lo dejaron pasar.
Pero al volver al año siguiente, vieron el horror. Donde antes se alzaba una casona antigua y familiar, ahora brillaba un letrero moderno de luces LED que decía: “Bienvenidos a Churrería La Estafeta — Nueva experiencia gourmet”.
Entraron a pedir churros, y entonces lo confirmaron: no sabían igual. Fueron a pedir explicaciones, pero el gerente solo respondió: “No hay reembolsos”.
Decidieron ir a casa de Doña María. Tras mucho golpear, abrió un extranjero. Les dio el número del anfitrión de Airbnb. Resulta que Doña María había muerto el año anterior, y sus nietos —todos viviendo fuera de España— habían contratado a un “general manager” para renovar el negocio.
Ahora servían churros sin gluten, bajos en calorías, pensados para turistas que no saben lo que perdimos.
¿Qué queda ahora, sino cantar para no llorar? Pobre de mí, pobre de mí…