XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

AMPARO

Victor Alves Pereira

Retumbaban las pezuñas como castañuelas —¡riá-pitá, riá-pitá!—, pero mucho más graves. Aimar corría: piernas ágiles, corazón repiqueteando y el aliento caliente de los toros en su nuca. Los demás corredores tropezaban e iban desapareciendo detrás de puertas invisibles.
Entonces la vio: una señora caída entre los adoquines. El toro enfrente estaba listo para embestir. Sin pensarlo, Aimar la empujó para lejos de un golpe mientras pasaba corriendo la fiera.
La gente jadeó.
Otro toro se dio una vuelta brusca y lo estrelló contra la pared.
La gente se calló.
Medio segundo después, la anciana se agachó a su lado y acarició su rostro:
—¡Muchacho tonto! —musitó. Sus ojos ardían como fuego, pero su voz era el agua que lo apagaba por dentro.
Aimar se levantó nuevamente. Antes de escapar, sin embargo, se acercó un último toro, bufando.
Entre toro y hombre, la señora tocó el hocico del primero y dijo al segundo:
—No me quisiste ver morir. Yo a ti tampoco.
Bajo la convincente mirada de la vieja, se puso a correr. Alcanzó la plaza.
La gente rugió.
Ni bien anocheció y la señora se había ido. Cada año siguiente, la gente juraba ver de nuevo una silueta espectral corriendo con los más valientes. 

UN INCOMPRENSIBLE SECRETO

Victor Valdesueiro Bernabe

Todo el mundo guarda algún secreto; puede ser por vergüenza o porque piense que nadie lo comprendería.
Escucha el cántico dirigido a la pequeña imagen, preludio del inicio de algo verdadero y ancestral. Fiesta y riesgo; vida y muerte, correrán de la mano por unas calles que ha explorado cientos de veces gracias a la tecnología de internet.
Su piel se eriza con el chupinazo. Sus pupilas se contraen en la penumbra para contemplar las carreras, los afilados pitones y los oportunos capotazos que echa el Santo a algún que otro mozo.
No entiende la retransmisión, tampoco lo necesita. La pasión no tiene idioma.
Finalizado el encierro apaga el móvil, lo vuelve a dejar en su sitio y regresa sigilosamente a la cama donde soñará que, vestido de blanco y fajín rojo, corre delante de un toro por Estafeta Street.
Su madre, preocupada, le pondrá el termómetro varias veces y lo llevará al consultorio del doctor Brown, pero él guardará su secreto: que esta semana está más cansado y ojeroso porque se levanta furtivamente a media noche para ver los encierros de un lejano lugar llamado Pamplona, cuando todavía faltan varias horas para que amanezca allí, al otro lado del mundo.
Nadie lo comprendería.
 

QUE NO ME COJAN.

Violeta Otín Chánobas

Cierro los ojos. Tanto blanco y tanto rojo. Parece un corazón que late en carne abierta. La multitud que brama ambos lados de la vereda marca el compás del pulso. A mi diestra tengo a un tipo que es una auténtica bestia. Me da un empentón, y yo finjo que no lo he notado. Por detrás de mí oigo gemir, bufar, darse ánimos, y, en algún momento, un compañero emite un sonido que es como si reverberara en el agua. Puede ser que esté rezando. Puede ser. Tengo miedo, pero sigo fingiendo. Y luego, por fin, ese murmullo bronco que los que ya se lo conocen llaman la cuenta atrás. Inspiro con fuerza. Qué miedo. También tengo ganas de salir en tromba. Dan la señal. A correr. A correr como demonios. Quiero llegar cuanto antes, pero sobre todo quiero no que no me cojan, porque, aunque es mi primera vez, ya me han contado de qué va todo esto. «Que no me cojan, que no me cojan». Todos lo pensamos, solo algunos se atreven a decirlo en mugido alto. Hala, a seguir corriendo. Y a ver si encuentro a algún toro viejo que me explique por qué, si quieren cogernos, van corriendo ellos delante. 

HECHIZO DESCONOCIDO

Viviana Katherine Quispe Perez

Cuando quise gritar solo salió de mi boca un terrible mugido.
Entonces yo la había visto; yo la había notado; de entre tanta algarabía yo me había dado cuenta que ella era diferente y marcaba la diferencia. Se trataba de una mujer extremadamente bella que viste de negro paseando en medio de la fiesta; una que si la vez, reconocerías fácilmente porque ostenta un rostro demasiado blanco con una cabellera frondosamente negra, formando contraste. Luego, en medio de los festejos, te habrá hechizado como a mí, si te puso los ojos encima. Creerás como yo, tener esperanza con ella; pero al final fui cauto y mejor la perseguí. Debía de hablar con ella para conocerla. Y cuando la seguí, entré a un aposento a donde entró ella; y después solo sé que me arrepentí.
Afuera, la algarabía y la alegría de lugareños y turistas. Para mí, el hechizo desconocido a donde vine a sufrir en medio de esa alegría en San Fermín.
Solo sé que quise gritar, pero solo me salió un terrible mugido, uno que se confundió después al salir de ese aposento con los otros toros que en la fiesta perseguían a los temerarios, y terminaba, en el mismo coliseo…
 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

ENTRE RISAS Y CARRERAS.

Veronica Jimenez Gonzalez

Soy el Cuatro. No tengo nombre, pero me reconocen por mi lomo blanquecino, como los ropajes que inundan Pamplona en sanfermines. Mis hermanos – del Uno al Seis – son más oscuros, marrones como el polvo que levantamos cuando corremos tras los críos.
Ahora estamos aquí almacenados. A oscuras, pero despiertos. Las paredes retumban con los ecos del bullicio de fiesta que hay afuera. Me impaciento. Sé que pronto las puertas se abrirán, y saldré al galope, con mi jinete de ropa elegante, rostro serio y verga en alto.
La chiquillería me teme, me busca y me quiere a la vez. Corren chillando y vuelven con una sonrisa, pidiendo una foto. Es un juego, uno de esos que dejan recuerdo en la memoria y el corazón. Porque aunque nuestros golpes de espuma no duelan, en sus mentes somos bestias legendarias de las que hay que huir con alegría.
Yo no hablo, pero en cuanto desfilo por la calle junto a los gigantes y kilikis, soy grito y carcajada, emoción y música. Y cuando nuestra ronda termina, vuelvo aquí, cansado y feliz, con sus risas retumbando aún en mis orejas.
Mañana más, y así hasta el día 14 de julio.
Me encanta ser un zaldiko.
 

IKER

Vicnia Contreras

Pamplona ardía en carmesí, como si la sangre del siglo III aún tiñera sus calles. Era San Fermín, y los cuerpos danzaban entre sudor, vino y cornamentas, celebrando al santo que, siglos atrás, cambió supersticiones tras su máster en Toulouse.
—¡Firmeza, muchacho! —gritó su abuelo desde el balcón. Pero Iker corría, apenas escuchaba.
Los toros embestían como memorias antiguas. Él pensaba en Fermín, el hijo del jefazo romano, vestido no de blanco y escarlata, sino de dudas. ¿Habría corrido también? ¿Se habría enfrentado a su propio toro?
Uno cayó. Lo hirieron y no lo llevaron a la plaza. ¡No!, pobre montón de pelos no tendría aplausos, ni una muerte gloriosa. Iker desde una esquina; le veía sangrar.
—Mirad montón de pelos sin nombre, no os rindáis, seáis «ferme.»
Sintió entonces que San Fermín no era fiesta, sino rito. Y que no todos los heridos tienen escenario; algunos solo tienen silencio. 

EL TONEL

Víctor Fuertes Melón

Su padre era una botella y su madre la baraja. Los 7 de julio los contaba por cosechas y a sus hijos los atendía junto a la barra. El día que faltó hasta el alcalde dio aviso al no verlo frente al ayuntamiento. Con el chupinazo, lo encontraron flotando en un tonel buscando la copa que se le había ido al fondo. En su entierro, el cura no bebió la sangre de Cristo por respeto al difunto, de eso se encargaron los parroquianos, que lo honraron vaciando el tonel con la copa que buscaba. Todo fuera por vengarse del cruel asesino que le había arrebatado su última carrera por la calle Mercaderes. 

¡ALLÁ VOY!

Víctor Salgado Ferreiro

No he podido pegar ojo en toda la noche.

— ¡Descansa antes del encierro, chaval! La carrera será corta pero intensa –me aconsejó el socio más jaranero de mi peña, protagonista, a su vez, del Chupinazo de este año.

Aturdido por las charangas y el gentío, te sientes arropado y disimulas el miedo hasta que llega la noche. Entonces, con la oscuridad y el silencio, afloran las dudas: ¿Estaré a la altura?

Me han preparado a conciencia. Repaso mentalmente el recorrido. Muy rápido el primer tramo por Santo Domingo. Avistaré la calle Mercaderes al límite de mis fuerzas. Sentiré arder mi pecho sobre la calle Estafeta que conduce al callejón del coso taurino. Si me mantengo firme y aguanto la presión hasta el final, cuando vislumbre la Plaza de Toros de Pamplona, estallaré de gozo en mil pedazos.

No hay marcha atrás. Tiemblo imaginando a los morlacos siguiendo mi estela. Tengo seca la garganta y el pañuelo más rojo que nunca, incandescente. ¡Allá voy!

Son mis primeros Sanfermines. También serán los últimos. Pese a ello, no cambio este momento por nada del mundo. Pocos cohetes hemos tenido el honor de ser elegidos para anunciar el comienzo del primer encierro de San Fermín.
 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

PASARÁ

Urtzi Oleaga Argaluza

No me he roto nada, creo. Siento el frío del suelo. Su dureza y textura. Podría incluso adivinar su altitud con respecto del mar. Todos mis canales están abiertos, pero soy incapaz de escuchar las pisadas del bosque de piernas que me rodea.

Algo pisa mi muslo izquierdo. El instinto tira de mí hacia arriba. ¡Levántate!, me dice. Otro algo me patea el costado. Ambas palmas se apoyan por sí solas. Mis brazos son resortes cargados de energía, dispuestos a ponerme en pie.

Miro hacia delante, hacia el fondo de la calle Estafeta. Un collage caleidoscópico de blancos y rojos apenas me deja entrever el azul del cielo. ¡Debo salir de aquí! Ninguna figura de las que veo tiene forma ni sentido completos, excepto una. El tiempo se congela para mostrarme su cabello canoso y su mirada sosegada, mientras me pide calma con las manos desde su balcón.

Entiendo que no he de levantarme. Aún no. Debo parapetarme y esperar a que escampe. Cierro los ojos y me ovillo. Escucho por primera vez el estruendo del encierro.

Hoy, tumbado también, pero en una cama de la unidad de oncología, recuerdo la lección aprendida en Sanfermines: “Tranquilo, la tormenta pasará y podrás levantarte.”

 

¿ESTÁIS?

Uxue Ramos Gambra

Me quito la camisa porque siempre llevo una camiseta de tirantes debajo. Si no, se me pega a la piel con el sudor y es una sensación molesta. Los pantalones, los calcetines y las zapatillas ya los llevo puestos. Me aseguro de que los cordones están bien atados. Llevo faja y el pañuelico, pero me quito este último, porque con la casaca no se ve. Y cojo la cabeza. Lleva meses apoyada en su sitio, esperándome. Le quito una pelusa de la oreja y me la pongo. Siempre me sorprende lo que pesa, aunque lleve años haciendo esto. Me ato las cintas, me aseguro de que no se sueltan y, cuando estoy listo, me pongo la casaca. Los botones, uno a uno. Por último, cojo la verga.
Escucho a los niños y niñas gritando, llorando y riendo, esperan impacientes. Pienso en mi mujer y mi hija pequeña, estarán esperándome. La mayor, dormida.
—¿Estáis? —pregunta alguien por ahí.
Estamos.
Esto empieza ya. Cada año me hace más ilusión, porque cada año soy un poco más Napoleón. 

LAS FIESTAS DE SAN FERMÍN

Valeria Garza Romero

Llegó Julio, las calles se tiñen de blanco y rojo. Las personas comienzan a llegar y la Plaza del Ayuntamiento se comienza a llenar. Las fiestas de San Fermín han llegado y por esto el Chupinazo es lanzado. Las personas comienzan a celebrar. Las calles se transforman en un lugar de fiesta, convivencia y felicidad. 

El sol comienza a verse, la mañana ha llegado, el encierro inicia y el toro es soltado. La gente corre junto al bravo animal y la plaza de toros es su final. Estas fiestas pueden lograr que las familias se unan para celebrar. Los gigantes y cabezudos adornan el lugar causando alegría a todas las personas.

Llega el 7 de Julio un día especial, la procesión inicia y cubre la ciudad. Entre música y respeto la gente comienza su recorrido en camino a la iglesia de San Lorenzo. 

Pero todo lo bueno tiene su fin, llegó el último día de las fiestas de San Fermín. Se escucha a la gente cantar “Pobre de mí” para despedir hasta el próximo año este evento tan especial que emociona a los locales y visitantes. No es solo fiesta y ya, es tradición y alegría guardada en el corazón de Pamplona. 

LA PINTURA

Vanessa Proaño Puerta

La noticia abrió telediarios, llenó las redes de memes y originó un debate internacional. Aquel seis de julio, el Guernica había amanecido sin su famoso toro. Ante la mirada atónita de los visitantes del Reina Sofía, el lienzo de Picasso mostraba un hueco en blanco allá donde debía estar la imponente figura del astado. Restauradores y conservadores acudieron con lupas que aumentaban monstruosamente sus ojos, espátulas, bastoncillos y un sinfín de instrumentos con los que trataron, en vano, de hallar al trágico personaje. Tras una semana de ausencia inexplicable, el director del museo anunció, con voz entrecortada, que el toro había regresado.
—Ha vuelto para ocupar el lugar que le corresponde —dijo en rueda de prensa—. Ya está en casa.
—¿Cree que este suceso está relacionado con esos charcos de pintura con los que tantos mozos han resbalado en los Sanfermines de este año? —preguntó un joven periodista—. Hay testigos que afirman que uno de los toros parecía algo deforme…
—¡Sí, de estilo cubista, claro! —ironizó el director provocando las carcajadas de los presentes. Nervioso, no pudo evitar mirar el cuadro donde el toro chorreaba algo de pintura por las patas y lucía un semblante culpable—. Insisto: niego rotundamente cualquier relación.
 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

GATEWAYS TO THE PLANET P

Tim Pinks

The Portal Nuevo is actually about 450 years old. From San Sebastian you’ll probably pass under it to enter Pamplona. But being a ‘portal’ – a gateway – and not a tunnel or bridge, it’s also magical. However you arrive, you’ll pass through one, whether you see it or not.
For nine days every July, they transport you to another time and place, and indeed to a different planet. The Planet of Pamplona.
Here, people don’t breathe air but the music of the peña brass band txarangas. Sanfermineros dance with Giants and run with dinosaurs and although they eat, they mostly survive on a thing called kalimotxo. Or a medicine called legumba. It’s a sort of fiesta viagra.
These portals take you to an otherworldly heaven, where the streets are paved with good times and the walls echo with music. If you don’t speak any of the local lingos it doesn’t matter. Laughter is the language and smiles the currency.
Once through one of these portals you can time travel and indeed travel through space. Why, I have fallen asleep in one place and woken up two days later in another. The Planet P during the Fiesta of San Fermin…it’s another world.
 

EL ANUNCIO

Tomas Diaz Lopez

Alguien se acerca al balcón. Su corazón golpea con fuerza su caja torácica.
En la calle hay un bullicio ensordecedor.
Percibe un ligero temblor en sus brazos. En unos instantes su acción dará comienzo sonoro a la fiesta. Hará el pertinente anuncio y su mano se dirigirá hacia el cohete que deberá subir como una flecha hacia el suelo y en un acto de entrega festiva, hará explosión para el las fiestas de San Fermín den comienzo a su vorágine.
Se detiene un momento antes de salir. Ahora las emociones son muy fuertes.
Coge aire, respira hondo y sale al balcón.
Saludo y anuncio! todo se desborda. Su mano que sostiene el fuego que hará disparar el cohete se dirige sin miramientos hacia la mecha.
El cohete sale disparado hacia el cielo.
No habrá nunca suficientes palabras para describir lo que acontece a continuacion.

 

14482 KILÓMETROS…, AQUÍ AL LADO

Tomás Piedra Pérez

«Piensa en un lugar todo lo distante de Navarra que té de la imaginación y, cuando lo tengas, aléjalo todavía más. ¿Ya?… Bienvenido a Perth». Mi compañero de banco sonrió y continuó contemplando el paseo de Sarasate, convertido en lugar de peregrinación para adoradores del sol. A pesar de que la carrera había sido lenta, bronca por momentos, el australiano la había realizado como si se hubiera criado al lado del Casco Antiguo. «Es curioso, antes de los encierros siempre me pregunto qué se me habrá perdido aquí, y en cuanto el avión despega de vuelta a Australia ya estoy deseando volver a Pamplona. En mi país muchos cuestionan que vuele miles de kilómetros para correr delante de un toro. «¿Y tú qué contestas?», pregunté intrigado. «Nada, repaso mentalmente los días que quedan hasta el siete de julio y después me imagino en este mismo banco tras una buena carrera, dichoso perdido, feliz. Lo dijo con la sonrisa de quien por fin consiguió lo que anhelaba, quien no necesita más. Por un momento dudé de si yo sería real o parte del pensamiento satisfecho de un australiano de Perth al que acababan de preguntar de nuevo por los Sanfermines. 

TOROS Y CERVEZA

Unax Santos Cuesta

Cerca de una txosna, intentaba abrirme paso yo entre cientos de personas con mi mismo uniforme: pantalón y camisa blanca, pañuelo y faja rojos. Era el día. Quería licor y ver los toros. No pensaba perdérmelos.
Aunque parecía imposible, gracias a mi momentánea sobriedad, logre llegar a la barra, donde a todo volumen sonaba el “Iruñea 6 de julio” de Piperrak.
Intente pedir, pero la camarera no me oía. La hora del encierro se acercaba y no quería perder más tiempo, por lo que, gritando, pedí un calimocho. La mujer me negó con la cabeza: no quedaban.
Me ofreció un vaso de cerveza. Saque mi cartera, pero al abrirla mis monedas fueron eyectadas en todas direcciones. Mientras las intentaba apilar, vi la hora en mi reloj. Los toros pasarían en cualquier momento. Cogí el vaso y salí corriendo a grito de que se quedara con el cambio.
Ya se oían a los corredores pasar. Entre empujones, logre llegar a la vaya. Saque los brazos y antes de que pudiera darle un sorbo a mi bebida, el cuerno de un gran toro negro empalo mi vaso de plástico. Salte la vaya.
Fui el único en San Fermín que corrió detrás del toro y no delante. 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

CRÓNICA DE UNA CROQUETA ANUNCIADA

Teresa Buzo Salas

Iñaki siempre decía que lo suyo no era correr. Ni correr ni madrugar ni mezclarse con masas. Pero aquel 7 de julio, borracho de valentía (y pacharán), decidió estrenarse en los encierros.
Se colocó el pañuelo rojo con orgullo, se hizo un selfie, y se colocó junto a los mozos veteranos. El cohete sonó. Los cuernos se acercaban. Iñaki no corrió. Iñaki gritó, claro. Se dio media vuelta. Tropezó con un turista belga. Pisó un churro. Rebotó en un alemán. Rodó por el suelo como croqueta humana. Y entonces ocurrió el milagro: todos los toros lo esquivaron. Uno incluso le dio un lametón. La gente aplaudía. Los periódicos lo llamaron “el susurrador de toros”.
Al día siguiente, con la fama en la cabeza, Iñaki volvió. Mismo lugar. Mismo selfie. Esta vez solo soltaron vaquillas. Pero una, pequeña y vengativa, le embistió tan fuerte que aterrizó en una tienda de souvenirs. De cabeza. Entre camisetas que decían: “Yo sobreviví a San Fermín”. No compró ninguna.

 

SE BUSCA

Teresa Agorreta Fernandez

En Pamplona, las cosas más sorpresivas, inauditas y divertidas ocurren en Sanfermines. Os voy a contar una anécdota.
El día 8 de julio después del encierro, estaba tomando un chocolate con churros en el viejo Café Iruña y mientras ojeaba el periódico una noticia acaparó mi atención. Entre la multitud de fotos del encierro aparecía un anuncio con el rótulo «Se busca» a página completa. Era ni más ni menos que una imagen de San Fermín.
Iba acompañado de la siguiente reseña: el día 7 de Julio, en plena calle Estafeta recibí un abrazo del «amigo» carterista. Unas manos ágiles y silenciosas me robaron la cartera. No me importa ni el dinero que llevaba, 150 euracos, ni el DNI, ni el carnet de conducir, ni la tarjeta VISA, ni la tarjeta del Corte Ingles, ni la tarjeta de la biblioteca , ni la tarjeta de la Mancomunidad….Lo que de verdad me importa es la estampa del Santo que me acompaña desde mi más tierna infancia. Tiene un gran valor sentimental para mi.
«AMIGO CARTERISTA», si esto llega a tus oídos, deposita la estampa de San Fermín en la hornacina de la calle Santo Domingo.
P.D. Si no aparece la estampa, empapelaré toda la ciudad. 

TODO LO QUE AÚN SUENA

Thais Montolio Bachero

El 7 de julio amaneció como cualquier otro martes: sin pancartas, sin música, sin pañuelos en los balcones. Nadie parecía notar la fecha. Nadie, excepto ella.
Se vistió de blanco, ató el pañuelo rojo con manos lentas y bajó a la calle. Nadie la miró raro. Solo la ignoraron, como a una más.
En la plaza, donde antes no cabía un alma, había bancos vacíos y una fuente que sonaba demasiado e interrumpía un silencio que a ella se le antojaba difícil de digerir.

Pidió un café solo —el vino, mejor en otro cuerpo— y preguntó:
—¿No sabéis qué día es?
La camarera negó, casi con pena.
Ella sonrió, no por cortesía, sino porque aún le quedaban recuerdos. Y los llevaba puestos.
Se sentó en el banco de siempre. Cerró los ojos.
—Gora —susurró, como si el cuerpo aún supiera el orden de las cosas.
Un chico pasó cerca y se la quedó mirando y vio como sonreía sin saber confundido pero feliz.

No hacen falta cohetes para que empiece la fiesta.
Solo alguien que no la haya olvidado.

 

LOS HOMBRES DE BLANCO Y ROJO, AQUELLAS BESTIAS

Tiago Pardo Perret

Aquella estrella artificial explota y tiemblan las calles de Pamplona, no están listas para recibir el peso de la cólera. Las bestias, encerradas en sus rincones y pelajes, saben qué es lo que sigue. Las amamantaron de odio, y acá las tienen. Atormentadas con la certeza de que éste es su propósito. Su fin.
Los hombres se atan la muerte al cuello, ignorando los lamentos sobre sus espaldas. Como siempre hicieron. Qué ordinarios.
Allí, en las calles, los hombres son hombres, y las bestias serán hombres también. Representarán lo peor de la humanidad. Esa furia, esa sed de opresión.
La carrera de bestias contra hombres. La consecuencia del hombre sobre el mundo enfrentada al propio hombre. Bestias contra bestias.
Llegará un día, donde ni importancia tenga la existencia de una bestia real. Ni toros ni bueyes habrá, pero, aun así, los hombres seguirán corriendo. Siempre hay otra cosa de la que huir.
Seguirán corriendo, porque son ellos, siempre ellos, corriendo de sí mismos. Huyendo de lo que provocan.
Pobre de mí, dicen al sentirse libres. Con la facilidad de quitarse la muerte del cuello, indiferentes a la destrucción que abandonaron tras sus pasos.
Como siempre, la violencia, aquella tradición de bestias celebrada como humanidad.