XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
ENCIERRO
Miguel Salvador Muñoz
A principios de julio hay reuniones clandestinas en la habitación de Aimar, el cabecilla. Algunos agudizan el oído, otros aumentan el volumen del sonotone.
En el día “H”, se levantan temprano; la emoción se puede palpar, abrazar.
Cierran las puertas y dejan a Virtudes como encargada de abrirlas; es mucha responsabilidad y está nerviosa.
Mateo saca su corneta y lanza un solo al viento. Es la llamada a zafarrancho: todos sin excepción empiezan a gritar y golpear las mesas, sillas y vajilla varia. La plantilla sale asustada y se agolpa tras la puerta que Virtudes custodia. Tonet suelta un petardo; es la ansiada señal. El portón se abre.
Enfermeros, celadores y terapeutas salen en tromba detrás de los mozos y mozas —84 años de media—. En la curva del pasillo entre las habitaciones 125 y 213, un par de enfermeros se va al suelo. Las carreras son memorables hasta llegar al centro del comedor.
El informe médico es desolador: tres prótesis para reparar, una cadera y dos muñecas rotas. Pero como bien colateral, Fermín, que llevaba nueve años de un triste mutismo, exclamó emocionado.
—Cuidado con el morlaco de gafas.
Y su mente, que andaba perdida en el recuerdo, volvió a la vida.
EL ÚLTIMO TROFEO
Miguel Ruiz López
Íñigo se levantó con esfuerzo. No había pegado ojo en toda la noche.
Como cada año, se puso los pantalones y la camisa blanca, anudó el pañuelo rojo al cuello y se ciñó la faja. Pero aquella vez era distinto.
Bajó las escaleras. En la cocina le esperaban café, pan y algo de chistorra. Pasó de largo: los nervios bloqueaban su apetito.
Para darse ánimos, se dirigió al salón. Allí, alineados con orgullo, colgaban los recuerdos de sus hazañas pasadas.
En un cuadro aparecía él mismo examinando la dentadura del caballo que le habían regalado. Otra fotografía captaba el momento en que, pública y solemnemente, había pedido peras a un viejo olmo.
La lista era interminable: su excursión por los cerros de Úbeda, la sesión de fritura de espárragos, aquella cuchara de palo que le regaló al herrero del vecindario… Y aún quedaba mucho por hacer.
Porque sí, Íñigo era un cazador de refranes y frases hechas. La literalidad era su obsesión.
Salió de casa y se dirigió a la Cuesta de Santo Domingo con paso firme. Estaba decidido. Tocaba coger al toro por los cuernos.
Y quizá también le pillaría el toro.
LA LEYENDA
Miguel Alfredo Quispe Perez
Por más que lo intenta, el coyote nunca atrapa al correcaminos, es un dilema; es como yo, que ahora intento colocar en el cuerno del toro a mi costado, un candado; uno donde dice la leyenda, que, si lo hago, el amor con mi novia seria próspero y duradero.
Y, por eso, vengo aquí cada año a los festejos, al San Fermín, en Pamplona.
Atraído preferiblemente por esa leyenda, he esperado al sonido del cohete para prepararme para la corrida. Ya habiendo libado tanto vino que mi sangre es solo uva, ahora ya es hora de demostrar que puedo. Así que, teniendo ya al toro a mi costado, como les refiero de nuevo, he querido, pero no he podido, engastar el candado de plata que quise en el cuerno del toro. Al contrario, en un resbalón que me di, su cuerno cruzó mi pecho; y con la fuerza, caí, y me quedé sin aire.
Todavía quise colocar en el siguiente toro el candado con el nombre de los dos, escrito con mi sangre.
No… nuestro amor, no sería duradero.
Es más, acabo en ese momento.
YAIZA
Miguel ángel Calvo Dueñas
Dentro de la biodiversidad de este complejo ecosistema festivo, llama la atención la belleza irrepetible de una princesa guanche. En el plató de televisión al que ha sido invitada, aprovecha para enviar un saludo a su madre. Cada mañana —con la complicidad de San Fermín— eleva una súplica a la Virgen de Candelaria para que proteja a su hija. Entrevistador y entrevistada revisan detenidamente las imágenes del último encierro. Hoy ha tenido la fortuna de protagonizar la carrera más vistosa. Gracias a los más veteranos, ha aprendido dónde colocarse y qué no debe hacer. Aunque ella puede presumir de sus cualidades como atleta, sabe que en Pamplona no solo se corre con los pies. En su cabeza, arrojo y sensatez flirtean sin quebrantar un equilibrio armonioso. Su interlocutor le pregunta qué motivo puede empujar a una hermosa isleña a subirse a un avión para terminar corriendo en mitad de Estafeta. Con algunos involuntarios gestos de sus manos, Yaiza procura distraer ese breve silencio que precede a su respuesta. Tímidamente, una frase vacilante termina por abrirse camino reclamando su espacio. Mientras, él se sumerge en el abismo de aquella mirada azul buscando la solución a un enigma que ni ella misma parece capaz de encontrar.