XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

ABRE LOS OJOS

Eva B. Elizalde

Abrí los ojos como de mentira porque, básicamente, no los había cerrado en toda la noche. Era algo que me solía ocurrir las vísperas del 7 de julio, pero este año, se había adelantado un día. Había tirado demasiados cohetes en mi vida, pero todos desde Santo Domingo… ninguno con ese nombre.

Mientras tomaba el café, recordaba las seis palabras que debía gritar en cuatro horas. Me aturdía el orgullo que iba a vivir… en el fondo, era un hombre de pocas palabras y emociones confinadas entre vallados.

A las 10 vino el hijo a buscarnos y nos encajonamos en el coche, dejando al pequeño Xabi en medio. Todos estábamos nerviosos, emocionados, pero él…él estaba orgulloso. Recordé su frase inocente justificando la decisión popular al escucharla en el taller…”Abuelo, es que, ser abridor de puertas de encierro, es muy importante”… ahora, subiendo la cuesta del Perdón, creí que quizás tenía razón.

En el zaguán, se desbordaba la ilusión… yo me evadía jugueteando con los clavos del bolsillo y repitiéndome esas seis palabras que la multitud ansiaba escuchar.

Con el murmullo de los timbales, llegó la hora.
Sonreí a Xabi, cerré los ojos, prendí la mecha, miré a la plaza…
… y no había nadie.
 

UN AUSTRALIANO EN ESTAFETA

Rafael Sánchez Pérez-vico

Aquella mañana de julio me levanté con ganas de correr, y qué mejor forma de hacerlo que delante de un Miura de 650 kilos y con un periódico enrollado en la mano. Más que pedirle a San Fermín que me guiara en el encierro, le exigí que tuviera una carrera limpia y sin tropiezos. Pero con tanta gente allí congregada quizás no me escuchó. Me aposenté en la calle Estafeta, entre un señor con una camiseta del Betis y otro envuelto en una bandera de Puerto Rico. Yo venía desde Australia pero, por alguna razón, aquellos símbolos a mi alrededor me aportaron la valentía necesaria. Valentía que se esfumó cuando vi a lo lejos, zaíno y corniveleto, el primero de los astados que venía hacia mí. Empecé a correr sin mirar atrás, pero pronto terminó mi andadura, porque cuando quise darme cuenta, estaba con otros cuatro compañeros comprobando la dureza del suelo del tramo de Telefónica. Por encima de mí pasaron cientos de corredores, seis toros, seis cabestros y hasta tres pastores. Menos mal que le recé a San Fermín esa mañana, si no, estoy seguro de que me hubiera vuelto para Australia con una cornada de souvenir. 


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

MI PEQUEÑA REVOLUCIÓN

Juan José Faro Bueno

Un vez acabado el curso escolar, en plena efervescencia adolescente, me vi con trece años y en contra de mi voluntad, en aquel campamento con los curas en las faldas del monte Arangoiti, en la Fuente del Mosquito. Allí iba a pasar mis fiestas. A causa de mi rebeldía, era castigado de forma continua. Limpiar, ordenar, obedecer. Mientras sacaba brillo a las perolas, mi mente solo veía el blanco y rojo de mis Sanfermines perdidos. Decidido a rebelarme, firmando mi renuncia en una servilleta, arrastré a tres de mis compañeros hacia mi ansiada libertad. Nuestros padres, nada sabían al respecto. Con nuestras mochilas al hombro iniciamos la vuelta a Pamplona, a pie por la carretera, haciendo dedo. Nos recogió un ganadero en su camioneta con la ilusión de llegar a tiempo a la salida de las peñas. Al llegar a Huarte nos separamos. Juan y yo fuimos en villavesa hasta la última parada de la calle Arrieta, pared con Escolapios. Al bajar, lo que se veía era dantesco. La gente corría despavorida. El humo se apoderaba de la plaza de toros. Policía por todos los lados. Allí acabó mi pequeña revolución. Era 8 de Julio de 1978. 

POBRE DE MÍ

Javier Linares Serrano

Sin ni tan siguiera abrir los ojos. Con la cabeza incrustada en la piedra fría del bodegón, busco consuelo en el registro quimérico que quedó impreso en mi piel. Danzas, ritos, ancestros que regresan mecidos por tus gestos, deseos de hoy, de ya, de ahora… Colores con aroma a ti. Todo se desvanece con el azul alboreo que siempre llega porque nada puede pararlo. Grito, pero nadie me advierte con tanto silencio. Ausencia. Solo adoquines empapados que retienen mi lamento con el recuerdo de otros días. Quizá el año venidero. Pobre de mí. 


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

MÁS ROJO QUE BLANCO

Mayalen Luna Marcuello

Rojo, blanco, que acaba siendo más rojo que blanco. Estafeta. Toros. Corredores. La Pamplonesa. Gigantes y cabezudos. ¡Al Burgalés! Peñas. Dianas. Más toros. Nueve días sin descanso. Trescientos cincuenta y seis de espera. Y esperamos. Siempre con el corazón envuelto en blanco y rojo.

Nervios, emoción. Familia. Sobre todo familia. Y amigos. Abrazos, besos, reencuentros. Más emoción. Pamplona revive, y el casco viejo siente las ganas de no parar, de no dormir, de no perderse ni un segundo. De estar todos unidos. 6 de julio. Sentir escalofríos cuando, por fin, suena el cohete. Gritar más alto que nunca “¡¡Viva San Fermín!!”, porque son unas fiestas sin igual, ¡¡¡Riau Riau!!!

Suena la jota, “no te vayas de Pamplona”. Y es que nunca nos vamos. Ni nos iremos. Porque nuestro Santo está con nosotros, y el corazón, en blanco y rojo. Aunque más rojo que blanco.
 

PAMPLONA ERA UNA FIESTA

Alejandro De Santiago De La Bárcena

… Dándonos su bendición…

Va a empezar.

Fsss… ¡PUM!

Clon, clin, clon, clin, clon, clin.

Corre, corre, corre. No te detengas. No mires atrás.

¡PUM!

—Compadre, están bien bravos.

Conoce a las bestias, lo lleva viviendo treinta años.

—¡Eh!, ¡eh!

Alguien silba.

Como en un embudo, se van aplastando los hombres en las angosturas de la calle. Ya solo hay una masa roja, blanca, compacta. Empujan los cuernos.

No pienses.

Tropieza un hombre. Cae. Oculta la cabeza entre sus brazos, alguien lo agarra, lo atrae hacia sí.

—¿Estás bien?

Siempre hacia delante. Solo hay un sentido.

En un balcón, un padre junto al hijo (su primera vez), muy de puntillas, los ojos como platos.

—Papá, papá, ¿qué hacen?, ¿tienen miedo?

Ya van llegando a la plaza, que no por azar es un círculo: todo se repite.

Pamplona volverá a ser una fiesta.  


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EL ANCIANA E EL NIÑO

Maria Hortence Martins Nunes

Una anciana se apoya contra la ventana de su casa, decía todos los días.
– Nuestras fiestas son inolvidables.
Un día un niño dejó de mirarla y preguntó.
– ¿Por qué haces esa declaración?
La anciana abrió mucho los ojos y respondió.
– Yo estoy diciendo la verdad.
El chico preguntó de nuevo
– ¿Cómo puede ser verdad?
La vieja molesta respondió.
– El niño no es de aquí, así que tiene que esperar y ver.
Pero el niño no se rindió y continuó preguntando:
– ¿Cuándo va a suceder?
La anciana respondió gritando.
– Cuando el niño crezca.
El descarado chico lo lanzó al aire.
– ¿De dónde sacaste esa idea?
La anciana respiró hondo y habló.
– Puedo ver delante de mí
El chico saltó hacia atrás y volvió a hacer la pregunta.
– ¿Qué le estás dando?
La anciana respondió.
– Tal vez una bofetada sería útil.
Pregunto el chico risueño
– ¿Es para mí o para las fiestas?
La anciana respondió cerrando la ventana.
– No tengo edad suficiente para aguantarte.
Y el niño se fue a cantar.
 

TURISTA

Hebert Alberto Betancourt Rodriguez

¡Llegaron los Sanfermines! El ayuntamiento da la bienvenida y el chupinazo ha volado. No obstante, el pañuelo rojo espera a las doce. Ella quiere observar a los toros salvajes que atropellen con sevicia a las multitudes. Se siente bien con el calor infernal del verano. Las personas aglomeradas por nueve días en las calles le provocan. ¡Oh! Cuánto ama las comparsas estrafalarias de los Gigantes y Cabezudos. Sin embargo, el color de su vestido la excluye. Tampoco combina con la inocencia de la vida. 


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

LA NEVADA DE CADA SEIS DE JULIO

Juan Manuel Velasco Centelles

Yo no soy de Pamplona. Ellos tampoco. Ni siquiera he estado en Navarra durante mis cuarenta años de travesía vital. Ellos tampoco. Hay pecados para los que no existe absolución. Pero sí penitencia. En ella estamos. Libremente autoimpuesta.
Somos cuatro. Nos une una de esas amistades irremediables. Los cuatro con idéntico pecado. Viajamos por primera hacia el sonido más enervante de toda la cristiandad: el Chupinazo.
Se nos aprecia a los cuatro un ondear de sangre adolescente por el tendido de nuestra expectación.
Estamos cerca. Almorzados, cósmicos, charlatanes, níveos de una indumentaria con incrustaciones rojas con la que buscamos mimetizarnos en ese océano de cuerpos que suponemos, que imaginamos.
Viajamos a la velocidad de un diesel pero parece como si lo hiciésemos a la de la luz. Hacía muchos cometas que no nos sentíamos tan próximos a nosotros mismos.
Pamplona al fin. Un circular de rondas a avenidas, de avenidas a calles. Un ir descubriendo que sí, que van a ser las doce y está nevando. Copiosamente. Los copos tienen una silueta humanizada.. Lejos de caer con mansedumbre, revolotean ruidosos hasta cuajar una plaza reducida pero inmensa en la que la sangre de San Fermín se licúa cada año hasta decorar todos los cuellos.
 

LOS HIJOS DE SAN FERMÍN

Weimar Toro Ramírez

Dicen las gentes que a partir del txupinazo de julio, y durante unos días, la vieja Pamplona se convierte en la ciudad de los encierros matutinos y las corridas nocturnas en las que se siembran niños para que florezcan, como rosas y nardos, en primavera. Y que por eso, cada año en plena cosecha de abril se puede ver a San Fermín felizmente angustiado caminando de allá para acá sobre las nubes, inquieto, esperando noticias. Que a cada rato se agacha a mirar hacia lugares específicos del mundo, emocionado, lagrimeando y dibujando una amplia cruz en el aire; que luego se poner en pie y sigue, ansioso, yendo y viniendo porque nunca imaginó que tendría tantos hijos naciendo como cosechas de fresas, nísperos y ciruelas.

Dicen, también, las malas lenguas que, en su alegría, San Fermín manda a sus hijos con el alma morenita, con un pañuelo rojo en vez de cordón umbilical y en lugar de piel un vestido blanco. Que arrulla a sus bebés desde los corralillos de Santo Domingo hasta la Plaza de Toros de sus madres; y que cuando nace el último sanfermincito se le oye cantar: “pobre de mí, pobre de mí…”