XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
CAPOTICO DE SANTO MORENO
María Del Carmen Nevado Llandres
Los móviles no paraban de grabar a aquel personaje. Rubicundo, con tacones y cocido de calimocho. Solo le falta un cartel donde rezara: «Zaino, ven aquí que te voy a estampar un beso».
Cuando el reloj de Kukuxumusu marcó el minuto cuarenta, echó a correr por la curva de Telefónica. No se fijó en aquel espécimen hasta que lo tuvo codo con codo. Intentó llevárselo hacia un lado, invitándolo a que saltara la valla. ¿Cómo habría pasado el cordón policial con esa facha?
El muy mamón se resistía a no ser el centro del espectáculo. Saludaba a la afición como si estuviese en el tendido; hasta se atrevió a lanzar un churro a la rubia que lo filmaba desde el balcón.
Se produjo un choque en cadena en la entrada de la plaza al ver al fiera travestido a cuatro patas. Andaba tan beodo que no podía con sus mantecas. Intento enderezarse, pero dio con el trasero en la arena.
Uno de los miuras se había escapado de la manada y todos vieron cómo enfilaba directo hacia él. No se lo pensó dos veces; el corredor agarró el periódico doblado y, frente al morlaco, lo abrió como una capa, recibiendo del coso una ovación.
EZTI-EZTI
María Del Coro Alemán Carrica
EZTI-EZTI
Goizeko hamarrak ziren Elena leihora hurbildu zenean. Zaragoza Etorbidetik gora arropa txuriz jantzitako jendetza zihoan. Bestaren urduritasuna haztatzen zen kaleko giroan. Sukaldeko paretan zuen egutegia begiratu eta uztailaren 6a zela ikusi zuen, txupinazoaren eguna. Aurten, uztailaren 6a egun berezia zen Elenarendako, ez sanferminak hasten zirelako, auzoko gizarte langilearekin hitzordua zuelako, baizik.
Goizeko 11etan etorriko zen bere mendekotasun-egoeraren ebaluazioa egitera. Duela hilabete batzuk, bitrozeramika itzali gabe utzi zuen eta esne lapikoa erre zitzaion. Erre usaina hain izan zen handia, non bizilagun bat gizarte-zerbitzuetara hurbildu baitzen eta Elena eguneroko bizitzako oinarrizko jarduerak egiteko gai ez zela jakinarazi zien. Jakinarazpen honen ondorioz, mendekotasunaren balorazioa eginen ziotela ebatzi zuten egunerokoan moldatzeko laguntza beharrean zegoen ala ez erabakitzeko.
Emakumea urduri zegoen baina dena ongi kalkulatuta zuen. Bart egutegia zegokion egunean jarri zion hilobak, txupinazoaren eguna, sanferminen hasiera, zela erran zezan. Banabar gorriak ere prest zeuzkan 10:30etan sutan jartzeko eta horrela, ezti-ezti egin behar zirela kontatuko zien. Badaezpada, buruz ikasi zituen erabiltako osagaiak neurri zehatzekin.
Andreak bazekien noizbait zaharren egoitzara joan beharko zuela baina momentuz bere etxean bizitzen segitu nahi zuen sanferminek zekartzaten alaitasunak eta iskanbilak bizipoza sortzen baitzioten. 15 minutu falta ziren 11etarako. Jaietako programazioa birpasatu behar zuen etorriko zen langileari sasoian zegoela eta erabat autonomoa zela erakustarazteko.
BLANCO Y ROJO.
María Del Mar Serrano Arnay
Cada julio, Pamplona despierta envuelta en blanco y rojo. Las calles, aún húmedas del amanecer, se llenan de pasos ansiosos, risas compartidas, abrazos entre desconocidos. El bullicio no distingue edades ni acentos; todos corren al mismo ritmo de un corazón colectivo que late al compás del txistu y el tamboril.
Julián, un anciano del Casco Viejo, observa desde su balcón. Cada año promete que será el último, pero algo en la energía del momento lo convence de quedarse un poco más. Abajo, Lucía, una joven turista, tropieza con los adoquines. Julián baja a ayudarla. No comparten idioma, pero se entienden en sonrisas.
Mientras el encierro se avecina, la ciudad entera contiene el aliento. En ese instante suspendido, no hay diferencias ni soledades. Solo una promesa silenciosa de unión.
Más tarde, entre cánticos y vino derramado, Lucía baila con Julián. Nadie pregunta de dónde vienen, solo celebran que están ahí.
Y cuando cae la noche, la música aún resuena. El festejo no termina: se transforma. En cada mirada, en cada historia naciente, algo nuevo germina.
Pamplona duerme… pero algo queda latiendo. Quizá mañana. Quizá el próximo San Fermín. O tal vez… algo cambie para siempre.
UN PAÑUELO ROJO, A KILÓMETROS DE DISTANCIA
María Del Rosario Lominchar Villacañas
Cierro los ojos y el Chupinazo resuena en mi mente, aunque este año mi balcón no sea el de la Plaza del Ayuntamiento. Desde aquí, a kilómetros de Pamplona, me aferro a los recuerdos de años pasados.
Cierro los ojos y casi puedo sentir el estruendo del ruido al marcar el inicio de la fiesta, la avalancha de gente enrojecida por el pañuelo, la emoción palpable en el aire. Es una mezcla agridulce: el latido de la fiesta que me llega a través de la pantalla, pero sin la vibración real que solo Pamplona sabe dar.
Madrugo para ver las imágenes de los encierros, la tensión de los corredores, la adrenalina desbordada. Escucho los cánticos, el jolgorio de las peñas, la música que nunca cesa. Mi casa se llena del eco lejano de la jarana, y por un momento, casi olvido que no estoy allí. Me visto con mi camisa blanca, anudo mi pañuelo rojo, y brindo con mis seres queridos por San Fermín, por la salud y por la esperanza de que el próximo año sí, el próximo año regresaremos a nuestra fiesta, a sentir de nuevo la magia de Pamplona en la piel.
Viva San Fermín. ¡Gora San Fermín!