XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
SAN FERMÍN A GRAN ESCALA
Paola Ruiz Lopez
Me compré el billete de avión con escala porque era más barato. Con el sueldo de doctoranda no daba para muchos lujos, así que decidí esperar dos horas en Barajas.
Lo había planificado al detalle: vestida de blanco, pañuelo en la muñeca, mochila de fin de semana, taxi directo a casa de Idoia, en la Calle Amaya.
Embarcamos con 10 minutos de retraso. Aún quedaba margen.
El comandante nos dio las instrucciones y antes de activar el modo avión mandé un whasap al grupo “SF’25”: “En menos de dos horas nos vemos!”.
Lo que no sabía era que, a 15 minutos de llegar a Noáin, nos iban a desviar al aeropuerto de Bilbao por el mal tiempo.
Entonces, la voz del capitán nos dijo con nitidez:
– Buenos, casi, medios días. Les habla el Capitán Fermín Irujo. Sentimos que este año el chupinazo lo vivan volando. Esperamos que esto que van a escuchar, nos saque una sonrisa.
El Riau Riau comenzó a sonar por megafonía y la señora de mi derecha me ofreció, con una mirada cargada de pena, un mini kalimotxo para brindar. Mientras me ponía el pañuelico en el cuello pensé que el año que viene solo miraría opciones directas.
EL DÍA QUE CORRÍ CON LOS DIOSES
Patricia Aliaga Rodrigo
Hoy la ciudad despertó vestida de blanco y rojo, como si fuera un guerrero esperando la batalla. Mi padre me ató el pañuelo al cuello, y sentí que me nombraba caballero.
Cuando sonó el cohete, el cielo se rompió en mil pedazos y los toros brotaron de la tierra, no como animales, sino como dioses antiguos, hechos de músculo, sombra y trueno. Sus pezuñas golpeaban la piedra como tambores de guerra, y los hombres corrían delante como héroes perseguidos por su propio destino.
Desde los hombros de mi padre, vi el río humano desbordarse: corrían, gritaban, reían, y cada paso era una plegaria lanzada al viento. Los toros no perseguían; guiaban. Eran custodios del miedo, maestros de la valentía.
Más tarde, los gigantes danzaban en las plazas, reyes de otros mundos que bajaban a saludarnos. Uno me miró, y en su mirada vi la promesa de volver.
Dicen que San Fermín protege a los corredores. Pero yo sé —en mi pecho lo sé— que también vela por los toros… y por todos aquellos que todavía se atreven a soñar.
Algún día correré yo también. Pero hoy, soy guardián de un prodigio: vi a los dioses cabalgar el viento… y me regalaron su guiño eterno.
INOLVIDABLE
Patricia Collazo González
No se acuerda de mí, ni de que me llamaba trencitas de oro. No recuerda a qué sabían los besos de juventud, ni los chupitos en fiestas. El aroma que desprendía el cabello de la abuela cuando por primera vez se apoyó en su hombro.
En algún laberinto de su cabeza se ha perdido el nombre con que insistió bautizar a mi padre, su único hijo, a pesar de que la abuela no quería llamarlo Fermín. Él había ganado esa partida. La única ganada tal vez, en cincuenta años de un matrimonio resistente y longevo. Como él, como la abuela que, con los ojos turbios, observa el trajín de los preparativos por la ventana. Sabe que el abuelo nunca se perdería un encierro, pero el único encierro que él conoce ahora es el de su propia mente. Ese juguete roto que rebota contra las paredes del olvido. Que desdibuja quien fue y su habilidad para correr por las calles empedradas delante de los temibles toros.
No se acuerda de mí, ni de que fui su trencitas de oro. pero cuando ve mi pañuelo rojo anudado al cuello, añorante, me acaricia el pelo, y como en una letanía imborrable murmura “Gora San Fermín”.
¡ROJO 1 A BASE!
Patxi Calvet
Todos los años me pierdo. Será la emoción, el encontrarme con todas esas personas que apenas reconozco de año en año o ese ritmillo de pequeños pasos con el que me deslizo, empujo y, a veces, floto por las calles. Hay días que soy antipodano y termino rodeado por rubios oceánicos; otros, me expando hacia el Caribe, levantando el kalimotxo (¡bendito mejunje!) como si fuera un coco relleno de sol; en ocasiones, termino compartiendo sin idiomas reconocibles inspirado por el lenguaje gestual y el amor universal. Aunque intente por todos los medios y por todos lo enteros quedarme en Pamplona, me pierdo. Cada día, me encomiendo al Santo, a la santa cuadrilla y a mi santa (paciencia florida hecha mujer) y salgo tan camuflado que, al cabo de unas horas, me cuesta encontrarme. Me veo blanco y feliz. Miro esa estampa sesentera roja y… ¿blanca? en los cristales del Casino. «¡Otra vez, otra vez estás perdido!», pienso. Y ese alguien, que parece ser y no ser yo, levanta los hombros, sonríe y recuerda que, desde allá donde me lleven mis sanfermines, terminaré llamando a casa para dar el tranquilizador santo y seña con el que me reconocen y me reconozco: «Rojo 1 a base!».