XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
DESPERTAR PAMPLONES
Pedro De Andrés Ventosa
Los gemelos, Iñaki y Pablo de 10 años, llegan del colegio por la tarde y llaman;;Aita, Amatxo mañana vamos a una excursión sorpresa y teneís que prepararnos bocadillos y bebida..
Por la mañana, una cuadrilla de obreros llega a una nave industrial de Pamplona y empiezan a descargar las herramientas de la furgoneta y uno de ellos pide; !Silencio me parece escuchar voces en la nave, pero el capataz apremia; !!Vamos, que hay mucha tarea.
En la nave, la furgoneta ha despertado a sus inquilinos y uno de ellos les pide que hablen más bajo y les tranquiliza; vienen a la revisión anual y prepararnos para lo que se avecina
El autobús con los niños llega a la nave y los niños bajan y miran extrañados a las maestras; de repente se abre el portón de la nave. y y en medio de una sonrisa cómplice de obreros y maestras, los niños se quedan atónitos y boquiabiertos, delante de ellos están las veinticinco figuras de la Comparsa de Pamplona;; ocho Gigantes,,Los cinco Cabezudos, Los seis Kilikis y los seis Zaldikos.
Al llegar a casa
A
los niños son un clamor; este año queremos ir a correr y hacer rabiar a Cara Vinagre y Napoleón.
EL PROTAGONISTA
Pedro Antonio Cano Martínez
El toro no se despertó ni tarde ni temprano porque no había dormido un carajo, desbordado por el ajetreo y ajeno a una compañía de semejantes que le resultaba indiferente; solo tenía ganas de correr, de huir hacia adelante, hacia donde fuera; de salir de allí.
De pronto, se multiplicó el nerviosismo y el ruido y se abrió una puerta hacia la libertad. Corrió, corrió y gozó de su condición como nunca había imaginado que fuera posible hacerlo. La libertad no era lo que por un corto instante había barruntado; era un enjambre complejo y estridente que sin embargo le resultaba estimulante y febril.
Había numerosos obstáculos y el suelo parecía más duro que de costumbre, pero el delirio que sentía le ayudaba a salvarlos sin titubeos, como aquel delantero centro inglés de Osasuna que marcaba siempre que fuera al primer toque y sin pensar, poniendo el talento adquirido durante años al servicio de la inspiración del momento.
Y de repente, sin saber cómo, se sintió liberado por el esfuerzo y por la vanidad de haber superado el trance más difícil de su corta y larga vida, y se sintió feliz, feliz como nunca, en medio de la muchedumbre y de la plaza.
PAMPLONA 2225
Pedro Antonio Valencia Ortiz
Camino hacia el nuevo ayuntamiento. Hoy comienzan los primeros Sanfermines desde la desgracia nuclear. Si mi abuelo hubiera sobrevivido a la radiación, seguro los disfrutaríamos juntos. Fue uno de los últimos corredores del encierro. Su diario 3D, con las descripciones de toros de carne y hueso aún me hacen erizar la piel. Aquellos eran tiempos hermosos, sin nubes radioactivas ni toros de exoesqueleto cubierto de resina.
Aunque ya no hay una marea blanca y roja, me sorprende ver tanta gente. A través de las máscaras filtradoras de aire se asoman sonrisas y ojos expectantes. En el balcón del ayuntamiento se proyecta un holograma: el alcalde da su solemne discurso inaugural. Silencio. Aprieto entre mis manos el pañuelo rojo que una vez portó el abuelo.
Un chupinazo robótico sacude el cielo. Una gran puerta se abre y aparecen los toros mecánicos. No sé si hay que correr, pero de la impresión corro. El corazón se me acelera, el cuerpo se agita. No sabría decir si es una falla de mi máscara… pero justo a mi lado, veo correr a mi abuelo.
¡GRAN TROFEO!
Pedro Ignacio Calderón Bretón
En el Txoko, mis amigos me obsequiaron un pañuelo de un rojo tan encendido que parecía teñido en sangre, “justo como la que derramó el cuello de san Fermín” afirmó Julen.
Yo había llegado de México esa mañana, vestía ya totalmente de blanco, no quería perderme un minuto, venía dispuesto a jugarme la piel, frente a los astados de Fuente Ymbro.
“Para que lo uses mañana macho”. Era un grupo de cinco, dos chicas. Los conocí en el Chupinazo, justo frente a casa Consistorial. Con el desparpajo regalado por la juventud, y después de manjar pintxos y chistorra, beber seis, siete o… ya amigos, hermanos, respaldados por el valor que te regalan las cañas, cantamos el Riau-riau en calle mayor.
Sin darnos cuenta, entre la jarana callejera, besos y abrazos viajeros, se nos resbaló el alba sobre el insomnio cuando llegamos a la Navarrería, a la Estafeta, justo en la curva de Mercaderes. Ahi cogeríamos al toro. Terminaríamos, los que la libráramos, en el tramo de Telefónica.
Mi tensión empezó al sentir, a mi espalda el respirar del toro, terminó entre pisotones del astado y de corredores.
Más tarde, ya en la corrida, a cada olé, nos dolía el costillar, lo disfrutábamos. ¡Gran trofeo!