XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
EL MOZO DE LOS OJOS TRISTES
Miren Edurne Santalla Espinosa
El encierro empezaba a rugir bajo las suelas, y los cuernos asomaban como flechas de un tiempo viejo. Él corría con los demás, sí, pero con una lentitud voluntaria, como si esperase algo entre el estruendo.
Y entonces lo vio. Negro, imponente, con espuma en la boca y una herida abierta en el lomo. Se miraron. Un segundo. Un siglo.
Los ojos del toro no eran furia, eran recuerdo.
—¿Sabes quién soy? —parecían preguntar.
Él tembló. Lo supo. Aquel animal era el mismo que, años atrás, había salvado de morir en el monte cuando aún era becerro. Su padre, ganadero, no perdonó ese acto. “No se crían demonios”, le gritó entonces.
Y sin embargo, ahí estaba. De frente. Reconociéndolo.
Los mozos empujaban, gritaban. Pero el toro lo esquivó. Le pasó al lado con la torpeza majestuosa de quien recuerda algo sagrado.
Nadie entendió por qué aquel joven cayó de rodillas, cubriéndose la cara con las manos.
—He matado muchas cosas para llegar hasta aquí —susurró—. Pero él me ha perdonado.
El toro siguió su camino. Él no.
No corrió más. Se quedó allí, llorando entre la multitud.
Como quien acaba de perder algo que nunca tuvo.
MILAGRO SANFERMINERO
Miren Jasone Arrieta Morin
1982. Cinco adolescentes se montan en un coche en el país Vasco con dirección a…. Pamplona hemos de ir….
Llegada a los aledaños del ayuntamiento en el día más señalado por ser el comienzo.
Ambientazo bestial, te empujan, te llevan, te levantan casi en el aíre. Te dejas, bebes de las risas y de la música y te deslizas casi sin sentirlo.
Cuatro adolescentes, nos falta Mertxe!!
Casi no escuchas el bullicio, se te para el corazón. No hay móvil, no hay quedada en ningún sitio.
Sin pensarlo mucho se reparte el espacio en cuatro y se fija un punto de reunión, meticulosamente dispuesto cada hora.
Empresa imposible, hay miles de personas en ese pequeño/ gran espacio cuando llegas.
Todas las caras son Mertxe.
A la hora de la pérdida, en la Plaza del Castillo, se reúne el cuarteto sin la desaparecida.
Han tirado el cohete del txupinazo hace rato y te lo has perdido. Piensas en Mertxe, que hará??
Un, aúpa chicas!!! te devuelve a la realidad. Es Mertxe que sale de un bar acompañada de unas valencianas.
Que se le dice? Nada.
Un abrazo y a disfrutar del milagro de haberle encontrado.
Eso sí, cada dos horas en el café Iruña.
DE TRACAS, DE PERROS Y DE NIÑOS
Mirentxu Arana Lesaca
De tracas, de perros y de niños
-Prepara al chico, que hace una mañana preciosa. Yo me ocupo de Beltza…
Media hora después, salíamos los tres camino de las barracas. De repente un estruendo ensordecedor, la traca de un espontáneo, rompía bruscamente el encanto de aquel silencio mañanero. El perro, espantado, buscó refugio debajo de un coche temblando de miedo, yo rompí a llorar con todas las fuerzas de mis cuatro años, que eran muchas, y me encaramé a los brazos de mi padre. Necesitamos toda nuestra pericia para recuperar a Beltza, bueno, nuestra pericia y la del dueño del coche. De pronto, mi padre ve con horror correr por mis piernas un líquido sanguinolento que lo paraliza. Tengo que añadir que mi progenitor nunca hubiera podido ejercer la medicina. Con la ayuda de un desconocido llegamos al puesto de socorro, mi padre al borde del ataque de nervios, pensando que me desangraba, yo a grito “pelao”. A ver-ordenó el médico- pantalones fuera. Mis calzoncillos rojos a juego con el pañuelico y la faja (genialidad de mi madre), se desteñían en contacto con el pis. Médico y enfermeras pasaron un buen rato. Mi padre reaccionó pronto. Yo no. Beltza tampoco.
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HERIDO, PERO NO VENCIDO
Modesta Pardo Tolsada
Martín llevaba treinta años corriendo el encierro. Treinta años saliendo por Santo Domingo, rozando el suelo con la palma, mirando al cielo y murmurando la misma oración: «San Fermín, protégeme».
Hoy, sin embargo, no está en la cuesta. Hoy, Martín está en la habitación de un hospital con el pecho herido por un toro traicionero. La televisión emite imágenes del encierro de esta mañana mientras su hijo de dieciocho años cumplidos, precisamente hoy, entra en la habitación con un pañuelo rojo anudado al cuello y una mirada de fuego.
—¿Dónde has estado? —preguntó Martín.
El joven baja la cabeza, jugueteando con el pañuelo.
—Corrí esta mañana antes de venir a verte.
Martín siente que el aire se le escapa, igual que el último aliento que tuvo en la cuesta, bajo los cuernos del toro. Miró a su hijo, aún con el pecho agitado, y lo atrajo hacia sí. Lo estrechó con fuerza, sintiendo el latido que no se detuvo.
—¿Te hizo daño? —pregunta el hijo, señalando la herida que asoma bajo la bata.
—No tanto como me duele que hayas corrido sin decirme nada.
El chico traga saliva.
—No volveré a hacerlo papa —susurra.
—Ojalá yo pudiera decir lo mismo —pensó Martín.