XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
MI PRIMER ENCIERRO
Santa Gimeno Mata
MI PRIMER ENCIERRO
Pantalón y camisa blanca, fajín y pañuelo rojo al cuello. Ramonico se miraba y no se veía.
Cuántas veces había soñado con vestirse de pamplonica, cuantas en vivir ese encierro.
Ya había cantado, junto a los otros mozos, los tres cánticos al santo. Ahora observaba plantado en medio de la calle como comenzaban a abrirse las puertas del toril.
Los mozos corrían y alguno tropezaba con él al pasar a su lado. Ramonico seguía sin moverse, observaba como los miuras se iban acercando. Ya estaban a un metro de él, podía verse reflejado en el iris de sus ojos..
La distancia se iba acortando. Alguien gritó ¡Apártate insensato!. ¡Lo van a matar, está loco!. El aliento contenido de los allí presentes.
Ramonico miraba y admiraba las astas, el pelaje, la bravura de los astados. Una mueca bobalicona se reflejaba en su cara.
Más gritos. Unos se tapaban los ojos, otros intentaban atrapar el inevitable momento con sus móviles
Todos los miuras habían pasado, esquivando milagrosamente a esa figura inamovible en mitad de la calle. Los medios de comunicación se lanzaban a su caza, ¿quién era ese insensato?. Ramonico sonreía, había vivido su primer encierro.
EL RESBALÓN
Santiago Mate
Caía la noche cálida de verano en Pamplona, a un día del inicio del chupinazo del año 1977. Aún la guardia civil guardaba las calles del recorrido del encierro y también de parques y plazas. Mañana sería el chupinazo que reuniría a miles de personas en la plaza del ayuntamiento. Guardaba en casa doblados, los colores blancos y rojos de los pantalones, camisetas y fajines, que utilizaría para las fiestas patronales. Esa mañana, madrugué, no se porqué y salí a comprar el periódico, con la mala suerte que resbalé con el bordillo de la acera con caída incluida. Resté los malos rollos por decirme empiezas bien y me puse mi amuleto que era una medalla pequeña de oro que me compró mi madre, ella me dijo te dará buena suerte. Así que salí a la plaza donde multitud de gentes ya estaban a punto de cantar : El Viva San Fermín. El primer encierro el más emotivo para mi, cuando ya puedo sentir el miedo y los astados a mi lado. Empezó las ocho de la mañana antes los cánticos al patrón San Fermín. Después la suerte del corredor, salir con mucho afán sintiendo a mí no me pasará nada.
FATIGA Y ORGULLO
Santiago Casero González
¿Oyes eso? Es tu corazón batiendo sus propias paredes saturadas de sangre efervescente. Debe de latir a ciento veinte pulsaciones por minuto. No es extraño. Siempre te ocurre más o menos en la curva de Estafeta, cuando la plaza es ya un objetivo posible. Tampoco te sorprende oír tu voz en la cabeza, como un escritor ensayando la bizarra segunda persona en un cuento. Todos lo hacen, ¿no? Hablar con uno mismo, quieres decir, metro a metro, como si fuese otro el que corre tras el triunfo que consiste en llegar una vez más a la arena. Entretanto, ves pasar a tu lado, igual que caballos huyendo del fuego, a corredores que luego van a rodar por el suelo o a combarse ante las astas de un toro rezagado. Como milagros del miedo y la adrenalina. San Fermín mediante, piensas. Pero, ¿no lo oyes? Es el latido de tu exigido corazón aunque también es el aliento del pasado y de la tradición. Todo eso piensas, todo eso te empuja todavía un poco más, hasta que tus últimas y exhaustas zancadas acaben llevándote a una plaza que revienta de música y aplausos. Se acabó. Lo has vuelto a hacer. Hoy habrá, nuevamente, fatiga y orgullo.
LOS SANFERMINES ERAN YA HISTORIA
Santiago Navajas
En la plaza, el toro embiste con elegancia. Sus ojos destilan un brillo humano. El torero, a la par, ciñendo embestidas, jugándose el tipo. Con pases de gran hondura y de una belleza inmarcesibe, toro y torero, torero y toro, parecían uno. El público de Pamplona, apasionado, aplaudía en ambos lo mismo: la torería, magia y liturgia; el pundonor del que hacen gala los toreros con profesionalidad y sentido del deber, pero también la casta y el trapío de los toros. La plaza al torero de viva voz: “Tiene usted lo que les falta a los demás: ¡torería!”. O en corto y por derecho: “¡Qué cojones tienes!”, a lo que contestó el torero desde el centro de la plaza “¡Gracias!” sin perderle la cara al toro al que estaba porfiando un pase de pecho. Si el torero se adornaba con ceñidas chicuelinas, el toro le respondía con encastada nobleza. Era un toro-toro, de los que recargan en varas hasta los cuatro puyazos. Murieron como tenía que morir, con la espada en alto y los cuernos afiladísimos. Con un frenético lanzamiento de cubos se desató la tamborrada y empezó el «pobre de mí». Los sanfermines eran ya historia.