XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
SAN FERMÍN Y EL MINOTAURO
Miguel Maria Unceta González
Mítico chupinazo el de 2027. Lo lanzó un empresario que había inaugurado un laberinto en Urdaniz. Lo anecdótico fue su corpulento socio griego con el que lo encendió. Un minotauro cretense. Nos extrañamos de su apariencia sólo al principio. – Pobre, será una deformación de nacimiento – concluimos –. Pamplona se habituó a verle. Asistió devotamente a la Misa por San Fermín. También madrugaba para los encierros, los pastores de verde, de guasa, le daban a veces con la vara. Kukuxumusu quiso que participara en una promoción. Caravinagre lo reclutó tres días para aporrear niños. Le dio tiempo a beber, a bailar al ritmo de las charangas, varias peñas le pidieron firmar sus pancartas. Admiró los fuegos artificiales desde la azotea de la Torre Basoko. En la tómbola le tocó un pin. Nadie presagió su trágico final. Por azares del destino, tuvo un malentendido con la novia de un compatriota heleno en el parking subterráneo del Palacio de Congresos del Baluarte, por una plaza libre, y este último le apuñaló. El agresor fue identificado como Teodoros Seolinis, « Teseo » llamado en el barrio. Llegada la ambulancia, justo antes de expirar, balbuceó – Pobre de mí…–.
YO TE ESPERO
Mikel Rosino Cortés
En el último recreo que compartimos me dijiste que sí.
Que nos vestiríamos de blanco. Que llevaríamos el pañuelico rojo como los grandes. Que veríamos los gigantes juntos. Que bailaríamos con ellos. Que no te gustaban los cohetes, pero que, si te tapaba los oídos, te daría menos miedo. Que ibas a estar, puntual, desde las diez.
Me desperté antes del chupinazo. Me peiné como te gusta, con la raya al costado. Me puse colonia (¡y me picó!). Guardé dos monedas en el bolsillo para comprarte churros con chocolate, como sé que te gustan, bien calentitos.
Puntual estaba en la esquina del bar. Como prometí.
El tiempo pasa. Los gigantes ya están bailando. Te busco entre la marea blanca y roja. Entre las peñas, los tambores, los niños sobre los hombros. Entre tantos rostros que no son el tuyo.
No estás. No puedo encontrarte.
Cierro los ojos y escucho la música. Me quedo quieto. Sé que aparecerás. Yo te espero.
Alguien me toca el hombro. Se me ha subido el corazón a la garganta.
Pero no eres tú.
Es Elur, mi hija.
—Venga, papá, los gigantes ya pasaron —me dice, con su vestido blanco y su moño rojo— Venga, que te estás quedando atrás.
LO QUE SURJA
Mikel Mikeo Arrarás
Calificar ese año como un año de mierda era quedarse corto, completamente.
Se había separado, traumáticamente; Le habían despedido, injustamente; había perdido a sus padres en el margen de dos semanas, tristemente; y el implante de pelo turco brillaba por su ausencia, inaceptablemente. Lo cual hacía brillar más su coronilla, irónicamente.
Veía a sus hijos un fin de semana de cada dos, a sus padres ninguno, lamentablemente. Seguía buscando trabajo, lo mismo que pareja, y a ni lo uno ni a la otra se les veía el pelo. Como A su implante turco, casualmente.
Pero era 6 de julio. Y esa es otra historia.
Almuerzo con los amigos, bailar, cantar, beber, comer, reír, saltar, conocer gentes, reencuentros, ¿el amor?, puede, tal vez, lo que surja y al final… San Fermín decidiría.
Jamás había corrido el encierro, ese año sería el primero, En medio de la Estafeta se encontraría con su destino. O le mataba un Cebada Gago o tiraría para adelante con su patética vida pero con todas sus fuerzas renovadas. Morir o volver a vivir, lo que surja.
En su fuero interno confiaba que para los fuegos artificiales se encontrara en brazos de Morfeo. Como los últimos siete años. En algún jardín, probablemente.
EL MISMO DÍA
Mila Pacheco Aracil
Llevaba una foto suya en la cartera,
y en el cuello, el pañuelo que me regaló.
Este San Fermín nos volveríamos a encontrar.
Hacía 40 décadas que no nos veíamos.
La verdad es que esto de la tecnología y las redes sociales…
La última vez que nos vimos, yo tenía cerca la mayoría de edad, y ella, cumpliría los 16, el día de San Fermín.
Siempre la fiesta que tanto le gustaba, siempre una mirada, siempre una sonrisa.
¡Bonito día para nacer! —decía—.
Después…
¡No sé!
El servicio militar, otras amistades, las prisas, los errores de la vida.
…Y la veo venir.
¡Cuánto tiempo que el corazón no me va a mil!
¡La boca se me seca!
Y al acercarme a ella…
—¿Tú no eres Lola?
—No, soy su hermana gemela.
Lola me dijo que había quedado
contigo en este día y a esta hora.
Te quería agradecer lo feliz que la estabas haciendo.
—¿Cómo?
—Lola murió hace cuatro días, justo el día de San Fermín, justo el día en que nació.
Y entre lágrimas y con el corazón parado, me pregunté yo:
¿Bonito día para morir?
Mila Pacheco Aracil