XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

EL ALMA DEL ENCIERRO

Moisés Martínez Quintana

Quedan pocos minutos para que se abra el portón, frente a él, impacientes están los que van a demostrar que sabrán burlar a la muerte.
Son los elegidos para rendir honor a esos Viejos Dioses que quedaron anclados fuera de todo tiempo, reclaman como hace milenios que se les rinda un tributo de suerte y sangre.
La prueba está en cada cuerno y en cada pezuña, instrumentos que van a probar que la lucha en el universo es difusa, vida y muerte se entremezclan en un torbellino eterno.
¡Ya salen! Solo importa correr.
Como en Creta, en Pamplona tampoco importa el tiempo, este se para cuando la naturaleza quiere demostrarte que aun usa recursos que no puedes dominar.
Poco importa que el enfrentamiento sea con una pértiga, o corriendo con un periódico enrollado, el caso es burlar la muerte un día más, pero de un modo que exalte el espíritu.
Las columnas de la cultura Minoica que contemplaban el ruedo donde mujeres desnudas saltaban sobre los inmensos uros y la puerta del toril que separan a los mozos de los morlacos, fueron y son testigos de algo trascendente, difícil de explicar, pero sin duda grabado a fuego en el alma del hombre.
Barlovento.
 

UN BREVE LATIR

Mónica Florencia Josid Huber

Como cada 6 de julio, el niño se levantó temprano y se vistió de blanco, feliz de volver a ver a aquel amigo que solo lo visitaba en fiestas.
Mientras preparaban el almuerzo en la sociedad, oyó a las mujeres decir que su amigo había muerto y que el tañido de las campanas del pueblo había acompañado su alma inocente al cielo. Confundido, salió a su encuentro y se perdió en las calles entre la marea de pañuelos rojos en alto. Era imposible que el chupinazo dejara una estela en el cielo, que los gigantes bailaran jotas, que los cabezudos y kilikis corrieran detrás de otros chicos, y que cientos de almas corrieran delante de una manada de toros; no podía ser que sonaran las gaitas, los cánticos a San Fermín, la traca, si él no encontraba a su amigo, así que continuó buscándolo.
Transcurrieron largas noches blancas que le tiznaron el pelo. Agotado, volvió a su casa. Su madre, ya anciana, le abrió la puerta y al verlo le dijo: “Cuánto has crecido, mi niño”.
 

FIESTA SIN IGUAL

Naila Sebastián Esandi

Escucha… ¿Oyes ese rugir de tripas? ¿Ese temblor de nervios? ¿Ese hambre de fiesta? Son las 11.59, la hora mágica. Pamplona está expectante, llena de furor, a punto de estallar…
Todos tenemos la llama de nuestros cohetes chispeando en nuestro interior, acercándose a la pólvora mucho más lento de lo que nos gustaría. ¡Qué minuto más eterno! Nos colma por fin ese sentimiento blanco y rojo que ha hibernado en nuestro corazón todo el año. Ha estado cogiendo fuerzas, preparándose para brotar el seis de julio y rebosar en cada rincón de nuestra ciudad durante ocho majestuosos días.
Pasión, alegría, celebración y emoción que ojalá no terminaran nunca.
Sin embargo, siempre llega el Pobre de Mí… y esa lagrimica al desatar el pañuelico, entre velas y una dulce canción, es el más puro reflejo de nuestra fiesta sin igual. 

MIS SANFERMINES

Natividad Martínez Cabrera

Mis Sanfermines
Ya se acercaba el 7 de julio. He esperado con mucha ilusión para correr en estos “Sanfermines 2025”
Tenía un yeso en mi pie recién fracturado.
Tomé la villavesa con mis muletas. Andando por Carlos III, me detuve a ver el “Monumento al Encierro” donde los corredores están siendo alcanzados por los toros. A pesar de lo triste que estaba por no poder correr, respiraba ese aire de los venideros encierros.
Con el lanzamiento del chupinazo desde el balcón del Ayuntamiento comienzan los festejos, pensaba. Es el momento más esperado. No cabe uno más en la plaza. El rojo y el color blanco se funden. El vino y las risas se hermanan. Desde todas partes del mundo llegan turistas a participar en las añoradas corridas de toros, donde el coraje, la hermandad y el disfrute, hacen de Pamplona la elegida por excelencia.
Miré cómo algunos corrían hacia el monumento comentando que los deseos se cumplían cuando les tocaban los testículos a los toros. Me acerqué y observé que habían perdido su color verde bronceado.
Con disimulo, silenciosamente, también pedí mis deseos.
Ese día, aun cojeando, pero sin yeso, mis deseos se hicieron realidad cuando pude tocar el cuerno a un toro bravío.

 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

EL MOZO DE LOS OJOS TRISTES

Miren Edurne Santalla Espinosa

El encierro empezaba a rugir bajo las suelas, y los cuernos asomaban como flechas de un tiempo viejo. Él corría con los demás, sí, pero con una lentitud voluntaria, como si esperase algo entre el estruendo.

Y entonces lo vio. Negro, imponente, con espuma en la boca y una herida abierta en el lomo. Se miraron. Un segundo. Un siglo.

Los ojos del toro no eran furia, eran recuerdo.

—¿Sabes quién soy? —parecían preguntar.

Él tembló. Lo supo. Aquel animal era el mismo que, años atrás, había salvado de morir en el monte cuando aún era becerro. Su padre, ganadero, no perdonó ese acto. “No se crían demonios”, le gritó entonces.

Y sin embargo, ahí estaba. De frente. Reconociéndolo.

Los mozos empujaban, gritaban. Pero el toro lo esquivó. Le pasó al lado con la torpeza majestuosa de quien recuerda algo sagrado.

Nadie entendió por qué aquel joven cayó de rodillas, cubriéndose la cara con las manos.

—He matado muchas cosas para llegar hasta aquí —susurró—. Pero él me ha perdonado.

El toro siguió su camino. Él no.

No corrió más. Se quedó allí, llorando entre la multitud.

Como quien acaba de perder algo que nunca tuvo. 

MILAGRO SANFERMINERO

Miren Jasone Arrieta Morin

1982. Cinco adolescentes se montan en un coche en el país Vasco con dirección a…. Pamplona hemos de ir….
Llegada a los aledaños del ayuntamiento en el día más señalado por ser el comienzo.
Ambientazo bestial, te empujan, te llevan, te levantan casi en el aíre. Te dejas, bebes de las risas y de la música y te deslizas casi sin sentirlo.
Cuatro adolescentes, nos falta Mertxe!!
Casi no escuchas el bullicio, se te para el corazón. No hay móvil, no hay quedada en ningún sitio.
Sin pensarlo mucho se reparte el espacio en cuatro y se fija un punto de reunión, meticulosamente dispuesto cada hora.
Empresa imposible, hay miles de personas en ese pequeño/ gran espacio cuando llegas.
Todas las caras son Mertxe.
A la hora de la pérdida, en la Plaza del Castillo, se reúne el cuarteto sin la desaparecida.
Han tirado el cohete del txupinazo hace rato y te lo has perdido. Piensas en Mertxe, que hará??
Un, aúpa chicas!!! te devuelve a la realidad. Es Mertxe que sale de un bar acompañada de unas valencianas.
Que se le dice? Nada.
Un abrazo y a disfrutar del milagro de haberle encontrado.
Eso sí, cada dos horas en el café Iruña. 

DE TRACAS, DE PERROS Y DE NIÑOS

Mirentxu Arana Lesaca

De tracas, de perros y de niños
-Prepara al chico, que hace una mañana preciosa. Yo me ocupo de Beltza…
Media hora después, salíamos los tres camino de las barracas. De repente un estruendo ensordecedor, la traca de un espontáneo, rompía bruscamente el encanto de aquel silencio mañanero. El perro, espantado, buscó refugio debajo de un coche temblando de miedo, yo rompí a llorar con todas las fuerzas de mis cuatro años, que eran muchas, y me encaramé a los brazos de mi padre. Necesitamos toda nuestra pericia para recuperar a Beltza, bueno, nuestra pericia y la del dueño del coche. De pronto, mi padre ve con horror correr por mis piernas un líquido sanguinolento que lo paraliza. Tengo que añadir que mi progenitor nunca hubiera podido ejercer la medicina. Con la ayuda de un desconocido llegamos al puesto de socorro, mi padre al borde del ataque de nervios, pensando que me desangraba, yo a grito “pelao”. A ver-ordenó el médico- pantalones fuera. Mis calzoncillos rojos a juego con el pañuelico y la faja (genialidad de mi madre), se desteñían en contacto con el pis. Médico y enfermeras pasaron un buen rato. Mi padre reaccionó pronto. Yo no. Beltza tampoco.
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HERIDO, PERO NO VENCIDO

Modesta Pardo Tolsada

Martín llevaba treinta años corriendo el encierro. Treinta años saliendo por Santo Domingo, rozando el suelo con la palma, mirando al cielo y murmurando la misma oración: «San Fermín, protégeme».
Hoy, sin embargo, no está en la cuesta. Hoy, Martín está en la habitación de un hospital con el pecho herido por un toro traicionero. La televisión emite imágenes del encierro de esta mañana mientras su hijo de dieciocho años cumplidos, precisamente hoy, entra en la habitación con un pañuelo rojo anudado al cuello y una mirada de fuego.
—¿Dónde has estado? —preguntó Martín.
El joven baja la cabeza, jugueteando con el pañuelo.
—Corrí esta mañana antes de venir a verte.
Martín siente que el aire se le escapa, igual que el último aliento que tuvo en la cuesta, bajo los cuernos del toro. Miró a su hijo, aún con el pecho agitado, y lo atrajo hacia sí. Lo estrechó con fuerza, sintiendo el latido que no se detuvo.
—¿Te hizo daño? —pregunta el hijo, señalando la herida que asoma bajo la bata.
—No tanto como me duele que hayas corrido sin decirme nada.
El chico traga saliva.
—No volveré a hacerlo papa —susurra.
—Ojalá yo pudiera decir lo mismo —pensó Martín.
 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

VIAJE EN LA NORIA

Milagros Arizcuren Balda

¡Estoy eufórico! Maite me ha dicho que sí. Estos son nuestros primeros sanfermines juntos.
Nos hemos separado de la cuadrilla para venir a las barracas. Después de los autos de choque, ella quiere que vayamos a la noria. Aunque a veces me mareo, yo no digo nada y subo. Cuando nos sentamos Maite se acurruca a mi lado, apoya la cabeza sobre mi hombro y provoca un balanceo.
La noria gira despacio hasta que se ocupan todas las cabinas. Aprovechamos estos momentos para acariciarnos y también me animo a besarla. De repente la noria se mueve más deprisa; me parece que las personas se encogen en la distancia, pero necesito cerrar los ojos. Maite me abraza con suavidad y me habla con dulzura aunque yo no puedo escucharle. Tengo los oídos taponados y el cuerpo tenso, noto que los churros se rebelan en mi estómago, y que el sudor frío se extiende por la espalda; me falta el aire.
La noria gira y gira mientras mi vida se agita en la cabeza como si quisiera fugarse. Cuando termina el viaje y abro los ojos, Maite ya no está conmigo. Ahora, una carita suplicante me coge la mano y pregunta —¿aitona, nos montamos otra vez?
 

OJOS DE PLATA

Milagros Moises Gonzalez Alba

Quinientos años observando Pamplona desde mis ojos metálicos. Fui creado por las manos de un orfebre que me susurraba secretos mientras me daba forma. Desde entonces, cada 7 de julio soy alzado en procesión por estas calles que he visto transformarse de senderos de barro a avenidas pavimentadas.
He contemplado cómo el primer chupinazo se convirtió en tradición, cómo el blanco y rojo pasaron de ser colores litúrgicos a símbolo festivo. Vi a Sarasate tocar para mí en la capilla, a Gayarre cantar mientras me miraba con devoción, y a Oteiza contemplarme largamente buscando inspiración.
Reconozco rostros que se repiten a través de generaciones. Veo en los nietos los mismos gestos que en sus abuelos, mismas sonrisas, mismas lágrimas de emoción cuando pasa la procesión.
Este año, entre el gentío, distingo a una mujer que se detiene frente a mí con expresión distinta. Mientras todos rezan, ella observa la inscripción en mi base que nadie ha descifrado en siglos. Sus ojos brillan con reconocimiento y comprende la verdad: no soy un santo que concede milagros, sino testigo silencioso de que el verdadero milagro siempre ha sido Pamplona misma.
 

9 DÍAS LABORABLES

Miren Ederra Marticorena

Mi hijo antes no era así. Desde que aceptó este trabajo le veo diferente, más cascarrabias, y hasta le ha cambiado la cara. Cada vez que llega julio se pone muy nervioso y le cuesta mucho dormir. Y todos los años igual. Cuando llega a casa no me cuenta qué tal el día. Come un poco y se sienta en el sofá porque dice que está muy cansado. Que “asustar niños no es algo que pueda hacer todo el mundo”. Y al día siguiente lo mismo. Y yo me empiezo a preocupar. Alguna vez me ha comentado que a él lo que le gustaría es hacerles reír y que sufre mucho cuando les ve llorar…
Yo ya no sé qué hacer. Le he dicho que intente pedir un cambio de puesto, que quizás alguien le pueda hacer el favor por un tiempo. Pero se niega. Dice que no puede hacerle eso a sus compañeros. La verdad doctor, es muy cabezón.
¿Cómo le puedo ayudar?
 

LLAMADA EN VÍSPERA

Miren Oyarzun Goldaracena

-Aita!
-Hola mi chica, ¿ cómo estás?
-Sin parar, 5 de julio y siempre me pilla el toro, me podrías pasar por vigésima vez la receta del bacalao?
-Si claro, apunta!
– Hecho! ¿ cómo estáis por allá?
– Bien cariño, tus tíos Conchita y Fermín viendo los toros desde otro tendido y tía Camino vigilando que el balcón de la calle nueva esté listo! tú como estás?
– Qué te voy a decir, ropa blanca preparada, pañuelicos listos, uno para cada día! y tu nieta, ay si la ves! que no le gustan los sanfermines dice! no se a quién habrá salido!!!
– Bueno tú eras igual, desde aquel día que caravinagre te pilló desprevenida en la plaza del castillo con 2 años, qué disgusto! tardaste años en volver a acercarte!
– Calla, calla ni me lo recuerdes!!
– Enséñale a vivirlos a quererlos, cuéntale cómo fueron los tuyos, y acabará sintiéndolos tanto como tú!
– Tienes razón, mañana 6 de julio, mismo nervios y nuevas historias que recordar. Prepararé el bacalao para el Chanclazo y brindaremos por vosotros. Os queremos mucho
– Yo también a vosotros.
¿ qué hacías hija? nada amatxo una llamada al cielo
 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

SAN FERMÍN Y EL MINOTAURO

Miguel Maria Unceta González

Mítico chupinazo el de 2027. Lo lanzó un empresario que había inaugurado un laberinto en Urdaniz. Lo anecdótico fue su corpulento socio griego con el que lo encendió. Un minotauro cretense. Nos extrañamos de su apariencia sólo al principio. – Pobre, será una deformación de nacimiento – concluimos –. Pamplona se habituó a verle. Asistió devotamente a la Misa por San Fermín. También madrugaba para los encierros, los pastores de verde, de guasa, le daban a veces con la vara. Kukuxumusu quiso que participara en una promoción. Caravinagre lo reclutó tres días para aporrear niños. Le dio tiempo a beber, a bailar al ritmo de las charangas, varias peñas le pidieron firmar sus pancartas. Admiró los fuegos artificiales desde la azotea de la Torre Basoko. En la tómbola le tocó un pin. Nadie presagió su trágico final. Por azares del destino, tuvo un malentendido con la novia de un compatriota heleno en el parking subterráneo del Palacio de Congresos del Baluarte, por una plaza libre, y este último le apuñaló. El agresor fue identificado como Teodoros Seolinis, « Teseo » llamado en el barrio. Llegada la ambulancia, justo antes de expirar, balbuceó – Pobre de mí…–. 

YO TE ESPERO

Mikel Rosino Cortés

En el último recreo que compartimos me dijiste que sí.
Que nos vestiríamos de blanco. Que llevaríamos el pañuelico rojo como los grandes. Que veríamos los gigantes juntos. Que bailaríamos con ellos. Que no te gustaban los cohetes, pero que, si te tapaba los oídos, te daría menos miedo. Que ibas a estar, puntual, desde las diez.
Me desperté antes del chupinazo. Me peiné como te gusta, con la raya al costado. Me puse colonia (¡y me picó!). Guardé dos monedas en el bolsillo para comprarte churros con chocolate, como sé que te gustan, bien calentitos.
Puntual estaba en la esquina del bar. Como prometí.
El tiempo pasa. Los gigantes ya están bailando. Te busco entre la marea blanca y roja. Entre las peñas, los tambores, los niños sobre los hombros. Entre tantos rostros que no son el tuyo.
No estás. No puedo encontrarte.
Cierro los ojos y escucho la música. Me quedo quieto. Sé que aparecerás. Yo te espero.
Alguien me toca el hombro. Se me ha subido el corazón a la garganta.
Pero no eres tú.
Es Elur, mi hija.
—Venga, papá, los gigantes ya pasaron —me dice, con su vestido blanco y su moño rojo— Venga, que te estás quedando atrás.
 

LO QUE SURJA

Mikel Mikeo Arrarás

Calificar ese año como un año de mierda era quedarse corto, completamente.
Se había separado, traumáticamente; Le habían despedido, injustamente; había perdido a sus padres en el margen de dos semanas, tristemente; y el implante de pelo turco brillaba por su ausencia, inaceptablemente. Lo cual hacía brillar más su coronilla, irónicamente.
Veía a sus hijos un fin de semana de cada dos, a sus padres ninguno, lamentablemente. Seguía buscando trabajo, lo mismo que pareja, y a ni lo uno ni a la otra se les veía el pelo. Como A su implante turco, casualmente.
Pero era 6 de julio. Y esa es otra historia.
Almuerzo con los amigos, bailar, cantar, beber, comer, reír, saltar, conocer gentes, reencuentros, ¿el amor?, puede, tal vez, lo que surja y al final… San Fermín decidiría.
Jamás había corrido el encierro, ese año sería el primero, En medio de la Estafeta se encontraría con su destino. O le mataba un Cebada Gago o tiraría para adelante con su patética vida pero con todas sus fuerzas renovadas. Morir o volver a vivir, lo que surja.
En su fuero interno confiaba que para los fuegos artificiales se encontrara en brazos de Morfeo. Como los últimos siete años. En algún jardín, probablemente. 

EL MISMO DÍA

Mila Pacheco Aracil

Llevaba una foto suya en la cartera,
y en el cuello, el pañuelo que me regaló.
Este San Fermín nos volveríamos a encontrar.
Hacía 40 décadas que no nos veíamos.
La verdad es que esto de la tecnología y las redes sociales…
La última vez que nos vimos, yo tenía cerca la mayoría de edad, y ella, cumpliría los 16, el día de San Fermín.
Siempre la fiesta que tanto le gustaba, siempre una mirada, siempre una sonrisa.
¡Bonito día para nacer! —decía—.
Después…
¡No sé!
El servicio militar, otras amistades, las prisas, los errores de la vida.
…Y la veo venir.
¡Cuánto tiempo que el corazón no me va a mil!
¡La boca se me seca!
Y al acercarme a ella…
—¿Tú no eres Lola?
—No, soy su hermana gemela.
Lola me dijo que había quedado
contigo en este día y a esta hora.
Te quería agradecer lo feliz que la estabas haciendo.
—¿Cómo?
—Lola murió hace cuatro días, justo el día de San Fermín, justo el día en que nació.
Y entre lágrimas y con el corazón parado, me pregunté yo:
¿Bonito día para morir?
Mila Pacheco Aracil

 


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QUIZÁS, LA ÚLTIMA CARRERA

Miguel Angel Torres Abreu.

—¿Y Carlitos?
—Ahí está, cargando cuarenta años de estupidez.
—¿Ahora qué hace?
—Regresó de Santorini y va al encierro, en los Sanfermines, como siempre.
—¿Y eso es una estupidez?
—Nooo, eso no, claro que no.

Se escuchó una voz suave:

—Tómese el comprimido, Elena.

Estiró de repente la mano débil y sin contención muscular, pero con un imponente deseo que la volvió firme y potente: le agarró el culo a la gerontóloga. De inmediato salió andando con su silla de ruedas a toda velocidad, y detrás, la gerontóloga. Dobló por dentro en la esquina del pasillo y la gerontóloga tomó la parte exterior, rozándose a extremos con la pared y golpeándose contra el agarre de la puerta. La mujer, con sus años a cuestas, siguió sin mirar atrás. Abrió de un golpe la puerta y se vio en el centro de la terraza, rodeada de ancianos y familiares que, estupefactos, la miraban mudos, atónitos.

De repente, todos comenzaron a hablar y comentar: la anciana con la gerontóloga, su tema. Elena miró al cielo ocre, que, salpicado de azul y matices claros, era un espectáculo. Se estiró la pañoleta roja que llevaba en el cuello. Respiró suave, aliviada, mientras su perseguidora resoplaba bajo su mirada.
 

CÓMO CONOCÍ A VUESTRA MADRE

Miguel ángel Sánchez De La Guía

Pañuelo rojo, camisa blanca, bajaba la calle como un ángel que volase a toda velocidad.
Yo, temeroso pero decidido, no hubiese cambiado nada de ese momento, estar allí era todo lo que quería, y eso que bien podría acabar corneado… merecía la pena.
El cornópeta pasó como mole de carne negra, elegante y salvaje, único, rozándome con su asta. Gritos de los espectadores, pisadas de los corredores y Pamplona siendo, un año más, única, irrepetible, inimitable.
De repente ella, que no despegaba la mirada del astado, se precipitó contra mi y chocamos.
Un toro nos había unido, ella, sobre mi, sonrió, y allí fue cuando yo me enamoré
Desde entonces, jamás nos separamos, y todos los años vamos, juntos, a los San Fermines.
Y así, hijos, fue como conocí a vuestra madre. 

NO FUE UN VIAJE CUALQUIERA

Miguel ángel Esquembre González

Se estaba hartando de preguntar. Su castellano no era muy fluido y las personas tampoco hablaban despacio. Su esposa le miraba desconcertada. Por un segundo, se arrepintió de convencerla para venir desde París.
Cuando había perdido la esperanza y el sudor chorreaba por su frente, divisó su destino, el lugar donde iban a hospedarse. La miró y, por fin, después de muchas horas, vio a su mujer sonreír, aunque fuera forzadamente. Las maletas pesaban, y otra vuelta más por aquel laberinto de calles, esquivando al gentío de Pamplona, hubiera tenido consecuencias imprevisibles.
Cuando se dispuso a entrar, se encontró la puerta cerrada. Su mujer le advirtió de una pequeña nota pegada al cristal: “Vuelvo en un rato”.
El mensaje le hirió igual que el fuego de aquel mortero en la guerra hacía un lustro. Su rodilla parecía resentirse. Tradujo cariacontecido. La interpretación de “un rato”, en la costumbre española, podría equivaler a una horquilla entre veinte minutos y horas…
Aquel hombre alto, apuesto, de ojos marrones y mejillas rosadas, tal vez no hubiera blasfemado tanto, si hubiera sabido que, decenas de años después, su figura sería de las más reconocibles en las tiendas de souvenirs, por una fiesta que estaba a punto de sorprenderle. 

OBSESIÓN EN ROJO Y BLANCO

Miguel ángel José Segurado

Eran las ocho menos cinco de la mañana del 7 de julio y un gentío convulsionado esperaba la suelta de toros; yo estaba ahí con mi boina roja y vestido de blanco, participando de la encerrona. Era un sueño que realizaría ese día cueste lo que cueste. Desde pequeño tuve esa obsesión con la Fiesta de San Fermín.
Miré nuevamente el reloj, las manecillas daban las ocho y la suelta fue tan puntual que al volver la vista, una docena de toros se abalanzaron sobre mí. Bufidos desgarradores me horadaban los oídos. El miedo paralizó mis piernas.
Un viejo hombre que venía corriendo, palmeándome la espalda, dijo que corriera lo más rápido que pueda; los bufidos eran cada vez más cercanos… No sé qué pasó, un fuerte golpe en la cabeza me hizo perder el sentido y, un dolor punzante me atravesó el hombro… Escuché una voz, era ese hombre preguntándome cómo me sentía, porque que un gran toro me había llevado por delante. La cabeza me estallaba y en la rodilla derecha tenía un corte; me tomé el hombro, estaba salido de lugar y en esos momentos de profundo dolor, deseé ser pequeño nuevamente, pero sin obsesiones.