XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
TORO NEGRO
Yolanda Pañeda Ornia
Toro bravo, toro negro
Te inclinas, me miras y tú mirada me fascina
Toro bravo, toro negro
Mi corazón late aceleradamente, te inclinas, me miras y tú mirada me fascina.
Corro veloz, parezco tener alas, tú me sigues los pasos, intento no mirarte
Pero mientras mis pasos se agigantan, recuerdo tú mirada
Toro negro, toro bravo, tú mirada me cautiva y me transporta
Corro veloz, parezco tener alas, te inclinas, me miras y veo en tú mirada el valor, toro negro, toro bravo.
Sigues mis pasos raudos, veloces, como si las alas de la suerte corrieran a mi lado
Toro de casta bravío y venerado
Sangre roja por mis venas, toro negro, toro bravo
Te inclinas, me miras y tú mirada me fascina.
En las alas de un dios imaginario corro veloz y tú me sigues.
Sigues mis pasos sin piedad, toro bravo de casta.
Tú mirada me cautiva, sangre roja y luna Blanca
Toro negro, toro bravo
Sigues mis pasos, y no me alcanzas, mis pasos se agigantan como si tuvieran mágicas alas
Como si un dios imaginario me transportase en sus alas
Toro negro, toro bravo, sangre roja, luna Blanca
Tú mirada de casta, ojos negros, mirada oscura
Sangre roja
ASÍ DE RELATIVO ES EL TIEMPO
Yune Azcona Zozaya
Día 6 de julio, unas fiestas sin igual, eso dicen quienes las viven, pero… ¿De verdad se viven, o en realidad, se sienten?
Se sienten, desde que el día despierta, desde que hacemos el pequeño nudo rojo en nuestras muñecas hasta que llega el ansiado momento en el que la plaza del ayuntamiento comienza a saltar de pura felicidad, es entonces cuando nuestros corazones estallan al unísono y todo comienza. Comienzan las risas, comienzan los llantos emocionados que nos hacen recordar otro tiempo en que los vivimos con personas que ya no están, pero… sobre todo, comienzan unos días en los que todos y todas cabemos. Días en los que nuestros peques verán por primera vez a los Gigantes y Cabezudos, días en los que los mayores disfrutarán de los paseos bañados de una marea blanca y roja que parece conocerse desde siempre, y días en los que los jóvenes tenemos claro que la diversión y el no todo vale debe ocupar la totalidad de nuestro tiempo.
Y como unos días bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo, nos sorprende un pobre de mí con una rapidez desconcertante, pero a su vez emocionante porque sabemos que, ¡ya falta menos!
MI PRIMER ENCIERRO
Zigor Eguia Lejardi
Guardo un especial recuerdo de la primera vez que estuve en las fiestas de San Fermín. Con dieciocho años recién cumplidos, dos amigos y yo fuimos a Pamplona con la intención de vivir una nueva experiencia. Ellos insistían en que correr el encierro era fundamental para integrarse plenamente en las fiestas, pero yo les dejé bien claro que jamás me pondría delante de unas bestias cornudas. Enseguida aprendí que el destino puede llegar a ser muy caprichoso.
Aquella noche, las fuerzas superiores que manejan nuestros hilos debieron pensar que mi vida estaba siendo demasiado monótona, así que decidieron cambiarle el guion. Serían aproximadamente las tres de la mañana cuando una guapísima morena de melena larga se me acercó y comenzó a hablar conmigo. Después de un par de tragos y muchas risas, buscamos un sitio más íntimo, y lo encontramos en un banco de madera de un parque solitario.
Todo iba estupendamente hasta que, de entre los arbustos, apareció un tipo enorme, con cara de pocos amigos, que decía ser su novio. Ahí empezó mi encierro, corriendo, sin camiseta, por las calles abarrotadas de Pamplona, perseguido por un morlaco celoso, mientras un grupo de graciosos nos indicaban por donde ir a la plaza.
FERMÍN
Zulma Martínez
Tras las sabias palabras de Saturnino, Fermín descubrió que su existencia había cambiado: se haría cristiano.
Un empujón lo depositó entre el gentío. En ese momento, el tradicional y estruendoso «chupinazo» inició el festival.
«¡Viva San Fermín!» «¡Que viva!»
¡Ah! ¿Él era un santo? Recordaba su labor pastoral, sus obispados, sus misiones, su martirio, pero…
Un tropel de jóvenes con atuendo blanco y pañuelo rojo al cuello apareció en una esquina, seguido por seis toros furiosos corriendo detrás. Era el «encierro» que, por suerte, duró pocos minutos.
De pronto, sintió que lo levantaban en andas para pasearlo por Pamplona, en una devota procesión. Todos iban vestidos de blanco y rojo, como los mozos del encierro y, según escuchó emocionado, el rojo representaba su sangre.
Después, continuó la fiesta: danzas, un desfile con gigantes y cabezudos, las casas ofreciendo sabrosas comidas, la corrida de toros de la tarde, los fuegos artificiales…
Los festejos duraron varios días y, en la noche final, la canción «Pobre de mí» se apoderó de las gargantas, al tiempo que todos se sacaban los pañuelos rojos como despedida.
Sonriendo, Saturnino instó a Fermín a seguir la marcha. Todavía les faltaba evangelizar algunos rincones de la Galia.