XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
TODO POR UN BESO. O NO.
Miguel ángel Herrero Jiménez
Me desperté o la culpa me despertó. Moví la cabeza buscando… Miré en la mesilla, en la lámpara, en la cama, debajo de la cama, en el suelo, entre la ropa, en el baño y, nada, no estaba. Me toqué el cuello. No estaba.
No sé cómo se sienten los traidores, pero tiene que ser algo parecido a lo que me pasa.
Empecé a sudar.
Soy idiota me repetía. Cómo he podido cambiar mi pañuelo de Patata por un beso de la Sita Nerea?
Qué les digo a mi hermano y a mis padres? Qué les digo a mis compañeros de primaria? Me dirán que soy un pelota, un vendido a la Profe.
Y a Patata, cómo se lo cuento a Patata?
Ya nunca más tendré Sanfermines. Todos los años a Salou… Extraditado por traidor.
Sin poder mirar a los ojos a nadie.
La oveja negra de la familia…
Con seis años y el Amor ya me ha destrozado la Fiesta.
Pero que puedo hacer si soy tan enamoradizo…
A ver si el Capotillo ese me echa una mano. Seguro que no está todo perdido.
SUERTE Y AL TORO
Miguel ángel Moreno Cañizares
Se espabiló con los sonidos del tráfico matinal que, como cada día, identificaba a la gente yendo de un lugar a otro. Bostezó en el asiento varias veces y alargó la mano hacia el salpicadero en busca del primer cigarrillo. Fumar en ayunas es malísimo, admitía, pero sabe distinto al resto del paquete. Ya aparcado, bajó del vehículo y abrió el maletero, donde guardaba la ropa más o menos limpia. Volvió a entrar por la parte de atrás y se cambió para la ocasión, es decir, para el encierro. “Puta vida”, repetía a cada momento.
Separado de su mujer, despedido de la agencia de viajes y desahuciado de la vivienda donde conoció tiempos mejores, creía tener motivos para quejarse. Sin hijos —los análisis demostraron su esterilidad— ni padres, se sentía un ser desdichado. “Éramos un matrimonio, joder”. Sólo correr los sanfermines podrían alegrarle este desdichado año.
La mirada de aquel Jandilla centró su atención durante unos segundos. No le quitaba ojo. Bravucón, se volvió hacia él con cara de pocos amigos. “¿Qué miras tanto?”, le embistió a gritos. El astado le volteó con ganas en la Estafeta. Apenas tuvo tiempo de decir dos palabras antes de perder el conocimiento. “Puta vida”, balbuceó.
EL CORREDOR DEL ALBA MUERTA
Miguel ángel Bolaños Vela
Pamplona, cae la blanquísima nieve, aunque el calendario jura que es julio.
Los relojes, ciegos de tiempo, tienen las agujas clavadas a las seis con seis minutos.
En lo alto del monte Iruñaga, donde no queda piedra que recuerde la catedral, se alza un castillo que nunca debió construirse: la Casa de los Ocho Ecos.
Allí, cada siete años, durante las “Fiestas de San Fermín”, la sangre ya no corre en las calles, sino dentro de los muros encantados. No hay toros. Ahora corren los penitentes.
Van descalzos, cubiertos con túnicas blancas marcadas por cruces negras, y en sus espaldas, tallado a fuego, el nombre de algún ancestro olvidado.
Corren por pasillos de mármol helado, mientras las campanas que no existen repican dentro de sus sienes.
Los que caen no gritan.
Los que sobreviven no recuerdan.
El último corredor alcanza el salón sin ventanas, donde un reloj detenido lo espera desde antes de su nacimiento.
Al posar su mano sobre la esfera, una gota de sangre cae, sin ruido, sobre la nieve del mármol.
Entonces aquella máquina despierta. El año comienza de nuevo. Pero sólo dentro del castillo.
Fuera, el invierno sigue esperando.
Y los relojes… siguen muertos.
EL ÚLTIMO ENCIERRO
Miguel Angel Sánchez Romero
La calle olía a humedad y esperanza. Mientras Ramón, en un bar de Estafeta, movía el cortado caliente con mano temblorosa. Su nieto, asomado a la puerta esperaba ansioso el penúltimo aviso para ayudar a su abuelo a ver el encierro. A sus ochenta y tres años, por fin estaba allí. La vida no se lo había permitido hasta entonces.
El último cohete estalló. La multitud vibró, y él cerró los ojos. En el silencio entre explosión y griterío, volvió a tener veinte años: imaginó correr, esquivar pezuñas, reírse del miedo. Pero sus rodillas, gastadas como monedas viejas, le recordaron la verdad. Avanzó lentamente hacia la puerta, apoyado en su bastón, mientras las sombras veloces pasaban como relámpagos a su lado.
Alguien le gritó: «¡Ánimo, abuelo!». Ramón sonrió. No eran lágrimas lo que mojaban su pañuelo al ver los blancos trajes teñirse de rojo. Era el peso de una vida entera esperando para sentir, aunque fuera una vez, ese vértigo de estar vivo.
Cuando el último toro pasó por Estafeta, en la calle, recogió una faja caída de algún mozo. La guardó en su bolso, junto a las pastillas para el corazón.
Pamplona siguió rugiendo, pero él ya se llevaba lo suyo.