XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

¡PUM!

María Isabel Fernández Casas

¡Pum!
A la anciana pamplonesa le gustaban mucho los encierros. En sanfermines hacía siempre la misma rutina.
¡Pum!
El primer cohete sonó en cuanto en San Cernin sonaron las ocho. Ya se han abierto las puertas del corralillo de Santo Domingo y saldrán los toros cabestros, y pastores, pensó.
¡Pum!
El segundo. Ya habrá salido el último toro. Imaginó la vertiginosa carrera por la cuesta, la vuelta por la plaza consistorial, las caídas al doblar la esquina, enseguida llegarían a la Estafeta. Miró el reloj, había pasado un minuto. Se encogió un poco en la cama y empezó a imaginar lo que pasaría en la calle, la peligrosa combinación de la rapidez de los animales y el elevado número de corredores. ¡Tres minutos! Se incorporó temblando, algo va mal, algún toro se ha vuelto, tal vez alguna cogida, problemas en el callejón…
¡Pum!
Respiró profundo cuando enseguida sonó el tercer cohete. ¡Ya están todos en la Plaza! Pero no se ha terminado, puede que algún toro se quede solo, haciendo maldades…
¡Pum!
El cuarto cohete sonó a los pocos segundos anunciando que todos los animales estaban en los corrales.
Ella suspiró aliviada y pensó con melancolía en aquel mozo valiente que fue su marido.

 

AMOR DE SAN FERMÍN

María Jesús Duque Romero

La joven ayudó a la señora con su pequeña maleta. Para su sorpresa, ocupó el asiento contiguo. Solo quería dormir las horas que le separaban de Pamplona. El tren le permitiría descansar un poco. Pero la anciana se empeñó en darle conversación. Por educación la escuchó. Era francesa, octogenaria. Estuvo casada casi sesenta años. Pero volvía a Pamplona a despedirse de su gran amor. Al ver el rostro desconcertado de la chica, Julie le narró su historia.
–A mi marido no le gustaba viajar. Un verano decidí venir a San Fermín. Yo sola. No me importaba, era algo que siempre había querido conocer. Un impulso me hizo salir a la calle aquella fresca mañana, para correr. Por entonces, yo estaba en forma. Un chico me ofreció un pañuelo rojo y me lo ató al cuello. Entre todas aquellas personas, no me sentía extraña. Comenzó la carrera tras el cohete. Corrí frenéticamente. Vi muy de cerca los toros. Uno de ellos me hizo tropezar y caí. Una chica me levantó y consiguió salvarme de las peligrosas astas abrazándome a ella y ocultándonos en un portal. Fue el inicio de una amistad especial. De un amor imposible que ayer terminó. Vengo a decirle adiós.
 

DESDE MELMAC CON CARIÑO

Maria Jesus Echaniz Iturriaga

Pamploneses del Planeta Tierra:
Cuando nuestra nave aterrizó en vuestra ciudad, descubrimos un nuevo mundo lleno de vida, color e ilusión. La fiesta de San Fermín cambió el sentido de nuestra existencia. Durante años buscamos por las galaxias algo único y mágico que llevase la alegría a nuestro planeta. Vivíamos rodeados de tristeza y aburrimiento. Conoceros fue algo inesperado y sorprendente. Desde entonces visitamos cada año vuestra hermosa ciudad y nos hemos llenado con la energía vibrante que desprendéis. Aprendimos a correr, bailar, cantar, beber… con vosotros, sin ser detectados, mientras os estudiábamos y copiábamos hasta el más mínimo detalle, amando vuestra cultura y vuestra forma de vivir. Nos habéis maravillado simplemente por existir…
En nombre de todos los seres de mi planeta y galaxias vecinas, queremos daros las gracias. Sois generosos y hospitalarios con los visitantes y vuestra fiesta nos ha inspirado a crear nuestro propio San Fermín.
Tenemos encierros con corredores que llegan de estrellas lejanas, calles abarrotadas de entes, fuegos artificiales que rodean nuestras tres lunas. Hemos logrado casi todo lo propuesto y aunque los toros aún nacen de color verde aceituna y el chupinazo ha destrozado ya cinco satélites, la fiesta se vive intensamente.
¡Gora San Fermín! ¡Viva Melmac!
 

DE VUELTA

María José Alonso Latorre

¡Cuantos años deseando volver!
Esos días amargos que forzaron mi marcha. La nostalgia por los momentos vividos, el dolor por la distancia. Tanto tiempo alejada de esta tierra amada, echando de menos sus calles, su gente, su fiesta, añorando postrarme a los pies de San Fermín y ofrecerle mi gratitud por hacer posible el regreso que en tantas oraciones pedí.
¡Y por fin ese día ha llegado!
Es cinco de julio. He despertado echa un manojo de nervios, los recuerdos se agolpan sin piedad en mi mente provocando una encrucijada de sentimientos… Mañana, mañana es el día esperado, deseado y tantas veces soñado.
Llegó la hora. Las doce en punto en la Plaza Consistorial, frente al Ayuntamiento, rodeada de la algarabía de miles de personas. Tras el grito de “Pamploneses, Viva San Fermín, Gora San Fermín” se escucha el sonido inconfundible del chupinazo anunciando el comienzo de las fiestas, nueve días irrepetibles por delante. La emoción retenida y guardada en lo más profundo de mi ser explota en mil alegrías, un mar de pañuelos rojos se elevan hacia el cielo mientras por mis mejillas corren lágrimas descontroladas que no puedo ni quiero detener.
 

SUEÑO ETERNO

María Luisa Martínez López

Abro mis ojos al oír el chupinazo. Oigo algarabía, descorchar de botellas y alegría desbordante. Parece que me estoy despertando de un largo sueño. La última imagen en mi memoria es un encierro de San Fermín. Recuerdo hallarme tras la valla en la curva de Estafeta obteniendo unas instantáneas para mi revista cuando de repente un niño salió de la nada y apareció bajo la valla, a punto de ser pisoteado por un toro. Sin pensarlo dos veces me lancé a sacarlo de ahí. Ahora lo veo frente a mí con una rosa roja, su pañuelico bien atado y una sonrisa deslumbrante. Se acerca a mi cama y me entrega la rosa con una nota que dice así:
– Gracias por salvarme la vida.
Lo que no sabe esta criatura es que en un San Fermín me dormí y en un San Fermín vuelvo a la vida. Quiero volver a esa valla a sacar fotos, a sentir el aliento del toro camino a la plaza, de inmortalizar el baile de la alpargata y a recorrer cada rincón de esta maravillosa ciudad. Que su capote nos proteja siempre y que esta fiesta sin igual cobre vida cada año, como lo he hecho yo.
 


XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

LOS HOMBRES QUE VAN A CORRER (HOMENAJE)

María Eugenia Manzano Sánchez

Los hombres que van a correr llevan las camisas blancas. Los de Sánchez Tabernero enfilan la calle Estafeta.
— ¡Échate a un lado, Vicente, la curva por la derecha! —al final de Mercaderes gritan los de Tafalla y Sangüesa, todos con la sangre al cuello, todos rojo en la cadera.
Y Vicente Gironés, dos hijos, mujer y madre, casi llega al callejón atendiendo a sus compadres, de no ser por Bocanegra que, en medio de la gente agolpada, lo alcanza en el tramo anterior con sólo meter la cabeza. Y el pobre muchacho, tieso, en lugar de echarse al suelo, trata de subir al vallado y no puede esquivar la cornada.
¡Ay, qué 118, qué tercero de la tarde! Lo mató Pedro Romero y pidió la oreja la plaza.

Así lo escribió Heminway en «Sun also Rises», «Fiesta» y así Vicente Gironés encarnó a Esteban Domeño Laborra, víctima en 1924 de un astado de Conde de Santa Coloma.

Coraje, corazón, valentía. Pamplona os rinde homenaje.
Que todos los corredores se encomienden al Patrón. Que a los pies del capotico se les oiga gritar hoy, antes de Santo Domingo:
¡Que nos guíe en el encierro!
¡Que nos dé su bendición!
¡Gora y viva San Fermín!
 

UN SANTO, UNA LEYENDA

María Gema Gonzalez Jaraíz

Esa estrella que vemos en el horizonte, tan pequeña, tan insignificante a veces y tan poderosa otras, capaz de cambiar la vidas de muchos con apenas un destello, si la miramos mucho, se hace incluso más grande a los sentidos. Aura que camina a nuestro lado en silencio e incluso nos ayuda en los momentos más difíciles.
Luz en la sombra de los desamparados, de los enfermos, de todas esas almas maltrechas que necesitan aferrarse a algo en sus peores momentos, en sus despedidas finales y en la felicidad del destino.
Leyenda de tantos destinos, marcados por el odio, la incertidumbre y la ignorancia de pueblos distintos, de almas distintas. Pastor de rebaños, caminante sin destino, sin miedo a lo desconocido, luchador sin espada, enemigo de muchos y amigo de todos.
Y ahora en tiempo presente, a pesar de que las acciones de tiempos pasados nos parecen deplorables como las torturas, matanzas… etc.
Marchamos a ver las estrellas, a confesionarios y santos para descargar nuestros pensamientos más íntimos, nuestras acciones más valientes, sin darnos cuenta que cada minuto, cada hora y cada día la vida te recuerda que eres una sola mota de polvo.
¡Viva San Fermín!
 

FERMÍN

María Gisela Albornoz

El sol aparece una vez más sobre el empedrado, -¿puedes sentir el fresco aroma de la mañana hijo mío?
Lo llamaron Fermín, como el Santo Patrono, nació el 5 de mayo, dos pasos atrás en la escalera de la fiesta, y hoy camina el recorrido llevado por su padre, curioso y feliz. En el futuro lo harán juntos, de la mano también. La fiesta es el abuelo y su fanatismo por la chistorra a la parrilla, es el canto de su madre mientras prepara la ropa y el pañuelo rojo para su padre en la corrida, y también es el futuro, donde el chupinazo, que ahora, dando sus primeros pasos, lo sobresalta, y en el futuro le va a recorrer cada fibra de su ser.
Le pregunté a la inteligencia artificial a qué huele Pamplona y me dijo que debo experimentarla en persona, que los aromas son subjetivos pero seguro huele a asfalto húmedo, de bellos árboles y jardines. Pamplona huele al chocolate de la mañana junto a los abuelos, huele al pequeño Fermín con papá caminando el recorrido esos días previos, tan bellos, donde la magia empieza a asomar, de principio a fin del recorrido, porque el final del camino, es el principio. 

AMOR A PRIMERA VISTA

Maria Gloria Castillo Fernandez

Arrinconado contra la pared, sintió el aliento ardiente y exhausto desde la breve distancia que los separaba, la medida de las astas. Hubo un cruce de miradas que acalló al mundo, y por una milésima de segundo solo existieron ellos dos: corredor abatido y toro enfurecido, cercados por un mismo sentimiento: el miedo.
El mozo contó que el toro le perdonó la vida porque el suyo había sido un amor a primera vista.
 

BLANCO ESCARLATA

María Isabel Martínez Armas

Sirimiri de hora temprana sobre losas de cemento, arena y agua.
Desde la curva de Mercaderes asoma Estafeta hasta Telefónica. Tras el caldico de las seis, el almuercico y la encomienda al Santo entre cánticos y berreos a pulmón lleno.
Entremedio, los mansos acompañando a los morlacos de lidia y cerrando, los cabestros. Lo blanco se vuelve pardo de pisadas y bruces. ¡Corre, que te pilla! Bramidos en el aire. Temerarias empitonadas. De natural bravíos tras los vivos colores. Rojo en los paños. Rojo en los cuellos. Rojo en las calles. Y en las pestañas, telarañas de noche de insomnio, de calimotxos sobre el verde de los parques.
Ya enfila la torada por la puerta grande refugiándose en los toriles. Volverán en tarde de ruedo. Tercio de varas. Tercio de banderillas. Expirando en el tercio de muerte abatidos y exhaustos.
Los mozos, frenéticos en un agotado redil humano frente a una vaquilla de cuernos embolados. Arrogante. Impetuosa cargando a golpe de mugido y cornamenta. Revolcones. Gritos. Las compañeras saliendo. Rápidas, escurridizas. Sin un resoplido que no amedrante a un valiente. Rojo en los paños rotos. Rojo en la arena ocre. Rojo sangre.
La fiesta va amainando y se quiebra hasta el siguiente chupinazo.  


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RECUERDO

María Del Rosario Lominchar Villacañas

Deprisa y con pausa, al galope y con temor.
Cada año las mismas sensaciones y cada año volviendo al mismo lugar.
Ver correr por las calles gusta, pero sentir lo que transmiten con cada momento, con cada hora, con cada sentimiento de los lugareños… eso no tiene precio.
Y como cada año, dejando la pluma correr por el papel para dejar el recuerdo de lo visto y lo vivido.
Cuantos años ha pasado ya, y cuanto temor a que sea el ultimo.
Pero volver a estas calles llenas de vida y de ilusión por un momento, aunque solo sea en un recuerdo vale la pena.
Mis recuerdos se irán, pero mis sentimientos no.
Ya no hay peligro solo disfrute, teniendo nombre a lo que soy y al recuerdo que dejare. Al final solo somos eso, recuerdos.
Nada de llantos y lágrimas, se hará lo que procede como cada año en este hermoso lugar con su gente con sus ganas.
Y si no se puede volver, los recuerdos lo harán.

 

EL MILAGRO DE LA VARA DE FRESNO.

María Dolores Marcos Santateresa

Un escalofrío recorre mi espalda, se acerca, viene a matarme.
Unos minutos antes, mi sensación era muy distinta, esperaba impaciente el sonido estrepitoso de un chupinazo.
Me encuentro algo débil pero es mi primer día, mi gran día y no es el miedo lo que me debilita, un pastor nunca tiene miedo.
Pienso en lo que significa ser pastor en esta gran fiesta, debo tener serenidad, templanza, sangre fría, pero nunca miedo.
Estoy en la curva de Mercaderes, empiezo a correr e intento dirigir a los morlacos para que no se desvíen de su camino. Todo va sucediendo con normalidad, pero, de pronto, el último toro de la manada, un enorme miura, negro como la noche, se vuelve hacia mí, los ojos ensangrentados del animal se clavan en los míos, siento las piernas pesadas, mis pies se clavan en el asfalto, un segundo, dos segundos, tengo que hacer algo. Con gran esfuerzo intento recuperar las fuerzas y con movimiento lento, seguro, casi sin respirar, coloco la vara de fresno sobre la testuz del toro y, como si entendiera mi orden, el astado da un giro y continúa su carrera calle abajo, hacia la gran plaza.
He salvado mi primer gran día.
La fiesta continúa.
 

NADIE ESCAPA AL PODER DEL AMOR

Maria Dolors Sala Torras

Juraba que no se dejaria vencer.
Habia llegado demasiado lejos. Se habia prometido a ella misma, que no dejaria que nadie le apartara de la idea de ser feliz junto a el.
Se conocieron por las redes y poco a poco, se fueron enamorando.
No era facil mantener esa relación.
El con su vida hecha en el norte y ella cerca del Mediterráneo.
Se escribian, se mandaban mensajes llenos de sensualidad, fotos milimétricamente estudiadas para producir ese deseo que no podian aplacar, por la imposibilidad de verse a diario.
La necesidad de vibrar junto al otro, fue creciendo a medida que las ganas de verse, se infiltraron en la mente de ambos.
El deseo, penetró en el corazón y ya nada fué capaz de arrancarlo de ahí.
Sus trabajos les separaban, pero no la distància.
Creían podían superar cualquier obstáculo y decidieron encontrarse en los Sanfermines.
La primera vez que se vieron frente a frente, un cosquilleo incontrolable les recorrió el cuerpo. Se abrazaron y besaron. El contacto piel con piel, les confirmó que ese amor que empezó en las redes, se habia consolidado, al darse cuenta, que la atracción entre los dos era, incontrolable.
Querian que su historia funcionase.
Lo deseaban.
Asi seria!
 

DE EXTREMADURA A PAMPLONA

Maria Elena Goñi Anzano

Sería media noche cuando nos recogieron a todos en aquel camión maloliente.
Estábamos bastante nerviosos porque habíamos oído contar historias terribles a nuestros abuelos.
Pero Coquinero nos animó diciendo que no había nada más noble para un toro que morir en la plaza.
A mi aquello no me convenció demasiado, porque sólo tenía cinco años y estaba en mi mejor momento, pero parecía que los dados ya estaban echados y no podía luchar contra mi destino.
Asi que para cuando llegó la madrugada ya habíamos llegado a nuestro destino.
Los corrales estabn muy bien nutridos de comida y agua y se nos trató como a príncipes pero condenados a morir.
Una última ilusión me quedaba y era correr el encierro.
Al llegar la mañana, sonó un cohete y nos soltaron a todos por las calles de Pamplona.
No me dió tiempo a ver mucho pero me pareció una ciudad preciosa, al pasar por el ayuntamiento me caí y eso estuvo genial porque pude ver lo bonito que era.
Al llegar a la plaza había mucha gente vitoreándonos y me sentí como Julio César.
Después llegó la tarde y con ella la corrida y allí me lucí como un verdadero toro de lidia. 

LLÉVAME A SAN FERMÍN

María Elisa Robenolt

¡Mola San Fermín!, y que me esperen en Jarauta, lista para la peña. Esperando al chupinazo, al calor de mi doncella. No hace falta religión, para prenderme a tu fiesta. Dale, amigos, vamos juntos!, que aunque venga de otra tierra, yo también leí a Hemingway y gocé también su “Fiesta”.

Queriendo escoltar los gigantes, y kilikis, perdí el rumbo en plena juerga. Para encontrarme en el encierro y correr la vida nuestra. Le grité que me lleve a su cielo, pero ya me había dejado en tierra. Creí escucharla, susurrarme: “nos vemos en Estafeta”.

Dicen que sigue en Pamplona, yo solo en sueños logré verla.

Desperté al son de tu “Pobre de Mí”, no quiero morirme sin conocerte, a ti, San Fermín.
 


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UNA SOMBRA NEGRA

Maria Carmen Oliver Abadias

¡Tanguito, despídete de tus compañeros! Te vas a Pamplona para San Fermín—, le dice el mayoral—. —Eres tan bueno como tu padre, que también estuvo allí.
Tanguito valiente y confiado sube al camión mientras se pregunta:
— ¿Qué haré en las Fiestas de Pamplona si nunca he salido de la dehesa?
En un área de servicio, al lado del camión, toman una cerveza el camionero y el zagal que asiste a Tanguito durante el viaje.
— ¡Pobre Tanguito!—dice el zagal— lo que hace la ignorancia, va camino de la muerte y ni se entera.
— Pues mejor así. ¿No te parece?—le contesta el camionero — y si lo piensas bien, después de todo su trance será más digno que el de cualquiera de sus compañeros. Antes del matadero, habrá vivido su día de gloria, de arte y de vítores. ¿No te gustan las corridas, zagal?
— No. Yo los cuido.
Una nube negra se cierne sobre Tanguito.
Ya en su destino, Tanguito baja de la carrocería. ¡Mu, mu…!, brama. En un descuido, corre veloz buscando el camino de vuelta a casa, mientras repara en el porqué su padre nunca volvió de Pamplona.
— ¡Tanguito, vuelve!— grita el zagal, el encierro es mañana.
 

LA INVITACIÓN

Maria Cristina Iricibar Del Amo

Le estaba costando llegar al hotel. ¡Cuanta gente! ¡Qué calor! ¡Y todo el mundo tan contento! ¿Qué pintaba él en esta fiesta? Su vida era un desastre. Necesitaba un cambio, pero sus amigos de Pamplona no habían tenido una buena idea. Mejor no haber venido.

¿Y ahora qué pasa? ¿Toda esta gente? ¿Por qué no podía cruzar la calle? Se asomó entre tanta cabeza y vio a ocho figuras enormes que avanzaban erguidos y majestuosos al son de la música. Los gigantes. Eran imponentes. El sol se reflejaba en sus adornos dorados y cuando giraban sobre si mismos parecían reales. Al detenerse, curiosamente todos quedaron con su cara vuelta hacia él. Le miraban. Sí, le miraban.

El teléfono vibró en su bolsillo. Le esperaban en el bar del hotel. Estaban todos.
Al cruzar la calle rozó con su mano el traje del gigante que tenía más cerca. Fue como una caricia. Pero…¿Qué era esto? Tenía un pañuelo rojo enredado entre sus dedos. ¿Quién…? Miró alrededor. No parecía haber nadie tan cerca. Sorprendido aún, se lo anudó al cuello. El sonido de las gaitas llenó el aire. Los tamboriles marcaron el paso a los gigantes. Igual sí había sido una buena idea venir. 

DEL BLANCO AL NEGRO

María De La Paz Valero Uceda

Querido lector, siempre fui una amante de San Fermín, esa fecha estaba marcada en rojo en mi calendario, disfrutaba con cada encierro, y aunque con cierto miedo veía como mi marido se entusiasmaba delante de los pitones de aquellos toros que corrían por las calles de nuestra tierra.
Pero bien dice el refrán que “como un hijo no duele nada”, y eso es bien cierto, pues cuando vi a mi pequeño Miguel correr su primer encierro, mi cara palideció, ya tenía veinte años, pero para mí seguía siendo mi niño.
Nunca he sufrido más que aquellos minutos, mi marido bromeaba y me decía que por él no sufría así, pero un hijo es un hijo.
A pesar de mi sufrimiento luego venían los abrazos pues Miguel en unos años se convirtió en un excelente corredor, hasta que un día me quedé esperando su abrazo.
Mi niño había sido cogido mortalmente en una de las esquinas del recorrido, corrí al hospital, pero ya era tarde, ya había volado.
Sé que para muchos se ha convertido en un ejemplo de valentía y perseverancia, pero yo desde aquel día San Fermín está marcado en rojo, desde aquel día pasé del blanco al negro…
 

SIEMPRE CON NOSOTRAS

María Del Mar Suárez Sanabria

No he podido dormir. El próximo año tendré que tomar una de esas relajantes gominolas.
De un salto llego hasta mi pantalón y camisa blancos impregnados de ese olor a ropa recién lavada. Me ato mis cordones blancos, me ciño, conmovida, el pañuelo rojo que me regaló y me acerco a la villavesa, repleta de espíritus pletóricos de risas y voces.
Llego a nuestro punto de encuentro calculado con la precisión que da la experiencia. Me abrazo a mis cuatro amigas. Emocionadas las cinco hacemos un círculo y nos damos la mano. La gente que pasa nos mira divertida. ¡Cosas de los sanfermines! Exclama una joven con rastas rojas y blancas.
Un minuto para las doce. Apretamos nuestras manos. Ya la sentimos. No podía fallar, podemos oler su algodón impoluto, escuchar su risa salvaje.
Ahora sí, ya estamos las seis. Como el año pasado. Como si no hubiera ocurrido. Con la emoción que nos atrapa y con las ganas de vivir otro San Fermín único.
 

EL MOMENTO ANHELADO

Maria Del Pilar Lopera

Estaba en la Estación del tren en Barcelona esperando la salida, precisamente el día anterior el Sr. Jiménez cumplía una cita muy importante para su carrera política.
Era el encargado de dar el chupitazo y había prometido a su nieto menor el privilegio de encenderlo. Juan era un jovencito de 7 años que andaba en silla de ruedas, tenía una enfermedad congénita que lo imposibilitaba, era encantador. Nunca se quejaba, iba a estudiar como cualquier otro de sus hermanos o primos, de hecho consagrado al estudio más que muchos. Disfrutaba al máximo las fiestas de San Fermín, que su familia hacía personalizadas en el patio trasero de su casa. Elaboraban en madera estructuras similares a un toro, las cuales tenían ruedas y hacían el show central. A la misma hora que empezaban los encierros, iniciaban en casa de los Jiménez, los primos mayores se vestían de toreros y los menores junto con sus hermanos conducían los “toros”, cantaban a toda voz, los cánticos tradicionales. Se había convertido en una costumbre de familia hacia años, cuando Juan perdió totalmente la movilidad de sus piernas.
Doce en punto, todo listo para dar inicio, el Sr. Jiménez y juan encendieron.
¡Y ahora que viva la fiesta!.

Pilaryca
 


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OJALÁ DAKOTA

María Ordoñez Marina

Me gusta bajar a echar el café donde Julián antes de ir al monte. Es el único que nos recibe a estas horas; tempraneros variopintos convergiendo en una taza de café.

Hoy somos pocos, y el único no dándome la espalda tiene la mirada absorta en el diario, permitiéndome  escudriñar el bodegón con alevosía y total impunidad.
En unos días cambiará la estampa; seremos embajada internacional, con Julián dando asilo gastronómico a través de los mismos pintxos que vieron crecer al barrio. Y qué sé yo, tiene algo de romántico dar la vuelta al mundo sin moverse de aquí. Porque aquí todo grita vetusto y me encanta. Porque aquí no ha cambiado nada y sin embargo cambiarán todos.

Inhalo y retengo toda la calma que puedo. Calma que precede la deliciosa tormenta que otro año más desaparecerá sin dejar más rastro que el mapamundi plagado de chinchetas y de trazado ya obsoleto que colgó Julián con orgullo sobre la registradora hace más de cuarenta años.
¿Conseguirá este año plantar la chincheta en Dakota del Norte? Quizá sea eso lo que le impide jubilarse, el último estado.

– Ojalá caiga Dakota este año –  me despido.
– Ojalá Dakota- me dice, sin ocultar la ilusión. 

DESDE MI VENTANA

María Izkue Apesteguia

Desde mi ventana no se ve el mar, pero desde ahí veo a los gaiteros subir por la calle Chapitela después de cada chupinazo. Es un sonido impresionante, casi tanto como el de las olas chocando contra sus acantilados.
Desde mi ventana no se ve la montaña, pero veo a la gente hacer calentamientos antes del encierro. Después advierto que empiezan a correr, y a continuación vienen los toros, luego distingo a los mansos. Es una imagen preciosa, casi tanto como la montaña nevada en un día soleado.
Desde mi ventana no se ven las espigas de trigo mecerse, bailar con la brisa. Pero el siete de julio veo pasar al Cuerpo de mi Ciudad. Es una estampa que me emociona, como me emociona y relaja el verdor de los campos en primavera.
Desde mi silla frente a la ventana no puedo bailar con los gaiteros, no puedo correr el encierro ni dar la mano a ningún kiliki. No puedo andar, pero es como si lo hiciera. Soy una persona afortunada, mi corazón, mis anhelos y yo estamos tan cerca, que soy capaz de trasladarme a todos esos espacios con un pequeño esfuerzo mental. No necesito propulsión, los recuerdos estimulan y vigilan el vuelo.
 

EL CANTANTE TELONERO

Maria Amparo Vaquero Garcia

Concierto en la plaza de los fueros, tres de la mañana, escucho tu voz y no me importa nada. Ay amor, cómo entonas a Sabina en cualquier esquina, qué colorido hay en tu voz…se te nota que llevas escenarios tejidos en tu corazón, jirones en tu piel que suenan camuflados en el acorde de esta canción. Primeras letras, un diapasón, eres pura música en transformación, me trasladas, me trasportas y, por qué no decirlo, en un escenario, cuánto aportas…Concierto lleno de aforo y cuánto coro. Mezclas entre el gentío mucho lío, recuerdos, nostalgia, sueños y, por qué no decirlo, alguna que otra neuralgia…Y yo, solo puedo decirte, por favor cantante, no pares, esta es mi canción… 

EL REGRESO A CASA.

María ángeles García Jimeno

Berta regresaba tras diez años a la ciudad. Se sentía como una extraña. No una guiri, pero sí una extranjera.
Ya no era la chica que disfrutaba de las verbenas de la plaza Antoniutti en su juventud. Ni sus fantásticas noches disfrutando de los fuegos artificiales. Aquello era el comienzo de la noche. Reconocía que sentía agobio en los bares, por ello disfrutaba de respirar con las orquestas en las plazas, y allí sentía que conocía mejor a la gente.
Mientras el taxi le llevaba a su casa su cabeza también se iba a su infancia. A los autos de choque, el perrito piloto y el trozo de coco que no debía faltar; así como el vino dulce en los puestos donde se machacaba la uva.
Poco a poco sentía que volvía a sentir la fiesta. A sentir la maravilla escuchando La Pamplonesa y viendo bailar a los gigantes desde niña. Como Cara Vinagre se ensañaba con las chicas que pillaba a su paso. Sintió como si una descarga eléctrica le invadiese el pecho.
Cuando bajó del taxi ya no era extranjera. Era una mujer que regresaba a casa.
 

GAFAS MORADAS

María Belén Torres Martínez

Mi tía me viene a buscar , me dejan ir al encierro con ella, al resto de la familia no le gustan los toros. Estoy impaciente. Hace horas que estoy arreglada. Me he puesto pantalón corto, por si hay que correr , y las sandalias nuevas, de tiras rojas y blancas, que he estrenado para las fiestas. Suena el timbre, la tía se presenta como artista de cine, parece de esas señoras que salen en las revistas, como la Ava Gardner esa y el torero famoso. Me trae unas gafas de sol de pasta moradas, preciosas, grandes, casi como las suyas. No entra, tenemos prisa si queremos coger buen sitio. Salimos a la calle, hay tanta gente , que me agarro bien fuerte a su mano no me vaya a perder, ella me la aprieta tan fuerte que casi me duele, mi madre le ha dicho:
-Te llevas a la niña, pero como le pase algo, si no te cogen los toros , te mato yo.
Volvemos a casa con las gafas rotas, se me cayeron con las corridas , la gente me las ha pisoteado.
-Si me prometes que no le cuentas nada a tu madre mañana te compro otras iguales.