Completando el cuadro (clasificados del 7º al 10º)
7º clasificado: ¿Izquierda o derecha? – Ana María Abad García
Iker camina por las calles de Pamplona la noche anterior al encierro: localiza el punto en el que le suelen fallar las fuerzas, desenrolla un charco que lleva bajo el brazo, y lo coloca junto a la pared. Para comprobar que funciona como es debido, mete la cabeza, que aparece en el armario de su cuarto y, satisfecho, se va a casa y duerme como un bendito. Por la mañana, se viste con esmero y se coloca con gracia la txapela roja, sabiendo que este año ningún morlaco se la va a pisotear. En efecto, cuando va por la mitad del recorrido y siente ya en el cogote el resuello de uno de los astados, hace un quiebro y salta al charco, que le aguarda en el lugar oportuno. Pero algo falla: en lugar de caer dentro de su armario, sus pies chocan contra el suelo, salpicando agua embarrada todo alrededor. Perplejo, mientras una testuz —no unos cuernos, por fortuna— le hace emprender vuelo, alcanza a ver otro charco en la misma posición de la acera contraria. Y a su amigo Unai que, al pisarlo mientras corre, desaparece de golpe de la vista. Maldita dislexia.
8º clasificado: Luto en desorden – Alberto De Frutos Dávalos
Corre, Henri. Corre con las alpargatas y la boina que te ha prestado tu padre.
Este julio de 1914 huele diferente, a pólvora seca y vientre descompuesto. Los viejos en París hablaban de movilización general en susurros y, en los cafés y pensiones, los jóvenes gritaban a viva voz la orden inminente. Unos y otros repetían que esa sería una guerra de caballeros, que habría terminado antes de que los abetos de Alsacia alhajaran los hogares.
Tienes veintiún años y toda Europa por delante.
El toro sale del recodo como un dios negro y colérico. Sientes el trueno de los cascos y el aire se desplaza por tu piel como un fantasma. Te das la vuelta y lo miras a los ojos. Corres por la calle Estafeta. Llegas a la plaza. Te salvas.
El toro no te ha elegido hoy. Te ha rozado el muslo, pero ha seguido y ha embestido a otro. Te apoyas en la pared y ríes, borracho de adrenalina y de Pamplona, sin saber que acabas de conocer a la muerte y que ella ya ha anotado tu nombre.
En febrero de 1916, en Verdún, el toro por fin te alcanza. Tiene cuernos de metralla.
9º clasificado: Mañana a la misma hora – Iranzu Urtasun Morrás
En la esquina esperan nueve amigos.
Miguel, subido al vallado, vigila la curva con gesto serio.
Lorenzo bromea para espantar el miedo mientras enrolla periódicos.
Nico habla intentando contagiar su calma.
Satur permanece quieto, grave, mirando la calle como si le perteneciera.
Xabier va de una punta a otra, cambia de conversación, de idioma, de grupo.
Ignacio observa silencioso y calcula trayectorias y salidas como un general.
Agustín escucha y memoriza cada gesto, pensando en cómo contarlo después.
Juan irrumpe impetuoso, siempre el primero en avanzar cuando duda el resto.
Y Txomin reparte una alegría contagiosa que afloja la tensión.
A lo lejos llega Fermín, pegado a la manada. Empuja a uno hacia la pared antes de la cornada. Levanta a otro del suelo.
—¡Ahora! —dice Ignacio.
El más veloz abre paso entre la multitud.
Otro se planta entre un mozo y un pitón como un muro.
Levantan a los caídos antes de que la manada los alcance.
Suben corredores al vallado de tres en tres.
Y libreta en mano, uno de ellos se funde entre los periodistas para una crónica épica.
La Estafeta recupera el aliento igual que los diez amigos.
—Mucho trabajo —dice Fermín— ¿Y mañana?
—Mañana a la misma hora.
10º clasificado: La pareja perfecta – David Casals-Roma
Los Sanfermines volvían con la contundencia de siempre. Había estado sorteando toros por la mañana, comiendo pinchos por la tarde y alegrando el espíritu por la noche. En las horas brujas el alma me pidió soledad y, de vuelta a casa, me metí en una taberna. Apenas había gente y me senté solo en una mesa. Desde allí vi a un tipo sentado al fondo del local. Nos miramos intensamente y sonreímos al mismo tiempo. Era guapo y llevaba el pañuelo rojo con elegancia. Me levanté y me acerqué a la barra. Me apetecía algo estilizado, que llamara la atención. Me sirvieron el pacharán en una copa de brandy y volví a mi sitio. Para mi sorpresa, aquel chico seguía mirándome. Pero más me sorprendió ver que había pedido exactamente lo mismo que yo. Levanté la copa y lo saludé brindando al aire. El me respondió con el mismo gesto. Estaba claro que quería conocerme así que apuré la bebida de un trago y me acerqué a él. El chico debió pensar lo mismo porque también se levantó y se acercó a mi. Los pasos me llevaron al inconfundible espejo del fondo del bar. Solo a esa distancia pude reconocerme en el reflejo.