XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

INCRONOLÓGICO

Nicolás J Marinelli

El enfermero me preguntó qué recordaba. No le contesté, pero en mi cabeza repasé las imágenes y los sonidos: los pañuelos rojos se anudan a los cuellos; los pábilos arden; “Pobre de mí, pobre de mí”, grita el pueblo; el alcalde anuncia el fin; un fuego enciende la noche; las puertas se abren; los toros braman; danzan las comparsas, los cabezudos y los gigantes; San Fermín procede por el viejo casco.
Veo al toro que elegí desprenderse de la manada.
La primera cornada no la sentí, y las otras me las contaron después.
Me duele todo, pero sonrío porque te veo entrar por la puerta de la habitación.
Si tan solo supieras las cosas que tuve que hacer para volver a verte. 

«PAÑUELO ROJO, CORAZÓN ABIERO»

Nieves Loinaz Huarte

Desde mi ventana en el centro de Pamplona, veo la plaza despertar. Soy Nieves, sesenta y cinco años, mis manos tiemblan al escribir, pero mi corazón late con las fiestas de San Fermín.
No estudié mucho, pero los periódicos y la vida me enseñaron. Abajo, cuelgan pañuelos rojos, y el aire huele a esperanza. La ciudad se viste de blanco y rojo, lista para abrazar a todos. Aquí no importa de dónde vengas, si eres hombre o mujer, si tu piel brilla distinta o hablas otro idioma. San Fermín abre sus brazos, y todos somos uno. Los cohetes estallan, y mi pecho se hincha de orgullo. Esta tierra, mi Navarra, no pregunta; solo acoge. Veo a los mozos correr, a los niños reír, a los extranjeros bailar con nosotros. La música une corazones, y las calles cantan. Recuerdo otros tiempos, cuando era yo quien saltaba y cantaba por las calles, hoy casi lo hago desde mi ventana. Mi pluma danza por ello, por Pamplona, por esta fiesta que nos hace grandes. Porque aquí, en julio, el mundo entero es nuestro vecino, y nuestro corazón, el de todos. ¡Viva San Fermín!
 

PUNTUAL

Noelia Gorbea Garnica

La culpa la tuvo aquella matrona enfurruñada. Se estaba perdiendo su programa favorito mientras tú nacías. El 24 de marzo de 1982, con tres kilos y doscientos gramos. Despistada y algo cabreada, la sanitaria apuntó tu momento de ver mundo a las 3:05 en lugar de las 4:05 horas. Un cambio que hizo de las suyas. Porque naciste sesenta minutos tarde. Y eso, te guste o no, ha marcado tu vida. Tras años llegando tarde al tumulto de las fiestas, diste el paso siendo adolescente. Y, sin revelar el truco, convenciste a San Fermín para que el 6 de julio te esperase. Y así fue. El chupinazo de 2025 se prendió a deshora: a las 13h. Quizá por lo especial de unos Sanfermines con retraso, fue ahí, en el maremágnum del blanco y rojo, donde encontraste la felicidad. Conmigo. Y eso que durante 280 citas siempre llegaste tarde. Para los que me leéis, os cuento todo esto desde uno de esos momenticos. A las seis y media de la tarde, viendo a los toros en la plaza y a las peñas haciéndose con el tendido de sol. Tú ya llegarás. Aunque no será hasta las siete y media. Puntual, como siempre. Sesenta minutos tarde. 

CABREO MONUMENTAL

Noemí Pontón Hidalgo

La plaza está llena; textil de rojo y blanco. Suena el chupinazo entre el clamor de los asistentes. Mi chica me tiene de la mano. Se suelta sólo para bailar cuando el espacio lo permite.
Inicio de fiesta. Una fiesta preparada durante más de ocho meses. Ropa blanca nueva; el pañuelo rojo de siempre, con solera y tradición. Las zapatillas impolutas. Es nuestro orgulloso uniforme.
Este año promete ser especial, quizás por nuestra edad. Cada julio vivimos los San Fermín de manera distinta. Entre todos hemos llegado al consenso de que esta vez vamos a beber en exceso sólo el primer día para disfrutar del resto a tope de la tradición.
¡Y sí que bebimos! Bebimos sin moderación. El alcohol corría de las botellas de vidrio a los vasos de plástico como luego correría por nuestras venas.
En algún momento me metí en la cama de mi apartamento. Recuerdo la habitación dando vueltas y el olor a vómito.
—¡Andreu, que ya no eres un adolescente! No puedes beber así. —Me repito mientras pierdo la consciencia.
Abro los ojos. Un cántico suena a los pies de mi ventana: ¡Pobre de mí!
—¿Perdona?, ¿por unos litros de alcohol me he perdido todas las fiestas? —Cabreo monumental.
 


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¿A QUÉ HORA Y DÓNDE?

Natxo Gutiérrez Juarros

Tantas fueron las ocasiones que, sobre todo de tarde y algún que otro amanecer arrebatado a la noche, quedábamos. Junto al quiosco, en la plaza, a la hora de siempre. Consigna clara, voluntad toda y deseos, con locura. Y ahí que estábamos. Fueron pasando los años y con ellos llegaron las ausencias, propias de necesidades, obligaciones y edad. Y he de aquí que cuando el 6 de julio las manecillas apuntaban a lo alto, una lágrima resbalaba por la mejilla, con la mirada puesta en el imaginario de Pamplona y los recuerdos iluminados en la mente. La emoción podía con quienes se aventuraban a lanzar un cohete allá donde la vida les había empujado, felices por vivir el instante. Lo mejor es que año tras año, a cada peldaño de la escalera que conduce al centro de la fiesta, surgen los buenos propósitos del reencuentro. «¿A qué hora y dónde?», pregunta el más impetuoso. «Pues, ¿dónde va a ser?». Poco menos que una ofensa no saberse la respuesta. La hora y el lugar no se olvidan. Menos aún a la gente que se llama buena por cuidar y estar ahí en los momentos menos buenos. Es la que pregunta a qué hora y dónde.  

ES MÁS QUE ESO

Nerea Fernández Pesquera

Si yo te digo: “¡7 de julio!”, seguro que me cantas: “San Fermín”. Pero, ¿sabes lo que significa? Es más, ¿entiendes verdaderamente lo que estás diciendo?
Miles de pañuelos rojos se desempolvan del cajón en ese día. Se anudan al cuello, pero no como símbolo del comienzo de la fiesta, sino como un latido compartido.
El estruendo del chupinazo libera una alegría contenida durante 365 días, una adrenalina que asciende efervescente hacia el cielo de Pamplona.
Y después, el encierro. Ese sello español, esa tradición que nos marca como nación, donde los animales más bravos que puedas imaginar se vuelven corderitos guiados por un torrente humano, que consigue fundirse con ellos hasta la plaza gracias a las plegarias previas hacia su Santo patrón.
Luego, la tarde se impregna de un espíritu de hermandad único en el mundo. Entre risas, cánticos y peñas que comparten momentos inolvidables.
Y al final del día, cuando los rayos del sol se tornan del color del fajín de los corredores, queda en el aire la promesa de superarse al año siguiente. Porque San Fermín no sólo es fiesta, es el reencuentro que florece cada julio, es la conexión de generaciones delante del toro, es simplemente… San Fermín. 

204 PALABRAS EN SAN FERMÍN.

Nerea Oricáin Sáez

San Fermín en dos palabras:
«Im-presionante»
¡Ah!, ¡No!, en doscientas cuatro, aunque habría muchísimas más.
Deletreamos el nombre de la fiesta y solo incluimos palabras que empiecen por esas letras…

Con la «S»:
Santo, socializar, saltar, sonréir, solemne, sorpresa, sentimiento, sangre, sudor, sol, sombra, saludar, sorbete, sidra, sangría, Sarasate, seguridad, socorristas.
Con la «A»:
Alegría, alpargata, atuendo, alboroto, almuercico, ajoarriero, astados, ambiente, ayuntamiento, Antoniutti, apartado, aperitivo, amistad, animación, actuaciones, Armonía, Aldapa, Anaitasuna, anochecer, artificiales, alcohol, alguacilillo, arena.
Con la «N»:
Niños, Navarrería, novilleros, noche, naranjitos, naturalidad, nervios.

Con la «F»:
Fiesta, felicidad, fuegos, feria, Fueros, folclore, fusión, frontón, fuego, festival, flores, faja.
Con la «E»:
Estafeta, encierro, encierrillo, estallido, energía, esfuerzo, encuentros, exhibiciones, equino, estruendo, envestida, espada, entradas, emoción, excitación.
Con la «R»:
Riau riau, rejones, rondallas, revolucióln, risas, recibir, recortador, respetar, ruido, recortar, rojo, reunir, Rotxapea, ropa, rabo, ropaje.
Con la «M»:
Mulillas, mozos, mundial, mansos, música, manchar, médico, merendar, Muthiko, Mutilzarra, misa, marionetas, multitud, mañana, madrugar, Misericordia, matador, mayores,motivación.
Con la «I»:
Ilusión, iglesia, Irrintzi, infantil, intercambio, indumentaria, inimaginable, imprevisible, irracional,irrepetible,

Y por último y repitiendo, como se repite todos los años en estas fiestas el Chupinazo, con la «N» de Navarra y en todo el mundo, siempre

¡Viva San Fermín!
 

PESTAÑEO

Nicolás Foix

Giró su cabeza hacia atrás mientras abría los ojos inundados de espanto. Lo tenía encima. Se estremeció al sentir cómo el tiempo se dilataba piadosamente para darle ̶ por última vez ̶ la misma oportunidad de siempre.
Y se arrepintió.
Porque esta vez las respuestas brotaron nítidas, a borbotones…como si hubieran esperado toda la vida, maliciosas, tras las cortinas grises de lo cotidiano.
Sus pies se despegaron del suelo.
El bullicio ensordecedor se fundió con el cielo de Pamplona en una mistura sensorial indescifrable. Se maldijo una y otra vez mientras sus ojos se cerraban, empañados de epifanía.
 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

EL ALMA DEL ENCIERRO

Moisés Martínez Quintana

Quedan pocos minutos para que se abra el portón, frente a él, impacientes están los que van a demostrar que sabrán burlar a la muerte.
Son los elegidos para rendir honor a esos Viejos Dioses que quedaron anclados fuera de todo tiempo, reclaman como hace milenios que se les rinda un tributo de suerte y sangre.
La prueba está en cada cuerno y en cada pezuña, instrumentos que van a probar que la lucha en el universo es difusa, vida y muerte se entremezclan en un torbellino eterno.
¡Ya salen! Solo importa correr.
Como en Creta, en Pamplona tampoco importa el tiempo, este se para cuando la naturaleza quiere demostrarte que aun usa recursos que no puedes dominar.
Poco importa que el enfrentamiento sea con una pértiga, o corriendo con un periódico enrollado, el caso es burlar la muerte un día más, pero de un modo que exalte el espíritu.
Las columnas de la cultura Minoica que contemplaban el ruedo donde mujeres desnudas saltaban sobre los inmensos uros y la puerta del toril que separan a los mozos de los morlacos, fueron y son testigos de algo trascendente, difícil de explicar, pero sin duda grabado a fuego en el alma del hombre.
Barlovento.
 

UN BREVE LATIR

Mónica Florencia Josid Huber

Como cada 6 de julio, el niño se levantó temprano y se vistió de blanco, feliz de volver a ver a aquel amigo que solo lo visitaba en fiestas.
Mientras preparaban el almuerzo en la sociedad, oyó a las mujeres decir que su amigo había muerto y que el tañido de las campanas del pueblo había acompañado su alma inocente al cielo. Confundido, salió a su encuentro y se perdió en las calles entre la marea de pañuelos rojos en alto. Era imposible que el chupinazo dejara una estela en el cielo, que los gigantes bailaran jotas, que los cabezudos y kilikis corrieran detrás de otros chicos, y que cientos de almas corrieran delante de una manada de toros; no podía ser que sonaran las gaitas, los cánticos a San Fermín, la traca, si él no encontraba a su amigo, así que continuó buscándolo.
Transcurrieron largas noches blancas que le tiznaron el pelo. Agotado, volvió a su casa. Su madre, ya anciana, le abrió la puerta y al verlo le dijo: “Cuánto has crecido, mi niño”.
 

FIESTA SIN IGUAL

Naila Sebastián Esandi

Escucha… ¿Oyes ese rugir de tripas? ¿Ese temblor de nervios? ¿Ese hambre de fiesta? Son las 11.59, la hora mágica. Pamplona está expectante, llena de furor, a punto de estallar…
Todos tenemos la llama de nuestros cohetes chispeando en nuestro interior, acercándose a la pólvora mucho más lento de lo que nos gustaría. ¡Qué minuto más eterno! Nos colma por fin ese sentimiento blanco y rojo que ha hibernado en nuestro corazón todo el año. Ha estado cogiendo fuerzas, preparándose para brotar el seis de julio y rebosar en cada rincón de nuestra ciudad durante ocho majestuosos días.
Pasión, alegría, celebración y emoción que ojalá no terminaran nunca.
Sin embargo, siempre llega el Pobre de Mí… y esa lagrimica al desatar el pañuelico, entre velas y una dulce canción, es el más puro reflejo de nuestra fiesta sin igual. 

MIS SANFERMINES

Natividad Martínez Cabrera

Mis Sanfermines
Ya se acercaba el 7 de julio. He esperado con mucha ilusión para correr en estos “Sanfermines 2025”
Tenía un yeso en mi pie recién fracturado.
Tomé la villavesa con mis muletas. Andando por Carlos III, me detuve a ver el “Monumento al Encierro” donde los corredores están siendo alcanzados por los toros. A pesar de lo triste que estaba por no poder correr, respiraba ese aire de los venideros encierros.
Con el lanzamiento del chupinazo desde el balcón del Ayuntamiento comienzan los festejos, pensaba. Es el momento más esperado. No cabe uno más en la plaza. El rojo y el color blanco se funden. El vino y las risas se hermanan. Desde todas partes del mundo llegan turistas a participar en las añoradas corridas de toros, donde el coraje, la hermandad y el disfrute, hacen de Pamplona la elegida por excelencia.
Miré cómo algunos corrían hacia el monumento comentando que los deseos se cumplían cuando les tocaban los testículos a los toros. Me acerqué y observé que habían perdido su color verde bronceado.
Con disimulo, silenciosamente, también pedí mis deseos.
Ese día, aun cojeando, pero sin yeso, mis deseos se hicieron realidad cuando pude tocar el cuerno a un toro bravío.

 


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EL MOZO DE LOS OJOS TRISTES

Miren Edurne Santalla Espinosa

El encierro empezaba a rugir bajo las suelas, y los cuernos asomaban como flechas de un tiempo viejo. Él corría con los demás, sí, pero con una lentitud voluntaria, como si esperase algo entre el estruendo.

Y entonces lo vio. Negro, imponente, con espuma en la boca y una herida abierta en el lomo. Se miraron. Un segundo. Un siglo.

Los ojos del toro no eran furia, eran recuerdo.

—¿Sabes quién soy? —parecían preguntar.

Él tembló. Lo supo. Aquel animal era el mismo que, años atrás, había salvado de morir en el monte cuando aún era becerro. Su padre, ganadero, no perdonó ese acto. “No se crían demonios”, le gritó entonces.

Y sin embargo, ahí estaba. De frente. Reconociéndolo.

Los mozos empujaban, gritaban. Pero el toro lo esquivó. Le pasó al lado con la torpeza majestuosa de quien recuerda algo sagrado.

Nadie entendió por qué aquel joven cayó de rodillas, cubriéndose la cara con las manos.

—He matado muchas cosas para llegar hasta aquí —susurró—. Pero él me ha perdonado.

El toro siguió su camino. Él no.

No corrió más. Se quedó allí, llorando entre la multitud.

Como quien acaba de perder algo que nunca tuvo. 

MILAGRO SANFERMINERO

Miren Jasone Arrieta Morin

1982. Cinco adolescentes se montan en un coche en el país Vasco con dirección a…. Pamplona hemos de ir….
Llegada a los aledaños del ayuntamiento en el día más señalado por ser el comienzo.
Ambientazo bestial, te empujan, te llevan, te levantan casi en el aíre. Te dejas, bebes de las risas y de la música y te deslizas casi sin sentirlo.
Cuatro adolescentes, nos falta Mertxe!!
Casi no escuchas el bullicio, se te para el corazón. No hay móvil, no hay quedada en ningún sitio.
Sin pensarlo mucho se reparte el espacio en cuatro y se fija un punto de reunión, meticulosamente dispuesto cada hora.
Empresa imposible, hay miles de personas en ese pequeño/ gran espacio cuando llegas.
Todas las caras son Mertxe.
A la hora de la pérdida, en la Plaza del Castillo, se reúne el cuarteto sin la desaparecida.
Han tirado el cohete del txupinazo hace rato y te lo has perdido. Piensas en Mertxe, que hará??
Un, aúpa chicas!!! te devuelve a la realidad. Es Mertxe que sale de un bar acompañada de unas valencianas.
Que se le dice? Nada.
Un abrazo y a disfrutar del milagro de haberle encontrado.
Eso sí, cada dos horas en el café Iruña. 

DE TRACAS, DE PERROS Y DE NIÑOS

Mirentxu Arana Lesaca

De tracas, de perros y de niños
-Prepara al chico, que hace una mañana preciosa. Yo me ocupo de Beltza…
Media hora después, salíamos los tres camino de las barracas. De repente un estruendo ensordecedor, la traca de un espontáneo, rompía bruscamente el encanto de aquel silencio mañanero. El perro, espantado, buscó refugio debajo de un coche temblando de miedo, yo rompí a llorar con todas las fuerzas de mis cuatro años, que eran muchas, y me encaramé a los brazos de mi padre. Necesitamos toda nuestra pericia para recuperar a Beltza, bueno, nuestra pericia y la del dueño del coche. De pronto, mi padre ve con horror correr por mis piernas un líquido sanguinolento que lo paraliza. Tengo que añadir que mi progenitor nunca hubiera podido ejercer la medicina. Con la ayuda de un desconocido llegamos al puesto de socorro, mi padre al borde del ataque de nervios, pensando que me desangraba, yo a grito “pelao”. A ver-ordenó el médico- pantalones fuera. Mis calzoncillos rojos a juego con el pañuelico y la faja (genialidad de mi madre), se desteñían en contacto con el pis. Médico y enfermeras pasaron un buen rato. Mi padre reaccionó pronto. Yo no. Beltza tampoco.
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HERIDO, PERO NO VENCIDO

Modesta Pardo Tolsada

Martín llevaba treinta años corriendo el encierro. Treinta años saliendo por Santo Domingo, rozando el suelo con la palma, mirando al cielo y murmurando la misma oración: «San Fermín, protégeme».
Hoy, sin embargo, no está en la cuesta. Hoy, Martín está en la habitación de un hospital con el pecho herido por un toro traicionero. La televisión emite imágenes del encierro de esta mañana mientras su hijo de dieciocho años cumplidos, precisamente hoy, entra en la habitación con un pañuelo rojo anudado al cuello y una mirada de fuego.
—¿Dónde has estado? —preguntó Martín.
El joven baja la cabeza, jugueteando con el pañuelo.
—Corrí esta mañana antes de venir a verte.
Martín siente que el aire se le escapa, igual que el último aliento que tuvo en la cuesta, bajo los cuernos del toro. Miró a su hijo, aún con el pecho agitado, y lo atrajo hacia sí. Lo estrechó con fuerza, sintiendo el latido que no se detuvo.
—¿Te hizo daño? —pregunta el hijo, señalando la herida que asoma bajo la bata.
—No tanto como me duele que hayas corrido sin decirme nada.
El chico traga saliva.
—No volveré a hacerlo papa —susurra.
—Ojalá yo pudiera decir lo mismo —pensó Martín.
 


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VIAJE EN LA NORIA

Milagros Arizcuren Balda

¡Estoy eufórico! Maite me ha dicho que sí. Estos son nuestros primeros sanfermines juntos.
Nos hemos separado de la cuadrilla para venir a las barracas. Después de los autos de choque, ella quiere que vayamos a la noria. Aunque a veces me mareo, yo no digo nada y subo. Cuando nos sentamos Maite se acurruca a mi lado, apoya la cabeza sobre mi hombro y provoca un balanceo.
La noria gira despacio hasta que se ocupan todas las cabinas. Aprovechamos estos momentos para acariciarnos y también me animo a besarla. De repente la noria se mueve más deprisa; me parece que las personas se encogen en la distancia, pero necesito cerrar los ojos. Maite me abraza con suavidad y me habla con dulzura aunque yo no puedo escucharle. Tengo los oídos taponados y el cuerpo tenso, noto que los churros se rebelan en mi estómago, y que el sudor frío se extiende por la espalda; me falta el aire.
La noria gira y gira mientras mi vida se agita en la cabeza como si quisiera fugarse. Cuando termina el viaje y abro los ojos, Maite ya no está conmigo. Ahora, una carita suplicante me coge la mano y pregunta —¿aitona, nos montamos otra vez?
 

OJOS DE PLATA

Milagros Moises Gonzalez Alba

Quinientos años observando Pamplona desde mis ojos metálicos. Fui creado por las manos de un orfebre que me susurraba secretos mientras me daba forma. Desde entonces, cada 7 de julio soy alzado en procesión por estas calles que he visto transformarse de senderos de barro a avenidas pavimentadas.
He contemplado cómo el primer chupinazo se convirtió en tradición, cómo el blanco y rojo pasaron de ser colores litúrgicos a símbolo festivo. Vi a Sarasate tocar para mí en la capilla, a Gayarre cantar mientras me miraba con devoción, y a Oteiza contemplarme largamente buscando inspiración.
Reconozco rostros que se repiten a través de generaciones. Veo en los nietos los mismos gestos que en sus abuelos, mismas sonrisas, mismas lágrimas de emoción cuando pasa la procesión.
Este año, entre el gentío, distingo a una mujer que se detiene frente a mí con expresión distinta. Mientras todos rezan, ella observa la inscripción en mi base que nadie ha descifrado en siglos. Sus ojos brillan con reconocimiento y comprende la verdad: no soy un santo que concede milagros, sino testigo silencioso de que el verdadero milagro siempre ha sido Pamplona misma.
 

9 DÍAS LABORABLES

Miren Ederra Marticorena

Mi hijo antes no era así. Desde que aceptó este trabajo le veo diferente, más cascarrabias, y hasta le ha cambiado la cara. Cada vez que llega julio se pone muy nervioso y le cuesta mucho dormir. Y todos los años igual. Cuando llega a casa no me cuenta qué tal el día. Come un poco y se sienta en el sofá porque dice que está muy cansado. Que “asustar niños no es algo que pueda hacer todo el mundo”. Y al día siguiente lo mismo. Y yo me empiezo a preocupar. Alguna vez me ha comentado que a él lo que le gustaría es hacerles reír y que sufre mucho cuando les ve llorar…
Yo ya no sé qué hacer. Le he dicho que intente pedir un cambio de puesto, que quizás alguien le pueda hacer el favor por un tiempo. Pero se niega. Dice que no puede hacerle eso a sus compañeros. La verdad doctor, es muy cabezón.
¿Cómo le puedo ayudar?
 

LLAMADA EN VÍSPERA

Miren Oyarzun Goldaracena

-Aita!
-Hola mi chica, ¿ cómo estás?
-Sin parar, 5 de julio y siempre me pilla el toro, me podrías pasar por vigésima vez la receta del bacalao?
-Si claro, apunta!
– Hecho! ¿ cómo estáis por allá?
– Bien cariño, tus tíos Conchita y Fermín viendo los toros desde otro tendido y tía Camino vigilando que el balcón de la calle nueva esté listo! tú como estás?
– Qué te voy a decir, ropa blanca preparada, pañuelicos listos, uno para cada día! y tu nieta, ay si la ves! que no le gustan los sanfermines dice! no se a quién habrá salido!!!
– Bueno tú eras igual, desde aquel día que caravinagre te pilló desprevenida en la plaza del castillo con 2 años, qué disgusto! tardaste años en volver a acercarte!
– Calla, calla ni me lo recuerdes!!
– Enséñale a vivirlos a quererlos, cuéntale cómo fueron los tuyos, y acabará sintiéndolos tanto como tú!
– Tienes razón, mañana 6 de julio, mismo nervios y nuevas historias que recordar. Prepararé el bacalao para el Chanclazo y brindaremos por vosotros. Os queremos mucho
– Yo también a vosotros.
¿ qué hacías hija? nada amatxo una llamada al cielo