XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

CONEXIÓN INTERRUMPIDA

Raúl Vázquez Redondo

Inicio de la transmisión.
Fecha local: 7 de Julio
Infiltración conseguida, los humanos piensan que soy uno más. Estoy recorriendo las calles en busca de información sobre esta raza. Diría que estoy en un asentamiento militar, todos visten igual, un uniforme blanco y una pequeña capa roja en el cuello, desconozco si por estética o les aporta algún superpoder. No se ve disciplina militar, no van en formación y muchos de ellos caminan zigzagueando, pero si se percibe gran compañerismo, se sostienen unos a otros y sonríen constantemente.
Es una raza glotona, todas las cantinas de la zona están repletas de estos seres, la verdad es que su comida tiene muy buen aspecto.
Algunas de las calles, incluida en la que me encuentro, están bloqueadas con vallas para seguir una única dirección, creo que sus gobernantes los consideran ganado y deben dirigirlos, tal vez sólo una minoría de esta raza demuestra inteligencia y son los líderes.
Un momento, algo está ocurriendo, una marabunta de estos seres está corriendo calle abajo a toda velocidad. Se puede ver en su rostro miedo y emoción. Voy a girarme a ver qué sucede. Unas bestias cuadrúpedas con cuernos vienen hacia …
Error.
Conexión interrumpida.
Fin de la transmisión.
 

LA CAPILLA DEL ASCENSOR

Raúl Lasierra Castillo

Cuando la próxima aventura se antoja peligrosa, cuando lo que expones es tu propia vida, la noche se hace larga y los nervios no conciben el sueño. Al despertar le sigue un ritual sincronizado. La camiseta de siempre, las zapatillas bien anudadas, el pañuelo en la muñeca… Todo bajo un ritmo lento, pero continuo.

Todo, hasta que entras en el ascensor. Se crea entonces un momento de soledad, en el que sólo compartes espacio y pensamientos, con el tipo que se refleja en el espejo. Unos segundos eternos que convierten a ese lugar, en tu última Capilla.

Aprovechas para ajustarte la ropa, pero lo que de verdad te importa, es el gesto de esa cara que te observa. El miedo que trasmite su mirada es lo que te bloquea. Pero es su actitud positiva la que debes lograr recuperar. Tienes solo unos segundos para hacer que ese reflejo te trasmita la seguridad que después vas a necesitar. Porque nadie va responder por ti, mejor que tú mismo.

Desafía al espejo. Convence a ese gesto de que estás preparado para el encierro. Encuentra el valor en sus ojos. Concéntrate y hazlo rápido, porque en cuanto se abra la puerta del ascensor… empieza la aventura.  

EL ÚLTIMO ENCIERRO

Raúl David Gonzálvez Del águila

-¡Abuelo, prepárate! -anuncia Leo, agitando un pañuelo rojo que en realidad es el trapo de secar platos.
Esta mañana hemos convertido el patio comunitario en una mini-Pamplona: vallas de sillas plegables, un pasillo de sábanas blancas, vecinos en los balcones sosteniendo periódicos como escudos. Los toros son dos carritos de la compra enfundados en cartón negro, cuernos de espuma y ruedas chirriantes que suenan a feria.
-¡A correr, Fermín! -grito mientras lanzo el chupinazo con un mechero y un petardo de cumpleaños.
Él echa a trotar con los brazos abiertos, roza las vallas improvisadas, y ríe con esa carcajada que la enfermedad aún no ha conseguido robarle. Al cruzar la “telefónica” -un arco de escoba coronado por una tela roja- alza los brazos como un campeón y se detiene, jadeante.
-¿Habéis visto, niños? -dice Fermín, eufórico-. Casi me pilla el manso de la mancha en el morro.
Sonrío y lo abrazo. Mañana, como cada día, mi padre despertará con el pañuelo rojo anudado al cuello y la certeza infantil de que, otra vez, es siete de julio. Olvida el nombre de sus nietos, pero nunca el “Uno de enero”.
Los niños la han aprendido sólo para ver cómo se le iluminan los ojos.
 

PIEL ERIZADA

Rebeca Suárez Baztán

De aquí, de Pamplona de toda la vida, de esas personas que si podemos, escapamos lejos de las cada vez más insoportables aglomeraciones.
Toda esa gente que viene en masa,
a disfrutar de la fiesta, la juerga, los bailes, conciertos, cenas, vermús…..
Rubi@s, moren@s, alt@s, baj@s, de todos los países imaginados, esto cada vez tiene más repercusión.
Eso sí, muy pocos o ninguno de ell@s, saben de ese día «6 de Julio», a escasos minutos de las 12:00 de la mañana, cuando te quitas el pañuelo rojo de tu muñeca y lo alzas al cielo ya con emoción contenida, esperando a ese sonido que hace que todas las voces se unan y suene ese VIVA SAN FERMIN !!!!, GORA SAN FERMIN !!!!
Ese momento es único, solo la gente de aquí, sabe que se siente. De aquí, que vive y siente Pamplona, todo el año, no sólo en San Fermin.
Ese instante que se te eriza toda la piel del cuerpo, se te saltan las lágrimas de una emoción contenida y las ausencias de gente importante, se hace más presente.
Ese momento es ÚNICO, ya estés fuera o en Pamplona, para un@ Pamplonica.
Porque si, yo soy Pamplonica con ICA.
VIVA San Fermin !!!!!
 


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GOTAS CARMESÍ

Raquel Sánchez López

La pregunta era rotunda, escueta, directa. No tenía en cuenta la multitud de servicios que prestó como misionero, la labor desinteresada que llevó a cabo con los más desfavorecidos. Tampoco valoraba su título de obispo conseguido con tan sólo veintiún años ni la ardua y laboriosa construcción de su iglesia.
Solo importaba su respuesta, solo interesaba la rendición de su espíritu rebelde.
—¿Sigues negando la doctrina cristiana?
—Si amparándome en vuestro credo hago daño a mi pueblo, los verdaderos dueños de su fe, sí, reniego.
Y sin más dilación, Fermín de Amiens acabó degollado sobre un púlpito frio de piedra que absorbió sus gotas carmesí, guardándolas como reliquias que serán veneradas en la abadía de Saint-Acheul para toda la eternidad.

 

CHUPINAZO AI

Raquel Pinillos Noguera

Pamplona, 6 de julio de 2025.
El cohete no sonó. Alexa no lo entendió.
—¿Has dicho “Chupinazo” o “Chupinazo AI”? —preguntó la voz metálica.
Demasiado tarde. Los toros ya corrían por la Estafeta, pero esta vez no eran de carne y cuerno, sino de silicio y sensores. Eran los Torobots 3000, diseñados por una startup navarra con fondos europeos y supervisión de ChatGPT-9.
Los mozos, con sus pañuelos rojos y sus pulseras de actividad, corrían mientras sus relojes les daban consejos de cardio:
—¡Cuidado, Iñaki! Tu frecuencia cardíaca supera los 180 bpm.
—¡Gracias, Fitbit, pero ahora no!
Todo iba bien hasta que llegó el apagón: Un hacker, nostálgico de los encierros “de verdad”, tumbó la red.
Los Torobots, sin conexión, entraron en modo “vacaloca”. Uno embistió una churrería. Otro se enamoró de un semáforo. Un tercero se quedó quieto, repitiendo: “Error 404: mozo no encontrado”
La policía local intentó controlarlos con drones, pero uno fue interceptado por un niño con una red de mariposas.
Al final, el encierro fue suspendido.
Los mozos brindaron con kalimotxo, agradecidos por el caos analógico.
Y Alexa, desde algún rincón, murmuró: “¿Querías emoción? Bienvenido al San Fermín del futuro”
 

EL LATIDO PRESTADO

Raquel Pardo Gandía

No oyes mi voz. Una hora no basta para que el corazón del corredor vuelva a su jaula, pero yo exigía ese doblete: encierro a las ocho, máscara agria a las nueve y media. Aquel día, el pulso decidió no seguir el compás.
Desde el aire tibio de Estafeta te vigilo: pañuelo nuevo, zapatillas impolutas, la misma arruga de miedo que una vez estrené. Los toros martillean el adoquín y sacuden el sudor de tus párpados; siento temblar tu promesa de juventud.
Entonces surge él. Avanza entre cuerpos, chaqueta verde, tricornio negro, botana alzada. Nadie más lo ve; late con mi ritmo. Cruza los brazos con la impaciencia que le enseñé cuando lo portaba. Su sombra te arrebata el impulso; tropiezas, caes tras el vallado y los cuernos brindan al aire que era tuyo.
Vuelve la música. Cuando recuperas aliento, crees haber visto un kiliki fuera de hora. Él prosigue su desfile invisible y, al atravesar mi niebla, me arranca el único latido que aún retumba. 

AL REVÉS

Raúl Garcés Redondo

Era muy despistado. Y mira que se lo repetimos veces pero como quien oye llover. El día amaneció soleado, gracias a Dios y a nuestro Santo que, seguro, algo tuvo que ver. Todos de blanco y rojo y él, de rojo y blanco. Todos en la plaza del Ayuntamiento aguardando el chupinazo y él, ante la Diputación. Por no hablar del encierro. Sí, lo corrió al revés. Por suerte, como era tan despistado, pensó que era a las ocho de la tarde. 


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LA FOTOGRAFÍA

Rames Jandali Feu

Están todos tan guapos con el pañuelo rojo al cuello, de impoluto blanco. Ensimismados mirando al fondo, hacia la pared, esperando el chupinazo. Hay a quien se le cae la baba cuando escuchan el cántico a San Fermín y alguno que otro hace de torero con lo que tenga a mano. Le he dado a Basilia un palo de fregona a modo de vara para que haga de pastora pero se lo quita Barbola y le hace gestos raros mofándose un poco. Laureano no deja de dar vueltas alrededor de sí mismo como si tuviera a un morlaco al lado suyo y Julen tiene la mirada pérdida: es tan joven.
Nosotras mientras, preparamos el desayuno y la medicación como todos los días, pero antes y ya es tradición aquí en el manicomio, cada siete de julio encendemos la televisión unos minutos antes de las ocho de la mañana para ver los encierros.
Hay que estar la verdad un poco loco para correr delante de esos toros o loco de amor como Julen, siempre con esa fotografía que jamás suelta de su mano, que agarra como los mozos agarran el periódico enrollado, para palpar casi cerca ese sueño que morirá pronto frente a sus ojos.

 

AD MAIOREM GLORIAM URBIS IRUÑAE

Ramón Herrera Torres

Obélix fijó su mirada en aquel romano que se pavoneaba en el coso con su blanco flequillo ondulado que le tintaba un aire clásico. Se imaginó en presencia de un senador, un general o ante un loco visionario que, desmadrado en el postureo de su disfraz, merendaba.

—Si placet.

Entendió a la primera la invitación e hincó el diente. A mandíbula batiente, Obélix le preguntó luego por su nombre. Le balbuceó que Pompeyo y confesó que estaba decidido a pasar a los anales de la historia.
—Ad maiorem gloriam urbis Iruñae.

Llamaba la atención su atuendo. Iba tocado con un casco de penacho rojo y una túnica blanca no menos a tono. La capa le daba un juego eterno, por la espalda o en bandolera o incluso arremangada al cuello, a refajo, cual zorongo protector de las frías madrugadas festivas en que los santos Blas y Fermín velan por los noctívagos.

—Y sont fous ces Romains!, no pudo por menos que espetar el galo mientras que Supermán lograba despegarse de la bracería del tendido y levantaba el vuelo tras preguntar por el primer avión de vuelta a casa.
—Yes, these Romans are crazy, confirmó el periodista Clark Kent.
 

UN GOLPE DE ANSIEDAD

Ramón Domínguez

UN GOLPE DE ANSIEDAD

Desde noviembre está pensando vivir los próximos Sanfermines con auténtica pasión porque jamás tuvo oportunidad de hacerlo a pesar de lo dado que es Gregorio a celebrar cualquier fiesta de su entorno; está obsesionado, padece emociones diarias por el asunto, vive y sueña solo con Pamplona, con las tracas, con los encierros y con ahorrar suficiente para cumplir su mágico deseo en julio de 2025.
Todo se desarrolla adecuadamente y unos días antes ya duerme en la ciudad; y aquello empieza a hervir de tal manera que Gregorio no sabe decidir a dónde, ni por dónde, ni cuándo y se le ocurre entretenerse en contar las personas que pasan corriendo vestidos de blanco con pañuelo y fajín rojos, ebrios de placer y sonrisa como si el resto de la vida se les pudiera escapar en un instante; cuando alcanza una cifra casi infinita se toma un trago de una bota que le ofrecen, sonríe, paladea, le entra un complejo efímero de inadaptado y echa a correr con una multitud delante y otra detrás intentando disimular su regocijo por haber cumplido su gloria más ansiada.
Algún tiempo después todo le parecerá un sueño vivido y hará feliz a su memoria.

 

OLORES

Raquel Corrales Ucar

¿A qué huele aquí?, huele a incienso, a pasión, a alcohol, a folclore y a tambor. Ya estamos en julio de nuevo, otro año que pasó sin darnos cuenta. Te preparas la ropa para mañana: camiseta y pantalón blancos, la faja y el pañuelo rojo, ya llegó, ya está aquí, lo que huele es a San Fermín. No podrás negarlo, tienes las mismas ganas que cada año. Sabes que pasa rápido, por eso has de aprovecharlo. Tus alpargatas marcan tus pasos, firmes, contundentes, audaces y dispares. Una semana por delante para hacer lo que más te gusta, lo que más te satisface y enorgullece. Pamplona se viste de gala y tú con ella te enjalonas. Llegas temprano a la plaza, abarrotada como cada vez que Iruña lanza su cohete. Miles de manos alzadas por un fin. Gritos, sonrisas, pisotones y demás, pero un solo mensaje en el aire: Gora San Fermín. Te giras entre la multitud y a lo lejos la ves por primera vez. Lleva un moño desenfadado, alocado, adornado con una cinta roja, como la sangre hirviendo en ti. Su mirada se cruza con la tuya, es el comienzo de algo venidero. ¿A qué huele aquí? Ah si, huele a San Fermín.
 


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LA CORNADA QUE NO FUE

Rafael Martínez Pérez

8:00 AM. El primer toro embestía. Entre la muchedumbre, un hombre corría hacia atrás, contra el flujo de mozos y astados. Nadie lo notaba; sus pasos eran un eco perdido en el clamor de San Fermín. Pero los toros, con ojos de cristal, lo seguían.
En 1924, había saltado al ruedo tras el último toro, desafiando el destino. La cornada no llegó. Ahora, en un bucle imposible, repetía su error en reversa, buscando el golpe que lo redimiera.
El aire quemaba, cargado de polvo y gritos. En la curva de Estafeta, un niño señaló: «¡Ese señor tiene un agujero en el pecho!». El corredor se detuvo. Sus manos temblaron al tocar el chaleco, empapado de un rojo que no era vino. Los toros bajaron la testa, como saludando. Entonces lo supo: no era él quien corría, sino su sombra, atrapada en el instante que nunca fue. La multitud se desvaneció. El niño, único testigo, guardó su secreto. En la plaza vacía, el hombre sonrió, libre al fin, mientras los cuernos del tiempo lo alcanzaban.
 

PATATAS A LO POBRE

Rafael Rodriguez De La Torre

Un silbido penetrante rasgó el aire a tijera, dando paso a una explosión seca. Dos segundos que se antojaron eternos en la cuesta de Santo Domingo, donde se alternaban los cánticos en castellano y en euskera.
Los demonios del estómago se agitaban nerviosos mientras el mozo brincaba sobre un pavimento barnizado por la fina lluvia. Esperó y esperó, pero la multitud no llegaba, aunque escuchaba de fondo el sonido de los cencerros perezosos. No entendía nada, pues aunque las voces y el alboroto lo envolvían todo en ese momento, notaba como si estuviese solo y nadie lo escuchara.
El olor a huevos fritos con chistorra había secuestrado su pituitaria, aunque ¡vaya momento oportuno para acordarse de ello!, pensó. En pocos segundos sabría si el sorteo de la vida le seguía siendo favorable.
De fondo empezaron a llegar los ecos de un nuevo cántico que le helaron la sangre. Imposible, ¡si los morlacos ya están en la calle!
Alguien le agarró del brazo derecho y provocó su reacción repentina:

—¿Qué ocurre?, espetó.

—Tranquilo, aquí cuidaremos de ti hasta que te recuperes. Hoy empezaremos a darte de comer.

—¿Comer qué? —preguntó.

—Patatas a lo pobre… (pero de mí) —respondió el doctor, sonriendo. 

EL ELEGIDO

Rafael Castillo Camero

No corrí al nacer. Esperé. La sangre me habló antes que la voz. La memoria no era mía, pero la llevo dentro. Una memoria antigua, heredada. La de los que corrieron antes, los que cayeron de lado con la mirada abierta y el cuerpo tenso. Cuando abren el chiquero, el ruido no me asusta. Es la señal, el comienzo de lo que siempre supe. No embisto por furia. No huyo. Corro entre hombres que ríen, gritan y tropiezan. Corro sobre su miedo, y no me detengo. Ellos creen que juegan, que forman parte de una fiesta, pero yo sé lo que somos. Yo soy máscara de muerte. Ellos, máscara de fiesta. Y el dios que nos observa se alimenta de ambos. No hay elección posible. Solo paso firme. Curva tras curva. Sombra tras sombra. Piedra y carne, polvo y eco. Al fondo está la luz. No es libertad. Es altar. No dejaré rugido. No dejaré gloria. Solo esta estampa final. El que avanzó sin desviarse. El que cayó de frente. El que no pidió nada. Y si alguien me recuerda, que diga la verdad. No fue bestia. Fue destino. Y cumplió. 

LO QUE SE HEREDA…

Rafael José Nivisela Dávila

Nací un 6 de julio y para el 15, en pila y con todo y agua bendita ya estaba bautizado. Lo de mi nombre, cosa de mi padre, y eso que no le aceptaron San, le dijeron que era una falta de respeto. Mi apellido, por ley, el de mi padre: Vaca, y el segundo, no es tomadura de pelo: Del Toro. Así es esto, soy Fermín Vaca Del Toro. ¡Pobre de mí, pobre de mí! No, al contrario.
Mis padres se conocieron en un encierro, y les tomó 3 minutos, para, para enamorarse. Y cada año recordando ese encuentro del amor sublime han acudido a las fiestas de la capital de Navarra. El año anterior también me trajeron, justo el día del chupinazo, que con tantos ¡Viva!, coreados junto a mi nombre, el ego se me estaba rebozando. Pero, lo mágico fue en el encierro; nos tomó menos de lo de un empitonado, quedar prendados. Y fue mi nombre lo que más llamó su atención y cuando al final de las fiestas intercambiamos los pañuelos rojos, también habíamos canjeado nuestros corazones.
Este año hemos regresado todos, bautizaremos a nuestra primogénita después de la procesión. Su nombre, en verdad que, nos traerá gratos recuerdos… 


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EL ÚLTIMO ENCIERRO

Pedro Lázaro Palacio Tamayo

La ciudad amaneció vacía, las calles empapadas de un silencio inusual. Los robots de mantenimiento limpiaban los restos de vasos rotos y banderines descoloridos, mientras las pantallas holográficas aún proyectaban, en bucle, las carreras de años anteriores.

Fermín, el último toro vivo de Pamplona, dormía en su corral de acero. Lo habían clonado tantas veces que ya ni él recordaba si era original o réplica. Aquel año, por primera vez, no habría encierro: la tradición había sido prohibida por «riesgo emocional para los animales».

Pero Fermín soñaba. Soñaba con el olor a humano sudoroso, con el grito de *»¡Aizaa!»* resonando en sus cuernos. Así que, al romper el alba, embistió la puerta electrónica. Los sensores fallaron.

Corrió por la ciudad desierta, pisando los hologramas de una multitud que ya no existía. Las alarmas sonaron, los drones lo persiguieron, pero Fermín no se detuvo. Llegó a la plaza y allí, frente a la estatua de su propio rostro, resopló.

Un niño humano, escondido tras una esquina, lo miró con ojos brillantes. Fermín cargó. Y por un instante, el viejo ritual volvió a latir.

 

KEVIN

Pepe Arenas Guix

San Fermín:
Pamplona 7 de julio, ¡PUM! ¡A correr, marabunta! Manolo, con la faja más apretada “quel” tornillo “dun” submarino y con un periódico enrollado como si fuera su bastón de mando, se santigua tres veces: «Por San Fermín, por mi madre…, joer…».
A su lado, Kevin, despistado, con sandalias y calcetines (¡un clásico!), pregunta con cara de susto: «Are bulls informed… that this is only a party?». Manolo le guiña un ojo: «Tu ´tranqui´ Kevin, les hemos pasado el programa de las fiestas”.
Un morlaco de seiscientos kilos, con más astas que un vikingo, aparece en la curva de Estafeta. Kevin…, olvidando la fabada del desayuno, es “Usain Bolt” con sandalias.
Manolo, veterano con experiencia, amorra la nariz a la pared. Ve correr a Kevin, luego al toro y luego a uno sin un zapato, más turbado por el zapato que por el toro.
Al final, en la plaza, cargados de kalimotxos, Kevin, sudado, despeinado pero eufórico, grita: «¡This is amazing! ¡Tomorrow more!». Manolo sonríe. Otro converso. ¡Viva San Fermín!
Al final, en la plaza, cargado de kalimotxos, Kevin, eufórico, grita: «¡This is amazing! ¡Tomorrow more!». Manolo sonríe. Otro converso. ¡Viva San Fermín!
 

UN VIAJE MOVIDITO

Pilar Velilla Flores

¿A quién se le ocurre subir a Pamplona un 7 de julio si no es para festejar San Fermín? Pues señores y señoras, a la menda.
Mis cuñados, que tienen diez hijos, sí han oído bien, ¡diez!; invitaron a mi hijo de 10 años a un summercamp casero en su casa de Pamplona. Generosidad en estado puro. Así que lo subí en tren sin mirar el calendario.
Cuando arrancamos, y mientras duró el viaje, ya se oían cánticos de alegría de otros pasajeros. A nuestra llegada a Pamplona, grupos cada vez más numerosos de, sobre todo, jóvenes, de blanco ataviados con el característico pañuelo rojo.
Mis cuñados me invitaron a comer. Una comida bastante rápida porque debía coger el tren de vuelta a casa.
Llegué a la estación con los quince minutos de rigor. Pero fue en vano. El tren no llegaba.
¡Pasadas tres horas! llegó. Nos explicaron que el trayecto desde A Coruña fue movidito. Tuvieron lío en el tren. Algunos personajes no sólo subieron litronas de cerveza al convoy sino que, ya dentro del tren, compraron más alcohol en la cafetería de a bordo.
Y claro, se lió la de San Fermín. 

MAL PRESAGIO

Rafael Soriazu Gual

Silencio, grávido, escucha mientras pasea por el parque contemplando las flores
que parecen ancladas en un verde lamento.
Pasea por el parque mientras los árboles derraman sombrías notas que se
desgranan en una lluvia de funestos arcoíris marcando negros presagios.
Pasea con el triste recuerdo de haber sido objeto de burlas cuando hace años
escribió un artículo periodístico donde aseguraba que él corría en un tramo de la
Estafeta, en el que se subía a un balcón hasta que había pasado el peligro,
añadiendo diversas tonterías, indicativas de no haber visto un encierro ni en la tele.
Todo Pamplona se había reído de las sandeces, eso sí, con clase, como corresponde
a la gente del Viejo Reino.
Ahora que se acercaba la fecha, como cada año pensaba que si corría pero esta
vez de verdad…
Siempre se buscaba una excusa para eludir la cita, un viaje, un compromiso
ineludible…
Esta vez fue la absoluta necesidad de visitar a un pariente que se encontraba
enfermo.
Un día antes de no participar en el encierro sufrió un accidente de coche que le
costó la vida. Poco antes de morir pensó que de haber viajado a la capital Navarra
para correr ante los morlacos…