PASARÁ
Urtzi Oleaga Argaluza
No me he roto nada, creo. Siento el frío del suelo. Su dureza y textura. Podría incluso adivinar su altitud con respecto del mar. Todos mis canales están abiertos, pero soy incapaz de escuchar las pisadas del bosque de piernas que me rodea.
Algo pisa mi muslo izquierdo. El instinto tira de mí hacia arriba. ¡Levántate!, me dice. Otro algo me patea el costado. Ambas palmas se apoyan por sí solas. Mis brazos son resortes cargados de energía, dispuestos a ponerme en pie.
Miro hacia delante, hacia el fondo de la calle Estafeta. Un collage caleidoscópico de blancos y rojos apenas me deja entrever el azul del cielo. ¡Debo salir de aquí! Ninguna figura de las que veo tiene forma ni sentido completos, excepto una. El tiempo se congela para mostrarme su cabello canoso y su mirada sosegada, mientras me pide calma con las manos desde su balcón.
Entiendo que no he de levantarme. Aún no. Debo parapetarme y esperar a que escampe. Cierro los ojos y me ovillo. Escucho por primera vez el estruendo del encierro.
Hoy, tumbado también, pero en una cama de la unidad de oncología, recuerdo la lección aprendida en Sanfermines: “Tranquilo, la tormenta pasará y podrás levantarte.”
¿ESTÁIS?
Uxue Ramos Gambra
Me quito la camisa porque siempre llevo una camiseta de tirantes debajo. Si no, se me pega a la piel con el sudor y es una sensación molesta. Los pantalones, los calcetines y las zapatillas ya los llevo puestos. Me aseguro de que los cordones están bien atados. Llevo faja y el pañuelico, pero me quito este último, porque con la casaca no se ve. Y cojo la cabeza. Lleva meses apoyada en su sitio, esperándome. Le quito una pelusa de la oreja y me la pongo. Siempre me sorprende lo que pesa, aunque lleve años haciendo esto. Me ato las cintas, me aseguro de que no se sueltan y, cuando estoy listo, me pongo la casaca. Los botones, uno a uno. Por último, cojo la verga.
Escucho a los niños y niñas gritando, llorando y riendo, esperan impacientes. Pienso en mi mujer y mi hija pequeña, estarán esperándome. La mayor, dormida.
—¿Estáis? —pregunta alguien por ahí.
Estamos.
Esto empieza ya. Cada año me hace más ilusión, porque cada año soy un poco más Napoleón.
LAS FIESTAS DE SAN FERMÍN
Valeria Garza Romero
Llegó Julio, las calles se tiñen de blanco y rojo. Las personas comienzan a llegar y la Plaza del Ayuntamiento se comienza a llenar. Las fiestas de San Fermín han llegado y por esto el Chupinazo es lanzado. Las personas comienzan a celebrar. Las calles se transforman en un lugar de fiesta, convivencia y felicidad.
El sol comienza a verse, la mañana ha llegado, el encierro inicia y el toro es soltado. La gente corre junto al bravo animal y la plaza de toros es su final. Estas fiestas pueden lograr que las familias se unan para celebrar. Los gigantes y cabezudos adornan el lugar causando alegría a todas las personas.
Llega el 7 de Julio un día especial, la procesión inicia y cubre la ciudad. Entre música y respeto la gente comienza su recorrido en camino a la iglesia de San Lorenzo.
Pero todo lo bueno tiene su fin, llegó el último día de las fiestas de San Fermín. Se escucha a la gente cantar “Pobre de mí” para despedir hasta el próximo año este evento tan especial que emociona a los locales y visitantes. No es solo fiesta y ya, es tradición y alegría guardada en el corazón de Pamplona.
LA PINTURA
Vanessa Proaño Puerta
La noticia abrió telediarios, llenó las redes de memes y originó un debate internacional. Aquel seis de julio, el Guernica había amanecido sin su famoso toro. Ante la mirada atónita de los visitantes del Reina Sofía, el lienzo de Picasso mostraba un hueco en blanco allá donde debía estar la imponente figura del astado. Restauradores y conservadores acudieron con lupas que aumentaban monstruosamente sus ojos, espátulas, bastoncillos y un sinfín de instrumentos con los que trataron, en vano, de hallar al trágico personaje. Tras una semana de ausencia inexplicable, el director del museo anunció, con voz entrecortada, que el toro había regresado.
—Ha vuelto para ocupar el lugar que le corresponde —dijo en rueda de prensa—. Ya está en casa.
—¿Cree que este suceso está relacionado con esos charcos de pintura con los que tantos mozos han resbalado en los Sanfermines de este año? —preguntó un joven periodista—. Hay testigos que afirman que uno de los toros parecía algo deforme…
—¡Sí, de estilo cubista, claro! —ironizó el director provocando las carcajadas de los presentes. Nervioso, no pudo evitar mirar el cuadro donde el toro chorreaba algo de pintura por las patas y lucía un semblante culpable—. Insisto: niego rotundamente cualquier relación.