Certamen Microrrelatos


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

GATEWAYS TO THE PLANET P

Tim Pinks

The Portal Nuevo is actually about 450 years old. From San Sebastian you’ll probably pass under it to enter Pamplona. But being a ‘portal’ – a gateway – and not a tunnel or bridge, it’s also magical. However you arrive, you’ll pass through one, whether you see it or not.
For nine days every July, they transport you to another time and place, and indeed to a different planet. The Planet of Pamplona.
Here, people don’t breathe air but the music of the peña brass band txarangas. Sanfermineros dance with Giants and run with dinosaurs and although they eat, they mostly survive on a thing called kalimotxo. Or a medicine called legumba. It’s a sort of fiesta viagra.
These portals take you to an otherworldly heaven, where the streets are paved with good times and the walls echo with music. If you don’t speak any of the local lingos it doesn’t matter. Laughter is the language and smiles the currency.
Once through one of these portals you can time travel and indeed travel through space. Why, I have fallen asleep in one place and woken up two days later in another. The Planet P during the Fiesta of San Fermin…it’s another world.
 

EL ANUNCIO

Tomas Diaz Lopez

Alguien se acerca al balcón. Su corazón golpea con fuerza su caja torácica.
En la calle hay un bullicio ensordecedor.
Percibe un ligero temblor en sus brazos. En unos instantes su acción dará comienzo sonoro a la fiesta. Hará el pertinente anuncio y su mano se dirigirá hacia el cohete que deberá subir como una flecha hacia el suelo y en un acto de entrega festiva, hará explosión para el las fiestas de San Fermín den comienzo a su vorágine.
Se detiene un momento antes de salir. Ahora las emociones son muy fuertes.
Coge aire, respira hondo y sale al balcón.
Saludo y anuncio! todo se desborda. Su mano que sostiene el fuego que hará disparar el cohete se dirige sin miramientos hacia la mecha.
El cohete sale disparado hacia el cielo.
No habrá nunca suficientes palabras para describir lo que acontece a continuacion.

 

14482 KILÓMETROS…, AQUÍ AL LADO

Tomás Piedra Pérez

«Piensa en un lugar todo lo distante de Navarra que té de la imaginación y, cuando lo tengas, aléjalo todavía más. ¿Ya?… Bienvenido a Perth». Mi compañero de banco sonrió y continuó contemplando el paseo de Sarasate, convertido en lugar de peregrinación para adoradores del sol. A pesar de que la carrera había sido lenta, bronca por momentos, el australiano la había realizado como si se hubiera criado al lado del Casco Antiguo. «Es curioso, antes de los encierros siempre me pregunto qué se me habrá perdido aquí, y en cuanto el avión despega de vuelta a Australia ya estoy deseando volver a Pamplona. En mi país muchos cuestionan que vuele miles de kilómetros para correr delante de un toro. «¿Y tú qué contestas?», pregunté intrigado. «Nada, repaso mentalmente los días que quedan hasta el siete de julio y después me imagino en este mismo banco tras una buena carrera, dichoso perdido, feliz. Lo dijo con la sonrisa de quien por fin consiguió lo que anhelaba, quien no necesita más. Por un momento dudé de si yo sería real o parte del pensamiento satisfecho de un australiano de Perth al que acababan de preguntar de nuevo por los Sanfermines. 

TOROS Y CERVEZA

Unax Santos Cuesta

Cerca de una txosna, intentaba abrirme paso yo entre cientos de personas con mi mismo uniforme: pantalón y camisa blanca, pañuelo y faja rojos. Era el día. Quería licor y ver los toros. No pensaba perdérmelos.
Aunque parecía imposible, gracias a mi momentánea sobriedad, logre llegar a la barra, donde a todo volumen sonaba el “Iruñea 6 de julio” de Piperrak.
Intente pedir, pero la camarera no me oía. La hora del encierro se acercaba y no quería perder más tiempo, por lo que, gritando, pedí un calimocho. La mujer me negó con la cabeza: no quedaban.
Me ofreció un vaso de cerveza. Saque mi cartera, pero al abrirla mis monedas fueron eyectadas en todas direcciones. Mientras las intentaba apilar, vi la hora en mi reloj. Los toros pasarían en cualquier momento. Cogí el vaso y salí corriendo a grito de que se quedara con el cambio.
Ya se oían a los corredores pasar. Entre empujones, logre llegar a la vaya. Saque los brazos y antes de que pudiera darle un sorbo a mi bebida, el cuerno de un gran toro negro empalo mi vaso de plástico. Salte la vaya.
Fui el único en San Fermín que corrió detrás del toro y no delante. 


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CRÓNICA DE UNA CROQUETA ANUNCIADA

Teresa Buzo Salas

Iñaki siempre decía que lo suyo no era correr. Ni correr ni madrugar ni mezclarse con masas. Pero aquel 7 de julio, borracho de valentía (y pacharán), decidió estrenarse en los encierros.
Se colocó el pañuelo rojo con orgullo, se hizo un selfie, y se colocó junto a los mozos veteranos. El cohete sonó. Los cuernos se acercaban. Iñaki no corrió. Iñaki gritó, claro. Se dio media vuelta. Tropezó con un turista belga. Pisó un churro. Rebotó en un alemán. Rodó por el suelo como croqueta humana. Y entonces ocurrió el milagro: todos los toros lo esquivaron. Uno incluso le dio un lametón. La gente aplaudía. Los periódicos lo llamaron “el susurrador de toros”.
Al día siguiente, con la fama en la cabeza, Iñaki volvió. Mismo lugar. Mismo selfie. Esta vez solo soltaron vaquillas. Pero una, pequeña y vengativa, le embistió tan fuerte que aterrizó en una tienda de souvenirs. De cabeza. Entre camisetas que decían: “Yo sobreviví a San Fermín”. No compró ninguna.

 

SE BUSCA

Teresa Agorreta Fernandez

En Pamplona, las cosas más sorpresivas, inauditas y divertidas ocurren en Sanfermines. Os voy a contar una anécdota.
El día 8 de julio después del encierro, estaba tomando un chocolate con churros en el viejo Café Iruña y mientras ojeaba el periódico una noticia acaparó mi atención. Entre la multitud de fotos del encierro aparecía un anuncio con el rótulo «Se busca» a página completa. Era ni más ni menos que una imagen de San Fermín.
Iba acompañado de la siguiente reseña: el día 7 de Julio, en plena calle Estafeta recibí un abrazo del «amigo» carterista. Unas manos ágiles y silenciosas me robaron la cartera. No me importa ni el dinero que llevaba, 150 euracos, ni el DNI, ni el carnet de conducir, ni la tarjeta VISA, ni la tarjeta del Corte Ingles, ni la tarjeta de la biblioteca , ni la tarjeta de la Mancomunidad….Lo que de verdad me importa es la estampa del Santo que me acompaña desde mi más tierna infancia. Tiene un gran valor sentimental para mi.
«AMIGO CARTERISTA», si esto llega a tus oídos, deposita la estampa de San Fermín en la hornacina de la calle Santo Domingo.
P.D. Si no aparece la estampa, empapelaré toda la ciudad. 

TODO LO QUE AÚN SUENA

Thais Montolio Bachero

El 7 de julio amaneció como cualquier otro martes: sin pancartas, sin música, sin pañuelos en los balcones. Nadie parecía notar la fecha. Nadie, excepto ella.
Se vistió de blanco, ató el pañuelo rojo con manos lentas y bajó a la calle. Nadie la miró raro. Solo la ignoraron, como a una más.
En la plaza, donde antes no cabía un alma, había bancos vacíos y una fuente que sonaba demasiado e interrumpía un silencio que a ella se le antojaba difícil de digerir.

Pidió un café solo —el vino, mejor en otro cuerpo— y preguntó:
—¿No sabéis qué día es?
La camarera negó, casi con pena.
Ella sonrió, no por cortesía, sino porque aún le quedaban recuerdos. Y los llevaba puestos.
Se sentó en el banco de siempre. Cerró los ojos.
—Gora —susurró, como si el cuerpo aún supiera el orden de las cosas.
Un chico pasó cerca y se la quedó mirando y vio como sonreía sin saber confundido pero feliz.

No hacen falta cohetes para que empiece la fiesta.
Solo alguien que no la haya olvidado.

 

LOS HOMBRES DE BLANCO Y ROJO, AQUELLAS BESTIAS

Tiago Pardo Perret

Aquella estrella artificial explota y tiemblan las calles de Pamplona, no están listas para recibir el peso de la cólera. Las bestias, encerradas en sus rincones y pelajes, saben qué es lo que sigue. Las amamantaron de odio, y acá las tienen. Atormentadas con la certeza de que éste es su propósito. Su fin.
Los hombres se atan la muerte al cuello, ignorando los lamentos sobre sus espaldas. Como siempre hicieron. Qué ordinarios.
Allí, en las calles, los hombres son hombres, y las bestias serán hombres también. Representarán lo peor de la humanidad. Esa furia, esa sed de opresión.
La carrera de bestias contra hombres. La consecuencia del hombre sobre el mundo enfrentada al propio hombre. Bestias contra bestias.
Llegará un día, donde ni importancia tenga la existencia de una bestia real. Ni toros ni bueyes habrá, pero, aun así, los hombres seguirán corriendo. Siempre hay otra cosa de la que huir.
Seguirán corriendo, porque son ellos, siempre ellos, corriendo de sí mismos. Huyendo de lo que provocan.
Pobre de mí, dicen al sentirse libres. Con la facilidad de quitarse la muerte del cuello, indiferentes a la destrucción que abandonaron tras sus pasos.
Como siempre, la violencia, aquella tradición de bestias celebrada como humanidad.
 


XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

EFÍMERO AMOR TAURINO.

Tamara Bermudez Rodriguez

La conocí cuando llegó a Pamplona para las fiestas de San Fermín, también participaría en el espectáculo de la plaza de toros, fue amor a primera vista. Decidí hacer el recorrido del Encierro, sin lesionar a nadie, pero corrí esos ochocientos cuarenta y tantos metros en menos de tres minutos, solo para verla desde el toril, y sin embargo, ella ni me miró. Su hermosura, juventud, inexperiencia y las descargas de adrenalina provocadas por la multitud, la incitaron a la peligrosa diversión en el ruedo. Sin intención alguna de los presentes, pero la realidad fue que salió lastimada y lo peor es no pude hacer nada. Nadie lo entendió, pero me dejé lidiar fácilmente, esa misma tarde. Entonces estuvimos por fin juntos, colgados uno al lado del otro, en el matadero. 

UN NUDO EN LA BARRIGA

Tania García Astarriaga

Todo un año preparando y planificando, los últimos meses ultimando y las últimas semanas sin tiempo… siempre necesitas más tiempo. Vas ultimando el check list almuercico reservado, amigos y amigas preparados para todo, ropa blanca limpia y planchada con reservas para tres días, al igual que la faja… y ¡el pañuelo! Impoluto, no sabes dónde colocarlo, o si… en tu muñeca, la tradición manda, no se anuda hasta que suene en el chupinazo ese gran cohete que marca el inicio de una nueva era … San Fermín, un non stop de 204 horas. Recuerdo la noche previa y aún me sigue pasando…apenas duermo… nervios, ganas de diversión, ganas de estar con las tuyas, es La Fiesta por excelencia en la que el buen rollo, el civismo, el respeto y la igualdad impera. Es La Fiesta que une continentes, culturas y tradiciones.
Y me sigue pasando… ese nudo en el barriga comienza la noche de antes y no logro soltarlo …hasta sentir el clamor de la gente cantando ¡Viva San Fermin! ¡Gora San Fermin! ¡Por que no hay en el mundo entero… unas fiestas sin igual! 

MI PRIMERA VEZ

Tania Jimenez Acevedo

Mi primera vez

Chequeo de equipaje, escalerilla del avión, voy sudando, suspiro. Imagino mi primera vez con él, primer vuelo, amor a primera vista. Ronquidos espantosos aluden el ruido de los cascos por la estrecha calle adoquinada, sus muros altos llevan curvas perfectas, pienso en los tacones de zapatos que van quedando atrás, como los amigos queridos de mi pueblo. Aprieto el cinturón para sentirme segura, es como sí acomodara la banda roja sobre la inmaculada camisa blanca, aprieto los dientes y siento los olores, voces, gritos… y el despegue del avión anuncian la arrancada, se van todos delante de los toros en una carrera loca y excitante, aquí en mi país nadie corre delante, sino lo contrario, carne codiciada para el alimento de la familia y no de premio, como es el caso.
Pudiera evitarlo pero no quiero, es amor y los toros o nada, como un todo incluido. Me deleito con su sonrisa, su mirada azul y me rindo.
Anuncian la llegada, el final de la carrera, sofocos, lágrimas, risas, desordenada esta la ropa, las mujeres tiran flores yo las miro y me veo en ellas como sí ya estuviera allí.
Él susurra en mi oído: ¡Mañana nos vamos al San Fermín
 

UN GRAN PROBLEMA

Tasús Burguete Lacalle

UN GRAN PROBLEMA

De repente se oye su grito. Preocupada, apago la música sanferminera y salgo al pasillo.

«No puede ser… Pero si estaba tan bien. ¡Qué desgracia, madre mía!» Poco a poco me voy enterando la causa de semejante desconsuelo.

«A ver, mamá, que tenía muchos años». Se para en mitad del pasillo y me vocifera:

«¡Ya sé que tenía muchos años y que es ley de vida! ¡O te crees que soy tonta! Y en sanfermines… ¡Por Dios, por Dios! Ayer mismo me preguntó tu tía por ella. Ya le dije: ¡Como una campeona, aguanta! ¡Qué pena tan grande!».

Madre, con los brazos en jarra, va de una estancia a otra como un pollo sin cabeza. Me mira buscando respuestas. Guardo silencio. Mejor no alterarla más. Sabíamos que esto iba a suceder. ¡Si cada día, la pobrecilla, tenía más achaques! Entramos en la cocina. Madre se sienta en una silla desconsolada. Padre está al lado de la difunta lavadora, mirándola como la vaca al tren. Con un susurro me comenta al oído: «A ver quién encuentra un técnico estos días. Muy difícil» le respondo. Ella oye su comentario, nos clava la mirada y, extrañamente, no dice nada.

 


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EL LATIDO INVISIBLE

Suhail Velasco

A las ocho, en punto, el cohete estalla no en el cielo, sino en el alma, convirtiendo Pamplona en un corazón gigante sincronizado al compás del tambor ancestral, temblor palpitante bajo los adoquines, donde correremos no para escarpar, sino para pertenecer.

Cuando el chupinazo rasga el cielo, el velo entre dos mundos se desquebraja, mientras los humanos celebramos con vino, cánticos y pañuelos rojos, los Akerbeltz esas bestias antiguas del fuego negro, despiertan hambrientos de pasos. Los toros reales pasan rugiendo, pero son los otros los que importan, aquellos que solo los elegidos pueden ver.

Los veo. Me giro.
Y sonrió.

Mi abuelo me dijo que si uno de ellos te tocaba, tu historia se repetía, día tras día, encierro tras encierro. La primera vez que los vi, tenía ocho años, corrían detrás de nosotros, invisibles a los demás. La calle era un río estrecho y desbocado, empujado por pezuñas, rozando el miedo, la muerte y la gloria.

Un joven tropezó, una mano, la mía, lo alzó sin pensarlo. Cuando llegamos a la plaza, entre charangas y abrazos, ya no éramos desconocidos, éramos hermanos de coraje, gritando: “Si me tocan, que lo hagan” y que se repitan estas 204 horas eternamente.
 

EL DÍA QUE QUISE SER SAN FERMÍN

Susana Esteban Aranda

Amanecía el siete de julio y mi padre me llevó a un lugar de cuento: Pamplona. Me prometió que allí vería seres mágicos, toros imponentes y que absolutamente todos, vestirían como hermanos con rojo de una misma sangre y blanco de un mismo alma. Fundidos en una misma bandera.
Subimos juntos una cuesta que parecía llevar al cielo.
Delante de nosotros desfilaban seres extraordinarios: reyes de tierras imposibles y personajes grotescos que despertaban carcajadas con sus varas de espuma. Giraban y danzaban al ritmo de unas flautas encantadas que parecían atraer a todos, como en el viejo cuento de Hamelín.
Mi padre me habló con una lengua mágica, de kilikis, zaldikos y txistus. Olía a pólvora y escuché que todo era por un tal San Fermín.
Hechizado quise quedarme allí para siempre, entre los gigantes y las danzas, entre los mozos valientes y las calles empedradas que recorrían el tiempo.
”Papá yo quiero ser San Fermín”.
Me desperté llorando, sobresaltado y, lo vi delante de mí. Vestía capa y mitra. Levantó una mano, me bendijo y se desvaneció en un halo de luz.
Entonces lo supe: siempre he sido uno de sus hijos.
Menuda pesadilla soñar que no era pamplonica.
 

EL SUEÑO DEL REY TROVADOR

Sylvain Sortelle

Teobaldo viajó a Pamplona desde su lejana Champaña brumosa para regir aquellas desconocidas tierras que había heredado de su madre Blanca. No tardó en aprender las lenguas que allí se hablaban. Pero siguió escribiendo sus madrigales en francés.

Después de un laborioso día con los preparativos de la cruzada y la elaboración del Cartulario, se acostó, no sin antes haber escrito algunos versos de amor con una copa de vino de la Ribera en la mano.

Tuvo un sueño vívido: astures, cántabros, vascones, lombardos, sajones y francos, unidos en una celebración digna de la gloriosa Roma. Regocijo por doquier, bebida y comida a raudales, farandolas, charangas, peleas de gallos, torneos, sogatira y levantamiento de piedra. Oía el bullicio, veía a los mozos zambulléndose en las fuentes, olía el aroma de las costilladas en las parrillas, los ajos tiernos, las morcillas, las sopas con sacramentos. Se paseaba por las calles la cabeza de San Fermín de Amiens en un rico relicario de oro, ante los vítores de su pueblo. Allí se mezclaban cohortes de ermitaños que habían bajado de sus montañas y peregrinos en su tránsito hacia Santiago.

Unos gigantes de madera y tela vigilaban su sueño y le soplaban delicadamente en la frente.
 

NO ERA K-POP, ERA ENCIERRO

Tamara Sanchez Manquillo

En mitad del bullicio pamplonés, Jong-Su, turista surcoreano con mochila fluorescente y mapa arrugado, se vio de pronto atrapado entre una multitud vestida de blanco y rojo que no paraba de gritar y empujar. Pensó que había encontrado una procesión religiosa… hasta que vio la manada de toros viniendo hacia él como si fueran taxis desbocados de Seúl.

Intentó salir del recorrido, pero cada giro lo metía más en el corazón de la fiesta. Corrió por instinto, esquivando cuernos, resbalando con churros caídos y pisando un sombrero ajeno que alguien había lanzado al aire como ofrenda a San Fermín o al caos mismo.

Una señora le puso un pañuelo rojo al cuello, probablemente por piedad o para camuflarlo mejor ante los toros. A esas alturas, Jong-Su ya no sabía si estaba en una tradición ancestral o en un videojuego con nivel de dificultad extremo.

Terminó en una peña, confundido pero aplaudido. Alguien le ofreció sangría, él creyó que era zumo de uva. Rió, brindó, bailó. Por la noche, al revisar las fotos, descubrió que había salido en tres noticieros y una postal turística.

Desde entonces, cada julio, Jong-Su regresa. Pero ya deja el mapa en casa.

 


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ENCIERRO SALCHICHA

Silvia Ansorena Coyne

Se asustó tanto que corrió entre la maraña de piernas blancas y pantalones sucios, pisó en la estampida vasos de plástico y enfiló Estafeta como un pequeño toro sin cuernos. Corrió como un galgo y no como un perro salchicha, con el pañuelo rojo al viento, la lengua fuera, las patitas al límite.
El resto del día se dedicó a buscar a su humana. Nadie sabía de dónde venía, pero todos le querían. La gente le acariciaba el lomo y le abrazaba, se hacían fotos con él y le daban trozos de bocata, de lomo, de tortilla, de magras con tomate. Fue el protagonista de miles de selfies y el rey indiscutible de aquel 7 de julio.
La encontró al caer la tarde en la Plaza del Castillo. Saltó hacia ella y se abrazaron felices, a su manera, como pan y salchicha. Desde entonces, repiten cada año por San Fermín la carrera por las calles, pañuelo al viento, juntos los dos. La gente les aplaude al pasar y dicen que da buena suerte acariciarlo.
 

DESTELLO EN ROJO

Silvia Rivero López

«Destello en rojo»
— ¿Sabes qué día es hoy, papá? —pregunta Aitor, sentándose a su lado.
El anciano parpadea. Sus ojos, turbios hace un instante, se iluminan un momento.
— ¿San Fermín? —murmura, como si el nombre llegara desde muy lejos.
Entonces su padre sonríe. Ve pañuelos rojos al viento, el estruendo de los cohetes, el repique de los tambores. Siente otra vez el sol en la cara y el vértigo en el pecho mientras corre por la calle Estafeta, joven, veloz, invencible. Oye risas, gritos, viveza. Huele el vino derramado, la pólvora, la libertad.
—Corríamos como locos —dice, y ríe a la vez.
Aitor asiente, contagiado de aquel destello inesperado.
— ¿Te acuerdas de la primera vez que viniste a verme correr hijo? Tenías seis años, ibas de la mano de tu madre… Llevabas un pañuelo rojo que te cubría medio cuerpo. No parabas de cantar: ¡A Pamplona hemos de ir!
Silencio.
La mirada del anciano se pierde.
— ¿Dónde estamos? ¿Quién eres tú?
El destello se apaga. San Fermín se desvanece como un sueño al despertar.
Aitor le toma la mano con cariño.
—Es un día especial, papá —susurra—.
Y espera.
Por si, entre redobles lejanos, el destello decide volver.

 

TRAMPANTOJO

Sonia Lestado Matute

Aquella obra de teatro no me la podía perder.Habia cogido entradas en primera fila ,y allí estaba ,llorando como un niño desde la butaca .Un toro de fieltro bastante mal hecho por cierto ,corría detrás de los mozos vestidos para la ocasión.Se hacía raro escucharlos hablar en inglés ,pero le ponían ganas.Al fondo ,una calle pintada de Pamplona,no muy lograda ,intentaba parecerse a la Estafeta.El señor de al lado trataba de explicar a su mujer el argumento.Quien era yo para corregirle cuando decía que los corredores eran como los gladiadores romanos ,y le explicaba que era una fiesta muy popular en México.Madre
mía si Hemingway levantara la cabeza y escuchara semejantes atrocidades ,que yo no es que sea un experto en culturas del mundo,pero si vas a ver una obra de teatro titulada “San Fermines ,Past and present” se supone que te has informado un poco antes de ir ,digo yo.Pero será que no soy muy objetivo ,y para un pamplonica que lleva viviendo en Estados Unidos tantos años ,pasar el 7 de julio lejos de casa sigue doliendo,y eso que por un momento fíjense,creí verme a mi mismo en aquel escenario de joven tocando el asta del toro.Quizás nunca me fui…

LOS PILARES DE LA FIESTA

Sonia Elizondo Martínez

Ella no paraba quieta por la cocina, pensando en llegar a tiempo a los fuegos artificiales. Mientras hacía unos filetes de lomo de cerdo a la plancha, cortaba el pan para los bocadillos de la cena y terminaba el ajoarriero para la comida familiar del día siguiente.
Incluso con la campana extractora funcionando, escuchó unos pasos aproximarse y un familiar carraspeo:
—¿Dónde…?
Interrumpió a su marido y sentenció:
—Tienes tu ropa planchada en el sillón, y el pañuelico de la peña en la mesita del café. Ten cuidado, que está la niña durmiendo en el sofá.
El uno se alejó en dirección al salón, y la otra se puso a canturrear una jota mientras envolvía los bocadillos. Con «la niña» se refería a su nieta mayor, que prefería pasar la resaca en casa de sus abuelos porque estaba ubicada en el casco viejo y sabía que cenaría caliente seguro. Sus padres no tenían queja, ya que así la abuela se encargaba también de frotar las manchas de su ropa blanca y echarla a lavar.
Ella, aún sin descanso, disfrutaba mucho de los Sanfermines, pero empezaba a preguntarse cómo viviría las fiestas su familia el día que llegase a faltar.