Archivos anuales: PM


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

ERA UN SIETE DE JULIO

María José Irigoyen Del Castillo

«Era un siete de Julio…», dice la famosa canción. Y así fue. Lo supe justo antes de la procesión. Emocionada me vestí de blanco y con el pañuelo rojo, anudado al cuello salí en tu busca. Te encontré frente a San Lorenzo, pero la marea humana no me dejaba acercarme. Así que saqué «el predictor» y lo agite, al tiempo que gritaba ¡Viva San Fermin!. Como en ese momento llegaba la corporación municipal, hubo unos segundos de silencio, mientras todos los ojos se clavaban en mí. Pasado el primer shock, la carcajada fue general, el vídeo viral y siete meses después nacería el pequeño Fermin. 

1900

Sergio Gómez Salvador

– Mendi, corre más que no llegamos…
– Como nos quieran parar los del cuerpo de guardia de San Nicolás, no llegamos…
– Dicen que van a tirar la muralla en breve…
– ¿Ya empezamos Echeve? Qué tontería, como lo de cambiar la plaza de toros…
– Pues esa el día menos pensado se quema…
– ¿Y entonces qué? ¿nos harán girar hacia la izquierda en lugar de hacia la derecha para entrar en la plaza? ¡No me jodas Echeve! ¡Esa curva es sagrada!
– Mendi que no llegamos, a ti lo que te hace falta es un añico en el Almansa. Tanto vino anoche en la casa del pelotari…
– Vamos sobrados, nadie se pone en nuestro sitio en Santo Domingo, es nuestro abrevadero y punto.
– Sí, pero hay que pasar antes por la Purísima de la Audiencia Territorial.
– ¡Pero si ya no está Echeve!
– Da lo mismo, es una tradición familiar.
– Sí claro, lo dice el que lleva las alpargatas del abuelo… Tirar la muralla, no te jode. ¿Qué será lo siguiente, tirar el Gayarre, quitar la MariBlanca y que las mozas corran el encierro?… a ti sí que te ha sentado mal el tintorro.
 


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

LA VISIÓN

Mar Martínez Morentin

– Yo puedo ver el futuro- afirma el vidente Nazarín mientras frota su bola de cristal-.
– Veo una fecha, seis de Julio de dos mi veintiuno, un reloj marca las doce, indica un nuevo comienzo, observo pañuelos de color rojo alzados en una plaza frente a un ayuntamiento, multitud de gente derrocha alegría, se abrazan jubilosos felicitándose las fiestas. Aclaman a un Santo de nombre San Fermín, recordando a los que se fueron y no pueden estar allí-.
Le observo atentamente mientras me relata su visión, hoy es seis de Julio de dos mil veinte, mi pañuelo y mi ropa blanca permanecen en el armario, un escalofrío recorre mi cuerpo mientras me repito una y otra vez, ya falta menos, ya falta menos.
 

PRÓFUGOS

Alejandro Manríquez Trajtemberg

Ante todo, corro. Las calles parecen un laberinto de hormigas ebrias, eufóricas, que también corren. Claro, hoy no queda opción. A mi lado un hombre de ropa florida se lanza hacia la acera, intentando escapar a la muerte, mientras otro busca desesperadamente algún recoveco donde guarecerse. Una mujer corre a tropiezos con zapatos de tacón, gritando a todo pulmón. Mis compañeros me siguen los pasos; siempre he sido el más rápido, el más fuerte, aunque nunca había tenido oportunidad de demostrarlo. Arrastro un cordón de banderines casi sin darme cuenta, cegado por la polvareda y encandilado por el sol, respirando humo como si fuera mar y yo un pez de pecera. La primera víctima se eleva al menos dos metros en el aire, dejando una estela de sangre que parece devolverlo de un tirón al suelo, evitando su escape. Los demás siguen corriendo. En medio de la jarana cae una figurilla de yeso desde la iglesia, rompiéndose en mil pedazos, y pienso si acaso los santos saben que corremos por ellos. Bueno, los demás, porque yo corro por mí. Porque me dejaron libre por un día, y tengo que aprovecharlo al máximo. Porque nunca antes había tenido la oportunidad de estrenar mis cuernos. 


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

ENTONCES…SAN FERMÍN

Ignacio Antonio Cía Gironés

Eugenia y Casimiro subieron a Pamplona para casarse al amparo del capotico de San Fermín, vestidos del color con que la época pintaba el futuro. Entonces entrecruzaron sus manos y dibujaron sus blancas sonrisas en la fotografía de posado que iluminó la estancia a lo largo de los años.
Empezaron a habitar las calles de la vida ordinaria, haciendo de cada siete de julio un día extraordinario. Con la ropa de un blanco planchado de esfuerzo y trabajo, el pañuelico anudado, en medio del jolgorio esperando al santo.
Tras el paso acompasado, ese momento, donde las voces se funden con las almas, la emoción y el estruendo del silencio…
…Y después el vermutico con los fritos, en una mesa que se amplió con hijos y nietos. El mayor regalo.
La vida la vivieron haciendo lo que había que hacer, como la paz plena que queda después de un suspiro.
En la Casa número Uno de la Vuelta del Castillo, entrelazadas sus manos miran los álamos donde se pasean los sueños y el Cielo se abre a un azul especial, él le dice,
No te da pena no ver la procesión y Eugenia susurrando contesta,
Desde Entonces… todos los días han sido San Fermín.
 

GORA SAN FERMÍN

Claudio Rodal Tenorio

Mi abuelo y los Sanfermines, los Sanfermines y mi abuelo. Quizás se trata de una de las mayores historias de amor jamás contada entre una persona y una tradición cultural. El caso es que mi abuelo pasaba el año entero esperando esta fiesta y, una vez que éste pasaba, solía decir, “faltan 11 meses y no sé cuantos días para los Sanfermines”. Vivía por y para ellos. Sinceramente nunca entendí su pasión desmedida, pero sí su gusto, ya que le viene de una larga generación que tiene esta festividad por bandera.

El caso es que recién cumplidos los ochenta, a mi abuelo le atacó el maldito Alzheimer y fue progresivamente olvidando las cosas. Empezó por despistes cotidianos, siguió por no reconocer a los conocidos y acabó por no reconocernos a nosotros, incluido al otro gran amor de su vida además de los Sanfermines, la abuela. Pero lo curioso aquí, es que jamás pierde la cuenta de los días que faltan para su fiesta. El médico no le encuentra ninguna explicación, pero sucede. Y cada 7 de Julio, pasados ya seis años desde que se le detectó el Alzheimer se sigue escuchando su grito predilecto: GORA SAN FERMÍN.
 


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

EL DÍA FAVORITO

Paloma Hidalgo Díez

Al final de la primera planta había una sala donde nos dejaban reunirnos. Había jueves buenos, en los que estábamos todos, hasta el Murciano, en el hospital éramos conocidos por nuestra patria chica, y el Leonés, un experto imitando a la enfermera de rayos y al oncólogo, con el que te reías aunque no quisieras. Lunes regulares en los que las pruebas o los efectos secundarios causaban estragos, y echábamos de menos la risa del Vallisoletano, o el traqueteo de las muletas del Vasco. Miércoles que parecían domingos, como aquellos en los que mi compañero de habitación, el Pamplonica, nos hacía vibrar describiéndonos los 850 metros del encierro que algún día, cuando estuviéramos curados, correríamos juntos. Han pasado muchos sábados, alguno por fortuna mucho menos triste que aquel en el que nos prometimos correrlo en su honor, y hoy, que es martes, su día favorito, y San Fermín, aquí estamos casi todos, el de León no ha podido venir porque está a punto de ser papá, esperando el chupinazo, con la mano en el corazón donde le llevamos, y los pies dispuestos a darlo todo. 

EL TORO ROJO

Marcela Dejean

Zalacaín, se vislumbró entre la masa con el culo en alto, las piernas cruzadas, hecho un resorte grueso y espectacular; el toro rojo seguía su marcha. Zalacaín se pensó en un banquete de atún al chupín con chupinazos, con chupinazos de música y se hizo un punto fetal y luego sus sanfermines lo recibieron en andas. 


XII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

EL VENTRÍLOCUO

Ricardo Labrador Herrezuelo

Los indómitos adoquines de la curva de Mercaderes sumaron una victoria más. Entrevió acercarse dos pitones tatuados en un hocico embozado.
—¡Pobre de mí!
—Levántese amigo —dijo el ventrílocuo tendiéndole una mano—. Ya falta menos. 

FIESTA

Danilo Felipe Diaz Rodríguez

Jake Barnes debía sentirse infeliz. El escritor le ha asignado un papel de lágrimas en la novela. Al final de la historia, atrapado en su incapacidad sexual, no es otra cosa que el observador pasivo de los romances de su ex mujer. Sin embargo, parece dichoso. De cierto modo, es una suerte que a Ernest se le haya ocurrido lo del viaje a Pamplona, no solo por la comida, las personas y el paisaje. También por los Sanfermines. A Jake Barnes le fascina el encierro; la osadía de la gente ante el desenfreno de los toros; la magia de una fiesta brava a la que ahora se entrega en la plaza, inmerso en la muchedumbre, buscando un sitio de preferencia entre los corredores que colman el ruedo. Nada tiene que envidiarle al escritor hedonista, y tampoco al torero vanidoso del que ella se ha enamorado perdidamente. Pronto soltarán las vaquillas. Él está en primera fila; ya percibe los efectos de la descarga hormonal… Se siente hombre otra vez.