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Cartel de la Feria del Toro 2009 5

Tras el tercer escalón de la escalera y antes de que se nos eche encima el cuarto, el pasado jueves tuvo lugar uno de los actos tradicionales que nos acercan a los Sanfermines. Ya estamos a menos de 100 días.

El evento tuvo lugar en la Plaza de Toros y consistió en la presentación del cartel de la Feria del Toro 2009, obra del conocido y premiado arquitecto tudelano Rafael Moneo. Está inspirada en una foto de Pío Guerendiain y representa una escena del encierro.  Como se puede apreciar es el momento de entrada a la plaza en la que los mozos se van abriendo en abanico y son perseguidos por dos de los bureles.

La responsabilidad del cartel es de la organizadora de la Feria del Toro, nuestra querida Casa de Misericordia, más conocida popularmente como la Meca y, a diferencia del cartel de fiestas cuya responsabilidad recae en el Ayuntamiento de la ciudad y que se realiza por concurso, dando lugar en ocasiones a carteles que artísiticamente tendrán un pase pero que no gustan a nadie, se realiza por encargo del trabajo al artista que ellos mejor consideran para la ocasión.

La verdad que este cartel podría ser perfectamente el anunciador de las fiestas y no únicamente el de la Feria del Toro. A mi me gusta y representa uno de los actos más conocidos de nuestras fiestas y que no tendría sentido de no haberse celebrado las corridas de toros que desde hace 50 años denominamos, con razón, Feria del Toro.

Ahora que ya tenemos el cartel con las ganaderías únicamente hace falta que acierten con los toreros para que nos den tardes de gloria en el coso pamplonés y que, a pesar de la buena causa a la que representan, tengan en cuenta la crisis en la que nos encontramos y no nos metan mucho palo en los abonos.

Felicidades por el 50 aniversario.


¿Encierro? 2

Los saltitos, rápidos, repetidos y nerviosos servían tanto para calentar como para reducir el agarrotamiento del momento. Además, permitían ver de primera mano la esquina de Mercaderes, por la que pronto doblarían. Otra buena referencia era la velocidad y la tensión de la cara de los que aparecían por esa esquina.

Por fin, esa velocidad se hizo endiablada, y recrudecieron los gritos. Ahí estaban. Giré automáticamente y comencé a correr. Cada tres zancadas miraba hacia atrás, para no perder las referencias. Apreté los dientes y empecé a esprintar. Como de costumbre, el mayor problema estaba delante, lo difícil era mantener la verticalidad en ese amasijo de piernas, codos y obstáculos en forma de gente. Así que lo que tenía que pasar pasó.

Traté de caer bien, como en judo, pero perdí el control. Cerré los ojos y finalmente dí con el suelo a pesar de mis intentos de mantenerme en pie. Así que tocaba aplicar la teoría: tumbarse boca abajo protegiéndose la cabeza con los brazos.

De pronto, todo paró, los segundos empezaron a ralentizarse y todo sucedía a cámara lenta. Hasta los ruidos eran como lejanos. Tras varios pisotones, no pude aguantar los nervios, y en un reflejo irrefrenable, mi subconsciente optó por levantarme. Y se cumplió la ley de Murphy. Mientras me erguía miré hacia atrás. Me estaba levantando en la misma cara de la bestia. Nunca lo olvidaré.

La hostia que me llevé fue de campeonato. Nunca Caravinagre había tenido tan fácil un vergazo. Me estampó la cara, creo que hasta me quedó marcada la redecilla. Hundido y humillado, levanté la mirada buscando a mis amigos, suplicando por que ninguno de ellos hubiese visto la escena. Que te pille un kiliki era una de las mayores deshonras.


Sanferminero de toda la vida 5

Pues la verdad es que siendo sincero, no se me puede incluir en esa casta.

Me explico, cuando era crío mi familia era una de esas que el día 7 al mediodía cargaba los bártulos en el coche y se alejaba de Pamplona para no volver hasta una vez acabadas las fiestas.
Por lo tanto, mis recuerdos de los sanfermines en la infancia se reducen a algunos flashes del día 6 y 7.
Lo cierto es que yo estaba encantado de irme, porque una vez llegado a destino (que por cierto no era Salou en mi caso) me juntaba con un cuadrillón de amigos y me dedicaba a estar todo el santo día por ahí, en un estado digamos asilvestrado, dedicándome entre otras cosas a actividades tan educativas como liarnos a pedradas con otras cuadrillas rivales, cazar sapos y algunas otras cosas que prefiero no decir, no vaya a ser que no hayan prescrito.

Pero bueno, el caso es que con 15 años, por diversas circunstancias y una pierna escayolada, nos quedamos en Pamplona por Sanfermin. Como no podía salir, mis amigos se solían dar una vuelta por casa y me contaban lo bien que se lo habían pasado el día anterior, sus primeros escarceos, en fin las cosas que un adolescente hace por primera vez en fiestas.
Así, ya picado por la envidia, conseguí feriarme unas muletas y el día 14 me bajé con los amigos a la verbena de la Plaza del Castillo.
Lo que ví me gustó y ya les dije a mis padres que para el año siguiente que no contasen conmigo, que a mí del 6 al 14 no me iban a sacar de Pamplona ni esposado por la Benemérita.

Al año siguiente, ya os podéis imaginar, un par de veces que bajamos a los toros, las verbenas y los primeros intentos de acercamiento a las mozas (bastante zafios por cierto), el ambiente de la calle, etc..
Una vez probado, de ahí en adelante me convertí a la fe sanferminera y si hay algo que tengo claro, es dónde voy a estar esos días.

Es más, cuando alguno me pregunta si me gustan nuestras fiestas, yo le respondo con convicción ‘‘toma claro, jodé, sanferminero de toda la vida’’.


El vallado del encierro. 7

Ya va faltando menos para que veamos como comienzan a montar el tramo del vallado que nos anuncia la proximidad de las fiestas. Bueno, que falta poco es ser un poco optimista.

La carpintería Aldaz es la encargada de montar y desmontar el vallado del encierro. Nada más y nada menos que 2.700 tablones y 900 postes que durante el año duermen en el frontón de la Meca. En este negocio familiar el que lleva el timón es Ignacio Aldaz. Ya han pasado varias generaciones. Según este veterano, el encierro apenas ha cambiado, excepto la masificación y que se ven menos corredores jóvenes.

La gente que monta el vallado se levanta a las 4 y media de la madrugada, y acaban a las 8 y media. Tienen más moral que el Alcoyano. Tienen que lidiar con la gente que está embotijándose todavía por el recorrido del encierro, con toda la porquería y las meadas que dejan en los tablones.

Este buen hombre cuenta anécdotas tales como que un día fueron a colocar el vallado y faltaban un par de tablones. Más tarde pudieron ver que un vendedor los había cogido para montar su puesto. Otro año localizaron un madero perdido por el centro. Lo llevaban una cuadrilla de gabachos a hombros, que ricos ellos.

Ciertamente es una tarea que tiene que ser dura, ya no por el esfuerzo físico solamente, sino por el entorno en el que realizan su trabajo, y por los horarios. Además no sólo se ocupan de eso, sino que también se ocupan de las capeas, el apartado, y en la plaza de toros se ocupan de las puertas.

Ole por ellos y por su labor durante nuestras fiestas.

Aquí incluyo una foto para que veáis como era el vallado alla por los años 20.


¿El Coto? 2

El otro día estuve tomando unos vinos con unos amigos y uno de ellos se las daba de buen conocedor del mundo del vino.
Creo que todos conocemos a algún conocido que se las da de gran catador, y que en realidad no lo es tanto. Sin duda esto es porque viste.

Al hilo de esto recuerdo una anécdota que nos ocurrió durante unos Sanfermines, hace quizás una década, pero que todos los de la cuadrilla recordamos como si fuera ayer mismo.

Ese año fuimos a los toros toda la cuadrilla y en aquellos tiempos teníamos nuestro concurso de sangría particular. El objetivo de la sangría no era que entrara bien, o que estuviera fresquita, simplemente era que tuviera un buen grado de alcohol para salir por la puerta grande y ya con ese punto necesario para empezar bien la tarde noche. En definitiva las sangrías que tomábamos eran casi casi alcohol rebajadas con vino, vaya que era una alcohogría.

Es entonces cuando en la fila de adelante se sentó un joven que llevaba una botella de vino El coto para merendar.
Un día tras otro nos ofrecía a uno o a otro un trago de vino del coto reserva. Al ir pasando los días nos dijo que el coto era el mejor vino, nos los describía como si estuviera leyendo el “prospecto” del vino, sabor no se qué, color no se qué, etc., etc.
Desde luego a nosotros nos sabía el vino a teta, sobre todo habiendo tomado la alcohogria que tomábamos por aquel entonces.

Por supuesto nosotros le ofrecíamos vasos de alcohogría, pero extrañamente sólo se lo tomó el primer día y no quiso repetir.

En esto que, en uno de esos días que tenemos de comida de cuadrilla, se le ocurre a uno la brillante idea de pedir para beber durante la comida, vino El Coto, pero no un Coto normal, sino un Gran Reserva.

el-coto

La verdad es que estuvo buenísimo. Recomiendo que lo probéis. No contento con haber pedido el Gran Reserva y una vez habiendo dado buena cuenta de la botella, le pide a la camarera una botella del vino de mesa de la casa… curiosamente de éste no me acuerdo de la marca ni del año, y rellena la botella del gran reserva con el vino peleón.
¿Para que quieres la botella llena de vino peleón? Fue la pregunta. Y la respuesta fue algo así como para ver si sabe tanto de Coto como dice.

En esto que nosotros estábamos tomando nuestros vasos habituales de sangría, durante los toros primero, segundo y tercero y llegó la hora de la merienda.
El con su rutina habitual sacó su Coto, pero hete aquí que teníamos un Coto Gran Reserva para disfrutar… por supuesto que le ofrecimos y el aceptó gustoso el vaso que le pasamos, de plástico, por supuesto.
Pues sí, sí, señores, se quedó encantado con el vino que tomó ¡y hasta notó una gran diferencia, a mejor, con el Coto que tomaba habitualmente!

Las carcajadas fueron grandiosas.

Hay que decir que pudieron ocurrir 2 circunstancias que justificaran su respuesta, una es que ese día estuviera entonado y tuviera un paladar tan sensible como la suela de una alpargata, o que su Coto habitual fuera en realidad un casco de el Coto rellenado diariamente con vino peleón, peor que el que utilizamos nosotros para dar el cambiazo. En éste caso él fue el que nos tomó el pelo todos los días…. ¡menos uno!