Archivos anuales: 2023


XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

PRIMER ENCIERRO.

Félix Gómez Cabrita

Siete y media de la mañana. Estás en la calle Estafetas, nervioso, vestido con tu camiseta blanca y tu pañuelo rojo. Ves amanecer en la preciosa capital navarra. Miras a tu alrededor y ves decenas, cientos de rostros con la misma expresión tensa que el tuyo. Respiras hondo. Es tu primer encierro, tu primer 7 de julio en Pamplona. Esperas que no se note. Te mueves inquieto después del primer cántico. Estiras las piernas, flexionas las rodillas. Segundo cántico. Los nervios aumentan, te sudan las manos. Te vas moviendo cada vez más nervioso. Intentas no pensar en nada, centrarte en tu respiración. Inspiras y expiras lentamente. Has visto cada encierro de los últimos años por televisión con mi padre. Sabes lo que tienes que hacer. Último cántico y revisas los cordones de tus zapatos, el móvil apagado y las piernas calientes. Suena el chupinazo y escuchas a los toros avanzar velozmente por las calles de Pamplona. Empieza el encierro. Empieza la acción. 

ORIGEN

Felix Senis Diez

Aquel invierno duró tres años y fue el frío tan intenso en Invernalia que hasta los dragones, apagado el fuego de sus entrañas, se extinguieron. O…eso se creía porque hay quien habla de una ciudad al sur del muro en la que una estirpe de guerreros, sin armas ni armadura, se enfrentan a seres mitológicos en justas que duran 8 días. No hay premios, no hay honores. El galardón está en el desafío; aunque hoy, después de mi primer duelo, mi padre me ha honrado colgándome del cuello una medalla que representa al santo protector de la ciudad.

En el año 8556 de nuestra era, en este lugar del universo en el que habito, se empeñan en creer que somos hijos de una estirpe de dragones pobladores de un planeta remoto, hermoso y hoy vacío, y se han ido hasta allí en busca de evidencias.
Una hipérbole en el tiempo permite seguir la excavación a pesar de la distancia y, aunque los resultados no son demasiado alentadores, hoy han encontrado algo que resulta relevante: una talla de madera, recubierta por un manto de plata, con un inquietante parecido a la medalla que, generación tras generación, ha acabado colgando de mi cuello. 

SIEMPRE LLEGA, SIEMPRE VUELVE

Fermin Unzu Rey

Puede que lo que siento y percibo esté distorsionado o puede que la realidad sea un sueño, pero existe un instante en el que todo es diferente. En mi deambular cotidiano es en el tiempo y en el espacio donde percibo la rutina del calendario, de las horas, de los lugares, de las personas y me parece que me encuentro inmóvil, atrapado en la inercia colectiva, hasta que una vez al año ese tiempo y ese espacio me transforma a mí y a mi entorno, invadiéndome el bullicio, la calle, la fiesta, la alegría de la Fiesta. Es un nuevo universo donde puedo respirar, reír, compartir, observar, alucinar,…, y vivir, vivir momentos que durante el resto de mi existencia se evaporan a la velocidad de la luz. Debe ser mi traje de superhéroe teñido de rojo y blanco que atrae hacia mí, los superpoderes que me habilitan para flotar en este nuevo espacio, viviendo y reviviendo un tiempo de magia que comienza con el estruendo de un txupinazo y que termina en un sueño de fantasía que me adormece en la esperanza de que esta explosión de agitación y gozo siempre acaba por llegar y siempre vuelve. 

NEGOCIACIÓN Y SUERTES

Fernando Palacios Agrela

Aquel año, sólo unos pocos lo sabemos, la manada de toros y cabestros estaban decididos a ir a la huelga. Las promesas incumplidas respecto a la reparación del pavimento de las calles y el comportamiento de algunos corredores, cada vez menos respetuosos con las normas establecidas tácitamente desde hacía décadas, conformaban el grueso de sus quejas.
Designaron a Peligro, uno de esos miuras que amenazan tormenta, portavoz en la Asamblea con la Organización. Por supuesto, se celebró al amparo de la noche, a escondidas de cualquier curioso que pudiera descubrir la verdad oculta a lo largo de generaciones.
Peligro y dos formidables cabestros por la parte animal, el Presidente y dos Vocales de Festejos por la contraria. La negociación arrancó con un violento embiste del Miura, al que el Presidente engaño por chicuelinas. Y así transcurrió la noche, Peligro arremetiendo con trapío y su némesis alardeando con todo tipo de suertes. Algún susto hubo. Al amanecer dieron por concluida la reunión. Ambas partes cedieron para cerrar un acuerdo.
A las doce del mediodía del 6 de julio, arrancaron los festejos con el solemne chupinazo.
 

EL RUMOR

Fernando López Merlos

El rumor se extendió como la pólvora, y hasta los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia. Hubo quién lo vio en el balcón del ayuntamiento, dando fuego a la mecha; alguien afirmó que, tras el chupinazo, bajó a la plaza y se mezcló con la gente; también lo vieron con un grupo de americanos libando chacolí en una taberna de Estafeta. A la mañana siguiente advirtieron de su presencia en la calle Mayor, esquivando pelotazos de kilikis y zaldikos; por la tarde, en los tendidos de la Monumental y, alguna hora después, (ubicuo él) corriendo el toro de fuego en la Cuesta de Santo Domingo. Hasta fue distinguido en uno de los conciertos de la Plaza de los Fueros. El último día, antes de recoger a los Miura, se comenta que comía churros por Mañueta. Y no fue hasta el filo de la madrugada, vestido de dandi, jipijapa de sombrero y mocasines impolutos en los pies, que se dejó ver alzando orgulloso su pañuelico rojo, mientras entonaba el “¡Pobre de mí!” con un acento notablemente extranjero. Y la gente le saludaba, y el tipo, dibujando una amplia sonrisa, respondía a todos doblando con fuerza las erres: “Riau, riau”. 


XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

SENTIMIENTO «SAN FERMIN»

Eva Maria San Adrian Monge

El monitor recita mis constantes vitales y compone una melodía según dictan mis emociones… los cohetes, las charangas, las jotas… imponen un ritmo rápido a esa melodía a la cual me aferro. Despierto sobresaltada… volvía a estar en el «entonces» , en mi particular «infierno» y, mientras sosego mi ánimo, tomo conciencia, un año más, de la fecha del calendario. Y, a pesar de todo, desearía estar en la calle y volver a disfrutar dejando a un lado este recuerdo enfadado y nostálgico de la fiesta con el que trato de hacer las paces…
San Fermín no es solo una onomástica, ni un sinónimo de fiesta, toros, turismo o confraternización… ni siquiera 7 días de disfrute de principio a fin…
San Fermín es mucho más. Es un sentimiento… una emoción tan intensa que duele…
El visitante aprecia la parte lúdica y de esparcimiento pero el residente siente en su alma algo más… algo que no se puede explicar porque no es tangible… Esa es la parte que intenta y, muchas veces consigue, transmitir. Y aunque las circunstancias, la gente y la vida van cambiando… el sentimiento «San Fermín» sigue ahí, igual que siempre. Esperando ese chupinazo que le de rienda suelta. Aúpa San Fermín!! 

NO ME PIERDO LA FIESTA

Evelia Suárez Ropero

Me camuflé como pude, entre las ropas blancas y el rojo de las fajas y pañuelicos, sentí el perfume acompasado de las flores al pasar, corrí como los mozos por las calles alborozadas de risas, gritos y aplausos. Y me caí en la arena de la plaza, sintiéndome vivo, rozando su cuerno en mí aquel toro bragado. Remonté, para volar más allá de las voces de la plaza y sumergirme en las calles llenas de mesas, donde el olor de los huevos fritos, el jamón, las tortillas de patata y los pinchos pamploneses, hizo que paladeara todo sin comerlo. Y después de bailar entre la gente, de recorrer la ciudad engalanada para la fiesta y de oír las risas de los más pequeños con los gigantes y cabezudos, decidí que ya era hora de descansar. Me dirigí, como flotando, hacia la capilla de San Fermín en la Parroquia de San Lorenzo, y allí me quedé observando la talla de medio cuerpo que me representaba, me acerqué, difuminándome con ella, sintiendo el olor de la madera, llenando mi espíritu de luz, de aquella que cada 7 de julio me hacía salir de la capilla, cual niño travieso, para disfrutar de la fiesta. 

«LAS FIESTAS DE SAN FERMÍN «

Evelyn Dinora Castellanos Quezada

Quién diría que estamos a las puertas de las fiestas de San Fermín, muy famosas nacional e internacionalmente, durando los festejos nueve días de júbilo y diversión.

Alegría por doquier, como en toda fiesta popular, los más jóvenes siempre contagiando con su entusiasmo y algarabía, dándole luminosidad y vida.

¡¡Qué vivan las fiestas de San Fermín!!, .¡¡Qué viva Pamplona !!…Los bares a tope, la gente incansable disfrutando del momento; choque de copas entre amigos, carcajadas aquí y haya.

Y qué decir de los ansiados encierros, dónde mozos y mozas, esperan con emoción correr delante de los toros; toros fuertes y bravios como animales que son.

Instantes previos al encierro, los mozos y las mozas se encomiendan a su santo patrón, que es San Fermín, el martir y lo cantan con fervor con la siguientes letras en Euskera , que dicen así:
Entzun arren San Fermín
zu zaitugu patroi
zuzendu gure oinarrak
entzierru hontan oto!!.

Grandes y chicos disfrutan grandemente en estás fiestas de San Fermín; a comer, a beber, …bailar,.. cantar, hasta correr. Fuegos artificiales y carrozas sin parar, los petardos que no faltan ¡¡vamos todos a gozar!!….
¡¡Viva San Fermín!!….¡¡Viva Pamplona !!  

SE ACABA LA FIESTA

Fátima Chamorro Merino

En el hotel La Perla acaban de recibir una llamada. El comunicante habla español, pero con un fuerte acento extranjero. Quiere anular la reserva que tenía para la primera semana de julio. Lo lamenta en el alma, pero una situación personal grave le impide acudir. En cuanto cuelga el teléfono, le invade una honda tristeza. Ha tenido que renunciar a su viaje a Pamplona. Lo lamenta profundamente, pero esta vez se siente incapaz. Algo se está rompiendo en su alma…
Se prepara un daiquiri, enciende su pipa y se sienta en su sillón favorito a degustar ambas cosas. Sueña con una masa de pañuelos rojos y camisas blancas que se agita bajo sus ojos. Es como el latido incesante de un poderoso músculo que bombea las calles y se desborda al llegar a la plaza. Un agua brava de manantial poderoso que circula veloz por las venas de la ciudad hasta desembocar en aquel mar donde ondearán luego los capotes de la gloria.
Dos años después, en la semana de San Fermín y con la mente de nuevo en Pamplona, Hemingway participa en su última carrera. Ha invocado al santo, pero esta vez lleva detrás un toro demasiado negro. Y le toca lidiarlo…
 

ENTRE CUERNOS

Felipe Estupinan Palacios

Me acosté en Madrid y desperté en Pamplona, en medio de la calle Estafeta, vestido de blanco con pañuelo rojo atado al cuello, el corazón a mil, escapando del traqueteo de pezuñas con aguzados cuernos y miradas bravías. Noto a mi lado la sonrisa triunfante de un mozo al esquivar la embestida de un toro, pero yo no soy tan afortunado; impactado por la poderosa cabeza del animal pierdo estabilidad y caigo al suelo. Me levanto aturdido, escuchando el griterío de la gente desde los balcones advirtiéndome del par de astas que vienen hacia mí. La cornada me desgarra la piel, quiebra las costillas y penetra limpiamente al interior de mi cuerpo; la sangre brota a borbotones y ya no solo es rojo mi pañuelo, toda mi ropa y mi mundo se tiñen del mismo color. Los toros continúan su marcha y me abandonan tendido en medio de la calle, observando moribundo en el nuboso cielo un tímido sol que empieza a aparecer.
Desperté en Madrid, en una mullida cama de hotel, palpando la cicatriz de la cornada en mi cuerpo, anhelando la hora de mi partida a Pamplona para revivir la fiesta de San Fermín y la seductora emoción de sus encierros. 


XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

SAN FERMÍN ME SALVÓ

Esther Calvo Gargallo

Mi abuela era muy aficionada a los toros. Por San Fermín, veía los encierros cada tarde. En una ocasión me contó: » Por aquel entonces viviamos muy cerca de la calle Estsfeta. Mi hermana me encerró en la habitación, castigada, solo me dejó la camisa de dormir.
La trastada había sido gorda. Pero yo había de escapar.
Era el primer encierro de San Fermín. Salí por la ventana, baje por la tubería, suerte que era un primer piso. Así como iba, salí corriendo detrás de los toros, Estafeta arriba. No caí que detrás venía un morlaco retrasado y al verme, embistió enganchando una asta al dobladillo del camisón.
Aquella tarde volé unos metros. Mi cabeza imaginó que dicha faena merecía, por lo menos, la vuelta al ruedo; si no fuera porque aterricé sobre la nariz. Escuché un gran alboroto. «¡Han cogido una niña pequeña!» Decía la gente. Mientras yo me sentía mareada y confusa.
Mi hermana vino avisada por los vecinos.
Al verme cómo estaba me cogió en brazos.
«¡No sé qué voy a hacer contigo!. ¡San Fermín te ha salvado de morir!» -dijo.
Me llevó al hospital. El temor a mi hermana no superó el miedo a los toros. Volví al año siguiente»
 

«EL MIEDO Y LA ADRENALINA EN SAN FERMÍN: UNA EXPERIENCIA CERCANA A LA MUERTE».

Esther Rueda Lafuente

«La tensión recorre todo mi cuerpo, una sensación que me provoca placer y miedo al mismo tiempo. Me inquieta y anestesia mi parte valiente cuando más la necesito. Siento miedo y no puedo evitarlo; mis manos sudan, mi corazón late demasiado rápido y no puedo controlar mi respiración. A pesar del ruido a mi alrededor, siento un vacío silencioso. No estoy preparado, ¿por qué estoy aquí? Tengo…

¡Pooommm! Comienza San Fermín.

¿Por qué mis piernas no responden? ¡Vamos! ¡Corre! Me estoy quedando atrás. Esto no es bueno. No oigo nada y hay mucha gente. Debería estar oyendo mucho ruido. No veo la calle…

Siento calor en la pierna, un dolor intenso que me recorre desde la ingle hasta la nuca. Todo va muy rápido y no puedo controlar nada. Mi visión se vuelve borrosa. Gritos de miedo, caras de susto y yo volando por los aires como un muñeco. Ahora sí noto el asta del toro, el frío y la dureza del suelo. Ya no tengo miedo. Ahora empiezo a estar tranquilo. ¡Por fin silencio!

Me pregunto si voy a morir. Si tenía que haber escuchado la voz que me decía: «Este año no corras».
O está experiencia, me hará valorar más la vida. 

EL MAR

Eugenio Fernández

La noche, rociada de estrellas que anegan la memoria, que sobrecoge el alma, que entre silencios se derrama.
Noche, que entre sombras sobrecoge con lamentos, los murmullos inciertos del más allá.
¡Que terrible locura desde que no estás!.
Desde que me ahoga la vida.
Desde que ni quiero ver el mar.
Un mar, que a ratos se enturbia como una nube a punto de estallar.
De reventar con sus rayos la poca claridad que me queda.
Un mar depredador de antojos, que me mira de reojo para poderse burlar.
Que me golpea contra las rocas, como un barco a punto de naufragar.
Y yo, sin poder escapar del oleaje, me dejó arrastrar.
Que se me lleven los demonios de la profundidad.
Que se me lleven a la tumba, para descansar en paz.
Donde no me encuentre solo.
Donde poderte encontrar, para gritarle a la muerte, para poderte abrazar.
Abrazos que duelen en la distancia, de tantos que por mi arrogancia no te supe dar.
Abrazos que nos empujen a querernos por toda la eternidad.
Eternidad adormecida que no me deja que pueda encontrar.
Y así se pasa lo que me queda de vida.
Mirando a las sirenas, en la oscuridad de este triste mar.
 

MI PRIMERA VEZ

Eustaquio Uzqueda Prado

La primera vez

Esa noche no puede dormir, bueno o no me dejaron dormir. Era mi primera vez, mi primera noche en ‘San Fermín’ y el día anterior había sido mi primer día. Para un mozalbete de capital de provincias como yo, era lo ‘máximo’ el poder ir a Pamplona por ‘San Fermín’. Yo ya había estado en Pamplona varias veces, pues mi padre tenía un tío y un primo que vivían allí. Había llegado la mañana anterior a Pamplona, en autobús. A mis padres les dije que iba a casa de ‘los tíos’, pero mi intención era saludarlos y vivir la fiesta a mi aire, sobre todo por la noche. En mi ciudad, Logroño, la fiesta se acababa por aquel entonces mucho antes. Cuando amaneció, nos compramos una botella de leche y unos churros y nos fuimos para el encierro. La verdad es que mis tíos fueron muy permisivos. Eso sí, me dieron de comer todos los días y además la paga. Aquel año saltamos las vallas un poquito y corrimos los toros un trozo, pero a 100 metros o así, bueno igual eran 200… entonces no había la masificación actual. Fue mi primera vez… sería el 67… creo.

 

CHUPINAZO PASIONAL

Eva María Del Pozo Manchado

La historia de amor de Enzo y Nahia se remonta al 6 de julio de 2014. Ambos eran compañeros de universidad. Siempre había existido una química especial entre ellos, pero no había ido más allá de un abrazo de amigos. Aquel día, arrancaron los Sanfermines. El circulo de amigos de Enzo y Nahia intuían la atracción que sentían ambos. Así que se inventaron un juego compinchados los unos con los otros para que los dos tortolitos se perdiesen y resolvieran su pasión y atracción sexual. Por todos es conocido, que los Sanfermines no se caranterizan precisamente por ser una fiesta en la que no se consume alcohol. Pues bien, el juego consistía en que vendados los ojos con pañuelicos rojos, debían verter el contenido del vaso de kalimotxo en un vaso vacío en cuanto escucharan lanzar el chupinazo. Perdían los dos que menos kalimotxo hubieran vertido. Casualmente fueron Enzo y Nahia, que en cuanto se quitaron los pañuelicos, se encontraron entre la multitud y la comparsa. No pudieron reprimir sus sentimientos y entre los gigantes y cabezudos, desataron su pasión como si no hubiera un mañana. La peña «Los Figuras», como se hacían llamar Enzo, Nahia y sus amigos gritaron juntos: «¡Gora San Fermín! 


XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

ELLA

Esmeralda Perez Marcos

Hacia falta hacer algo para sacar adelante a su familia. Ya tenían tres hijas.
Su marido enfermo y con ingresos muy justos.
Pero ella tuvo la idea para sanear su economía.
Eso sí, requería trabajo, inversión y meter hombres en su casa.
Monto una pensión con derecho a comida, cena, desayuno, lavado y planchado de ropa, incluso como luego resultó, cambiar cuellos y puños de las camisas.
Su marido no estaba muy conforme con esa opción. Por su culpa su esposa cargaría con un trabajo extra muy pesado.
Pero ella lo tenía claro, o eso o marcharse a limpiar casas.
Esa última no era recomendable.
Podría cuidar de su familia a la vez que formaba “una gran familia”
De ese nexo salieron dos matrimonios, sus hermanas encontraron el amor de sus vidas.
Tuvo un carácter fuerte y una organización propia de una gran empresa, la suya.
Sus normas, su trabajo, su familia.
Toda la familia colaboraba, de verdad, porque “la sargento” como la llamaban las hermanas, así lo exigía. A cambio tenían su alojamiento y manutención.
Eran tiempos difíciles, diremos que hoy también.
Muchas “Ella” salen a la calle a trabajar.
Toda la familia sabe que la casa es de todos. Así que contribuyen.  

EL CAFETITO

Esteban Torres Sagra

Soy de los pocos que aun utiliza reloj de pulsera para saber la hora, aunque el mío, a veces, se atrasa un poco.
Catorce de julio de 2022. Siete treinta (en mi muñeca). Conversación telefónica: ¡un café muy cargado!…¡sí!…¿dirección?…a la altura de la curva de Estafeta, metro arriba metro abajo…¿para reconocerme dice?…voy con una camiseta y un pantalón blanco, faja roja y pañuelo rojo…¿cómo que qué gracioso?… también mido uno noventa y llevo el pelo fucsia, es fácil ¿no?…¿cuánto tardan?…¿los días de encierro veinte minutos? Está bien…Ok…con tarjeta…gracias.
Así que me tomaría un cafetito antes de correr para cargar las pilas.
Pero, entre que mi cronómetro marcaba de menos y mis nervios de más tras el chupinazo, se me olvidó por completo el encargo hasta que un tío, con sudadera amarilla y gorra a juego, con dos bolsas en la mano, adelantó a la manada y, en plena carrera, se interpuso entre un “miura” y yo y me entregó el pedido.
No me dio tiempo a darle ni las gracias porque siguió adelantando mozos como una exhalación. Imaginé que, al darse cuenta realmente del peligro que corría, le sobrevino el pánico, pero no: al parecer tenía otra entrega al principio de Telefónica.
 

EL FAJÍN ROJO

Esther Rebellón Baranera

“A San Fermín pedimos” fue lo primero que escuchamos; de buena mañana, nos envolvía el eco de las gaitas. Me habían dicho que la carrera empezaba suave, que, al son de los gritos de festejo, se recorrían las calles de Pamplona en un abrir y cerrar de ojos. Hacía falta ser rápido, no entorpecer la carrera, saber sortear los giros y a los otros corredores.
Empezamos al trote. No imaginaba que el corto recorrido se convertiría en una marabunta en blanco y rojo tras haber subido la Cuesta de Santo Domingo. Al llegar a la curva de la Calle Mercaderes, la confusión nos llevó de la mano hasta la Calle de la Estafeta. Estaba tan nervioso que resbalé.
Los cencerros me rodearon, me inundaron, y temí no poder reaccionar a tiempo. Cuando vi que me habían sobrepasado, levanté los ojos. Sobre las talanqueras, ondeaban multitud de pañuelicos rojos al grito de ¡¡Gora San Fermín!! Me envolvió el vacío y quedé ante el único que, como yo, había quedado rezagado y a pocos metros de mí. No podía hacer otra cosa; levanté la cabeza, hice sonar mi cencerro, sacudí mis patas y ensarté el rojo fajín de su cintura con mis astas.
 

POR LOS CUERNOS.-

Esther Espinosa Gascò

Cuando veo a los mozos correr delante de los toros, se me eriza el vello. No es el miedo de que sufran una cogida, que también. Es el amargo sabor de boca al recordar las ocasiones, no pocas, que me ha llevado por delante la depresión. Haciéndome caer sobre los días con la testuz. Aplastándome contra las horas con las pezuñas. Clavándome los minutos con las astas. Desgarrándome las ilusiones y reventándome las ganas. Así durante días, semanas….Una cogida tras otra. Sin apenas tiempo para sentir, para la emoción. Sólo pensar. Pensar en blanco y negro, una vida sin color. Pero…llegó el día en que lo perdí. Perdí el miedo al miedo, ese día. Y me erguí sobre las horas. Me arranqué una a una las espinas de los minutos. Cosí mis ilusiones y recompuse mis ganas. Dejé los pensamientos en el burladero y me armé con el coraje de quien no tiene ya nada que perder. Me di media vuelta, eché a correr hacia ella y cuando la tuve frente a mí la agarré fuertemente por los cuernos. Desde ese momento, un siete de Julio, cuando siento su resuello tras de mí, la tomo POR LOS CUERNOS. Terapia San Fermín, la llamo. 

LA CONFUSIÓN

Esther Imízcoz Campos

Lo admito: no encajo en este mundo digital. No me gustan las redes sociales y menos aquellas dirigidas a encontrar pareja, pero con las cosas de la pandemia decidí probar suerte creándome un perfil en una de estas aplicaciones y, para mi asombro, la cosa funcionó. Leire era simpática, inteligente y divertida. Cuando me propuso quedar para conocernos en persona, no lo dudé. “Ven a los Sanfermines, es la ocasión ideal”, me dijo, y yo siempre había querido conocer las fiestas, así que allí me planté, en el kiosko de la plaza del Castillo, a la hora acordada. Ella llegó envuelta en música de charanga, me agarró por la cintura y empezamos a bailar, así, sin mediar palabra. Me llevó de peñas, me invitó a kalimotxo, me presentó a su cuadrilla y así se nos hizo de noche. Sentados en la Vuelta del Castillo, bajo el colorido cielo que los fuegos artificiales pintaban, me besó antes de despedirse. Caminé hasta la estación, todavía sin saber si estaba despierto o soñando, y mientras esperaba mi autobús miré el móvil. Tenía un mensaje de Leire, de muchas horas atrás: “¿Por qué me has dado plantón? Te he esperado en el kiosko durante más de media hora”. 


XIV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

LA NOCHE DEL SIETE DE JULIO

Enrique Paton Benítez

Ella, morena y espigada, se movía en la noche con elegancia etérea, como un ángel desplegando su incorpórea belleza entre la alegre multitud. Él, de tez pálida y formas adolescentes, llevaba la mirada perdida de quien ha errado el camino pero sabe a dónde va. Ambos vestían de blanco y portaban los rastros bermejos del festejo. Sus miradas se cruzaron y, sin apenas decir palabra, caminaron juntos en la misma dirección. A su alrededor ya no había música ni celebrantes.

Amanecieron en las murallas. Eran jóvenes, muy jóvenes.

Al año siguiente, a la misma hora y en el mismo lugar, sus miradas se buscaron y volvieron a encontrar. Aquella tradición se mantuvo cada siete de julio por mucho tiempo, a pesar de los avatares que la vida les deparó. Y cada ocho de julio, al amanecer, se despedían sin despedirse.

Hasta que un año, ella no acudió. Él, quizá por hábito, continuó llendo, inventando cualquier excusa. Hasta que una noche oyó decir a alguien: “¿eres tú?”, y volvió a ver aquellos ojos negros. “Anda, agárrate a mí,” dijo él señalando con su bastón la algazara a su alrededor, “que ya no estamos para muchos trotes”. Ambos rieron y tomaron el camino de las murallas. 

UNA ELECCIÓN CALCULADA

Enrique Palacios Guerro

Don Antonio llegó a las fiestas de San Fermín un 5 de julio. Era la primera vez que visitaba Pamplona atraído por la fama de sus encierros. Era una feria grande y famosa, adornada por la literatura como hay pocas. A su llegada bajó hasta la Cuesta de Santo Domingo para ver la hornacina del Santo. Recorrió los 870 metros que determinan el trayecto del encierro despacio, fijándose bien en cómo se habían dispuesto las protecciones y escapes de los mozos; pasó por el Ayuntamiento para ver la plaza en la que se produciría el chupinazo y comprobó que no era tan grande como se veía en la tele. La curva de Mercaderes le pareció peligrosa; allí sabía que los toros derrapaban. Le impresionó ver el largo pasillo de la calle de la Estafeta reluciente, bajo una lluvia fina que daba brillo al suelo; muchas leyendas alrededor, mucha historia. La entrada al coso le asombró: las talanqueras y parapetos no le parecieron suficientes para conjurar el peligro que llevaban los astados, pero se quedó mirando un buen rato. Sonrió y decidió que vendería los pañuelos, alejado del bullicio, en un lugar bien visible y donde no hubiera demasiada competencia.  

SELFI

Eric Lombardo Lemus Escalante

Aturdido por la inercia de los mozos que lo empujaron contra el vallado en la vuelta de Estafeta, trastabilló cuando quiso ponerse en pie y pensó en aquella estupidez. Fue cuando palpó el móvil escondido en el pantalón y lo sacó. En la esquina de aquella imagen, todavía tuvo tiempo para divisar la punta de una enorme asta entrando a cuadro. Hizo clic y sonrió.  

PUTIN, SAN FERMÍN Y LA GUERRA

Ernesto Maruri álber

5 de julio de 2023. Veintiocho peñistas sanfermineros de blanco y rojo llegamos en tren a Moscú atravesando Ucrania en el segundo año de guerra.
Los mismos que trajimos a Putin a Sanfermines el año pasado. Embelesado por las fiestas, la camaradería, el amor, nos prometió parar la guerra.
Volvemos para que cumpla su palabra.

Se somete a estiramientos reversibles para viajar otra vez de putincógnito. Un lifting: Piel-Ojos-Labios-Orejas-Nariz-Cara-Cuello-Pecho-Testículos-Pene-Nalgas-Ano-Hemorroides.

Volamos en avión presidencial. Tiene cápsula de escape: una plaza.

Almuerzo. Chupinazo. Bares por Estafeta. Bocadillos de chistorra en Sarasate. Cafés, copas y puro en el Iruña. Riau-Riau. Bares por Jarauta. Concierto en Plaza del Castillo con litronas de vodka Moskovskaya.

Coma etílico.
Hospital.
Recobra la conciencia.
Delirium tremens: se cree una musaraña siberiana.
Revela su identidad.
La policía foral lo detiene: lo amarra a la cama con el culo en pompa.
El ejército toma la planta y rodea el hospital.

El presidente de España, Rompetechos, llama a Medvédev, vicepresidente de Rusia. Ha ingeniado un plan para que Putin detenga la guerra:
-Si no se retiran de Ucrania mañana, le lavaremos el cerebro para que se crea San Fermín resucitado: San Fermivermutín, nuevo presidente de Rusia. Y no hay nadie tan bueno como San Fermín.
 

VÍSPERAS

Ernesto Pérez Esteve

Estoy en mi balcón al fresco, en Estafeta, fumando y vislumbrando el encierro del que formaré parte en unas horas.
De repente, veo algo que se acerca por la calle. Es grupo de monjes encapuchados, con velas y cánticos religiosos.
—No puede ser —pienso en voz alta, algo confundido—. Hoy no toca procesión. Creo.
Pero ahí está. La comitiva la encabeza alguien con una cruz. Su cara me suena.
—Pero… ¿Este no es estaba a punto de palmarla? —me digo, intentando reconocerlo.
Cuando van a pasar por delante de mi casa, el de la cruz me mira y me saluda. El resto de los monjes lo imita; alzan la mirada y los brazos, todos al mismo tiempo, con una tétrica sonrisa. Vienen hacia mi puerta, la aporrean, entran, me llevan con ellos y salimos a la calle.
El que llevaba la cruz pasa a segundo plano y ahora soy yo voy el que va delante, alzo la cruz y me asalta una duda.
—¿Pero… dónde vamos…?
—¿Cómo que dónde vamos? ¡Dónde vas tú «solito»! ¡Al encierro! —grita malhumorada mi madre, mientras me quita violentamente el edredón que cubría mi inquietante sueño—. ¡Son las seis y media! ¡Tus colegas ya han pasado hacia Mercaderes!